Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 23 de diciembre de 2007

Mis demonios

Intento escribir y no puedo. Una serie de distracciones se precipita: el ruido del lavarropas indica que ha terminado su ciclo. Debo negociar con mi hijo el uso de la computadora. Suena el teléfono. Mi esposo me habla de cosas de otro mundo. Resoplo, me enojo, protesto una queja que se hace incomprensible para los otros.
Quería tener un estudio y una computadora con banda ancha. Entonces, pensaba, escribir será fácil. Como si pudiera crear con lo tectónico, lo tangible, el tiempo y la intimidad. Sé que ese pensamiento era una tontería, y lo sé porque ahora tengo mi estudio y mi banda ancha, pero no lo demás.
Daría cualquier cosa por estar sola una tarde, me digo. Y no caer rendida de cansancio, no usar ese tiempo de soledad para limpiar, planchar, hacer mandados –aunque nadie me “manda” a comprar, me manda en todo caso un diablito que tengo que me dice: sos una madre, sos una esposa, sos una ama de casa, sos una laburante–. No hay manera de hacerlo callar.
Además me pongo nerviosa porque espero visita, y las vistas son una distracción más con la cual no contaba. Aunque en realidad todas las distracciones son inesperadas. A veces, cuando trabajo en textos ajenos, me posee otro demonio tiránico y hostil que desearía que estuviera ahora presente. Todo lo gregario desaparece en su presencia, nada me interrumpe ni me distrae. Así me gano la vida: como un demonio que no pierde un minuto en tonterías.
No sé qué tienen en común, pero entre los dos se ocupan de que mi vida sea útil, servicial y apurada.
Tal vez esa sea mi idea del Paraíso. Una eternidad sin diablitos que me roben el tiempo.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Pedro, el viajero de otras galaxias

Pedro me escribe que ha leído mi blog. Que le resulta doloroso, pero lo hace sentir vivo. Eso dice. Entonces yo pienso en escribir para él, para que se encuentre aquí la próxima vez que lo visite, para acercarnos. Me pregunto qué quiere decir con eso de "sentirse vivo"; también me pregunto si esas han sido sus palabras o es el modo en que yo las interpreté. Si sentirse vivo es para él algo doloroso. En sus últimos correos lo noto batallando una vez más, se siente solo quizá, y algo perdido en un mundo, que dice él, está muerto. Entonces me imagino que es como uno de los personajes de Dick: tomó una nave, está en otra galaxia y se da cuenta que el desierto se apoderaa de nosotros, pero no puede gritarle a los muertos que están muertos, están demasiado ocupados producicendo, consumiendo, inmersos en esa muerte eterna de los europeos ricos. Sin embargo creo que tiene que haber algunos humanos por allí, alguien con brillo en las miradas que no sea una mera imitación de fina tecnología, alguien que siente el descarnado devenir de sus viajes, igual que él.

Me da por pensar que quizá esa misma aridez la experimentó acá, esa sensación de andar por ahí rodeado de cadáveres que fingen estar vivos, que eso lo asusta, como nos asusta a todos. Perderse o dejarse llevar por las oscuridades de su racioninio, a riesgo que irse para el lado de la locura, para el lado de los muertos.

Me habla de una vejez en Berisso y me resulta curioso. Yo también, cuando todos mis amigos se iban uno detrás del otro del país, me imaginaba a mí misma, en una vejez tranquila y apacible, tomando mate en la puerta de casa, en Ringuelet, o en el mar, esperando. Esperándolos a todos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Las chicas

Estábamos bastante entonadas, nos pisábamos las palabras como si temiéramos, al callar, no ya que se nos escapara la idea, sino la noche, el encuentro, la posibilidad misma de sabernos juntas. Pasamos revista a todos los tópicos clásicos de nuestra complicidad, y por supuesto, nos instalamos en el tema de los hijos con la comodidad de quien llega a casa, se saca los tacos y pisa con la palma liberada los mosaicos fríos. Nos interrogamos sobre pañales, tampones y dudas existenciales; escuelas, edipos y dolores de parto. Sobre el cansancio, los arrumacos nocturnos de nuestros niños que de día nos descalifican y se rebelan. Hablamos del olor embriagador de la piel de los bebés, los métodos anticonceptivos, la frecuencia de sexo con nuestras parejas, nuestra insatisfacción, nuestros comentarios resumidos en "contentas con poco".
Esa noche yo iba y venía de la conversación, me sabía lejos, en mi mundito de tortuosos laberintos. Al final me relajé.Con ellas estoy en casa, aunque nuestras casas sean tan diferentes.

No quiero ser Inés

No recuerdo si lo leí o si me lo contaron: al parecer, cuando Virginia Woolf leyó la primera parte de "En busca del tiempo perdido" decidió que después de leer a Proust no tenía sentido que ella siguiera escribiendo. Al lado de Proust, cualquier cosa que escribiera era una basura.
A veces leyendo a Cecilia, me pasa algo parecido.
Uno puede elegir distintos escudos para defenderse de la falta de talento: no tengo tiempo, no tengo formación. Pero a esta altura, cuando ella escribe (Cecilia, que alguna vez en mi discurso fue "Cecilita", por una curiosa ósmosis verbal y ya nunca vovlerá a serlo porque se me ha revelado, primero y ya hace algunos años como toda una mujer, y hace un tiempo como una escritora) "Empezar el día con un límite tan temprano parecía llenarla de energía. El día se abría a sus pies con la promesa de muchos límites más, repleto de abundancia" o "Quise ser para ella un límite incumplido", cualquier cosa que yo escriba me parece estúpida, vacía, sin comentarios.
Sin embargo, y a la vez, no seré Inés. No puedo serlo. Yo también, cuando engordo, engordo todo en el culo. Así que, en este caso, Cecilia estimula mis ganas de sentarme en la compu y seguir trajinando, aun a costa de que mi culo se termine convirtiendo en inmensa masa amorfa e ilimitada.
¿Dudas? Leer la "Vida abierta".

P. Dick, "Progenie" y Tinelli

El interés por P. Dick se lo debo a A, por completo. El es un fanático, si es que tal actitud cabe en su temperamento. Sino, en todo caso, es un lector definitavemente cautivado por la lógica de Dick. No debería decir "la lógica", pero sería inexacto afirmar que lo que lo seduce a A, y también a mí, es la "prosa" de Dick. Porque no es el mejor prosista, aun cuando me resulta imposible no admirar ese lenguaje sintético, preciso, que da justo en el blanco, que en tres líneas te hizo ver una película, sin mezquinear en el retrato de personajes complejos. (Y eso, considerando las espantosas traducciones españolas)
La otra noche leí un cuento que se llama "Progenie", publicado originalmente en los cincuenta. Es increíble cómo uno entra al mundo opresor, paranoico e inhumano del cuento, cómo atraviesa las dudas y contradicciones del protagonista, que quiere relacionarse con su hijo como un humano pero que sospecha que es una batalla perdida. El cuento no parece una metáfora, ni ciencia ficción, ni tan siquiera ficción, aunque es pura literatura.
Me lo imagino a Dick, drogado o borracho, irremdiablemente loco, escribiendo como un desaforado páginas y páginas que serán leídas como un género menor de un autor dudoso. Me lo imagino viendo ese mundo, realmente viviéndolo, sabiendo que le está poniendo forma, palabra escrita a lo que los demás no pueden interpretar.
Un mundo Tinellizado hasta la coronilla, cuando todos sabemos, o deberíamos saber, que Tinelli y sus secuaces _por ejemplo_ son máquinas, no pertenecen al género humano, y nos están destruyendo. Se están robando a nuestros hijos, pero no podemos huir a "Próxima" o a "Sirio".

viernes, 30 de noviembre de 2007

Children of the men


¿Esta película es ciencia ficción o, como Philip Dick, es casi documental?

Mi viejo profesor de filosofía

Cuando estaba en la secundaria, creo que en cuarto año, tuve como profesor de filosofía al viejo Soler. Era un hombre gordo, calvo y con mirada simpática, del cual se decían cosas muy diferentes: algunos lo consideraban un tanto chanta, otros lo admiraban y la mayoría, permanecía indiferente a su persona y la enseñeanza filosófica que impartía. Yo creo que daba clases un poco por rutina, para ganarse la vida (y esto lo hacía parecer un tanto resignado) y otro poco por una genuina vocación de despertar la curiosidad de adolescentes bastante indolentes y desinteresados en cualquier cuestión que los obligara a ir más allá de un presente intenso de amores, apasionamiento político, artístico o sensual.
Para mí, en cambio, representó un refugio, con sus lecciones clásicas sobre Platón y Aristóteles, sus representaciones torpes del mito de la caverna, con una tiza que chirriaba hasta la irritación en mañanas frías y somnolientas del invierno.
Claro que si lo pienso hoy, no era viejo, el buen Soler, calculo que tendría poco más de cuarenta, todo un número para nuestros 15 o 16.
Casi nadie la prestaba atención y él fingía una sabia demencia y continuaba con gestos apasionados y énfasis desmesurados su soliloquio platónico, absolutamente perspicaz para detener una mirada cómplice sobre mi vista o la de alguna otra compañera, (pocas, muy pocas) que nos dejábamos llevar por sus explicaciones.
Un día me confesó: yo doy clases para dos o tres personas, en un curso de 25. Lo sé. Pero no quería perder el tiempo ni enfrentarse con quienes preferían usar esas horas de clases para el boludeo, el repaso de temas para otros exámenes o el sueño. Como si creyera que el camino de la violencia no era útil para despertar curiosidades juveniles.
Me hizo sentir especial y una elegida, y me esmeré mucho para hacer una monografía en la que intentaba vincular, con muy buenas intenciones y una absoluta ignoracia, a Nietzche con Platón y el nazismo.
Cuando le conté que pensaba dar libre el quinto año, me facilitó unos manuales espantosos que realmente me ayudaron mucho para mis exámenes. Eso fue como un secreto compartido, un guiño de confianza por el cual siempre lo recordaré con cariño. En medio de recuerdos llenos de ratas disfrazadas de profesores, Soler fue un buen maestro.

martes, 27 de noviembre de 2007

Otras cosas

Estoy leyendo bibliografía setentista. Al menos así la califica una compañera de trabajo que observa un libro que ha quedado sobre el escritorio. Releo libros que leí hace muchos o pocos años. Frente a mis ojos, desfilan cadáveres de veinte y treinta años. Me embarga la curiosidad y la amargura. No entiendo el relato o quizá lo entiendo demasiado. Buenos y malos escritores narran la guerra, la pasión, la traición y la muerte. Miles de jóvenes se suicidan o son asesinados y los escribas se regodean dando a entender que han investigado, bebido de fuentes confiables, hurgando en las heridas de los muertos de los otros y los propios. Conozco personalmente a algunos de los protagonistas, tengo para mí otras versiones de sus hijos, o hermanos o amigos, sobrevivientes, pero la letra de molde fija la locura, la valentía o la estupidez. Juzga a la distancia, con compasión, simpatía o desprecio.
Voy en el micro y no puedo parar de leer lo que ya leído hasta el hartazgo y no veo por la ventanilla el desfile de los otros condenados, hundidos en el hedor y la desesperación de la pobreza, que es la muerte sin heroismo de este mundo.
Vivo en un país donde el poder se ha disputado siempre a los tiros. A veces los tiros penetran en la carne de los niños y los jóvenes, a veces es más solapado y se mata lentamente de hambre, de miedo o de desesperanza.
Todo es violento y yo pretendo huir hacia una fuga protectora. No quiero saber más. Escucho música en mi MP3, pretendo que Los Beattles o Calamaro me defiendan. Me digo a mí misma: no seas antigua.
Quiero escribir otras palabras. Pensaba hablar de la fiesta de S, de los costillares que invitaban a la gula y la lujuria; la risa amistosa en la que se descansa; mi conversación con R sobre una serie inglesa policial; los chicos preparando los tragos; F recuperada de su melancólico extravío amoroso; E y sus análisis políticos; L y las anécdotas de sus hijos; los frutales que hay en el fondo de la quinta e invitan al descanso, la luna del tamaño de un sol que ilumina la noche.
Pero incluso así, estaría hablando de otra cosa.

viernes, 26 de octubre de 2007

Corazón galopante

Allí, recostada, mirando sin mirar hacia la pecera en donde las dos enfermeras -la vieja, notoriamante pintada y gorda, la joven, flaca como un jilguero y a cara lavada-mateaban y preparaban medicamentos, me acometió la sensación que eso podría ser el preludio de una muerte. La mía propia. (me resultó curioso que no intentara hacer un balance de mi vida o que entrara en un estado de angustiosa desesperación). Mis ojos se quedaron fijos en la cortina de plástico a mi derecha, sucia y de mala calidad, y luego se dejaron caer sobre una balanza. Arriba mío, los soportes para los sueros parecían garras de animales y pensé que ese no era un lugar muy lindo para terminar. Recordé que mi hijo estaba con su padre, y eso era bueno, y que ojalá que si me tocaba morir ahí nunca viera mi cuerpo en ese lugar, para que no se le quedara fijada esa imagen, mi cuerpo inmóvil en un lugar tan horrible. A mi lado, escuchaba la conversación de otra enferma con su médico, pero sólo podía ver sus pies. Debía ser muy gorda, porque el médico le aconsejaba que bajara de peso. Ella decía que le resultaría muy difícil. Yo pensaba que yo tampoco podría dejar de fumar -si no moría esa tarde lluviosa-.
Respiré hondo varias veces. Las piernas me temblaban un poco pero no sentía miedo. A mi izquierda había una puerta por la que había salido el médico que me atendía. Pensé que si mi corazón empezaba a galopar frenéticamente otra vez y tenía un paro, ellos estarían cerca para reanimarme.
Pensé en Lili, que me esperaba afuera. Las cosas se demoraban. Pensé en A, en si vendría a buscarme con mi hijo o solo, y en si tendría temor o su serenidad habitual. Todos me decían que estaba muy pálida.
A la noche leí sobre la crisis cardíaca de Allison, en la novela de Mc Cullers. Las casualidades me parecieron algo excesivas. Leí de su resignación y su miedo, de su tristeza al saber de la sospecha de todos, particularmente de su marido, sobre las verdaderas causas de su enfermedad. Ella había perdido a su niña y desde entonces, estaba enferma. El creía que era hipocondríaca y aporvechaba su situación para no cumplir con sus obligaciones maritales.
Mientras me hacían el electro traté de no pensar en nada. Le dije a la enfermera que me temblaban las piernas y que tenía muchas ganas de dormirme. Me contestó con brusquedad: yo no sé nada, ahora la va a revisar el doctor. Todos sus otros pacientes en la sala eran viejos o viejas y parecían moribundos, DE VERDAD. Yo tenía mis lindos zapatos de lona verde mojados, mis anillos de plata y mi perfume floral: no me creía una enferma. No le importaba mi pena.
Eso me tranquilizó. No me gusta que me tengan lástima.
Le aseguré al médico que no me había sucedido ese día nada en particular que justificara la crisis.-ni siquiera intenté explicarle nada de lo que había hablado con Elvira, ni lo que leo en los diarios, ni las noches en que me acuesto pensando en que la vida es una carrera guiada por un demente a veces y en que mi hijo o A no entienden porque muchas veces dejo el cuerpo en un sitio y mi alma se dedica a vagar por mundos en los que podríamos haber sido cuatro-. Le expliqué, en cambio, que no estaba tomando la medicación para el corazón, que yo también, como Allison -desde ya que no mencioné a Allison, la explicación me hubiera suscitado demasiado esfuerzo-, había perdido a mi niña (todos me decían que sería una niña), que me habían operado, que me habían medicado de una y otra forma, que hacía tres semanas que me pinchaban, me hacían orinar en frascos de distintos tamaños y a distintas horas, me realizaban ecografías e interrogatorios, que eso me hacía sentir humillada, enojada, que no me permitían olvidar, que me tenían cansada. Y todo para no decirme nada que antes no supiera, señora, qué se la va hacer, son cosas de la vida.
Sentí muchas ganas de llorar al salir de ahí y tengo la sensación que pronto estaré de vuelta. Por supuesto, no dije nada de esto a nadie, hice chistes, caminé erguida, agradecí la ayuda y la compañía y traté de olvidar el incidente rápidamente. Cada cual tiene sus penas, después de todo.

jueves, 25 de octubre de 2007

Grupos de trabajo donde una la pasó bien

Al principio el grupo se conformó casi de prepo. Las desconfianzas mutuas se exhibían sin sutileza en interminable disputaciones aceca del uso corecto de una palabra en lugar de otra, del cálculo tipográfico para hace un copete, de establecer rangos de prioridades. Nos observábamos en un estado de alerta casi animal, con las estrategias de simulación de los humanos: nuestros olisqueos, entonces, se construían de comentarios breves sobre gustos literarios, anécdotas personales -pero no demasiado personales, de esas que apenas nos desnudan en aquellas partes que no nos asusta exponer-. Nos poníams a prueba.
En ocasiones Nora, experta en el arte de la paciencia, la perdía ante la impetuosa temeridad de D. Otras veces él terminaba cediendo el terreno conquistado a fuerza de sólidas argumentaciones. C intentaba el camino del humor, yo me divertía. Aunque reconozco que más de una vez perdí la calma. En esas pequeñas batallas, las armas eran diccionarios, manuales de estilo, acuerdos tácitos o explícitos que proponían un orden, un pacto diplomático que permitiera seguir adelante con la revista.
Con el tiempo, empecé realmente a disfrutarlo. Cada uno defendía sus posiciones con una apasionamiento que revelaba agudeza mental, un desarrollo del arte de la argumentación propio de aquellos que husmeamos en el mundo de las palabras como si intuyéramos que allí descansa alguna clase de salvación para los humanos.
A veces la palabra final venía, curiosamente, de B., cuyo trabajo no es precisamente la palabra, sino la imagen. Otras, en la siguiente reunión, alguno de nosotros se traía un libro de Agamben recién editado, o un texto antiguo, para aportar evidencias a la causa que defendía. Más adelante, la propia colección que íbamos construyendo nos permitía morigerar las batallas, ceder con más facilidad, aceptar la palabra del otro.
Todos proveníamos de mundos diferentes. Nuestras experiencias, la de N. y mía, nos llevaron a desconfiar de los absolutos, de la Academia, de nuestras propias certezas idiomáticas; es decir, no nos tamábamos a nosotras mismas demasiado en serio (ni a los otros). D. y C., mucho más jóvenes, aceptaban el cánon (supuestamente) tranquilizador de la universidad y su propio conocimiento, como si fuera muy valioso. A mí, generalmente, eso me provocaba ternura (reconozco que otras veces me daban ganas de estampar un cross directo a la mandíbula, pero no soy boxeadora)
Ahora ya ha pasado bastante tiempo y habitando en nuevos mundos, recuerdo como se recuerdan la mayoría de los grupos de trabajo en los que una la pasó (bastante) bien: con nostalgia, algo de humor y exagerando, seguramente, las ventajas.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Reflejos en un ojo dorado y 33 palabras

Cuando leo en el blog Vida Abierta "33 palabras", recuerdo la lectura de anoche, de Carlson Mc Cullers, en su novela Reflejos en un ojo dorado. En los primeros párrafos del relato, la autora ya nos cuenta que: la novela trata de un crimen y los protagonistas son dos oficiales, un soldado, dos mujeres, un filipino y un caballo. El clima es denso, pero la forma es leve (y breve). Te tira una frase corta detrás de la otra como si no pasara nada y pasa de todo. El soldado te hace dar ganas de llorar. El capitán Penderton es patético, pero te genera compasión. No hay un solo personaje por el cual no termines experiementando cierta empatía. La esposa del capitán es salvaje en su desborde de femenina indolencia y sensusalidad: es obvio que todo terminará en tragedia.Todos son desgraciados, pero sólo algunos parecen darse cuenta. Y, al mismo tiempo, todos son algo lunáticos y algo estúpidos. Todo muy norteamericano.
Quiero seguir leyendo y no quiero.
Si los personajes de Mc Cullers fueran contemporáneos, habría en sus novelas masacres en escuela secundarias perpetradas por criaturas como el soldado o como los de Franckie y la boda.
Tenés que leer El corazón es un cazador solitario, me recomendó hace unos años por correo electrónico alguien a quien sólo vi una vez en persona, y me mandó un fragmento del texto. No la leí.
Tenés que leer La balada del café triste, me sugirió M en varias oportunidades. Estuve por comprarla varias veces, y no lo hice. Tampoco se la pedí prestada. En el fondo, intuía que esos libros tendré que tenerlos alguna vez en mi propia biblioteca. Son novelas a las que se vuelve cada tanto. También sospechaba que la belleza de su escritura no siempre es suficiente para compensar la amarga melancolía que me suscita leer a esta escritora perfecta.
Cecilia está convirtiéndose, precisamente, en ese tipo de escritoras que narran lo denso, lo oscuro, incluso lo siniestro, como quien te cuenta una anécdota frívola y sin importancia. Una vez me comentó (con la torpeza de nuestros diálogos verbales, y con lo que ambas nos cuenta mencionar nuestros desvelos e intentos literarios) que le preocucaba una cierta dificultad para introducir algo de humor en sus relatos.
Si mi opinión contara en esto le diría que ya puede abandonar la preocupación.

Quisiera entrar al mundo de mi hijo

miércoles, 10 de octubre de 2007

La piel y el silencio

A veces nos quedamos sin palabras. La vida nos cachetea como si fuéramos niños inocentes a los que la ola, a la que se han entregado confiados y enamorados, revuelca, arrastra, lacera y raspa hasta mucho más allá de la epidermis. Leo en el diario que los dermatólogos han descubierto que el origen embrionario de la piel es el mismo que el del cerebro. ¿Y el de la piel de adentro?, ¿es igual con la dermis de los órganos que apenas sospechamos hasta que mutan para señalarnos que estamos de paso, pero podemos echar a rodar nuestras semillas?

La ausencia de palabras no es el silencio. Es el incesante murmullo de la pena, la culpa, el signo de interrogación abierto sin esperanza de respuesta ante el misterio.

Alguien me dijo que los que hablamos mucho tenemos miedo al silencio. Creo que se refería a la posibilidad de escuchar las voces adormecidas de nuestros delicados o monstruosos mundos interiores formados por capas y capas de dermis que no fueron, que quedaron a mitad de camino, que murieron sin nacer aunque, si embargo, conservan la memoria embrionaria de quienes fuimos, de quienes pudimos ser.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Cabutti en New York

Esta es una obra de la artista plástica Marcela Cabutti.
Shadow sculptures: Volcano, 2007, 17 x 17 x 18 3/4 inches.Mountain Range, 2006, 32 3/4 x 13 x 14 1/4. Forest, 2006, 24 3/4 x 24 3/4 x 26 1/2.
Se está exponiendo actualmente en Nueva York.

lunes, 10 de septiembre de 2007

La vida descalza de Pauls y nuestra

En su novela "La Vida descalzo" (en su hermosa novela, debo decir) Alan Pauls se apodera de mis recuerdos, de varios de ellos, aunque en cuestiones de forma y de relato nadie se daría cuenta que esos recuerdos tan bien narrados por él pudieran ser los míos.

Aunque su memoria de proceder de una familia adinerada, "artística" y bohemia de Buenos Aires no me pertenece, la Villa, el autocine, el estar en "ese otro lado" de Rohmer, que es la playa me es completamente propio. Por cierto, no soy el niño rubio cuya piel demasiado blanca le trae problemas frente al sol. Ese es más bien mi padre, tras pasarse horas enteras en cuclillas y a la orilla hurgando en pequeños pozos para atrapar almejas, que ya no existen.
Pero también corremos descalzos en la playa de la que nos adueñamos, como ella de nosotros, desde la mañana hasta el anochecer, nosotros -dos niñas morochas con el pelo embadurnado de arena y viento y un chiquito de cachetes llenos que nos sigue- y nuestros amigas de Córdoba o de Buenos Aires. La tarde en que desaparece el chiquito, nuestro hermano pequeño, y lo buscamos junto a los bañeros, los vecinos de carpa y hasta la policía para terminar encontrándolo encerrado con una nenita -esta vez si una niñita rubia de ascendencia alemana- en la casa de Juan Carlos, en Brujas, al norte, donde la "civilización" terminaba entonces.
Y en los veranos siguientes y siguientes, de amores marítimos y precoces, y cuerpos enredados en las olas, tal vez una pelota de volley, una invitación a "Las Cortaderas", amistades eternas de un verano y el mar y la playa, ese lugar que no existe más que en el recuerdo y es "la Villa", el viejo paséandose entre las dunas, nosotros huyendo con impostado o sincero temor y la novela de Pauls haciendo públicos nuestros secretos.

Los hechos, las palabras, los recuerdos y la vida Abierta

En su blog, la Vida Abierta dice:
"Me sorprende que podamos borrar un hecho. El otro día alguien me dijo que yo lo había acompañado a un acto en Morón. Ese hecho ya no forma parte de mi vida. Mi vida diverge. Me pierde.No me sorprende tanto borrar mis palabras, sólo las palabras ajenas son dignas de la memoria. Mis palabras le pertenecen al otro, y me produce extrañeza escucharlas."
No es la primera vez que ella reflexiona acerca de esto. Recuerdo uno de sus primeros textos, su enojo con su hermana que no recuerda lo que ella recuerda.
Yo también me pregunto a dónde van a parar los sucesos que nadie recuerda. Parece que todos los seres humanso luchamos y vivimos y gozamos y peleamos y amamos y parimos y escribimos y bailamos y enfermamos para que no nos olviden. Y sin embargo, ¿quién y qué recuerda de nosotros? ¿Qué recordamos de otros que no osn ellos, sino lo que nosotros recordamos?
Pienso que tal vez para eso escribo este blog. Y subo y bajo, caprichosamente, recuerdos.
Tal vez no sólo los muertos se ausentan, sino los vivos a los que sólo recordamos, aunque no los veamos más.

Vivir el momento. Remember.

Un poco de sexo telefónico. Un recreo. Un descanso. Como es todo entre nosotros. Una suspensión del tiempo real. Una introducción en un tempus lírico, una tergiversación en la percepción de lo cotidiano. Un interruptus de lo habitual para un coito continuado en un plano exclusivamente sensorial. Para vos, quizá una melodía. Para mí, una historia de Truman Capote pero también una canción de los ochenta (un buen tema de Virus). Algo que se asocia tanto a la lectura del I Ching, al bouquet de un malbec de tierras cuyanas, al contraste entre el vértigo de manejar en una avenida nocturna en el corazón de Buenos Aires y, al cerrar la puerta, cerrarla a: obligaciones, presiones, deudas del cuore o del bolsillo, escenas con repartos conocidos.
Siempre es el momento y el momento es siempre.
El momento es todo: intenso, real, concreto. Entra por un oído, por una boca, por una piel (entra todo: música, sobre todo, palabras, té, vino, tal vez humo de tabaco, entrás vos, un pedazo de vos, un interesante pedazo de tu anatomía que puede suscitar el ingreso de un interesante pedazo de tu ser) y se instala en un presente que luego de transfigura en un recuerdo. En ese particular y maravilloso mundo de la memoria (que no está hecha de recuerdos sino de imaginaciones. De la particular forma que en un momento le damos a otro momento especial).
También está el devenir. También es real. Las melodías, los ruidos, los silencios, los gritos, insultos, imprecaciones, ruegos, risas. Las escandalosas ruindades y cobardías nuestras y ajenas. La mezquindad de nuestra alma. La falta de fe. El materialismo de una heladera vacía. La cola del banco. El tachero de mal humor. Un hermano dando batalla.
Vos o yo. Y lo que el otro nos hace descubrir de nosotros..
El mundo. Cómo se enriquece. Cómo puede ser cada día más bello, aunque parezca que sólo hay caos y hostilidad.
El momento de abrazar a mi hijo.
El momento de ser abrazados.
Y el momento de no pensar ya más.
Y el momento de reírnos. (los esquimales no dicen que tal “hizo el amor con tal”, o que”se fifó a tal” o que se “garchó a tal”. Dicen que se río con tal..)
Lindo. Muy lindo. Este particular momento de reírnos por teléfono.

Belleza. Libertad. Y una buena dosis de adrenalina.
No hace falta ninguna sustancia. Todo está en la química de la naturaleza. Alguien con el don de embellecer el mundo. Construir acordes, fabricar melodías. Un artesano, un creador (“artista” es una palabra muy bastardeada).Una buena época. Poros abiertos. Oídos sensibles. Una buena dosis de chabacanería, para matizar tanto esnobismo urbano.
Y el deseo circulando por la epidermis a la dermis, el laberinto del alma, la boca, los ojos, la carne. Un músico de rock que compone para un cuarteto de cuerdas y toca justo la cuerda de mí apropiada en el momento preciso. Te veo en imágenes fugaces. Como el dibujo de Leonardo, del hombre en perfecta armonía con las proporciones del Cosmos. Todo es perfecto.Gracias a vos el mundo se embellece. Escucho lo que no escuchaba. Disfruto de sonidos y silencio. Te veo blanco, desnudo, con tus venas azules, tu cuerpo hecho de líneas sutiles y esa tibieza. Todo está muy cool. Velas encendidas, tés aromáticos, guitarras. Como un cuadro de el Greco. Siempre me conmovieron esas figuras. Ese grado de estilización, de sofisticación. Estilo, ¿por qué no?Y tu dicha me hace dichosa. Y es tan extraño. Tengo la sensación de que has podido convertir tus debilidades y dolores en fortaleza. Esa fortaleza, ese convencimiento, es tu mayor talento, la forma, la expresión sensorial de ese talento es la música. No importa cuántas adversidades y contrariedades se presenten, desde el punto de vista material.
Todas las grandes empresas (las epopeyas) requieren de cierto grado de heroísmo, de estar dispuesto a atravesar las pruebas necesarias para elevarse. Aunque en ello te vaya la vida.
Cada uno de nosotros puede, a su manera, disponerse a ser el héroe de su propia epopeya.
¡Me encanta que hayas salido victorioso!Me entusiasma tu entusiasmo. (¡A veces sos tan melancólico!).No permitas que nada enturbie este momento de alegría.Ni aun el dolor, que siempre agazapado nos acecha. Es necesario, para que podamos disfrutar de lo bueno. ¿Quién dijo que en un Universo donde sólo existiera el blanco no podríamos apreciar el negro?

jueves, 23 de agosto de 2007

biografías históricas

Mi madre me pide que le recomiende bibliografía de biografías de pesonajes históricos a una amiga suya y yo me fastidio. ¿Por qué me enojo? No estoy muy segura, pero es probable que confíe demasiado en el hecho de que el desarrollo de este particulaer gusto literario por el género en cuestión es un tema complejo que requiere de muchas aclaraciones. ¿Hay un gusto por el género o es por algunos personajes en particulares? ¿Es igual cualquier biógrafo? ¿Y no es acaso el recorrido, la búsqueda, las frustraciones y los descubrimientos, lo que aliemnta esta singular pasión?

Yo le sugerirría a esta persona que haga su búsqueda personal, que es de lo más entretenida, hurgando en librerías de usados, en Internet, en suplementos literarios, conversando con amigos, investigando épocas. Un personaje lleva a otro, algunos nos resultan completamente indiferentes, a veces el límite entre la biografía y la pura ficcción (aunque la biografía siempre es ficción, aunque en algunos casos se disfrace o simule ser ensayo) es muy difuso, a veces, según el estómago de cada uno, podemos digerir literatura de la peor clase con tal de tener la ilusión de que nos hemos acercado más a un pesronaje que nos interesa, a su humanidad, su cotidianeidad, el chisme.

Así podría decirle que, si le gusta la historia Rusa (desde "Iván el Terrible" hasta el pobre, pusilánime y asesinado Nicolás II) intente con Henry Troyat. Si le interesa el Renacimiento, hace un par de años que están de moda los Borgia y han aparecido muchas biografías, sobre la familia, César, Lucrecia, etcétera. La de Mario Puzo no está mal, a mí me gustó mucho "O César o Nada" (que era el lema del hijo de Rodrigo, más conocido como el papa Alejandro), de Vázquez Montalbán.

Si le interesa la realeza, una vez leí una de "Las reinas de Francia", que comenzaba con la historia de los dos matrimonios de Ana de Bretaña, que posibilitaron la anexión de esa región al reino de Ferancia, y sus sucesoras, como hay biografías sobre "Las Zarinas", sobre Catalina Médici, etrcétera. Recientemente leí una que te deja con las ganas, porque boceta sin termiar la pintura, la historia de la "Locura en el poder", desde los romanos como Cayo "Calígula" ("pequeña bota", el hijo de Germano y sobrino y sucesor del cuestionado y cruel Tiberio) hasta el rey de Baviera que adoraba a Wagner y era primo hermano de la emperatriz Sissi, de quien también hay varias biografías, en las que se la describe como una neurótica y anoréxica. Son interesantes las de Juan de Arco (por ejemplo, la de Claude Mossé), las de María Antonieta,( hay una muy buena de Stefan Zweig), ni qué hablar de las "Vidas" de Plutarco, o las de Vasari, para abordar la Antiguedad o el Renacimiento.
Y desde ya, TODAS LAS QUE ENCUENTRE SOBRE ALEJANDRO, buenas o malas, cortas o largas, noveladas o científicas. El personaje lo vale.

martes, 21 de agosto de 2007

La príncesa de Eboli que hay en nuestros corazones





Ana de Mendoza y de la Cerda no fue, según la novela de Keith O’Brian (That Lady, 1946) una mujer precisamente hermosa. Sin embargo, poseía todas las cualidades de una tradicional forma de seducción femenina propia de las castellanas: orgullo, inteligencia, sentido de pertenencia, indiferencia por el que dirán, temeridad a la hora de defender sus derechos, una particular forma de vivir la devoción religiosa, capacidad de amar. Princesa de Ëboli y Duquesa de Pastrana, madre de nueve hijos- de los que sobrevivieron hasta llegar a adultos seis-y viuda de Ruy Gómez de Silva, - caballero portugués y uno de los más influyentes consejeros de la Corte española de Felipe II-, amante de Antonio Pérez, discípulo y sucesor de su marido, condenada a una muerte en vida por el Rey, acusada de haber sido infiel a su esposo y haber traicionado a la Corona aliándose con Don Juan, el hermano del constructor del El Escorial. Ana, con su rostro de tuerta que realza su defecto mediante el uso de un elegante parche de seda, como si conociera el consejo que sugiere T. Capote en Desayuno en Tiffany’s respecto a subrayar, en lugar de ocultar nuestros defectos, sigue generando controversias y pasiones. De acuerdo a la novela de O’Brien, me atrevería a decir que en el corazón de toda mujer intrépida crece algo de la Princesa de Eboli, aunque no siempre florezca y aunque se coloquen rejas que impiden el paseo por los fértiles viñedos de Pastrana.

Admiramos tanto a Alejandro


Con A. compartimos una pasión por Alejandro Magno. No hay personaje histórico que nos deslumbre más, él y su época ejercen sobre nosotros una extraordinaria curiosidad. Cualquier biografía que llegue a nuestras manos acerca de Alejandro –como le decimos familiarmente, como si nos refiriéramos a una amigo en común que esta lejos circunstancialmente-, una antigua Anabasis, un documental en Discovery o History Chanel, nos convoca. Películas pésimas, teorías absurdas o hipótesis alocadas, no importa. Allí estaremos siguiendo sus pasos. Hablamos de Hefestión y su muerte como si hubiéramos estado allí, criticamos a Darío, Rey de reyes, como si fuera un conocido y en todas partes, buscamos la hendidura que nos permita, más allá de la ciencia y del arte, acercarnos al alma de Alexandros, y a su valiente e intrépido corazón.
No creemos que nadie haya podido, como él, cambiar el mundo en pocos años y para siempre, a fuerza de un liderazgo basado en la admiración, el amor y el sacrificio, pero también en la astucia, la estrategia, la diplomacia, incluso por encima de la enorme destreza militar demostrada por él y sus macedonios. Su fracaso final, el límite que la realidad –el cansancio, la ambición, la traición, la incomprensión y una larga lista de etcéteras-le impuso a su utopía de hacer un mundo nuevo uniendo en un diálogo pacífico los distintos mundos que había conquistado, tal vez fue su mayor éxito. Esa es una duda que a veces encuentra en mí una respuesta y otras veces, la contraria.

sábado, 11 de agosto de 2007

Mutando con mi madre

Anoche hablo con mi madre como nunca antes había hablado. O es más bien ella la que me habla distinto y yo muero de ganas de abrazarla, de apaciguar su tristeza, de protegerla en mi abrazo, de cuidarla. Antes hablé con E, que es mi amiga y podría ser mi madre y siempre me aconseja: comprendela. No sé si pueda comprenderla, no sé si tal cosa es realmente posible. Pero sé que va llegando la hora de que sea la madre de mi madre y ya no me asusta, ni le asusta a ella. Me entrego a esta nueva situación, que antes me hablaba de finales y hoy me señala comienzos, si la vida está hecha de mutaciones, quiero mutar en madre de mi madre, lo acepto, lo tomo, lo hago mío. Intuyo que estos cambios en nuestros mundos nos depararán curiosos descubrimientos.

Sin reproches

No logro entender cómo he podido ser tan necia, tan ciega y tan testaruda. A veces las palabras son como víboras, se enroscan en torno a nuestro cuello hasta asfixiarnos. A veces los músculos, como el corazón, sufren un tropiezo. Como la película, “Accidental Tourist” que acá se tradujo como “Un tropiezo llamado amor” y que por una u otra razón, te negaste sistemáticamente a ver, pese (o tal vez por eso mismo) a que te lo pedí un montón de veces. A veces las palabras, escritas (como la película “Escrito en el viento”, que seguramente tampoco verás, sólo porque yo te lo pediría) vuelan en el viento como pequeños y personales exorcismos. Para sacarte de adentro, te hablo, te escribo, imagino conversaciones y escenas del futuro.
Un futuro donde no me dolés, donde ya no hay reproches, donde sos el pasado. Un futuro donde no tengo que mentir, ni mentirme, TODO EL TIEMPO, hasta que uno ya no sabe quién es. Un futuro donde somos valientes y no te duele que te diga lo que pienso, no te duele que yo piense, en todo caso te duele que tus actitudes dieron cuerpo a mis pensamientos. Un futuro donde yo acepto, resignadamente, que tu no poder es mejor haberlo descubierto ahora. Sin reproches.

Soñé que habíamos tenido una conversación

Soñé que habíamos tenido una conversación y que había unos brillitos en tu mirada.
Que yo era capaz por un instante de dejar de lado mi porfiado y ácido sentido del deshumor
-pequeña mascarada de mi absurdo desconcierto , la desnudez de mi alma me provoca una pavura difícil de explicar sin huir por la tangente-.
Y deseé besarte como si se tratara de una cuestión sentimental. Una vez más me cortaste la cara. Y mi orgullo se impuso a mi deseo, una vez más también.

Cuestión de números

Con un par de desengaños amorosos, un escritor mediano escribe una novela decente.

Con una sola imagen, un buen poeta modifica el mundo que percibimos.

Con diez citas célebres, un buen orador elabora un discurso entretenido.

Con un solo chiste, un orador brillante embellece el mundo y nos ayuda a pensar.

Con un gesto breve y efímero, un buen actor nos roba el alma.

Con tres acordes, un buen músico nos sumerge en el océano y nos produce un cosquilleo en la espina dorsal.

Con una hora y media de película, un buen director de cine nos modifica para siempre.

Con mucho esfuerzo y muchas lecturas, un escriba pago pero con convicciones produce resultados aceptables.

Con tres palabras ajenas, un loco inteligente hilvana como sinapsis metáforas y sintetiza un enredo de discursos en palabras sencillas. Y un par de imágenes reveladoras. Y una sonrisa. Y un pensamiento que nos parece no había sido pensado antes (de esa manera)

Con una vida, (TODA una vida) un hombre dormido o distraído no hace más que sombra en la pared.

Pero todos necesitan al menos un oyente (espectador).

Canciones de amor

No sé si es algo de la edad, si tiene que ver con un cierto clima cultural. Escucho boleros. Se escuchan boleros.Los rockeros tocan boleros y lo que era “grasa” hace 10 años de la canción melódica, hoy se reivindica como poesía.En el aire se escuchan letras de amor. Nadie se avergüenza de ello.¿Es la edad, entonces?
¿Es la necesidad de amor? ¿Es la conciencia de que en este mundo hostil, sin fe, sin vocaciones, sin grandes ideales por los que luchar, unirse, trabajar u organizar la vida, lo único verdaderamente salvífico es el amor?
El amor de los hijos nos enseña su extrema importancia. Nos reconcilia con la vida cuando nos peleamos. Nos justifica casi todo, lo cual es excesivo porque deberíamos ser más autocríticos, pero en general es así.
No terminamos de saber si empezamos una nueva relación como un sucedáneo de un amor que nos dejó un vacío o un dolor.Los boleros nos hablan de estos grandes amores inolvidables, algunos nos incitan, en la voz de un amante que dejamos, a besar otras bocas sólo para volver a amar al que empezamos a dejar atrás.Y todos nos traen recuerdos y parecen escritos para uno.Amanecí otra vez entre tus brazos.
Y lo escuchamos en otros brazos, bailando en otro abrazo y queremos apagar la luz para pensar en él.
Y la cadencia, y esas palabras que nos embriagan de recuerdos tristes y atesorados, nos parecen tan a nuestra medida y pensamos que tal vez él....
Y alguien se enamora o juega al amor con uno escuchando esas canciones que uno le dedica en su corazón a otro. Pero tal vez este alguien también se lo dedica a otro y ambas penas, el dolor de cada uno sumado, esa necesidad de sanar las heridas, acerca y une más que el fuego que queremos que se extinga con ese nuevo amor.
Pero sólo consiguen hacerme recordar los tuyos.
Jugar a la seducción es bastante divertido. Es menos complicado que sucumbir al amor. Los amores no correspondidos hieren la vanidad y causan dolor. Pero son más trágicos los amores que aún vivos se ven forzados a terminarse.
Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar...Con qué tristeza miramos un amor que se nos va, es un pedazo de alma que se arranca sin piedad.

Nadie puede, salvo aquel que amó con uno, entender ese sentir que nos despierta tal frase, tal canción, tal luz que iluminó esa alegría.
Pero a la vez, como ya estamos curtidos, cargamos con una buena lista de decepciones y desengaños, sabemos del otro que comprende que debe dejarnos esa libertad de recordar a nuestros amores más queridos sin intentar desmentirlos, ni interpretarlos, ni interrogarlos, porque forman parte de nuestra intimidad, de nuestra alma.

No queremos recordar, pero no queremos olvidar. No queremos destruir completamente el pasado, porque obsesivamente nos aferramos a esa ilusión de amor que es la pasión. Sabemos que nos causó dolor, sabemos que nos aisló del mundo y que dañó a nuestro entorno y que nos apagó y nos robó el brillo de la mirada. Sabemos que aquel que nos abandonó tantas veces, que pasó entre otros brazos tantas noches en que nos consumía la ansiedad y el frenesí y que nuestro llanto mojaba almohadas frías, no nos cuidó ni fue generoso como hubiéramos necesitado, volvería a hacernos LO MISMO si le diéramos la oportunidad.
Nos sabemos mejor queridos. Nos sabemos con un nuevo amor más respetados, pero anhelamos aquello que hemos perdido y lo idealizamos.
El recuerdo de esos besos todavía quema. Ese goce, que tal vez haya sido superado en realidad, se nos hace imposible de igualar. No hay otra voz como su voz ni otra mirada igual. No hay otro cuerpo tan bien formado y bien dispuesto para completar el nuestro. No hay otra risa –y eso que hemos reído y gozado de verdad y no en ensueños muchas veces- que nos resulte tan halagadora o tan contagiosa, que nos colme con esa intensidad.
Embriagados sin vino, extasiados sin sexo.
De donde concluimos que la fuerza de la vida no descansa siempre en lo visible y lo tanginble de la materialidad sino que el eros está hecho de alma y espíritu también. El mar como los cuerpos, pero el movimiento y la espuma del oleaje está en el corazón de los amantes.
Se me olvidó que te olvidé. Se me olvidó que te dejé en lo mejor de mi vida.

viernes, 10 de agosto de 2007

Un lugar para vivir


Luchadora

Imagino noches en las que se siente irrevocablemente sola, cargando en sus hombros una mochila que pesa toneladas de abandonos e interrogantes. Imagino amaneceres angustiados, contando el mango y preguntándose cuándo llegará el alivio, el tiempo de paz, el tiempo de ella, sola en su encuentro con su vocación. Imagino cómo oscila entre la bronca y el resentimiento ante la injusticia de su lucha en solitario y el deseo de ahorrarle dolores a su hijo. Imagino, también, jornadas de enérgica alegría, de optimismo, de vagabundeos por territorios de esperanzadores horizontes. Buscando en el pasado las respuestas para el presente, aún sabiendo que detrás de algunos dolores no hay explicaciones aceptables o digeribles.
La observo, valiente, decidida, dispuesta a ganar y me deleito al verla de este modo, quizás en la plaza soleada, con la canasta y el mate, mirando a los chicos que juegan a la pelota y sintiéndose satisfecha de la bondad que siempre vislumbro en la mirada de S., que va creciendo al calor de sus contradicciones y su amoroso y generoso cuidado. Estoy segura: va a lograrlo.

miércoles, 8 de agosto de 2007

La Tana

Le conté a L. que tenía un blog. Albergaba dos intenciones: una, explícita, que leyera estas impresiones que no escribo, sino que vomito. La otra, más solapada, contagiarle mi entusiasmo.
L. es una mujer muy particular: en ella se conjuga la sensualidad, desbordante, de una tana paradigmática, curvilínea, apasionada, expresiva, curiosa, (y un interminable etcétera) y la inteligencia de una mujer mundana. Ha viajado mucho y ha vivido, en su "otra vida", en muchos países. Cuando habla del Hermitage, en San Petesburgo, tengo la impresión que hubiera sabido desenvolverse con naturalidad en la corte de Catalina.
Esta mañana supe que me había estado espiando. Vino a verme, me abrazó como una osa rusa y me estmpó un beso de tana que volvió innecearias las palabras.

jueves, 2 de agosto de 2007

¿Flores o flamencos?


Un futuro de fiesta

L. me cuenta la otra tarde que quince adultos se han unido para denunciar la peligrosidad de un sujeto de seis años. Quince adultos. Algunos de ellos eran sus maestras, otros, padres y madres de sus compañeros de escuela. Quince bestias demoníacas se han unido, sin el menor asomo de culpa, sin la menor conciencia de pecado, a desangrar, a mutilar y a castigar a un niño de seis años.
Qusiera que hubiera justicia y que nadie escuche sus argumentos. Que sean condenados a un silencio y a una indiferencia eterna. Que sueñen noche tras noche, desde hoy hasta que mueran, con un niño amenzante, que se alza sobre sus piernas, da unos pasos hacia ellos y, sencillamente, pasa de largo sin verlos, rumbo a un futuro de fiesta.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Soñando noches de histeria, bares y olvidos

El flaco me mira, se muere de ganas, no es de mí, sino más bien de quien se imagina soy, de quien conoció, o más bien fantaseó hace quince años – él ya era grande, yo aún era medio niña, lo sé- imagina mi disponibilidad. Me dice tres frases acertadas, exactas, las perfectas – que nunca son dichas en noches así por la boca adecuada, eso sólo pasa en las películas de Minelli, o en las de Kazan, pero sospecho que no tenés idea de qué te hablo, por muchos motivos.
A las mujeres nos gustan los tipos que les gustan a las otras mujeres que admiramos. A los tipos les gustan las mujeres que les gustan. Son más elementales. Pero también les gustan las mujeres que ya les gustaron antes, o las amigas de las mujeres que les gustan.
A esta altura yo sé muy bien lo que es la histeria. A esta altura nadie es inocente, nadie que tenga, digamos, más de 14 o 15 años. Y si coqueteo con él es porque es una práctica, un calentamiento antes de entrar a la cancha. Antes del juego. Digámoslo así. El juego, principalmente, está planteado con mis amigas, luminosas ellas, enredadas en sus propias redes, igual que yo, igual que todos. El juego es patear el tablero, mandar casi todo al diablo, abandonar por unas horas lo aleatorio. Olvidarme que soy hiperresponsable, hiper esforzada, hiperanalítica, algo inteligente de vez en cuando, un poco culta, probablemente. Olvidarme, sobre todo de ese, que nunca pudo vivir sin mí, pero parece que está aprendiendo a gran velocidad. Del otro, que me dijo todo lo que siempre quise escuchar, que me deslumbra con su inteligencia, que ha leído más que yo, ha bebido más que yo, ha fumado más que yo, pero no sabe conquistarme y se apena tanto que me grita y se enoja, porque cometió el terrible error de enamorarse de mí no en el momento equivocado sino en la vida equivocada. De T, que huyó a través del océano porque mi cercanía lo dañaba, entre otras cosas, por mucho que le di, se lo di todo, o casi, le di lo más importante de esta vida, y eso ambos lo sabemos y por eso podemos perdonarnos, creo, casi todo. Olvidarme de S no, porque nunca nos amamos, y esos recuerdos no duelen de verdad - excepto cuando éramos tan adolescentes como para apretar toda una noche en la playa desierta aunque hiciera frío y estuviera por llover y él no era famoso y yo no sé que era, pero era mucho más linda, mucho más flaca y mucho más virgen-. Más bien de S me acordaba, me hace bien, porque siempre puedo subsanar los desencantos con una noche de relax en su spa de Palermo, con buen sexo, buenos vinos, buenos chocolates y la música, qué decir. Con eso sólo valió la pena reencontrarnos después de tantos años y este ir y venir sin consecuencias.
A vos, en esa noche, te veo más bien como a este último: buen músico, muy formado, atractivo, canchero, platense, un poco de zen, algo de Ravel, buenos tangos, demasiado té, demasiada calma, una imperiosa voluntad creativa, una autoexigencia estética compulsiva pero sin metafísica suficiente –tal vez para mí nunca sea suficiente- muchos discos, muchos viajes, todo muy cool, cariño, preciosa, qué bien la chupás, tengo sueño, mujer, - a veces llega a desesperarme esa ventana de Palermo llena de cactus y cannabis y fragmentos de pseudo obras de arte escultórico demasiado fácil para decirme nada .
Aquella vez, en la casa del famoso arquitecto francés de la pureza geométrica fue la perfección. Kawabata o Mishima, más bien Kawabata. Todo era tan bello, tan equilibrado. Esos triángulos que planteó Le Corbousier, esos recortes de cielo celeste , tantos amigos de antaño, tantos niños, por Dios, como nos hemos estado reproduciendo, o estamos viejos, o estamos amando mejor, o Dios se ha ocupado de ser inmensamente generoso con todos nosotros. Era ese piano, incluso antes que vos, era ese piano. Y esos zapatos. Y el chico de la guitarra, esa cara de bueno, esa destreza, esa humildad simple – tal vez nada de eso sea la verdad, tal vez es un estúpido engreído, un manojo de traumas, qué importancia tiene, para mí era una criatura, y tal vez sea mayor que yo, pero tocaba con una honradez que semejaba la inocencia, el placer de estar ahí, de entregar eso-.
Alguien me dijo que estaba en una de las fotos expuestas, yo no la encontré pero me alegró saberlo, porque había estado en aquel momento, uno de esos momentos luminosos de la primera juventud, seguramente con el novio equivocado – como siempre, en eso debo reconocer una extrema coherencia para el autoflagelo- pero en el show correcto, tal vez porque soy mucho más intuitiva para el arte que para el amor, ese es un dato innegable.
Como de quince años, así, sólo pensando en vos. Pero como se piensa a los treinta y pico. Pienso en mi hijo, en el futuro, en el trabajo, en lo que voy a cocinar, en el bebé de mi amiga que está enfermo, en las navidades, en los piquetes, en cortar el pasto, en mi novela. Y en vos. Pienso en otros también. Y están detrás. Detrás de tu imagen, ya borrosa, que me obligo a restituir a través de la palabra. La palabra hablada, con mis amigas, ellas se alegran por mí, porque hace mucho que no me veían así, serena, alegre, expectante, pensando en alguien que no es de mi pasado. Alguien del futuro, alguien que no es y yo me digo: que todavía no es. Por que oscilo entre saber que te tendré, al menos una noche. O que jamás te volveré a ver. O que estabas borracho, o sorprendido, o sos siempre así. En que no me registraste ni me registrás.
Pero me mirabas. Pero no sé por qué me mirabas. Porque si no tuviera estos quince me daría cuenta.
Qué ganas de besarte, lento, apenas, suave. Robarte un beso rápido, apurado, ambiguo.
Qué deseo, quemante, de unas palabras tuyas, una iniciativa, un gesto de saludo, de reconocimiento.
Mi nombre, vos diciendo mi nombre.
Pasaron los años y mil desengaños.
De esta primavera inesperada en la que te crucé ya no queda mucho, más que la conciencia de que fue posible el renacimiento.
Mortal aburrimiento al verte ayer tan borracho, tan feo, tan irreconocible, el verdadero. El tonto, dos tontos, tres tontos juntos. Un beso por acá, un beso por allá, una inclinación de cabeza, un saludo, todo dice de vos lo mismo, mortal aburrimiento, un ego intolerable, una ignorancia limitada. No sabés coger, eso lo soñé, ya no necesito ni comprobarlo. Una guarangada más y vomito, porque no es mi estilo, salvo en la cama, y para eso, hay que saber conquistar.

Cartas desde "Iwo Jima" y la provincia de Buenos Aires

Un texto de marzo de 2007 que escribí, decía:
Fui a ver las “Cartas desde Iwo Jima”, la segunda versión de Clint Eastwood (la primera, “La conquista del honor”) sobre esa batalla, narrada desde el punto de vista de un joven panadero, soldado a la fuerza, del glorioso ejército imperial del Japón. El noble General que comanda las fuerzas japonesas, sus oficiales, los soldados, todos saben que están peleando una última batalla imposible de una guerra perdida. La flota japonesa ya fue vencida en la batalla de las Marianas, lo mismo que la aviación. Muchos de los soldados no quieren estar ahí, no saben por qué están ahí ni para qué cavan y cavan cuevas en la piedra, tampoco saben qué cosa son los yanquis. No necesariamente aman al Emperador, auqnue todos, sin duda, aman a sus madres, o a sus mujeres, o a sus hijos, o a sus hermanos, o a sus perros, y se deleitan - bajo el constante y atronador ruido de las bombas que arrojan los aviones, las llamaradas lacerantes de las granadas, las tormentas de balas de las ametralladoras, los castigos a tajo de katana de los oficiales a los desertores-de seguir vivos, de escribirles cartas, de recibir sus noticias. Lo mismo que los soldados norteamericanos.
Todas las madres escriben, en inglés, en japonés, en castellano, las mismas cosas: cuentan sobre cómo están los hermanos, qué hacen los vecinos, cuanto los extrañan y dan consejos sobre actuar correctamente.
Todos los soldados desean lo mismo: hacer el amor a sus mujeres, ver nacer y crecer a sus hijos, abrazar a sus padres, trabajar para sus familias. Vivir en paz y actuar con valentía.
En ambos bandos luchan chicos, de 18, quizás 20 años, muchos de ellos pobres, granjeros, obreros, panaderos.
En los dos frentes algunos luchan por obediencia. Otros luchan por su honor. Otros, por temor, desesperación, instinto de supervivencia. Todos lo hacen por sus familias, que es lo que todos los seres humanos tenemos en común: luchamos por nuestras familias.
Se sepa o no por qué se libra una batalla de una guerra, se puede hacer lo correcto o no. Hay quien mata para sobrevivir, o por miedo, o por desesperación, o por la Patria, o por probar el propio valor. Y hay quien mata por el placer de asesinar, para imponerse, para destruir al caído, al débil, al vulnerable.

Hoy tengo la impresión que se puede vejar, humillar, matar, a los pibes de la Provincia por poner el nombre un poco más grande en el cartel del teatro de revistas de la calle Corrientes. Pero la calle Corrientes no es el país. El país puede ser esa realidad desconocida que trama su venganza.

Otra amiga libriana de City Bell, su hija, la foto y el tiempo

Una niña chateaba esta mañana en mi casa, con sus amigas. Yo estaba sentada a su lado y ejercía una absurda vigilancia maternal sobre lo que ella hacía, intentando no invadir su privacidad al mismo tiempo.
De pronto, lo inesperado, una foto de mi amiga L, que vive en City Bell, pero de hace treinta años atrás, aparece en la pantalla. Doy un respingo y no puedo evitar preguntarle a la niña que chatea a mi lado si está chateando con E. Porque a la velocidad del mismo chat, mi cerebro ha logrado asociar algunas cuestiones que demuestran que el tiempo y el espacio son, apenas, ilusiones humanas. Ya que E. es la hija pequeña de mi amiga L, y la niña que chatea en mi casa es amiga de E.
Y aunque yo sepa todo esto, nadie puede demostrarme que no sea cierto que todo esto no puede ser casual sino que L., la de entonces, la de la escuelita y los juegos de la infancia, la del largo pelo rubio y los ojazos verdes, esa y no la hermosa y combativa adolescente en la que se convirtió o la mujer actual, anda dando vueltas por mi casa, metiéndose en este lío de presentes y pasados y recuerdos.
Hago un ridículo intento de encontrar una foto del ayer para demostrarle a la niña que no estoy loca, pero no la hallo, aunque es como si la estuviera viendo. En blanco y negro y dos niñas, vestidas de fiesta, en los años setenta, posan para la cámara de mi padre en un jardín. Una ya se vislumbra alta, rubia, con el pelo suelto, la sonrisa coqueta y el vestido floreado que le llega al tobillo. La otra, que en la foto tiene casi la misma estatura y hoy es mucho más baja, también sonríe y se complace con su vestido largo con volados, lleva su ingobernable pelo oscuro peinado muy tirante y recogido en una cola.
Y las fotos y las imágenes viajan, a la velocidad de la luz o del cariño fundado en los misterios infantiles, a través del tiempo y el espacio.

Las chicas

Todas tenemos nuestras "las chicas". A veces las chicas tienen 15 años y en ocasiones, 70, pero siempre son "las chicas".
Los hombres que se asoman a este fenómeno sonríen, desconfiados o haciendo burla. Lo bien que hacen.
Si han existido tantos filósofos, escritores, artistas y sacerdotes horrorizados, muertos de curiosidad, apasionados, escandalizados o enamorados ante el misterio de lo femenino, es porque sospechan que nunca accederán realmente al monstruoso, gozoso y nutriente mundo femenino.
¿Qué verían allí, si se les permitiera ingresar a la Bona Dea?
La reiteración del ritual del aquelarre, la catártica exploración del detalle frívolo o perverso en la conversación, la despiadada crítica hacia los hombres que no son los hijos o el padre (pues en estos casos, la crítica no es despiadada, está sobrecogida de amor y dispuesta a justificarlo casi todo), el pensamiento laberíntico que no se decide a desatar el hilo de Ariadna porque no quiere asesinar al Minotauro. Un coctel de mailicia y compasión, de desdeñosa distancia al pensamiento analítico, una caprichosa vocación por lo vital.
Y las chicas, en su rotundo esplendor, brindando con una copa de vino y una sonrisa audaz.

Una amiga libriana que vive en City Bell

Qusiera decirle algunas cosas a una amiga libriana que vive en City Bell (mis precisiones obedecen a un deseo antagónico de mantenerla en el anonimato pues no sé qué pensaría si es aquí nombrada y de identificarla, para que ella sepa que es de ella de quien hablo, agradecida por su comentario y en la secreta esperanza que vuelva a leerme y se encuentre).
Y de pronto, caigo en la cuenta de que este comentario podría ajustarse a dos amigas librianas que viven en City Bell, aunque sólo una me ha hecho un comentario aquí, que refiere a edades y cambios físicos.
Si tuviera que describirla a ella, de la que particularmente hablo acá, o a mi interpretación de ella, o de nuestra relación, podría decir que es una persona que siempre me recuerda lo florido, los colores primarios, la curiosidad por las estrellas y cierto aire de reservado misterio femenino. Una persona de una lealtad sacrificada incluso, que ha hecho de la coquetería un arte exquisito, como si sospechara que la frivolidad es, en definitiva, un asunto muy serio al que hay que prestarle la merecida atención, cultivandoel buen gusto.
Rara. Anda por el mundo con casi todos los atributos de una mujer moderna: independiente, profesional, que cuida su cuerpo mediante el ejercicio y la alimentación sana. Y siempre sospecho que, por el contrario, recorre el camino del amor con la tenacidad casi anacrónica de una heroína romántica: enamorada, fiel, sufriente a veces, aburrida, encantada, pero siempre vislumbrando la presencia de lo divino en su entrega amorosa.
Creo que sería un buen momento para que compartamos un gin tonic.

Mi mundito vegetal


Adúlteras perversiones 2

Él: Asexuado, anodino, cara de nada, o de bobo, o de ingenuo. Alguien que no puede ser imaginado gritando en la cancha, ni abrazando amorosamente a un hijo, ni agarrándose a golpes de puño con un enemigo, ni sacrificando su vida por ninguna causa, ni tarareando la melodía predilecta mientras maneja, de noche, su coche nuevo en una ruta desierta.
Ella: dispuesta a todo para retener ese vacío, esa nada que llena su vida, esa agobiante pero conocida rutina de saberse reina de un reino sin brillo ni horizonte, aunque no se sepa deseada.
Haciendo, mediante eso que no es más que un polvo mecánico, un acto animal desprovisto de belleza o de erotismo, dos cuerpos sin alma moviéndose a un ritmo que ni siquiera les pertenece ni hacen suyo, una rutina de rencor o de venganza o de cálculo, un hijo.
Un hijo que será explícitamente repudiado, por ese con cara de nada, de buenito, ese que aunque intuya las interminables consecuencias de su crueldad, de esas palabras que, al ser pronunciadas, dejarán marca, huella imborrable, igual abre su hedionda boca y habla. Una hija, quizá, que será utilizada, por su ofendida madre, herida en el orgullo, para llegar al hombre, que no es hombre, que es pura máscara de un carnaval veneciano un tanto cínico.
Sin la gracia ni la delicadeza ni la compasión de Visconti en “El Inocente”.
Y la infidelidad consentida, propiciada por ella y la desesperación de él, que lo convierte de ínsipido en cruel, les devuelve, en el espejo de su pacto, la máscara de un nuevo disfraz.

Adúlteras perversiones 1

Creo que era Ana Karénina la novela que comenzaba con la afirmación de que todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas, cada una lo es a su manera.
Del mismo modo, me atrevería a decir que todas las historias de adulterio se parecen, aunque cada una sea desgraciada de una forma particular. Encuentro dos historias en las que el rasgo predominante es la perversión, no de los adúlteros (en este caso, un hombre que engaña a su legítima esposa con una amante) sino de la pareja original, legal, primigenia.
En la voz de una “otra” (la amante, siempre es "la otra", al menos durante un tiempo, aunque en algunos casos llegue a convertirse en la “una”), escucho el siguiente:
Con el paso del tiempo he descubierto que en verdad, estaba obsesionada con ella, más que con él. Con su secreto para retenerlo, con su obstinación en renunciar a la dignidad de la exclusividad, con su sometimiento y aceptación de los hechos. Ante su confesión de que ama a otra, ella (la esposa) ha respondido: ya se te pasará. Lo más oscuro de todo es que tenía razón: lo conocía, lo juzgaba en su correcta medida y, como no estaba enamorada, lo veía, digamos, con cierta objetividad. Por el contrario ella, la amante enamorada, enceguecida de pasión y celos, la imagina, siempre, más poderosa: más seductora, más madre, más bella, más inteligente y, desde ya, más buena. A priori, nadie duda de la bondad de las esposas engañadas, como nadie cuestiona la perversidad de las amantes. Quiere conocer su aspecto y no hay manera. Alguien le dice una vez, sin ninguna conciencia de la tormenta emocional que provoca en su interlocutora: es una linda señora.
Cuando el amor (por él) ya ha muerto, y la obsesión por conocer su aspecto (el de ella) se ha desvanecido por completo, comprende que aunque ahora le revela una amiga que el aspecto de la elegida, la preferida, es descripto como el de una mujer horrenda, espantosa, sin gracia, con una personalidad hipoafectiva, primero piensa qué valioso hubiera sido saber aquello en aquel tiempo de dolorosa especulación, qué alivio hubiera representado a su desesperado ego, y a su culpa. Sin embargo, a la vez comprende que esa unión, la de ellos, no está basada en el amor en absoluto, sino en ese perverso, casi cínico e indestructible pacto matrimonial. Ella ha sido siempre-concluye- un personaje secundario, una voz en off, un juguete, un trozo de leña para alimentar el fuego, dormido, de su entrañable (de ambos) pasión por el disimulo.

Evita protege al niño peronista, según Santoro


martes, 31 de julio de 2007

R, uno de mis maestros

R me ha contado hoy que ha curioseado en mi blog y eso me llena de orgullo, pero a la vez, me obliga a ser más cuidadosa. En un mundo en que se llamaran a la cosas por su forma adecuada, yo podría decir sin temor que R es un sabio y es un poco mi maestro.

Cuando la vida es generosa con uno, se tiene la fortuna de encontrar a los maestros apropiados en los tiempos y lugares más inesperados.

Recuerdo exactamente qué día decidí tomar a R. por maestro, una decisión, por otra parte, de la que no fui consciente en aquel momento. En el teatro de títeres en el que me encontraba, en medio de muchas marionetas que jugaban a la política o al divismo, mientras me ganaba un aburrido ensueño de esos que nos llevan a dejar el cuerpo en un sitio mientras la mente viaja por lugares más armoniosos, escuché de pronto una voz HUMANA y un pensamiento honesto, original y de amor al prójimo. Por supuesto, una forma de reflexionar que no está de moda. R, decididdamente, no es un hombre a la moda, lo cual dice más de la baja calidad de la moda en la política y el intelecto contemporáneo que de la desubicación estilística de R.

Pocos días después leí un texto de él que se titulaba "Contra lo ineroxable". Si solo hubiera escrito ese título, ya me hubiera bastado para confirmar la elección. Que atrás de ese texto, o más bien, de otros que acompañaban el libro en el que fue publciado, hubiera además una sorprendente historia de una admiradora-enamorada secreta, que R. se tomara con tan buen humor mis comentarios al respecto, que yo guarde ese libro en mi armario de la oficina, fue inevitable.

Yo no sabía entonces que iba a trabajar con él y que me iba a dar unas muy apreciadas lecciones. ¿Lecciones de qué? Los maestros no dan lecciones de algo en particular: simplemente, si nos aceptan como discípulos, lo cual no es necesario etablecer mediante ninguna explicitación, comparten generosamente con nosotros los mundos que habitan, los libros de los que gozan y nos abren muchas puertas.

Una mañana, mucho tiempo después, soñé que R. me pasaba a buscar con el General Perón para ir a visitar una escuelita del conurbano, donde se llevaba adelante un taller de enduadernación de libros antiguos. Los paisajes que recorríamos y el edificio escolar parecían salidos de la imaginación de Santoro. Ambos compartimos el secreto de que Perón estaba vivo y dispuesto a luchar contra intendentes mafiosos. Me desperté esperanzada y con la necesidad de contarle a R. el sueño: lo había percibido un tanto triste y escéptico del género humano por esos días.

Convinimos en que ese sueño era un mensaje: el hecho de que termináramos mencionando que yo le observaba al General los zapatos, perfectamente lustrados, y que eso me recordara a mi abuelo Antonio y a su cajoncito de lustrar constituyó un prodigio simbólico. R me contó que su propio abuelo le había dejado, como herencia, un cajoncito igual, que todavía conserva.
Sospecho que si R, lee en algún momento este comentario, una sonrisa cómplice se dibujará en su boca y tal vez se deje llevar por sus propios recuerdos y ensueños.

sábado, 28 de julio de 2007


El invierno



Esta es una interpretación del invierno que María nos hace. A pesar de los tonos fríos y el contraste de blancos y azules, no podemos, de todas maneras, hundirnos por completo en la melancolía. Y sin embargo, tal vez sí. Si tuviera este grabado en mi dormitorio, mis mañanas invernales serían, sino más optimistas, al menos más esperanzadas y calmas.

viernes, 27 de julio de 2007

Fantasmas que escriben cartas de amor

Alguien me cuenta:
Dos veces me pidieron la mano por carta. ¡La mano! El mismo año, con diferencia de meses, dos hombres locos que nunca me gustaron en lo más mínimo.
Uno me regaló un libro de poemas, además, de su autoría. Me dedicaba un poema: un soneto de estructura clásica y tema erótico, con una escena detallada de sexo anal que al parecer, yo le había inspirado, tras ejecutar una bizarra imitación del sepuku de Mishima, en una tarde campestre que no debió de haber existido.
El otro me compuso un disco de canciones de cuna para mi hijo, unos años antes de emerger la carta, detrás de la puerta de mi casa y con sus correspondientes estampillas, en donde contaba una serie de mentiras referidas a cuánto me había amado en los últimos 20 años, en los que apenas nos vimos tres o cuatro veces.
Hace no mucho tiempo, el colmo: otro hombre loco de mi pasado apareció en un mensaje de texto en mi celular. Me dice que quiere verme y que está deprimido. Yo apenas recuerdo su cara.
Por supuesto, el hombre que deseo desesperadamente, me ignora y me castiga con una indiferencia que me avergüenza describir.
Mientras tanto, estos fantasmas del pasado escriben cartas de amor, dirigidas a mi casa o mi teléfono, como si en verdad supieran quién soy.
Es para vovlerse loca.

El mejor regalo que me hizo S

Aunque nunca se entere, el mejor regalo que me hizo S fue la grabación del disco de canciones de Leda y María.
Cuando lo escucho no necesariamente me recuerda a él, pero sí me devuelve, a veces como caricias y a veces como nostalgia, una gran porción de infancia que me dan ganas de comer como si fuera una torta de chocolate o un lemon pie.
Bromeando, y citando a mi amiga M, yo le decía que si una chica tiene un romance con un músico, guarda la secreta esperanza del "tema propio". Una composición que nunca llega, excepto que las personas se enamoren y, luego, desde ya, se abandonen.
Como S fue un buen amigo, a cambio del tema propio, me regaló un tesoro de buenos recuerdos en forma de canciones de mi infancia.
Una vez le hice escuchar el disco a mi hermana y otra vez a L. Ambas, en sus diferentes estilos, apreciaron la cualidad del regalo.

Buenos Aires y las personas que habitan en mi memoria

Conozco a tantas personas, es decir, tengo trato o he tenido trato con, pues conocer es algo complejo, y como a casi todas les encuentro algo que me interesa, me mareo.
Nada me apasiona más que el género humano, y nada me fastidia tanto.
También hay personajes literarios o del cine que forman parte de mi vida casi como si fueran de carne y hueso: puedo enamorarme de ellos, odiarlos, estar pendiente, actuar para ellos, desear que me deseen, necesitar tomar un café y saber si lo endulzan con azúcar o edulcorante o si lo acompañan con medialunas.
Están las personas que habitan en mi memoria: van y vienen, en oleadas, a veces están muy presentes y otras desaparecen. Ciertos lugares me las recuerdan ineludiblemente. Buenos Aires es para mí el hogar de muchas personas a las que amé o con las que tuve amistad, o solamente sexo, y ya no sé si existen, quiénes son, dónde están. Sin embargo, cuando deambulo por sus calles, surgen inesperadamente esquinas, cafés, librerías, bocas de subte, plazas, estaciones de servicio, paradas de colectivos, donde me topo con los recuerdos y tengo la impresión de que quisiera encontrarme con todas estas personas, destinarle a cada una un momento, conversar, saber a qué se dedican, qué música escuchan, con quién se acuestan, si han tenido hijos, qué piensan de la política del gobierno, qué libro están leyendo, si han viajado. Esas cosas.
Tiendo a pensar que me han olvidado y que si pasaran a mi lado no sabrían quién soy, no porque esté cambiada en mi aspecto o en mi modo de ser, sino porque me resulta difícil concebirme en la memoria de los otros.
Me pregunto si existe un lugar llamado Plaza Francia, si E. todavía pasea por ahí, después de ver una muestra en el Centro Cultural Recoleta, si compra artesanías de plata en la Feria, si es que la Feria es real, o si cuando recorre librerías en la calle Corrientes, tal vez con un novio o con un marido o con hijos, se pregunta por mí.
También me pregunto cómo será la casa en la que vive S, con su chica, si tendrá ese aspecto un tanto esnob de su anterior loft, si ella lo adorna con flores frescas y si comen sentados en el piso, sobre almohadones, con lo platos apoyados en una mesa ratona.
Si algún día, cuando camine por calle Chile, me acordaré de E, de nuestros almuerzos en la fonda de la esquina de la delegación, o en restaurantes y bares más bonitos, de nuestras charlas de política y de la vida, mientras miramos vidrieras de zapatos y yo fumo o ella observa cada fachada antigua o edificio moderno com si fuera su próximo hogar.
Me pregunto si cuando maneja por la Avenida Callao él alguna vez se acuerda de esa tarde de hotel, de extravagantes recorridos por las librerías, de complicidades que ya no me interesan hace años, aunque alguna vez llenaron mis noches de expectativas.
O la vez que, casi niña todavía, me perdí en el sesenta, de Palermo a Constitución o al revés.
Algunas cenas en el Club del Vino, un recital del Chango Farias Gómez, con amigas, u otro de Pángaro, con alguien a quien ya olvidé también.
La casa de los jesuitas, esa mañana de sol, en donde conocimos al viejo caballero intelectual, en un barrio donde parecería que no existiera ni la pobreza ni el hambre, y en donde el tiempo se detiene y uno puede pensar en cualquier cosa, sin apuro. O el departamento del productor de cine que ya murió, con sus pisos en falso damero antiguo, que me recordó Carina los días pasados, mientras mirábamos revistas de decoración, y yo recordaba el estudio con su ventanal y el tablero de dibujo que no sé si existió o si yo lo inventé en mi memoria. Lo que sí sé es que, cuando volvimos de ver la filmación en la catedral en la que debutaba Leticia Brédice, imaginé que esa era una casa en la que me gustaría vivir si fuera más cosmopolita de lo que en verdad soy.
La interminable cola para entrar el estadio Obras, a la presentación de La-la-lá, en la que tenía que encontrarme con M. y con E, después de viajar sola en colectivo desde La Plata y enamorarme de un estudiante que viajaba sentado al lado mío.
Y una enumeración que podría continuar hasta el infinito sin que lograra, jamás, saber en qué memorias y cómo yo también habito, si es que tal cosa ocurre.

martes, 24 de julio de 2007

A la Vida Abierta

Tendría que decirle muchas cosas, en forma privada, a La Vida Abierta, respecto a sus comentarios a mis textos. Se las diré en otro momento. Por ahora, con esta especie de ansiedad que se ha apoderado de mí, podría decirle que nuestro diálogo me interpreta en lo que no sé que dije, en lo que tal vez ni siquiera quise decir.
La leo, me lee, no sabemos a dónde nos llevará este intercambio. Vamos descubriendo que estábamos más cerca (la palabra adecuada aquí sería "closer") de lo que creíamos, al menos, en las posibilidades de estos encuentros. Como diría mi hijo: ¡Qué emoción!

Una loca ofensa

La personas que se ofenden demasiado, todo el tiempo y por cualquier causa, tienen algo de cómodas y algo de chifladas. Hay personas que prefieren encerarrse en el enojo, como quien se autoencarcela, de ese modo, al parecer, sufren menos la afrenta que se las haya inflingido. De una susceptibilidad extremista, se trata de personas que prefieren mantener sus motivos en secreto, quizás porque al revelarlo, al convertir esa densa humareda que les ahoga el pecho de rencor, en palabras, sus motivos podrían desvanecerse como los copos de nieve al sol y de ellas, entonces, no quedaría casi nada en pie.

Cuando alguien se ha construido (a sí mismo y a su mundo) con ladrillos de ofendida lógica, cuando en los cimientos la justificación de su existencia está dada en su certeza de haber merecido otra vida, cualquier acto o evento o reacción que ponga en peligro esa estructura será repelido por el mecanismo de la ofensa silenciosa y airada, en todas sus formas: la distancia, el mutismo, el gesto que parece explicarlo todo y queda, apenas esbozado, en un rasgo bovino.

Yo soy así, afirman con su actitud, que sostienen tozudamente incluso ante espectadores invisibles y fantasmas que habitan en su rencorosa memoria. Yo soy así puede querer decir muchas cosas diferentes: gozo como loca de este modo, mi deseo es la pregunta de los que quiero castigar en torno a mis razones, no quiero que los adivine, no quiero que repare el dolor que me ha causado al ofenderme, quiero este dejarlo detenido en la pregunta, esta parálisis, esta distancia que me alivia de mis propias preguntas incómodas o provocadoras.

Yo soy así: soy mi ofensa y no puedo (no deseo) ser otra cosa, otra clase de ser, un ser que es capaz de asomarse a sus propias contradicciones y sentir temor de sí mismo; enfrentarse a sus propias cabezas de meduza que paralizan y matan. Mi deseo es permanecer de este modo, nos dicen con su silencio obstinado, seguro y calentito, en mi rencor, para no asomarme al abismo del vacío de mi corazón, para no ver el espanto con que sido malquerida, mi ofensa primera, mi ofensa original, la que no puedo perdonar, la de saberme olvidada por quienes hubieran debido amarme.

Parecería un atinado consejo el mantenerse alejado de estas personas moral y mortalmente ofendidas con la vida, en todas sus expresiones. Parecería prudente darles el gusto, cerrar el círculo de su lógica y olvidarlas, para que confirmen su hipótesis, para que al fin hallen su justificación y su perversamente apasionada razón de existir.

Sin embargo, algunas veces dan ganas de tomar a esta clase de personas por los hombros y sacudirlas hasta que caigan de sí, como si fueran una alcancía que se rompe, las monedas de oro de aquello que de valioso los seres humanos guardan en su interior. Y que brillen las piezas caídas con pequeños destellos luminosos, como brillaría un has de luz que penetra, con dificultad, a través de la hendidura entre los ladrillos rajados de su prisión de rencor.

lunes, 23 de julio de 2007

Mi amiga y Barthes

Tengo una amiga que ha leído a Barthes y sabe mucho de él y de su obra. Ella es una de las mujeres más inquietantemente inteligentes que conozco, además de que posee el don de la intuición, del que carezco por completo. Su perspicacia intelectual es demoledora, incluso para ella misma.

Hace unos días estaba leyendo un ensayo de S. Sontag sobre Barthes y pensaba en mi amiga. El ensayo se llama Recordando a Barthes y me soprendo al enterame que publicó su primer libro a los 37 años, que, si no me equivoco, es más o menos la edad de mi amiga.

Creo que ella está a punto de dar a luz algo auténtico, algo valioso, su primer obra. No doy más precisiones al respecto porque creo que ya he llegado demasiado lejos. Ella sabrá de qué hablo si encuentra este texto y yo habré encontrado una excusa perfecta para hacerle saber cuánto la admiro.

Personas que sufren enfermedades

Algunas de las personas que quiero están gravemente enfermas. Llevan su dolor por la vida con altibajos: a veces el cuerpo (y sus síntomas) es todo lo que hay en ellas, otras veces el dolor les da una tregua, entonces pueden ser otra cosa que su enfermedad o se convierten en ese nuevo ser que la enfermedad ha creado en ellas, o bien ellas en su enfermedad. La enfermedad es un límite, pero abierto.
Hay otras personas que conozco que hacen todo lo posible por padecer una enfermedad grave. Recorren, apasionadamente, los consultorios de los especialistas en busca de nuevos diagnósticos. Se someten a todo tipo de métodos para hallar la causa sui, que difícilmente se encuentre por medio de una ecografía, o una radiografía, o una tomografía. Es como si experimentaran el erotismo de la enfermedad, sin arriesgarse realmente a lo tanático.
Otras personas que aprecio han sido víctimas de falsos diagnósticos de gravedad. Es como si el cuerpo se les hubiera hecho presente repentinamente, después de haber sido castigado, con el olvido o la indiferencia, durante años, emergiendo como un luchador a punto de dar el knock out. Aunque los médicos inescrupulosos merecerían, en un mundo justo, un castigo, su error puede resultar dolorosa e inesperadamente preciso.

Soy Charlotte Simmons

Le recomendé una novela a algunas personas, pero no les gustó. Se trata de una novela larga de Tom Wolfe que se llama Soy Charlotte Simmons. Me la regalaron para mi último cumpleaños y yo, con mi acostumbrada debilidad por las novelas muy largas, me sumergí con placer en su lectura, a pesar de la espantosa traducción gallega de la jerga de los estudiantes norteamericanos contemporáneos, sobre la que fui advertida.

F. me dijo que al comienzo le había gustado, pero que luego se repetía y se repetía más de lo mismo. Creo que fue cautelosa, porque el libro se lo había prestado yo y, por cortesía, no se animó a decirme lo que realmente pensaba: que esa novela era un bodrio o algo por el estilo.
A., en forma coincidente con F., me dijo que, si bien le había resultado entretenida, se parecía demasiado a una telenovela. En palabras de A. eso no es precisamente un elogio. Por el contrario, a mí el género de la telenovela me gusta mucho, al igual que Soy Charlotte Simmons.

Cuenta, sin ahorrar detalles, la historia de una muchacha brillante, aunque bastante ingenua, nacida y criada en una familia pobre e inculta de un pueblito perdido en medio de las montañas, creo que en Virginia, que ansía encontrar su lugar en el mundo por medio del conocimiento. Para ella, todo lo que desea está simbolizado por la exclusiva universidad a la que ingresa, gracias a que es una de los estudiantes más destacadas de todo el país. En cambio, encuentra todo tipo de miserias humanas, tanto en los hijos de los más poderosos empresarios, políticos e intelectuales estadounidenses, como entre los marcketineros deportistas de elite y los jóvenes intelectuales radicalizados y anti sistema. Mucho sexo, poco erotismo; mucho exceso, poco hedonismo y una gran desilusión intelectual.
Creo que mucha gente joven debe sentir y experimentar algo muy parecido a Charlotte Simmons y que esta lectura puede ser más disfrutable, como novela iniciática, para un adolescente o bien, como lectura placentera, para una persona mayor que haya vivido intensamente la juventud. Me atrevo a decir que, aunque en la forma literaria resulte casi antagónico, algo del espíritu de Sallinger esté presente en este texto, como también cierta melancolía de Carlson Mc Cullers y algo de la ironía y la sofisticación de T. Capote también. Sospecho que a quien le haya gustado Dickens durante su infancia, seguramente le gustará esta novela.

Los zapatos rojos de García Bruni y Oriana de Guermantes



Esta obra de Haydée García Bruni es una de mis preferidas. Por nuestra común debilidad por los zapatos y porque proclama, en silencio, el contraste de una playa agreste y despoblada y un objeto absolutamente femenino. ¿Cómo contemplarla sin recordar esa deliciosa escena de Oriana de Guermantes cuando sube al carruaje y se le levanta la falda del vestido de fiesta y asoman sus escarpines rojos?

Otra obra de María Renati


Una obra de María Renati


Esta es una xilografía de la artista plástica María Renati. A mi modo de ver, expresa muy bien varios aspectos de lo mejor de su obra: la manera en que ella capta la esencia de los objetos de uso cotidiano sin menoscabar los detalles, por medio de un uso del color atrevido, de grandes contrastes. Veo la intimidad allí de la amable invitación a la charla mateada.

Maternidad y escritura

La materinidad está reñida con la escritura, aunque se no se lleva tan mal con la lectura.
No estoy hablando de la cuestión biológica, porque parir es otro asunto.
Ni del uso del tiempo (no hablo de estar atrapando una idea, de haber dado todos los rodeos hacia la palabra justa que surge en simultáneo con la demanda infantil, ma, quiero más jugo; ma, tengo examen;, ma, ¿puede venir esta tarde Ire a jugar?; porque eso se resuelve con cierta organización). Sino más bien de una forma que el mundo adquiere y también, el mundo de las palabras, de la posibilidad de un encuentro honestamente íntimo con la propia experiencia narrativa y el deseo, que debe ser intenso, narcisista. La maternidad es como una postergación de lo creativo o es un posicionamiento de lo creativo puesto al servicio de lo material, de lo real y no tanto de lo simbólico, aunque a veces tenga las peores consecuencias en ese terreno.
Sin embargo, la lectura ofrece otras posibilidades.
Para escribir hay que ser menos madre y hay que estar dispuesta a esa renuncia, hay que colgarse en la frente el cartel del protagónico y olvidar todo lo demás, todo lo que se interpone, todo lo que, en nombre del amor, nos detiene.
Me pregunto si es posible olvidar lo demás y volver a recuperarlo sin perder la sensatez. Me pregunto qué piensan de sus madres los hijos de las buenas escritoras, de las que los han tenido y de las que los han abandonado transitoria o definitivamente. También me pregunto si se hacen esta pregunta.

domingo, 22 de julio de 2007

El mejor escritor latinoamericano vivo

Bolaño es el mejor escritor latinoamericano vivo.

Aunque eso no es cierto, porque Bolaño se murió no hace mucho. Lo peor de su muerte, para mí, al menos, su lectora, y posiblemente para su editores, todos egoístas, no es el sufrimiento de la enfermedad, o del abandono de dos hijos pequeños y de una mujer a la que, estoy segura, amaba. Lo peor de su muerte es que ocurrió cuando apenas lo estaba descubriendo. He leído todo lo que de él encontré publicado.

Mi primer afirmación seguiría siendo válida si tan sólo hubiera escrito Los detectives salvajes. Afortunadamente escribió mucho más que eso.

Es probable que ya se hayan organizado seminarios críticos acerca de su obra y que haya grupos de críticos y especialistas estudiándola -casi como una imitación de algunos de los personajes de 2666-, lo cual, seguramente, a él le haría gracia.

Leo a Pauls y a Bayly sólo porque Bolaño los recomienda.

Bolaño seguramente ocupará cada vez más páginas de suplementos literarios, más homenajes y más conversaciones que lectores, aunque yo tengo la fantasía que existen, dispersos por todo el mundo, grupos secretos de lectores de Bolaño que no confiesan que lo leen ni hablan de él, ni intentan clasificar su obra, ni se consideran a sí mismos eruditos, ni muy inteligentes. Me imagino que hay un público de Bolaño que niega conocerlo incluso, que parece confundirse cuando alguien lo nombra y pregunta, con fingida inocencia: ¿Bolaños, el mexicano? ¿O es Bolaño, el chileno, sin la "ese"?

Un grupo de lectores que lo ha descubierto por uno de los cuentos de Llamadas telefónicas, sólo porque se puso de moda hace un par de años, o que simplemente decide ir más allá de ciertas dificultades que puede implicar pasar de la primera parte de Los detectives salvajes para un lector cómodo o desprevenido.

Un grupo que goza confidencialmente de sus ironías, de su generosa piedad mundana sostenida a pesar de su astucia y su sagacidad, un grupo que se rinde y cae de rodillas y agradece a la Providencia que existan esa clase de escritores geniales, que ven todo, que han leído casi todo, que han vivido y sufrido muchas experiencias extremas, que son valientes, que no se dejan tentar por los atajos, que tienen paciencia, que eluden la cobardía, que saben lo que quieren.

A Bolaño me lo imagino ahora mismo caminando por la orilla del mar, en las playas de Blanes, con los pantalones arremangados, el pelo despeinado, los anteojos algo torcidos hacia un lado, deteniéndose a observar, con disimulo, a una pareja de turistas suecos de edad madura que leen el mismo libro, sentados sobre una lona azul. Y lo veo y me siento una privilegiada porque estoy viendo al mejor escritor latinoamericano vivo. Roberto Bolaño.

Otros blog: la Vida abierta

El blog de CF es el blog de una escritora. Aunque yo no sepa bien definir de qué se trata eso, pero podría señalar que CF tiene una voz, un estilo y algo para decir. A ella le escribí algo así como que sus textos eran de una prosa meticulosamente intimista y, a la vez, salvajamente exhibicionista. No sé si ella estará de acuerdo con eso, como tampoco sé si se molestará porque publique aquí el enlace a su blog. Creo que no se molestará, ya que mantenemos el pacto implícito del anonimato, a la vez que sugiero recorridos para sus posibles y nuevos lectores.
Este, en cambio, no es un blog de una escritora, de hecho, no hay acá textos literarios, hay una expresión adolescente del capricho de hablar en voz alta, con algunos selectos amigos. Para esos amigos o para algún curioso navegante que se considera a sí mismo como un lector, recomiendo "La vida abierta".
No esperen a encontrar allí una lectura leve, no es el caso de los textos de CF. Si quieren asomarse, en cambio, a textos en los que se combinan un original clasicismo (en el sentido de un extremo cuidado por la forma) y una voz de densidad contemporánea que mi me resuena norteamericana (en el sentido de cierta distancia narrativa, cierto despojo para narrar lo denso), es posible que lo encuentren allí, pero hay algo más. Ese algo inefable de la palabra ajena de un escritor autoconsciente.
Esta mañana M, al hablar de esto con muchas menos precisiones, me dice: ya era hora que ustedes (es decir, CF y yo) intercambiaran textos. Yo le aclaro que no he puesto a disposición de CF mis textos, sino que soy, respecto a ella, una lectora.
M no se detiene en mis apreciaciones, aunque yo he puesto un especial cuidado en la elección de mis palabras. Esto no se debe a M se le escapen las sutilezas, sino porque más bien ha captado un aspecto más brutal y superficial de nuestros comunes pudores con CF, y quizás, de nuestra histeria.

Las amigas que viven en el extranjero

Cuando las amigas se mudan al extranjero, es como si se se murieran un poquito ellas y un poquito nosotras. Se muere la cotidianeidad, la de te paso a buscar para ir a comprar un jean, el qué te vas a poner esta noche y el llamado telefónico ritual para no decir nada, sólo para escuchar esa vozs y ese tono. Si yo le dijera a cualquiera como ser Horacio, no significaría nada. Yo no puedo llamar a Francia para decir ¡hola! ¿Cómo va? Como ser Horacio me mandó un mail el otro día.
A veces la amistad cambia de forma en la ausencia y se vuelve fantasmagórica. Cuando hay visitas, son como viajes organizados por un médico perverso, de esos que otorgan más citas por día que las que puede cubir un equipo de diez profesionales y ya casi no queda espacio justamente para lo más íntimo de esas amistades femeninas, que es un espacio sin límites, sin horarios, sin coherencia. Ese espacio de la amistad que acepta interrupciones de niños, de llamados, de pruebas de vestuario, pero no de una agenda de citas familiares y los clásicos rituales de los que viven en el extranjero.
Cuando sólo podemos vernos un par de horas al año, y esas horas son compartidas con otros, se convierten en horas ansiosas, en esas horas en donde queremos recuperar lo irrecuperable que es, precisamente, ese dejar que el tiempo simplemente transcurra en la compañía de esa amiga. Entonces nos gana la desilusión y nos vamos, después de la visita, con la sensación de haber cumplido un ritual vacío y que nos deja con ganas.
Ya no sabemos cómo es la mesa donde nuestra amiga desayuna, cuál es su taza predilecta, qué toalla hay en el toallero de mano de su baño, ni siquiera sabemos qué ropa usa, a qué hora se levanta y apenas, muy poco, del hombre con quien comparte la vida..Y a veces se apodera de nosotros la nostalgia, que puede parecerse a la indiferencia, o a la venganza.
Sin embargo, este es mi intento, recién empezado, de que vos me contradigas. Vos sabés que tampoco en la cercanía hay nada garantizado. Yo sé que ahora es de noche en Brest, que estarás descansando, que el nene duerme, que nos vamos acercando, que yo también te extraño.
Porque a veces las amigas desaparecen. Pero a veces reaparecen en el caprichoso laberinto del tiempo.

viernes, 20 de julio de 2007

Memoria y rencor

A veces me pregunto acerca de las similitudes y diferencias entre la memoria y el rencor.

La memoria repara, rescata, melancoliza, alegra, resguarda, protege y, desde ya, engaña. Todos saben que el rencor envenena y miente y a veces se apodera del corazón de las personas hasta el extremo que ya no podemos distinguir si una persona es ella o su rencor. Una opinión común sostiene, con orgullo: no soy rencoroso, pero no me olvido. Me he escuchado repetirla hasta aburrirme de mí misma. ¿Aquello que no se olvida, aquello que se resguarda en la memoria y se atesora como un bebé, es recuerdo o es rencor?

No olvido tu traición, tu agresión, tu irreverencia. Si permanece en la memoria, acompañado de una sonrisa- aunque sea amarga- de una posibilidad de devenir relato, si se esfuma de pronto y regresa cuando estamos pensativos, tal vez sea recuerdo.

domingo, 15 de julio de 2007