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miércoles, 7 de junio de 2023

Las madres se caen todo el tiempo

 Las madres se caen todo el tiempo.

Cuando una es joven, como metáfora, cuando ellas envejecen, literalmente.
La vejez acorrala las metáforas.
El dolor del cuerpo se impone a otros dolores.
Artrosis, diabetes, problemas con la memoria, osteoporosis, demasiado hambre, insistencia, insomnio.
La caída del padre ya no es un problema del sujeto, sino una crisis de la época.
Cae la ley, cae la autoridad, y mientras construimos otra cosa trepa la violencia que, como en un poema de PS, termina con pibas y mujeres en bolsas de basura hundidas en la mierda en la que hemos convertido el mundo.
La caída de la madre es en plural, caídas.
Y te va rompiendo en pedacitos el corazón y te obliga a asumir cada día una nueva tarea .
El discurso de moda habla de tareas de cuidado.
El trabajo del amor, diría yo.

A veces los mitos nos poseen y no se puede evitar el sacrificio.
El amor también puede ser una carga.
El amor pesa.
Pero la carga del desamor, de la indiferencia, es incomparable a nada. Es como la incesante procesión de la hormiga argentina, que logra derrumbar cimientos poderosos, insistiendo en las grietas más débiles.
La familia puede ser el altar donde rendimos tributo a los muertos y soñamos el porvenir, cultivo y culto.
Y el infierno donde arderemos inevitablemente tarde o temprano.
Aunque tal vez nos salve el único amor que salva, el amor al prójimo.
Pienso que esa forma de amor, que tan bien explica Pablo en una epístola a los Corintios, sino me equivoco y que con frecuencia se lee en los casamientos católicos, es amar en la infancia: así, a pura realidad, amando lo que hay, tal como se muestra, confiadamente, sin recuerdos de traiciones, cobardías, perversiones, agachadas propias o ajenas.
Confiando, anhelantes de futuro, sintiendo intensamente que lo mejor está en el futuro y no en el pasado.
(Entre paréntesis: qué alivio es reconocer que olvidaste al fin, que te da igual, sobre todo cuando es alguien que juega al ping pong con los corazones ajenos, esa gente clava corazones con alfileres uno tras otro en series, sin llegar a conocer a nadie en verdad, sin mostrarse nunca auténticamente, qué agotadora debe ser de sostener la posición de quién solo goza a costa del sufrimiento ajeno, jugando el juego de la seducción como un loco que gira una y otra y otra vez sobre sí mismo en un personal Salón de los Espejos de Versalles al fin nos deja que lo contemplemos en su auténtica máscara. Porque al final, no hay rostro propio, es apenas máscara, sobre máscara, sobre máscara....)

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Esa tarde van a hacerme un aborto

Esa tarde van a hacerme un aborto. Tengo 18 años recién cumplidos y no demasiada experiencia con lo clandestino, con el sexo y con la muerte. 
No se pronuncia la palabra. No se explica en qué consiste bien el procedimiento. No hay pastillas ni inductores involucrados, se dice "intervención", "raspado", "legrado". Nunca estuve en un quirófano, nunca me dieron anestesia total, nunca imaginé que me pasaría eso con un DIU. 
Y de pronto, en un consultorio clandestino, dejo atrás la adolescencia con un par de bisturíes y un sueño que me lleva a una adultez impuesta para la que no estoy preparada pero acepto. 
No puedo hablarlo con nadie, casi nadie. Por suerte, mi madre. Por suerte, mi médica que me deriva a un antro no tan antro, a ver a una abortera a la que ya apalabró. Mi madre junta la plata, pide prestado a una amiga, a un par de amigas, eso lo sabré muchos pero muchos años después, y a medias. Mi amiga, mi novio, y ya. En la camilla estoy sola frente a una extraña con mi miedo, con la culpa, con una angustia a la que tardaré años en poder nombrar. Llevo un tiempo militando el tema, como se lo milita en esa época: entre murmullos, como se habla de sexo, entre susurros, para evitar que te cataloguen de puta o te acusen de que te lo merecés o que te digan que si te gustó cuando abriste las piernas te la banques ahora. 
Soy flaquita y débil como una varilla de río, pero voy a la facultad pensando que todos me miran y se dan cuenta que estoy embarazada y que no voy a tenerlo. 
Me hago preguntas, muchas preguntas, sobre el futuro, preguntas éticas, preguntas políticas, preguntas religiosas, preguntas sobre la maternidad, sobre el amor, preguntas desesperadas que no expreso en voz alta. Todas esas preguntas van a quedar guardadas, van a formar parte de mi torrente sanguíneo, de algún que otro trastorno alimentario y de los ovarios, de las dificultades posteriores en el vínculo con mi madre, con mis hermanxs, con mi padre que no sabe pero un día, años después, prácticamente me hace confesar y llora, y al poco tiempo muere sin que hayamos podido hablar del asunto. Siento que no me castiga, si no que lamenta no haberme podido cuidar, pero también puede ser que me reproche con esos ojos de desesperanza con los que me mira cuando, aun sin decirlo, se lo digo. 

El procedimiento es invasivo y el pos operatorio es algo doloroso. Contracciones, espasmos, sangrados de varios días. No me quejo, la culpa no me deja. Me quedo un día en cama, en la casa está solo mi madre, me acuesto con una bolsa de hielo sobre el vientre, lloro y lloro sin que nadie lo note. En mi familia el protagonismo no me está reservado, y menos si es por algo así, así que a callar y a seguir. 
Mi novio es apenas mayor que yo y no sabe muy bien cómo ayudarme. Al poco tiempo rompemos. Muchas cosas se van a ir rompiendo después. 
Mi amiga me acompaña y me contiene. Será el comienzo de una serie de acompañamientos parecidos, que irán rotando. En el peor momento aparece un amigo con mirada acusatoria, sospecha, ¿sabe? Además de puta soy asesina. Puta y asesina. Escucho a amigas, a hermana, condenar enérgicamente el aborto, escucho calificar a las mujeres que abortan: ignorantes, irresponsables, putas, asesinas. La gama de calificativos varía, pero en general, casi siempre incluye puta y asesina. De los padres no se habla.
Los padres son hombres, están a salvo, a resguardo, no abren las piernas ni se embarazan. 

Mi silencio me protege de la condena, pero también me daña, me encarcela. Madre me acompañó y ayudó, pero sabe mal de palabras de consuelo. Ya está, ahora, parece decir, estás por la tuya, ya sos grande. Casi una madre, una madre que eligió no serlo. ya no sos hija. 
Nadie me preguntó si lo deseaba. 

El fantasma me acompaña y me persigue, hago cuentas: calculo la edad que tendría ese hijo o hija, aunque digo que es tema superado, pero cada vez que le pasa a otra, trato de estar, de acompañar, de poner el cuerpo porque aunque todas lo vivamos distinto a todas nos marca. O a casi todas. Solas y en silencio, es todo peor. Y no somos pobres, si encima fuéramos pobres, qué desierto, qué desolación. 

Muertes, muchas muertes. Pibas y no tan pibas, madres que mueren dejando a sus hijos, solas  en la clandestinidad.

En la facultad, en el trabajo, escucho muchas estupideces. Defiendo la causa pero no hablo de mí. Milito, pero no cuento. La culpa teje una mantilla que me persigue en mi embarazo siguiente, años después, deseado y lleno de expectativas....Y miedos. Como si el destino me la fuera a cobrar. 
Milito a veces cuerpo a cuerpo. Escucho cosas horrendas de personas que quiero y me rodean, duelen, y si alguna vez hablo de mí, todo empeora. Pero de a poco, voy encontrado los "yo también", "yo de este modo", "yo me hice dos"...Y así. Pasan los años. Algunos dedos acusadores mutan en abrazos, o al menos, bajan del pedestal. Algunos dedos que jugaban a profundizar llagas se embanderan de verde y aunque no dicen, ni reconocen, ni se disculpan, ya no lastiman. Se empieza a hacer más y más visible. Nos vamos sumando, nos vamos poniendo verdes, nos vamos dando cuenta de que somos muchas, que no estamos solas, que desde los tiempos inmemoriales, que no es justo, que no queremos que otras pasen por lo que pasamos, ni por cosas mucho peores. 

En 2011 escucho por primera vez a una diputada de la Nación decir en un acto en la Plaza de los Dos Congresos: "Yo me hice un aborto", en primera persona. Ese día, empecé a ser más libre. Ese día empezamos a serlo todas. 
#QueSeaLey


miércoles, 25 de marzo de 2020

Oh, Francis. ¿Y cómo serán los que vengan después?

F.S.F, El Crack-up, 2011, 
Buenos Aires: Crackup
“Una generación nueva, que se dedica más que la última
a temer a la pobreza y a adorar el éxito;
crece para encontrar muertos a todos los dioses,
tiene hechas todas las guerras y debilitadas todas las creencias del hombre”.
(F. Scott Fitzgerald, 1925)


¿Y cómo serán los que vengan después? 
Ya no sé en cual de los ensayos de El Crack up, que se publicó en 1945 y post mortem, retoma el genio de Francis Scott Fitzgerald esa idea que ya estaba en El gran Gatsby.
Me ronda Scott en estos días, como si fuera un hombre del que podría haberme enamorado en medio de este Apocalipsis. Ya no sé si me llega su nombre #SignificanteAmorPosible por el cansancio del trabajo sin pausa, sin descanso y sin rutina, si es la cuarentena, si la falta de tiempo hasta para esta escritura/desahogo, si los miedos por las personas que amamos y por el mundo que conocimos y ya no será de nuevo.
¿Y cómo sería un hombre así, un hombre formado antes del crack up, un hombre para acompañar este nuevo Crack up global? ¿Y cómo sería una mujer así, una Zelda del siglo XXI antes de su propio crack up?
Un hombre capaz de captar la sutileza en la belleza de un acorde de su propia factura, un hombre capaz de la poesía en el dibujo o en la palabra, y de abrazar con más amor que vanidad.
Un hombre que escribió, o escribiría, o escribirá: "después pasé muchos años borracho y después morí". (F.Scott Fitzgerald, 2011: 254) y también "Nunca deseé que hubiese un Dios a quien visitar; a menudo deseé que hubiese un Dios a quien agradecer" (2011: 255).
No sé si alguien así se detendría en alguien como yo, trasnochada rusa, cansada, alienada en el trabajo y que no sabe más que de excesos.
G dice que sus amigos le dicen cosas de mí, cosas lindas. Pero eso pertenece a un mundo que ya no existe.
Y aun si existiera, ya no me embriagan las palabras que sólo pueden sostenerse haciendo equilibrio en las barandas de balcones aceitadas. Abajo, las avenidas desiertas, arriba, el cielo que no toma nota de nuestro pánico.
Aunque tal vez Scott F (lo llamaremos así de acá en más, es posible) por eso quiebra también. No sólo por la locura y la pasión con que ama a su compañera, ni por el alcoholismo o los Locos Años Veinte.

Ni es sólo por la Guerra y por el Fin de Todo lo que Amaba.

Sobre todo, el fin de la belleza humana, esa que se hace también del tiempo para el goce, para la conversación, para tirarse en el piso de una cueva a escuchar tambores de otros mundos o guitarras del futuro.

 Cuerpo a cuerpo.

Como era en el mundo pre avatares y algoritmos ,  como era antes de que habitáramos las catacumbas sin salir a la superficie, cuando lo humano habitaba en el contacto entre los cuerpos y los androides no dominaban el planeta.

Fuego de antes y de ahora, niños encendidos de alegría, comida para los hambrientos y asilo para los sufrientes. Una cueva de amor cristiano. Una pandemia de generosidad.

Pero nuestro Francis (también lo llamaremos así) la ve venir. Cae en todos los pozos, entiende más de lo que los demás creen. Escribe como desde una máquina del tiempo. Y sufre por esa humanidad sin nobleza ni tiempo para apreciar lo bello y lo triste.

Tal vez si Scott estuviera acá, sino fuera un completo borrachín ya, sino todavía un hombre capaz de discernimiento, si me mirara como alguien que puede ver más allá de su ombligo, yo en lugar de arrojarme al abismo de su mirada lo estaría mandando a comprar víveres o a podar las enredaderas, o a hacerme reír en la ducha.
Él por supuesto no iría.
Y yo me quejaría amargamente de su falta de sensibilidad y de pragmatismo.

Y no sé por qué desearía que compensara todo recitándome un poema de Pavese en italiano.
Sería como un acto de locura.
Sería como si V no hubiera muerto y me besara co sus labios gruesos y sus ojos verdes sonrientes y encendidos.
Y brindáramos si temor a contagiarnos  más que de alegría de haber sobrevivido a este holocausto.

Pero a veces ni los Apocalipsis logran que se encuentren los desencontrados.

Hay veces que sólo en un estado de excepción como este somos capaces de calibrar el tamaño de nuestra libertad, de nuestra valentía, de nuestra capacidad de amar.

Hoy leí que L. L. dice que es casi imposible desamarrarse de un deseo. Que al deseo sólo se le puede escapar mediante un duelo, algo así (quizá lo estoy recordando mal). A veces en realidad nos da tanto miedo no volver a desear que permanecemos amarrados a deseos letales como virus.

Y yo estoy, querido Francis, como en una funeraria, todos mis duelos frente a mis ojos, y todos los cadáveres enfriados ya al parecer.

Pero nunca son todos .
Dios sea loado.
Siempre hay vida.

Aunque algunos de ellos no se dan cuenta e insisten, como si las cosas permanecieran inmutables y como si el mundo metafórica y literalmente no se estuviera sacudiendo.

Insisten en ser amigables o en ser amables y yo replico como si eso me importara, como si fuera realmente importante, como si todo ese fuego que alguna vez inspiraron hubiera dejado alguna brasa, más para economizar energía que para dejar el fogón con algo de brasa. Una cordial indiferencia, como la que tenemos con el repatidor de agua (aunque ese sería otro capítulo) o el verdulero, si es que todavía pudiéramos ir a la verdulería. Cosas que hacíamos antes, cuando podíamos salir de nuestras casas y mirar a las personas de cerca, e incluso tocarlas sin miedo.

¿Creerá alguno de ellos que porque soy correcta y me río de sus bromas y contesto sus mensajes aún queda algo de aquello? ¿Todos se han puesto comunicativos y bromistas‽

Nos pasa el miedo.

No es deseo, es aislamiento.

¿No se dan cuenta de que sólo cuándo los odiaba enérgicamente realmente valía la pena?

Oh Francis, you know.


II-

Tal vez Scott no sería ese de los rulos y la mirada asimétrica que siempre se queja de todo pero sabe hacer belleza en este y de este caos.

Scott, atormentado y dandy, perdedor innato, sublime creador de nostalgia, fabricante de mundos que pueden o no existir.


III-


Cada vez que creo que las pestes y los virus, el agotamiento y la vida, los amantes que se sucedieron como si fueran micro amores cuando en realidad no llegaron ni a broma, pusieron fin a ese malestar que me empuja hacia la repetición de lo mismo y lo mismo -ese malestar al que podríamos llamar deseo...Pero. Entonces, ¿si no llegan los celos, mensajeros de los dioses que nos recuerdan que todavía hay algo ahí que no se apaga, es que ya hemos terminado el duelo? ¿Cuántos duelos?
La experiencia es, a veces, una educadora brutal.

¿Y cómo sabés que ya no te importa alguien?, peguntaría (en inglés y con las cejas depiladas y una melenita rubia a la garçon) un personaje femenino de Scott.
Porque ya no siento ni una cosquilla de celos...escuchemos jazz mi querido, como esa tarde en que colgamos las hamacas bajo las ramas de un bosque de novela policial, bebamos  un Martini seco en blanco  y negro  y olvidemos todo de una vez.

Yo te abriré la puerta y te dejaré entrar como si no hubiera peligros.

Podemos hacer planes para el futuro como si creyéramos en eso, o hablar de los libros de Rodrigo Fresán que seguro tampoco leiste ni leerás.

Pero la verdad es que
sólo me extraño a mí.

Sólo extraño a mi familia.

Sólo quisiera mucha más de esta paz -de varios instantes- con mi propio linaje: joven luchador,  encarnación del cangrejo y mirada oceánica y transparente; y acariciar una vez más a mi perra y a mi gata, abrazar a mi madre, besar la frente de mis sobrinos, reírme hablando con mis amigas y amigos, observarte desde la alfombra de pelo azul mientras preparás las verduras y los agridulces y nos envuelve Ella Fitzgerald con su magia de habrá mañana.

Y si es por el sexo, preferiría a un desconocido que te haya leído con la misma sed que yo, Francis, y que se ría de toda esta pavada.



IV-


Estoy agotada de trabajar y limpiar los virus, los vidrios, los azulejos, las telarañas y las promesas sobre el bidet.

Estoy feliz en medio de la borrasca unos instantes, porque un par de nudos se desanudaron y un par de párrafos ennovelados en una trama parecen tener la forma de un tapiz medieval que me satisface.

Nada queda de ellos en mi piel, como si toneladas de alcohol en gel los hubiera limpiado.


En medio de esta crisis que sacude al mundo, en medio del temblor del capitalismo que nunca sabemos si mutará en Hyde sin rastro alguno de Jeckyll, yo todavía imagino que habrá una conversación entre nuestras miradas que restablezca alguna clase de intimidad y de orden musical en esta partitura amorosa demasiado silenciosa y con este allegro ma non troppo que nos  saque de esta encrucijada.


Porque, como escribió F.S. F:



"Claro, toda vida es un proceso de demolición, pero los golpes que llevan a cabo la parte dramática de la tarea—los grandes golpes repentinos que vienen, o parecen venir, de fuera—, los que uno recuerda y le hacen culpar a las cosas, y de los que, en momentos de debilidad, habla a los amigos, no hacen patentes sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpes que vienen de dentro, que uno no nota hasta que es demasiado tarde para hacer algo con respecto a ellos, hasta que se da cuenta de modo definitivo de que en cierto sentido ya no volverá a ser un hombre tan sano. El primer tipo de demolición parece producirse con rapidez, el segundo tipo se produce casi sin que uno lo advierta, pero de hecho se percibe de repente". (El Crack-Up)

martes, 25 de febrero de 2020

Leyendo a La Enriquez





Sé que lo más conveniente sería salir, o hacer ese viaje y estar en la escena y no mirando la escena de afuera,y en cambio estoy siendo así: leyendo lento, muy lento, como nunca supe hacerlo.
Yo, atrapada en la ansiedad, sintiéndome en mi reino al devorar los libros como si fuera el único alimento del náufrago o el oxígeno salvador del asmático, y después corriendo hacia tal o cual sitio donde apenas puedo estar siendo.
Yo, al fin sola, al fin distante de los pequeños diablitos que ensordecen y nos hacen enloquecer de paranoia o de ataques de importancia que nos vuelven tan vanidosas como infelices.
Al fin sola, saboreando las últimas páginas como quien se demora para no salir de la casa.
Al fin, esa soledad que me deja escuchar mi propio latido.
Sin quejas.
Sin simulacros ni autocompasión.
Así, pensando con oraciones y palabras que hagan avanzar esa novelita que escribo, que le mando a J en pequeñas entregas (bendita lectora que se mete en la trama y ya tendrá su papel, como si fuera una de esas escenas en las que Hitchcock se divertía haciendo un bolo, una pasadita frente a la cámara como un ignoto extra).
Quizás .
Yo, leyendo a Mariana Enriquez como si fuera el postre que anhelamos después de las comidas de los hay que (leer para preparar una clase, para evaluar un texto académico, para persuadir a otros de tal y tal política).
Con el pequeño ronroneo y nada más, sin canciones de fondo, sin desear a nadie , como si fuera un monje en un templo de oro mishimesco, pero tan argentina como la inmensa cantidad de horas que pasamos haciendo colas, en medio del ruido que no cesa, sin lograr apenas escuchar nuestros propios latidos.
Yo, al fin estando acá sin culpa, sin desear estar en otra parte, sin hacer de escapista, sin caer en mi propia trampa una y otra vez.
Sin hablar de mí cuando parece que hablo de mí.
Sin simulacros.

Respiro hondo, y en lo hondo, al fin me sumerjo sin miedo.


sábado, 30 de noviembre de 2019

Hasta el cuello, de Aula 20 FBA


"Cristalina misión del agua 
recordar el cuerpo
cuya huella se hace líquida.
Imprevisto destino del cuerpo
vivir para siempre
en la memoria del agua".
Eduardo Rezzano

Con estos versos del poeta platense se presenta el programa de la última obra de Aula 20 FBA cuyo nombre ya es convocante: Hasta el cuello.
Hasta el cuello, metáfora que hace metonimia a la vez con varios hasta. (hasta la raíz, por ejemplo, hasta el fondo).
Estar hasta el cuello es estar prácticamente hundidas, apenas asomando la cabeza.
O su contrario, puede ser interpretarlo al revés, estamos bajo el agua pero la cabeza asoma.
Todavía.

De modo que depende del movimiento, de los movimientos siguientes, hundirse, ahogarse, o salir a la superficie a respirar.
Foto tomada del Facebook de Mariana Estévez
Estar hasta el cuello puede ser como hundirse en arenas movedizas, en pantanos, en suelos traicioneros que nos arrastran a algunos abismos.
Es como vivir en América Latina, es como estos tiempos, es como ser mujer.
¿Cómo sabemos de los límites del cuerpo, de nuestro cuerpo, cuando han sido siempre otros los que disponen de nuestros cuerpos como si fuéramos tan líquidas que no pudiéramos quedarnos, permanecer, o detenernos, o huir sin necesariamente seguir una huella ya trazada, como hace el agua de deshielo, que encuentra el cauce y lo retoma, pero nunca es el mismo.
Como el agua que gotea lento, hasta horadar la piedra.
Pacientemente, con la disciplina de una coreógrafa atenta a cada movimiento.
También las bailarinas de la obra están hasta el cuello.
Sus melenas se hunden en una pecera cristalina, sus cabeza en el agua, sus cuerpos afuera. Sacuden lo mojado, lo húmedo, el peso del agua con fuerza, como brujas, como Nereidas, como habitantes de otros tiempos más dionisíacos.
Pero solo un instante.
Porque la coreografía es más apolínea.
Impecable en lo formal, perfeccionista, como M., que cuida los detalles como los pulsos del ritmo pero....
Cuando los músicos y las músicas invaden la escena, descalzes, cuando los vientos se dejan sentir, yo presiento a Dionisio, yo adivino a esas mujeres de las montañas que ruegan por el agua para sus cosechas, para alimentar a sus familias, para lavarse la sangre que una y otra vez la vida nos pone entre las piernas, o la muerte en todo el cuerpo y en los cuerpos que amamos.
Sacuden sus cabelleras.
Sus melenas.
Sus ropas aguamarinas y luces me engañan por momentos, como si fuera un sueño shakespereano o un cuadro renacentista, pero estamos acá, muy acá, en el Sur, en las tierras asediadas donde los cuerpos a veces se diluyen como el agua.
Las luces juegan con las gotas sobre el escenario.
La música se enamora de las bailarinas y se cortejan.
La obra es muy formal, pienso. ¿Y qué quiere decir eso? 
Eso estoy pensando.
Me dejo llevar y punto.
Pero no hay punto.
Porque la forma se rompe y se desdibuja como el agua.
Ya no sé si son una bailarina con muchos brazos y piernas, una bailarina con cuerdas y vientos, o varios músicos y músicas que hacen bailar sus instrumentos.
No será nunca el mismo río donde te bañes, dijo un sabio hace mucho tiempo.
Yo veo a una doncella guerrera.
Y a una joven virgen que se baña para su amado.
Y veo a quienes se ahogaron.
Y veo a una anciana que limpia el cuerpo de sus difuntas.
Y veo unas chicas que se preparan para salir a escena.
Y veo a las pibas que se empoderan y no quieren ser sirenas sino mujeres completas.
Hasta el cuello.



Ficha técnica:
Idea y dirección general
AULA20 FBA
Interpretación
Aula20 FBA + Proyecto en Bruto
Julia Aprea, Maria Bevilacqua, Cirila Luz Ferron,
Mariana Provenzano, Carola Ruiz, Mariana Sáez
Música
Ramiro Mansilla Pons, Julián Chambó
Ensamble de Música Popular de la Facultad de Bellas Artes
Micaela Juan Baraybar, Katherine Sotomayor Arancibia,
Rocío del Cielo Longobucco, Jazmín Mazzuchelli
Cappello, María José Fernández Molina,
Libertad Centeno Di Luciano, Paloma Manriquez,
Cristopher Manzano Malla, Juan Sebastián Azparren,
Fedah Mihojevic, Germán Díaz, Julián Mandrino,
Jonathan Victor Estrada Ríos
Dirección del Ensamble
Manuel Gonzalez Ponisio
Dirección de arte
Gonzalo Monzon
Realización de vestuario
Ropa para circo
Coordinación general
Mariana Estévez, Diana Montequin
AULA 20 - Facultad de Bellas Artes



jueves, 17 de octubre de 2019

Escribir amando o....en su defecto

Leo un posteo Luciano Lutereau
que me manda mi amiga MS. Habla sobre la escritura en las mujeres. Por qué escribimos, o más bien, qué efectos produce el escribir en nosotras. O para qué. No lo dice, pero podría ser que se pregunte qué del deseo se pone en juego allí, y a qué se renuncia al elegir eso. O algo así.
Cuánto de nuestro narcisismo se despliega así, qué tanto más lindas o menos lindas nos sentimos luego.
Me hago varias  preguntas.
Desde que M me hizo esa entrevista, o más bien, desde que la vi hace poco en video, me sorprende todo el saber que parece haber allí.
En cambio, del amor no sé nada. O casi nada. Del amor en la escritura.
Cuando me enamoro la gente que lee este blog lo descubre. O eso cree.

Los límites entre lo que se dice y lo que no se dice, la construcción de una voz narrativa, el uso de  figuras como metáforas y elipsis parecen, a veces, en vano.
Es como si toda voz que narra en primera persona le perteneciera a un yo que se confiesa.
Tal vez es el efecto que han producido las redes en nuestros modos de leer lo que acá se soporta (sí, claro, apelo a los varios sentidos de esta palabra).
Si es un posteo en un blog 2019, y se comparte en una  fanpage de Facebook, es una confesión personal.
Escribo mientras viajo parada en micro, empapada. Ese detalle se configura como evidencia. Lectorxs que me conocen dirán: ves, es sobre ella. Ella viaja en micro a veces (¿dice micro para mostrar que es platense  o porque su narradora así lo requiere). Es  algo compulsivo (pobre), lo hace incluso si va parada, cuando está muy manija.
Podría decir escribo mientras el tren avanza por la Ruta 40, o la autopista que me aleja de LA. Podría decir escribo mientras los árboles de esta pequeña selva africana que me rodea se agitan con la cadencia sensual de unos bailarines de un tribu ya extinta. Sin una coma.
Escribo sobre el escribir encerrada en un cuarto de hotel una noche de invierno en Moscú.
La escritura siempre es invención, incluso cuando alguien  intenta dar un testimonio judicial que pruebe algo u obligue a alguien a asumir alguna responsabilidad por algún hecho.
¿Pero quién inventa? ¿Me expongo, me oculto, intento saber algo de mí, trato de seducir o controlar a mis fantasmas?
Frena el micro y tengo que tipear de nuevo.
Ya no estoy pensando en las personas enamoradas sino en un texto de Judith Butler sobre Kafka y otro sobre Primo Levi.
Cuando leo también me enamoro, a veces.
Puede ser de un poema, de una novela (es mi debilidad en la amor, pero no la única), un ensayo, un cuento, una crónica.
Cuando estoy muy enamorada, creo, por lo general no escribo. Es un tipo de pasión que arrasa con casi todas las otras opciones.
Por suerte, si es que sucede, pasa rápido. De lo contrario vivir sería imposible.
Cuando ya cargamos con un considerable número de desengaños, vemos venir el golpe del amor que puede tocarnos y muchas veces salimos corriendo. Otras veces nos alejamos porque nos damos cuenta rápido que no hay nada de amor en juego ahí. Esos libros que nos apuramos a terminar porque apenas comenzados nos aburren, o nos desilusionan, o nos conducen a territorios donde resuenan ecos de algunos dolores que hemos mantenido a raya mediante neuróticos y arrebatados esfuerzos.  Y otras avanzamos en una relación que nos ofrece alguna clase de placer o calma, sabiendo que ese fuego ahí no quema ni quemará.
El texto de Lutereau hace referencia a la escritura de una tesis.
Tal vez al teorizar solo buscamos un poco de belleza,  o uno poco de amor hacia nuestra belleza que piensa al conversar en voz alta  escrituras en papel, deseando,   ¿cómo Kafka? , que no sea solo una carta que caiga en manos de los fantasmas.

lunes, 14 de octubre de 2019

Home is were it hurts

"Home is were it hurts".
 (cita indirecta de Amélie Nothom en Golpeate el corazón).
En medio de mareas verdes y días de intensidades emocionales muy fuertes, leo una novela que es como su propio título, Golpéate el corazón, de Amélie Nothom.
Golpeó mi corazón, como me había anticipado M, quien sufrió del mismo efecto al leerla.
Tengo como el golpe rebotando todavía, pegó justo cuando la oscuridad avanzaba en corazones muy queridos y cercanos.
Como cuando una niña dorada estira el puño y no terminás de saber si está en posición de lucha o está pidiendo ayuda, o las dos cosas al mismo tiempo.
A veces nos cuidan las personas a las que deberíamos cuidar, y a veces es al revés.
A veces lxs más pequeñxs deben cargar demasiadas cruces propias y ajenas.
El corazón traicionado de esa forma no puede sanar fácilmente. A veces hace falta hundirse en un abismo cada vez peor para poder emerger y reconciliarse, al menos un poco, con ese territorio de la infancia que, si ha sido muy dolorosa, parece que no deja de sangrar jamás.
Y a veces, casi siempre, es el dolor el que engendra nuestras grandes fortalezas, vocaciones, compromisos.
Y aun así, a veces nos preguntamos ¿hace falta tanto dolor para las pibas?

martes, 8 de octubre de 2019

Y no sos Vronsky

El tren se llena. Chicas con bebés, personas que apenas pueden caminar, a mi lado un chico con alguna clase de autismo, su abuela y un celular.
Una piba canta con más ahínco que afinación para ganarse unas monedas, el sol pega con promesas de fin de pesadillas y yo busco algún indicio en los mundos posibles y las redes que me diga si vos también estuviste pensando en mí.
Con las amigas hablamos todas al mismo tiempo y nos entendemos perfectamente y con los amantes, aunque te escribas mensajes y hables pausado y lento, parece que es todo un gran malentendido como con tanta belleza nos dijo Barthes. Fragmentos del discurso del deseo, amorosa confusión.
En la estación de Villa Elisa veo las ventanas desde la que en alguna vida pasada miré los trenes y recuerdo cuentos y novelas propias y ajenas en las que las mujeres viajan como yo para alejarse de algo que no se sabe bien qué es pero las persigue.
Y no sos Vronsky, claramente no sos Vronsky. No hay Vronsky y si lo hubo quedó olvidado junto a los briosos caballos del batallón del Zar.
Un taxista pajero intentó arruinarme la mañana pero lo ahuyenté con una puteada y música brasilera.
Octubre me trajo tantas esperanzas que respiro como si en vez de cumplir años hacia adelante hubiera cumplido hacia atrás.
Y escucho una canción de una banda que me hiciste descubrir y pienso si será la banda sonora para otra historia que ya va quedando en el pasado, enfriándose mientras me apura hacia otras estaciones, o si habrá más bailes contigo...

domingo, 6 de octubre de 2019

Ahora y Carlson McCullers

Carlson McCullers, fuente
Ahora que ya olvidó por qué había llegado a odiarlo, y realmente no se le ocurre otra razón mejor que el maldito veneno del fall in love, tampoco sus defectos le parecen tan graves ni todas las palabras que se dijeron entre sí, o que escuchó sobre él.
Tenía una reputación tan mala que ella, tal vez por cobardía, tal vez por intuición, solo podía intentar quererlo desde cierta clandestinidad.
Ahora que todo eso quedó lejos, ahora que tantos otros vasos y algunos otros besos, un algoritmo le pone frente a los ojos como si fuera la carta robada de Poe la evidencia de lo que sí estaba bien y era real. El encanto de esas conversaciones.
Y piensa que es una pena haberse dicho cosas tan feas. Y haberlas pensado.
Porque sería lindo sentarse al sol y escuchar canciones tristes de esclavos, soñar revoluciones y hablar de Truman Capote, Carlson Mc Cullers, caníbales ribereños y gauchos cuchilleros mientras llega la noche.

miércoles, 12 de junio de 2019

Néctar de liquidámbar

Estaba empezando la primavera, estación en la que me animo, es como si el renacer del ciclo ocurriera a niveles mitocondriales.
Se produce en mí una agudización de la contradicción: entre la animala arcaica, cuyo deseo despierta algo amorfo pero poderoso, y una nostálgica del romanticismo alemán o del apasionamiento melanco de las almas rusas, y mi sensibilidad estalla. Flores, nubes, atardeceres, discos de Blur, palabras pronunciadas o escritas poéticamente, manos rasgando cuerdas de guitarras, retratos modiglianescos, avenidas porteñas saturadas de autos, todo, o casi todo, me llega al corazón.
Sin filtros.
Venía de una pena de tango y bandoneón, algunos pianos resonaban todavía, pero no olvidaba la balalaika que invita a bailar en las estepas de nuestras almas de linajes campesinos y maestros, de buscadores de estrellas y poesía y resistidoras de diablos y pogromos.
Y chamamés litoraleños negados y reencarnados en amores que ya no cantan más.
Le cuento a mi amiga que X me invitó a cenar. Así, casi de la nada.
Omito el relato pormenorizado de idas y vueltas en el chat a lo largo de meses, tal vez un año o más. Lo omito no por engañarla, sino porque no lo registro, todavía, como lenguaje amoroso.
Nunca le di importancia. Siempre estoy muy ocupada.
Me advierte: si te gusta salí, pero con X no se puede tener nada.
Tener.
Recuerdo esa palabra.
Tener, sostener.
Yo no soy de tener.
Y tampoco me gusta que me tengan.
Prefiero amar a mi manera. Que no es despojada ni filantrópica, es solo así: menos libre de lo que quisiera, pero mucho menos prisionera de lo que el confort recomienda.
Y sino hay amor, que al menos haya literatura. O música. O dibujos.
O nada.
No vamos a regatear.
Tener tal vez sea para gente más prolija, más estable, más correcta.
Yo no quiero tener nada, le digo.
Ella se refería a la fobia que atravesaba a las relaciones muy comprometidas. Síndrome de Cenicienta, a las doce salir corriendo.
Era primavera.
Venía de una relación de mucho tiempo. De esa intimidad que es Cielo e Infierno, y que al romperse nos deja extrañadas en un cuerpo y una vida que parece ajena, algo muerta.
El flaco está bueno, lo conozco de siempre (eso creía, no tenía idea). Hay cierta confianza. Incluso cuando me invita, descreo o niego sus intenciones seductoras.
Es un conocido, pienso, y hay cariño. Podría llegar a convertirse en un amigo.
No me arreglo.
Mejor dicho, me desarreglo y me pongo de entrecasa para salir con él.
No quiero mandar mensajes equivocados.
Ni siquiera sé qué mensaje quiero mandar.
Mi amiga cree que solo empiezo a verme con X porque con X no se puede tener nada.
Y que yo no quiero tener nada.
Pero me gustaba bastante. Eso también lo sé, aunque en ese momento no había reparado en eso, ni en él. Todavía no sé si es un cínico, un bipolar o un alma rota, como la mía, como casi todas.
Mi amiga insistía: te enganchás porque sabés que con él no se puede tener nada.
Y eso le preocupa o le molesta, según la ocasión.
Ella nunca estuvo sin pareja, no le va esa forma de vivir.
Dice que el amor para ella esto y aquello.
Yo la vida sin un amor tampoco la concibo, objeto. Pero la pareja... cuántas veces no es el amor, ¡ni de cerca! Eso de estar por estar no me va.
Me aburre. Me mata. Me hace ser mala. Me embrutece.
En el medio todo el trabajo que se hace leyendo buenas novelas, escuchando (a otros, a otras) y hablando en un diván.
En el medio un no amor que no llega a nacer y ya muere.
Demasiado fuego para tan poco sexo.
Demasiado sexo para tan poco amor.
Demasiadas canciones y palabras.
Hasta que me doy cuenta que tampoco quiero tener a X.
Ni una historia con X.
Y y Z, menos. Ni pena ni gloria.
X es la parte de la ecuación, la incógnita a despejar (en mí). X era cómodo.
A X tal vez yo le gustaba la mitad de lo que me dijo que le gustaba y es un montón.
X me rompió el corazón, pero no mucho. Lo suficiente para recordarme que tenía uno. Quise ser leve como las chicas que le gustan a X, pero la levedad no es lo mío.
Mi amiga tenía razón.
Con X nada.
Pero X te hizo salir de la covacha.
Gracias X. Chau X. Empezó el verano, otra vez más.
Estamos en otoño.
Y mientras camino escuchando canciones y viendo persianas bajas de comercios tristes y abandonados, mientras me distraigo bebiendo del néctar de belleza que proponen los liquidámbar, sonrío en el nivel celular, sonrío sin saber por qué, por lo que vendrá.
Por Dionisio desmembrado, y todas las diosas de la vida, y por los gauchos cuchilleros que aún resisten.
Porque otra vez llegará la primavera.
De regreso a Oktubre.

lunes, 27 de mayo de 2019

Inosportable

Hay un pensamiento insoportable, que piensa en esos últimos momentos. 
Si sabía que era el fin, si algo como una esperanza de escape cruzó su mente, si llamó a la madre, si un calor tierno como el abrazo a una hija pequeña le consoló esa eternidad, si su corazón, piadosamente, se detuvo antes del horror último.
Lo piensa cuando piensa en las miles, en los 30.000. Y en Johana.
Un pensamiento que pregunta si las muertas recuerdan, si la justicia luchada devuelve alguna paz, resta algún dolor.
Repara.

lunes, 20 de mayo de 2019

Como una viajera del siglo XVI



Miraba ahí con atención, como si tuviera un catalejo y fuera una viajera del siglo XVI, como si la sorpresa -y una fantasía de costa- alimentaran un cuerpo ya tan cansado que a veces se sorprendía de que sus piernas aún.
Miraba y no podía comprender dónde o cómo esa imagen tanto, hace apenas un tiempo -un tiempo que no se puede enumerar, curiosamente, pero que se había vuelto eterno por momentos, sobre todo en los momentos en que ese hoy extraño de la foto había sido como un dragón de epopeya y, al haber elegido castigarla con su impiadosa indiferencia, se había vuelto más alado, como todo lo que escapa y al escapar, en lugar de restar, suma.
Esa imagen, digo, había encarnado un deseo poderoso y revitalizador.
Y después el vacío, los rituales de olvido y de distracción.
Las muertes.
Y la novedad de la crueldad, algo que ella tenía edad para haber conocido antes, pero le llegaba de modo tardío y con una comprensión algo enturbiada por haber confundido interpretaciones, hijas de una mala lectura de las posiciones subjetivas, con la simpleza de una evidencia: hay gente que sencillamente no experimenta empatía, gente para lo que nosotros somos cosas descartables y aburridas.
Esa imagen que ella había evitado para salvarse de sí misma en su peor versión, ahora se cruzaba inesperadamente ante su mirada y ahora era nada.
Una silueta sin sentido y un fraseo repetido sin una melodía que conmoviera nada en ella.
Y cuando el hombre que estaba a su lado contando historias de esas que son oníricas e imprescindibles, reales y delirantes, en un ademán efusivo, tomó su brazo con esa mano fuerte, ella supo -con esos saberes que llegan con delay, algo demorados, primero como reacción del sistema epidémico y del nervioso, mielina y sinapsis- que ese, el de la foto y los encuentros furtivos, si es que alguna vez había sido algo más que una invención, ya no existía.
Y la música lo envolvió todo y la lluvia se sumó a la fiesta. Y fue río.

domingo, 12 de mayo de 2019

Y que todo pasa

Hay amores que comienzan más por curiosidad que por atracción.
Nombres convertidos en potentes significantes que hacen sentido en nuestra trama, o memoria.
Producen ecos similares a los de algunas canciones que aprendimos en la infancia, o algún sonido o entonación, una melodía que despierta misteriosos deseos de viajes y aventuras.
Malditos, nombres condenados de antemano. Por su carga de bondad a veces, si bien la bondad no es virtud que enamore en estos tiempos, aunque pueda a largo plazo engendrar grandes amores de esos que sacan lo mejor de dos durante un tiempo, tal vez una vida.
Por su asociación a la maldad, la gelidez, la humillación o el sinsentido.
Amores que en verdad nacen con tropiezos que anticipan su muerte prematura, desencuentros sexuales, desconfianzas profundas, decepciones instantáneas.
Hay otros que maceran lento y producen sabores extraordinarios. Pero no son para ansiosos, impacientes.
Están esos calientes, llamaradas instantáneas. Arden hasta consumirse, pero ¿quién renunciaría a ese fuego?
Después, una lista de pasatiempos olvidables en medio.
Curitas narcisistas (casi inútiles peo no del todo) para heridas subcutáneas que dejó Eros.
Lo que no se aguanta es la mentira.
Sobre todo la que nos decimos a nosotras mismas.
Fingiendo que somos maquinitas. Cuando seríamos capaces de ir a la guerra y conquistar Egipto por ganarnos el amor de alguien (que no nos querrá jamás) y nos mentimos inventando señales de correspondencias donde sabemos que solo hay artimañas de seducción de don juanes que solo gozan al mirarse en sus espejos de lucecitas de vodevil.
Y lo hacemos como si fuera justo el castigo que nos toca, porque muchas veces hemos intentado fingir querer a quienes sospechamos mejores que nosotros, y que nos quieren bien, pero no podemos corresponderles, y elegimos la culpa en lugar de la verdad.
Después, un día te subís a un avión, un tren, un taxi o una camilla, y el mundo gira 360 grados de golpe para que recordemos que no sabemos nada de nada.
Y que todo pasa.

miércoles, 17 de abril de 2019

Demasiado hombres

"En mi trato con las mujeres, entonces, 
fui el abanderado de la enseñanza que recibí: 
amor es lo que falta".
(Daniel Guebel, El hijo judío)

Me piden que presente un libro de un autor a quien admiro, pero no conozco personalmente. He leído algo de su obra, pero no este libro, y tampoco lo que, en apariencia, él considera más importante, a juzgar por los mensajes que me hacen llegar, y las entrevistas que leo en mi pesquisa, tratando de averiguar quién es el escritor, el narrador detrás del personaje, ya que no la persona.
Se declara misántropo y compartimos algunas quejas: se queja de la academia, el esnobismo, ciertas reglas de juego de la sociedad culta, burguesa, actual.
Culpa a la madre, odia al padre, ambos lo conmueven.
Se declara frío, Casanova, temeroso de causar sufrimiento en el amor, culpa del padre y de cómo le hizo ver de chico que ya no amaba a su madre y que iba a abandonarlos, a todos, a la familia.
Como si dijera que los padres, cuando ya no aman a las mujeres con las que han tenido hijos, abandonan también a esos hijos.
Eso me hace pensar en algunos hombres que conozco, y en mi propio padre, y en el padre de mi hijo, y en algún hombre que amé y con el que fantaseé con tener hijos.
¿Las madres siempre somos culpables de todo, incluso, de no haber podido retener el amor de los padres de nuestros hijos, a los ojos de algunos hijos? O peor, ¿de no haber amado lo bastante a los padres, al punto de sacrificarles todo en altares en los que los hijos puedan seguir practicando el culto, sin verlos caer, ni caídos, ni impotentes, ni débiles, ni quebrados, ni muertos, como a veces, muchas veces, están?
Le escribo a M y le hago un reclamo light, descafeinado, vegano, como el vínculo que tuvimos. Más por mí que por él, como para comprobar si ha sido real, si realmente compartimos algo. Busco en esas palabras construir una suerte de "the end", o quizás una forma de cerrar algo anterior, algo con alguien con quien no puedo hablar, y con quien ninguna palabra es light, ni suave, ni tierna. Con ese hombre todos los intercambios fueron como un diálogo entre personas que hablan lenguas diferentes, pero aparentan entenderse, para luego comprobar que todo lo que pueden decirse raspa, duele, conmueve. Pero está vivo.
Y la vida es algo a lo que aferrarse con determinación, a pesar incluso de los rechazos, mientras somos arrojadas a la muerte, que nos aguarda irremediablemente.
Con algunos hombres es como si volviéramos a nacer, mientras ellos nos expulsan, nosotras peleamos por quedarnos, y cuando intentan retenernos, nos parimos y pasamos por el canal de parto luchando para alcanzar esas bocanadas de mundo que llenarán nuestros pulmones de nuevo.
Y juzgamos con dureza, porque no supieron o no quisieron elegirnos, pero sobre todo, porque no supimos cómo hacernos amar, sin quizá aceptar que son hombres demasiado hombres que están muy ocupados en resolver -en su forma de relacionarse con con el amor- sus duelos con sus padres, como Kafka, como G, como tantos más.



jueves, 3 de enero de 2019

Lo que leo o no leo en las noticias

Leo las noticias en las redes, todo parece reducirse a las nuevas y viejas formas en que unos pocos violentan a unas muchas, dicho así o de otras maneras.
Es enero y la ciudad está rara.
Parece la calma que precede al estallido, pero sin estallido.
Brindamos #porqueSeTermineEsteAño de porquería en que sobrevivimos al peligro apenas, y solo algunxs.
(Hay quien está contando los muertxs. Yo no llevo la cuenta, pero sé que son muchxs más de los que Eros puede soportar).
El lenguaje de género en femenino sirve para decir también otras injusticias e invisibilizaciones,  otras  opresiones: pobres, negros, maricas.
Leo las noticias y camino.
Camino bajo el sol fuego y en la ciudad húmeda hasta que se me ampollan los pies y más.
Voy a trabajar.
Leo.
Elijo un melón dulce en la verdulería de mi barrio, mientras un espléndido atardecer melancoliza la patria esclavizada.
Camino y los chicos me piden dinero para comer, para la Sube, para mi hermanita que está enferma.
Y me venden medias y chucherías. Cuando llego al trabajo ya no tengo más plata.
Y los viejos te piden y te dicen que Dios te bendiga.
Dios no nos bendice mucho últimamente, o tal vez sí.
Tal vez toda la bendición posible para Dios sea esta.
Después de todo, pobre Dios, ahora casi nadie cree realmente en él, están todxs atrapados en una religión más poderosa que cualquier dios, es el capitalismo y su relato salvífico.
Parece que Dios pedía mucho a cambio del Paraíso: había que amar al prójimo, ser buenos, humildes, solidarios, poco apegados a lo material, etcétera.
El capitalismo sólo nos pide a cambio nuestra vida y el alma, nos pide la libertad, nos pide que nos matemos entre todos, solo eso. Qué seamos esclavos alegres, y que además lo gocemos.
¿Qué clase de dios podría competir con eso?
Leo y camino.
Es como si toda la historia
latinoamericana cupiera en la espera de Diego Zama en el fin del mundo.
Como si fuéramos los náufragos de El entenado.
Personajes de Saer, de Borges, pensamientos de Martínez Estrada, los nudos en la garganta de Pizarnik, la astucia narrativa de una Silvina que parece reírse de sí misma pero no. Siempre lamentando en el fondo todas y cada una de las traiciones de su marido. No por ser traiciones, quizá, sino por el desamor. En el amor, que no te elijan es la mayor deslealtad. La que realmente no tiene remedio.
Entro a la librería como una posesa, y me encuentro con J y me produce alegría. Siempre me produce alegría en días tristes encontrarme con personas que aprecian la risa, la belleza, la literatura, la música.
Peleo con el mundo y el mundo se la cobra con creces.
Hijo agita las puertas y las alas.
La perra siempre está rompiendo algo y teniendo otro ataque.
Los sueldos cada vez más la baja.
Hambre y desesperación.
Leo las noticias.
Todo es desamparo y biotecnologías e inteligencia artificial conquistando nuestras almas que son nuestros cuerpos y el amor, que era algo tan humano y hoy nadie sabe bien qué es pero todos hablan de eso.
Voy a saludar a mi amiga L y nos tiramos en la cama y hablamos del viaje mientras tomamos mate.  No decimos la palabra amor pero hablamos de amores, y sabemos algo de eso porque crecimos, ella primero y yo luego, sabiendo lo que es no tener el amor que más se necesita y el que buscamos para siempre allí donde nunca está.
Leemos El cuento de la criada casi en sincronía, aunque ahora ella está con no sé que otra cosa y yo leo el último de Harari y me doy cuenta que soy una perdedora, baby (I'm a looser baby), como siempre lo he (sabi)sido, pero todavía puedo intentar pensar a ver si este estar pensando ayuda a prender algún fueguito para el invierno que se avecina.
Que será largo y desconocido, hostil, como el lado oscuro de la Luna donde hoy alunizó una sonda (¿Por qué se llamarán sondas?  Creo que lo supe, creo que lo olvidé) china.
Lo leí en las noticias.
Lo que no leí en las noticias es una sola palabra que explique por qué hay tanto violento suelto y por qué son como una mezcla de  Norman Bates y Robert Mitchun, galanes así, como Mitchun, psicópatas como Norman.
Y no me refiero a las explicaciones sociales, o psicológicas, o antropológicas sobre el patriarcado, ni a la pobre niña violada en el camping de Miramar, sobre la que sólo puedo pensar con el corazón que Dios se apiade de ella y le devuelva las ganas de vivir.
Me refiero a personajes como el de la serie You. Esos que logran, luego de persecuciones y estrategias de caza, seducir a mujeres sensibles, inteligentes, buenas, digamos, y llevarlas a las más horrendas oscuridades e incluso destruirlas.
Me refiero a esos que quizá yo sólo conocía por las novelas de Patricia Highsmith y el cine, y que si la vida te pone enfrente de verdad, aunque todas las personas que te quieren te prevengan, no desenmascarás hasta que vaya a saber que fuckin karma hayas pagado.
Esos que son como drogas, como una dosis de adrenalina que le inyectan a un paciente agónico, y que los despierta eufóricos al banquete de Eros, o al menos eso parece hasta que los arrastran al pozo sin fin de su tanática ponzoña.
Como serpientes que tragan lentamente a su presa, sin pausa.
Y solo la abandonan cuando ya está herida de muerte y parten raudos a repartir su veneno en otro sitio.
De esos sobre los que lo psi darán otras explicaciones, pero quizás solo porque terminan por parecerse al psiquiatra de Psicosis.
Leo las noticias y corroboro que el problema es mío.
A mí me conmueven todavía los acordes de alguna melodía, me gustan demasiado los colibríes y las novelas policiales y de amor, las buenas invitaciones, los ensayistas latinoamericanos atrevidos, prefiero el sexo a rendirle pleitesía a los ídolos con pies de barro que no saben mantenerse erguidos sin hacer daño.
Pero esas cosas no las leo en las noticias.

martes, 1 de enero de 2019

Mientras podamos

"Ahora que he escrito muchas palabras,
Y abandonado tantos amores, 
Y siendo por entero para muchos de ellos, 
Lo que siempre he sido
-una mujer de excesos, celosa y codiciosa,
Encuentro inútil esforzarme".
(Anne Sexton, Cigarros y whiski y una salvaje, salvaje mujer)


Después todo se precipitó, como las piezas del dominó que van cayendo empujándose unas a otras.
Las coordenadas del año que había pasado le parecieron absurdas, como al despertar de un sueño que no podemos interpretar.
Todas las advertencias desoídas, todas las señales pasadas por alto, le parecieron tan obvias, que de haberlas visto en un plano secuencia en un policial clase b le hubieran resultado exageradas.
Ella se había comportado como la chica que huye de Freddy Krueger adentrándose en el bosque, mirando para atrás por encima del hombro mientras todos los espectadores esperan el momento del tropiezo y la caída.
Cuando llega el final, el monstruo es lo que es, lo que siempre ha sido y no conserva ningún rasgo de la máscara veneciana con la que conquistó las noches de carnaval.
Había estado tan concentrada juntando las partes de varias tramas que se le había escapado unir esas piezas.
Los malos tratos, los cambios de humor, las agresiones, eran como peces de colores que acompañan como personajes secundarios la danza acuática de los escalares y otros depredadores.
De pronto, los detalles emergen como vistos bajo una lupa.
Y todo adquiere sentido.
Es como si fuera una niña en la orilla de algún mar, en cuclillas, juntando berberechos con sus hermanos y su padre, como si la vida entre de todo lo que vive cupiera en ese instante.

Intentó la salida fácil, agarró una madera que pasaba flotando, el agua del naufragio era fría, la noche oscura y sin estrellas.
Anduvo unos metros y se soltó.
Hay abismos que deben recorrerse hasta el fondo.
Mientras bailaba y giraba sobre la pista, supo que todo eso había quedado definitivamente atrás.
El futuro es una alucinación.
El pasado a veces pesa como piedras atadas al cuello, a veces se vuelve insoportable nostalgia.
Vivamos hoy, dicen los pies, la cadera, el pelo.
Vivamos mientras podamos, y también olvidemos.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Mientras ponemos el cuerpo

Grabado de Johann Ulrich Krauß (1655-1719): Tiresias
golpeando a las serpientes.
"Las metamorfosis" de Ovidio en 226 láminas
 (Die Verwandlungen des
Ovidii : in zweyhundert und sechs- und zwantzig Kupffern, ca. 1690).
Me gustaría ser práctica como J, leve como L, rápida.
Me gustaría hacer zapping y cambiar de canal, cambiar de serie cambiar de plataforma cuando las cosas se presentan como un tren  que nos va a chocar de frente.
Me gustaría surfear en el tiempo a toda velocidad y tener la autoestima de B, publicitar mi bondad, disimular mi neurosis y mis miserias. Quisiera ser como él, saltar de nombre en nombre y olvidar, no tener que elegir, no tener que perder.
Pero no soy como J, ni soy como L, y mucho menos soy como B.
Tampoco soy como F, haciendo morisquetas, haciéndose el correcto, sobrestimando la sinceridad cuando es nada más que narcisismo.
Puro ego.
Me gustaría no tener que poner siempre el cuerpo. Tan mujer cuerpo, tan nosotras siempre poniendo el cuerpo.
Para gestar, para parir, para abortar, para enfermar.
No tener que hacer colas y trámites, mientras sangro o tiemblo. Y doy explicaciones. Esperar horas veredictos y opiniones. Poniendo el cuerpo, sin metáfora, llevándolo de acá para allá, del cielo al infierno pasando por el matadero.
Gozando tanto, amando, y sabiendo en cada célula que el deseo siempre paga su precio y que a veces es un precio muy elevado.
Mirar a los hijxs como sino pasara nada.Nada, nada, cuando pasa todo.
Llorar mientras hago el test, los test, ¡los millones de test! Los de ella, los de aquella los míos.
(¿cuántos test hay que hacerse para que cada tanto alguno nos haga felices?)
Ser ella, yo, tú, nosotras.
Desangrarte después de parir. Después de abortar. Después del amor, sangrar.
Tener el brazo hinchado por la guía mal puesta y la concha latiendo de contracciones de muerte.
Quisiera no tener que esperar los resultados de ningún PAP, de ningún laboratorio, de ninguna mamografía, de ninguna perinola que marque el pulso: vida o muerte.
Me gustaría creer el mito de la medicina del siglo XXI, su imagen de asepsia, la inmortalidad, la sabiduría de la ciencia, la infalibilidad.
Me gustaría sentirme menos como Maradona, menos que la y lo tengo adentro cuando él no solo ya  me olvidó hace rato, sino que olvidó a una cuatro o cinco cuerpos mujeres más mientras yo ( yo todas nosotras como yoes) veo flotar su nombre entre resultado de laboratorio y sentencias.
Me gustaría no tener que poner siempre tanto el cuerpo mientras  médicos y médicas irresponsables sueltan palabras que golpean como infiernos, queman y laceran.
Me gustaría no recibir mensajes de tontos que creen que lo único importante que necesitamos escuchar mientras todo agoniza, mientras nos duele todo, es lo que hacen con sus pitos cuando ya no nos interesan ni ellos ni sus pitos.
Me gustaría no tener el el cuerpo tus peores moléculas, las enfermas, y saber que mientras yo pongo el cuerpo a este garrón vos ponés la crueldad, la indiferencia y el castigo.
Cuando yo era chica no se hablaba del patriarcado, y sí se hablaba del nuevo hombre, y yo diría, la nueva mujer.
Me gustaría pensar que algún día seremos, en nuestras diferencias, sin perderlas, compañerxs.
Me gustaría que la bondad real de A fuera contagiosa.
Y que ningún hombre pudiera olvidar que los juegos que se juegan de a dos deberían de a dos enfrentar las pruebas.
Me gustaría ser menos ansiosa para la vida, y más rápida para olvidar.
Y entonces recuerdo el enigma de Tiresias del goce en el amor. Y creo que eso es lo que estamos, cada vez más hermanadas, pagando a quienes escribieron las tragedias.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Dionisio en diciembre, unas líneas para las pibas

Dionisio propicia en esta noche de música, flores y amigos el enlace vikingo, de incipiente cristianismo, hacia formas de amor que no reconocen ni propietarios ni dueños ni mercancías.
Huele a jazmines y a tilos la noche.
Somos bárbaras, guerreras bárbaras, conquistadoras de unas horas para las pibas, un poco de libertad, un respiro, un nuevo mundo donde no tengamos que doblarnos la espalda de tanto trabajar. Somos guerreras del amor, necesitamos unas horas para las pibas, cantan las #NélidaCorralón, la noche es hermosa.
Me acuerdo de vos, el único imprescindible, volvés desde lejos,  te abrazaría, te extraño como hacía mucho no lo hacía, daría tanto porque no me guardes rencor.

Lo importante insiste, canta Lucas Finochi

Miro el cuadro inconcluso que es como una película, me dejo llevar y  le digo que tenía razón con aquello de que un clavo saca otro clavo. Lo sacó de mi cuerpo, se han desvanecido las imágenes, su nombre ya no me provoca. De su paso por este pago ha quedado, como mantra, la advertencia: yo te avisé. Dejé hacer del simple mentiroso un sofisticado misterio, del ajedrecista de grandes aperturas y predecibles jaques, un maestro.
Hablamos, en noches de tormenta, con el creador de melodías. Guarda en su memoria una historia de Eros y vida donde yo siempre soy bella, fuego y llamarada. Solo por eso merecería ya mi gratitud. Ahuyenta el miedo a esa lluvia que inunda y no para. Que estremece.
Mi joven guerrero prepara nuevos viajes. Sus ojos razón de vivir la vida verán otros mundos.
Caen sapos de punta y estrellas fugaces, hay sol en la Pampa, hay soledad en la Pampa, hay una promesa que nunca se nos cumple y siempre esperamos, como los nenes que se plantan en las veredas a esperar que les demos comida y revolución, aunque no sepan que existe esa segunda palabra.
Hay alambres de púas en la Pampa. Los ponen los dueños de todo, o los mandan a sus peones a ponerlos.
Los machos carnean vacas y mujeres. Las preñan, como al ganado, las empestan, las dejan con los críos y el cuerpo roto. El corazón endurecido por tanta brutalidad.
Los hombres, en cambio,  hacen fuego y dan de comer, acarician los vientres que gestan a los hijos y a las hijas del deseo; escriben para ver si estás bien después de que se enteran de que tenés una bomba de tiempo en tu interior, como una mula de frontera pero sin droga, ni negocio, ni otro patrón que al que todos nos agobia, señor dios del dinero, ladrón de libertades y justicias.
Diciembre se ha vuelto lluvia e invierno.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Que no tiene remedio ni nunca tendrá

Va al médico como si fuera a rendir examen. Obediente, contesta las preguntas de una anamnesis que solo conduce a nuevos laberintos, callejones sin salida, nuevos exámenes, nuevos laberintos, nuevos océanos de preguntas sin respuestas.
Va a rendir examen como si supiera y a ver a su amante como si fuera un novio, y al novio como si fuera un hijo un poco tontito pero bueno, como esos de los que se dice, sí, los votó, pero más por ignorante que por  facho, como quien le disculpa la torpeza a un verdugo.
Dicen que cuando Isabel finalmente condenó a María Estuardo ella rogó, como todos los condenados, que por piedad le mandaran al mejor verdugo, ese que te mata de un solo golpe, arrancando con limpieza la cabeza.
Dicen que Enrique Tudor fue especialmente cruel con Ana Bolena, la madre de Isabel, en ese sentido (y en tantos más), cuando la mandó a decapitar.
Con ella y con otra de sus reinas.
Dicen que hay hombres que te decapitan así, dejándote una marca, una llaga, una herida tajante, para que agonices lento y sufras más. Es como si marcaran el ganado, sus posesiones, sus bienes. Tal vez por que temen ser olvidados, tal vez solo sean leyendas.
Tal vez porque no pueden relacionarse con una mujer a la que desearon alguna vez sin humillarla, sin intentar someterla.

Va a la presentación de un libro al que la invita su amiga M, un libro cuyo título le atrae particularmente, Personas que quizás conozcas, de Virginia Feinmann. Y escucha en la presentación a la altura y a otra escritora, Raquel Robles, se reconoce allí en esta demanda de verdad que le formulamos a la ficción.  No sea cosa que mi interpretación no sea la correcta y tu voz no sea tu voz sino una referencia autobiográfica realista y verdadera, a  ver si estás leyendo esto porque estás escribiendo en esto tal cosa de tal persona y tal otra de tal otra como si se tratara de la declaración testimonial ante un jurado que.
Después de todo.
Yo que sé.
Vivimos en un país donde las declaraciones testimoniales y los cuerpos violados y torturados se tergiversan. Se miente en donde se jura decir verdad, se dice lo que no es y no se dice lo que gritan las autopsias, los ADN y los huesos que aparecen tarde o temprano.
Más bien tarde.
Tardísimo.
Los muertos que vuelven de los ríos y los mares y las fosas comunes.
Las pibas en los descampados y los basurales.
Tarde. Muy tarde.
Pero igual tardísimo no es lo mismo que nunca.
Va al psicoanalista como si fuera a una iglesia o a una sinagoga, o a una mezquita, o a cualquier templo donde pudiera hablarle a los dioses que hace rato ya que no nos escuchan.
Va como si por ese llanto que llora pudiera terminarse algo del dolor, de la injusticia.
Como si por ir y hacer lo que le dicen, las enfermedades desaparecieran.
Las del alma cuerpo y el cuerpo alma.
Desolador, como canta Leti Carelli.
Desolada.
Como si por escribir apurada en el teclado de un teléfono pequeño pudiera desear a quien no desea y ser amada por quien no la ama.
Como si el olvido, o al menos el reposo, pudieran recetarse en algún consultorio. Como si pudiera olvidar hasta qué punto lo tenés adentro, con tantos análisis que intentan diagnosticar aquello que no tiene remedio, ni nunca tendrá.
Porque no tiene juicio.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Los hombres que me gustan

Estaba pensando en los hombres que me gustan ahora.
No son super héroes ni los clásicos neuróticos obsesivos de manual, ni los Narcisos que se prenden fuego cada vez que se miran en un nuevo espejo y saltan de una mujer a otra solo para no caer en el abismo del vacío (incapaces de amar), aunque tengan algunos rasgos así, por supuesto, después de todo, ninguna de las mujeres que quiero ni yo misma somos más ni menos que bellas y valientes neuróticas, heridas, humanas, loquitas.

Mis amigas dicen que solo me gustan los hombres bellos...
Y tienen razón y se equivocan.
Porque es cierto que me deleito en la belleza, y eso quizá ha sido mi perdición.
No he buscado tanto como me hubiera convenido seguridad, ni comprensión,  ni confort, ni dinero, porque la belleza es la trampa donde vamos a morir colibríes, moscas, mariposas, serpientes, adanes, evas, libertarios, peronistas del goce y la justicia social, y las hijas del siglo hecho de guerras, amores apasionados y locos, literatura y rock.

A morir, y a renacer.

Pero no me gustan los hombres solo bellos o solo los hombres bellos. Que por añadidura un hombre inteligente y sensible sea bello, quién podría rechazarlo.
No sé.
¿Cómo explicar el efecto aterciopelado de un timbre de voz en mi epidemis?  Cómo escribir del impacto de la suave noche hecha novela y canción, rasguido de guitarra y voz de tenor, río de deshielo que corre, jóvenes aventureros en selvas amazónicas o contienentes negros, militantes valientes de revoluciones perdidas, oleaje de mar rescatado de un poema de Rafael Alberti, un hombre lanzado en su tabla de surf al infinito, trazos que de la nada inventan belleza, y acordes que hacen mundos.
¡Ay, esos maravillosos hombres tan distintos a mí, tan extraños, cómo no amarlos, cómo no odiarlos!
La belleza de las manos que saben hacer obra, ¡oh!, es el amor que hace sucumbir.
Pero hemos madurado e incluso aprendido a no dar tantos espectáculos de los que podamos arrepentirnos.
Y entonces los hombres que me gustan ahora, lo poco que de eso yo sé (casi nada, el deseo es un misterio, oh que será que será), son esos capaces de no salir huyendo ante el miedo aterrador de una demanda de amor femenina.
Que no actúan según lo que creen que se espera de ellos, sino que participan de cierta empatía, y pueden acariciar un llanto o acompañar una risueña borrachera sin tanto melodrama ni prolijidad correcta.
Que conocen el poder de un abrazo sentido, ahí, poniendo el cuerpo y capaces de reírse, aunque nosotras hagamos, muertas de sed y de contradicciones, como un personaje  de Visconti que dice: ¡andate, bruto! Mientras aferramos sus brazos.

Son los que pueden leer estas y otras palabras de mujeres, sin pensar que fueron escritas exclusivamente para sus pitos, que no hablan necesariamente de ellos aunque ellos estén en estas palabras, cómo están en el amor que les profesamos alguna vez o ahora o en el futuro; incluso, los que consideran la posibilidad permanente de que sus pitos (grandes, pequeños, medianos, hermosos, raros, gordos, finitos, feos) no sean el centro del universo.
Son los que se hacen cargo de sus hijos  y lo disfrutan, son los que cuando escuchan hablar de cáncer u otras enfermedades serias a mujeres en sus vidas  (madres de sus hijes, amigas, ex, amantes, novias, hermanas, madres, hijas) pueden sobreponerse a sus miedos y estar a la altura, acompañar, decir una palabra dulce, o hacer una broma, ocuparse de los hijos e hijas,
equivocarse y angustiarse, pero  reparar, no lastimar sobre las heridas, leer entre líneas, quedarse.
Intentarlo.
Cuidar. Sin miedo a  que ello signifique firmar una hipoteca o un pagaré que se pague con una libra de carne,  sino más bien un gesto que nos permita seguir siendo humanos y no androides guiados por los algoritmos del deber ser tecnofílico.
Hacerse alguna pregunta acerca de la otra, tratar de ponerse en el lugar.
Decir algo que sea verdad, tomarse el trabajo de conocerse un poco para ello.
Mirarnos a los ojos, dar consuelo en lugar de desmaterializarse como una super nova tragada por un agujero negro o convertirse en una bola densa como una enana blanca vagando sin rumbo por galaxias lejanas.
Los hombres que me gustan, son como nosotras, los que al menos lo intentan.