Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 29 de mayo de 2009

Marcel por Vladimir



Si alguien me pusiera en el brete de tener que definir la escritura de Nabokov con dos palabras (aunque la verdad es que no se me ocurren buenas razones para que tal cosa sucediera), creo que diría: sofisticada y culta.
Pero si recurriera a las palabras con las que él mismo considera a un escritor, diría que reúne tres facetas: es un narrador, un maestro y un encantador. "Un buen escritor combina las tres facetas;-cito-pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor".(Nabokov, V, Curso de literatura europea, Barcelona, Ediciones B, 1997, p. 29)
Aun cuando, al recordar algunos de los climas de este maestro de la magia, lo primero que me viene, como escalofrío en la espina dorsal, es el encanto de lo siniestro, por ejemplo, en Barra siniestra o en El ojo. También el encantamiento de su narrar la soledad del exilado en Pnin, o una evocación de la más lúcida agonía de la enfermedad en Mashenka, aunque quizá debería releer estas novelas porque mis recuerdos ya son un tanto lejanos.
Sin embargo, en estos momentos lo estoy releyendo como maestro de literatura. Y aun cuando toda una vida no alcance para gozar a Proust por completo, el análisis que de "Por el camino de Swann" hace en su Curso de literatura europea añade, a las ya aprehendidas, nuevas lecturas de esta generosa escritura proustiana, que jamás se acobarda ante el exceso de similes y metáforas, con un estilo que ningún otro escritor ha concebido.
Luego, sólo queda llorar y maldecir por la falta de talento propio y agradecer por estos escritores que nos ofrecen, arriesgados y valientes, nuevos mundos cada vez.