Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 16 de septiembre de 2011

Y siguen escribiendo

A 35 años, mi pequeño homenaje. Memoria, verdad y justicia. Este post es de hace un año, y hoy somos muchos más.

Estoy por cumplir cuarenta y esa idea no me gusta nada. Me dicen estupideces acerca  de la experiencia y la sal de la vida, mi aspecto juvenil y que parezco menor, lo lindas que son las  mujeres de 40, boludeces.
Mientras espero una hora en la parada del Plaza de Lavalle y 9 de Julio, me distraigo del cansancio (y el dolor en las lumbares y las cervicales, la jaqueca, y una interminable serie de males atribuibles un 50 por ciento a la neurosis y la otra mitad a los años) escucho las conversaciones de los demás que esperan al insoportable colectivo del monopolio. Detrás mío, no los veo, un muchacho conversa con una chica. Ella le  cuenta que generalmente vuelve en auto, es estudiante de la sede de Moreno de la Universidad de La  Matanza. Dice que cuando se reciba tal vez busque un trabajo en Buenos Aires. El pibe le dice que en Buenos Aires se puede trabajar y estudiar, pero no vivir. No acá, al menos, y señala las columnas de estudiantes secundarios que en homenaje a los 34 años de la Noche de los Lápices y en reclamo al desastroso gobierno de Macri, marchan hacia el obelisco y cortan el tránsito.
Recuerdo los poquitos que éramos, allá por el 84, mi primer año en la secundaria, en La Plata, cuando organizamos la primera marcha por la Noche de los Lápices, con los centros de estudiantes. Un par de profesoras de Barrio Norte que daban clases en el Liceo les advertían a mis compañeras de cursos que las que estábamos en el centro de estudiantes podíamos terminar en un zanjón, como los "subversivos". Por suerte hoy ningún estudiante secundario se bancaría un discurso tan facho. Mi hijo marchó hoy en La Plata, con algunos compañeros del Bachillerato de Bellas Artes y al enterarme, desde mi distancia porteña, casi se me pianta un lagrimón.
Los de la cola en la parada siguen hablando. Una parejita le comenta a otra piba que toman el de Centenario porque sale más barato, pero luego hablan de un viaje a Brasil que hicieron en el verano. Y el pibe que no es estudiante sino que labura en una empresa, dice que toma el bondi todos los días y entonces está acostumbrado a los abusos de la empresa. Ambos viven solos, dicen. Me doy vuelta, distraída de la lectura de Herzog, de Bellow. Los que creía pibes tienen treinta y algo. Son más jóvenes que yo, pero no tanto. Viven solos, laburan y estudian en Buenos Aires, no tienen hijos, pagan alquiler pero tienen auto, se ahorran $ 1, 50 a costa de tardar media hora más y viajar parados pero veranean en Brasil.
Estoy mayor. Pertenezco a otra generación y me doy cuenta que no es exclusivamente un tema cronológico. Pienso más en el día a día. No me banco más viajar parada. Prefiero vacacionar en un cámping en la costa Atlántica y tomar un buen vino a la noche de cada noche de cada jornada. Muero por volver a casa porque quiero estar un rato antes que mi hijo se vaya  a dormir. Y eso es porque tuve un hijo cuando la mayoría de los de mi generación hacían posgrados, o viajaban por el mundo o producían magníficas obras artísticas o  aún vivían con sus viejos o compartían alquileres con amigos. Hacían carrera. Yo ganaba el mango como fuera, con cero glamour, pero en casa había peluches, chupetes y pañales. Chau recitales, pero sí VHS de Dumbo y Pocahontas. El cine pasó a ser una larga cola para películas infantiles y no una escapada con amigos o novio; la cena perfecta un Mc Donalds y no un restaurante gourmet; las prioridades, la bici con rueditas y no el posgrado.
No termino de darme cuenta de si estoy vieja o si me equivoqué de generación. Pero aún así, vuelvo a la lectura de Bellow porque me cuesta entender que estoy haciendo la cola con gente que es apenas cuatro o cinco años más chica, pero nos separan algunos pequeños pero profundos abismos.
Los de la parada ven a los estudiantes marchar y piensan en que el corte los demorará una hora más en llegar a sus casas. Y yo pienso que tengo un hijo que marcha con sus compañeros, como hice yo por primera vez sin mis padres, hace más de veinticinco años. Los de la parada que me parecían tan jóvenes en lugar de peinados punck, llevan melenitas con planchita o cortes modernos pero onda yuppie. Estos raros peinados nuevos. Qué aburridos.
Ser burgués, dice el personaje de Bellow, es pensar que el universo existe para nuestro bienestar.
Y los lápices, dicen los pibes, siguen escribiendo.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Esperando

"Simplemente estar sentado y esperar supone un esfuerzo agotador. Ya conoce usted ese aire opresivo de las oficinas." (Franz Kafka, El proceso)


Dejando a un lado lo que tiene que ver con las relaciones afectivas (amorosas, filiales), se me ocurren algunas reflexiones respecto al ejercicio del poder de hacer esperar a los demás. Hacerse esperar por otros es una práctica extendida y aceptada en varias profesiones y oficios y parece formar parte de la liturgia del poder en sociedades que se resisten a abandonar los hábitos cortesanos en favor de comportamientos más ciudadanos.
Esperando al doctor
No es el caso de mencionar acá  las médicos que trabajan en las guardias hospitalarias del sistema público, puesto que allí los accidentes, la enorme demanda, impiden una planificación del tiempo propio y ajeno. Pero ocurre todo el tiempo en las clínicas privadas y por fuera de los imprevistos de las emergencias, que los médicos de distitnas especialidades dan sus turnos (supongo que a imposición de las clínicas) cada 10 o 15 minutos, lo cual es imposible de satisfacer y por eso, los pacientes esperan varias horas. Si a la condición de enfermo, que de por sí está asociada con la preocupación, el dolor y /o la angustia o, peor aún, la del/la familiar al que acompañamos, le agregamos esas amansadoras, no podemos sino concluir que este abuso de poder (sea responsabilidad de las instituciones, sea de los profesionales) implica un desprecio intenso (aunque "naturalizado") por el otro, por su tiempo, por su dolor, por su enfermedad, impropio de quienes han realizado el famoso juramento.
Para esa cita médica los pacientes han debido postergar o buscar reemplazo en otras ocupaciones (laborales, familiares), trajinar por el aparato burocrático de su obra social, por no mencionar lo estrictamente vinculado al/los problema/s de salud en cuestión.
Esperando al funcionario
Funcionarios públicos son los policías,  las autoridades escolares, los funcionarios judiciales y los de la administración  entre otros. Es lógico suponer que a mayor jerarquía, mayores responsabilidades y que éstas, propias del cargo y la función, los obligue a lidiar con una agenda cargada  en la que no siempre es fácil establecer prioridades y menos aún que estas coincidan con las de las demandas de aquellos ciudadanos que los requieren. Sin embargo, cuando se compromete la atención al público, cabe pensar que detrás de la demanda, necesidad, requerimiento, las más de las veces hay un derecho en peligro, una necesidad que es urgente para el que solicita la atención, que puede tener que ver con lo esencial de su vida (o la de su familia), que no es fácil lograr la mera solicitud de una audiencia, figurar en una agenda de alguien que tiene más poder que uno, esperar, esperar, esperar. A veces horas, días, la eternidad. 
Muchos funcionarios (acosados por exceso de responsabilidades, o embriagados de poder y toda la escala de matices que hay en medio)  parecen haber olvidado la ansiedad, la angustia, la desesperación, la sensación humillante, degradante, que puede acompañar estas esperas. El estrés que provoca ya que no se sabe nunca si el encuentro se concretará y mucho menos si de este surgirá una solución o cuál será el desenlace. Esa solución puede significar el pan de una familia, la escolaridad de un hijo, la vida de una persona que amamos, la llegada de la justicia a una vida injusta, tantas cosas. La espera, que posterga una y otra vez cualquier acción, nos controla y nos paraliza ya que, como en el cuento de Borges, "es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo, aguardarlo sin fin".

jueves, 8 de septiembre de 2011

Un proyecto de locos (cuestiones educativas)

Cada capítulo de Los libros que nunca he escrito  (FCE, 2008) de George Steiner (1929) es un libro, y cada uno de esos libros, abre las puertas al mundo de un intelectual ya maduro, un profesor que ha enseñado en las más diversas instituciones, que, con la absoluta libertad y capacidad crítica que imagino en quienes ya no necesitan quedar bien (o mal) con nadie, reflexiona (de manera obsesiva, crítica y sorteando los límites de la intimidad) sobre un tema. Pone en cuestión incluso sus propias certezas. 
Así ocurre con "Cuestiones educativas", en el que Steiner analiza la "decadencia" de los sistemas escolares (en particular  la educación secundaria y algo de la universitaria) en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Y lo hace, por supuesto, convirtiendo el ensayo en narrativa literaria en la que sus ideas, críticas, recuerdos, parecen enlazados en una coreografía que es, a la vez, clásica y vanguardista. Su deseo, se adivina, escapar al vacío de los libros no escritos, las vidas no vividas, las ideas no expresadas.
Lejos del discurso (y desde ya de la jerga, el glosario a veces mortalmente aburrido  de los especialistas que "dialogan" entre sí), Steiner es un escritor que piensa "en voz alta". Sus ideas se atreven, no otorgan concesiones, provocan, llenan el vacío porque, precisamente, no son lo ya dicho.
Es así que confronta algunas afirmaciones bastante extendidas en el mundo de la política y la pedagogía respecto a evaluaciones comparativas, diagnósticos discutidos una y otra vez en foros de educadores y en los parlamentos, formatos institucionales, currículas, pérdidas de nivel académico o fracaso escolar masivo.
El repetido lamento (compartido y extendido por estas tierras) que enuncia el "empobrecimiento" del lenguaje de los adolescentes, su incapacidad para comprender y analizar textos, para escribir, para utilizar oraciones subordinadas. El "pésimo nivel" con el que egresan de la enseñanza media, ilustrado con un anecdotario que amplifica la prensa año tras año para exhibir el fracaso masivo en los exámenes de admisión a las instituciones de educación superior más exigentes, la ignorancia acerca de la historia de sus propias sociedades, de la ubicación geográfica de otros países, entre otras. El estrés de las familias, los educadores, los especialistas, los políticos, el desconcierto y el no saber qué hacer.
Steiner enumera algunos de los conflictos entre los mundos de los jóvenes habitantes de las democracias de mercado europeas, herederas de una larga tradición humanista y de una formación de elite, y los programas educativos del mundo de los adultos. No teme mencionar el éxito alfabetizador en sociedades dictatoriales, como la soviética, Turquía, China. Se pregunta si no es precisamente ese el "precio" de construir sociedades más tolerantes, integradas, diversas. Es decir, más democráticas y con mayor igualdad social, como la antigua promesa de la república napoleónica, la esperanzada apuesta al futuro, pragmática, algo boba, ingenua, que él le atribuye a EEUU, "Californias venideras".
Propone la imposibilidad de comparar los sistemas entre países, incluso al interior éstos, por la diversidad de contextos, características de las poblaciones, las instituciones educativas, las tradiciones políticas y la historia en la que se inscriben. (¿Qué tienen en común las Grandes Ecoles con las universidades para trabajadores adultos de Nueva York? ¿Cómo evaluar del mismo modo a los jóvenes deportistas estrellas de las universidades tradicionales inglesas con un estudiante avanzado de una escuela técnica francesa?)
¿Qué vínculos se establecen entre quienes participan de la cultura electrónica, informática, el lenguaje escueto de la publicidad globalizada y quienes proponen diez años de enseñanza de gramática y de memorización de fragmentos de literatura como fundamento de la cultura nacional? ¿Qué distingue a las humanidades y las ciencias, si no es "la flecha del tiempo", ya que "las ciencias y la tecnología se mueven hacia adelante. El mañana es más rico, abarca más que el hoy." (2008, 166) "La intuición gruñe: las humanidades y las artes de Occidente son virtuosismos de crepúsculo y remembranzas."(2008, 166)
Pone el acento, al observar con nostalgia pero sin ingenuidad, el abandono de la enseñanza casi enciclopédica  (memoria, repetición, recitado) de algunas disciplinas vinculadas a la lengua y la literatura para dar lugar a una incorporación masiva de estudiantes (justicia social), en la incapacidad que tuvieron las "civilizadas, humanistas y educadas" sociedades europeas para impedir las matanzas escandalosas del siglo XX en sus "guerras civiles".
Habla de docentes "derrotados" y cansados y de alumnos aburridos, cuyo mundo de intereses no está en las escuelas. Como Lenin, se pregunta "¿Qué hacer?"
Indaga acerca del fin del paradigma de la alfabetización como sinónimo de "letrado" (el que conoce la letra de las escrituras), y sugiere que la alfabetización es "la capacidad para tener participación en lo más desafiante y creativo que hay en nuestras sociedades y responder a ello."
Propone la utopía como la alternativa posible para épocas de crisis, y algunos postulados, como enseñar la historia intelectual y social, para despertar el deseo de aventura mental en los jóvenes. Un programa universal de enseñanza, dice, para esta época, debería incluir estudios de matemáticas, música, arquitectura y ciencias de la vida. Debiera trabajarse en equipo.
"La alfabetización en los números, la música, en la arquitectura y en la biogenética. Un proyecto de locos. Ojalá lo fuera todavía más."(Steiner, 2008:182)

Índice de Contenidos
Nota del autor 11

Los libros que nunca he escrito

Chinoiserie 15
Invidia 47
Los idiomas de Eros 75
Sión 109
Cuestiones educativas 143
Del hombre y la bestia 185
Petición de principio 209