Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 31 de julio de 2009

Amiga mediterránea


Como sabe cualquiera que haya vivido un poco y desde ya, todos los lectores de Proust, a las personas las vamos conociendo y reconociendo, a medida que construimos el vínculo, mientras mutamos, crecemos y nos reconstruimos.
Así que la cosa es más o menos como ir pelando las capas de la cebolla, de una en una y a veces, unas cuantas de golpe. Esos momentos, en que creemos llegar a una especie de centro, de esencia del otro (y de uno), tal vez sean ilusorios, pero son, al mismo tiempo, de regocijante empatía. Algo así, quizá, es de lo que se van haciendo las amistades.
Que ojo, también, como son espejo, tiene sus capitas menos nobles, hechas a veces de odio, de envidia, de desconcierto. Pero no simpre, no siempre. A veces sólo hay curiosidad, admiración, alegría. Y, y, y...
A veces, cuando cae un velo (capa de cebolla brutal) algo se rompe para siempre y esa persona muere en nosotros y ya no nos interesa más. Pero no deja de existir y queda la marca, la huella, que puede ser grato recuerdo o herida insupetrable, o esas cosas que guardamos en algún cajón imaginario al que no volvemos casi nunca a hurgar. Muere esa persona, morimos también nosotros un poco, lo que fuimos con-ella-él, y ya. Que de esa materia está llena la vida. ¿Quién no ha tenido una experiencia semejante?
También ocurre lo contrario.
Un día, lo que estaba lejos se mueve. Lo que estaba dormido, en nosotros, despierta y regresa, no sólo como nostalgia (sí, de esos regreso de las clases de danza, de nuestras conversaciones acerca de esos dos hombres imposibles que se tornaron posibles, también amados, intolerables, y tantos otros calificativos) sino también como presente.
Primero, hay que romper el hielo, porque nos sentimos extraños, distintos a quienes fuimos en común. Y luego, dejarse andar nomás.
Es un gusto, amiga mediterránea, encontrar, por medio de tu palabra recobrada, algo de vos, de aquella, de esta, y de mí.

lunes, 27 de julio de 2009

Ceguera (Encierro II)




Basada en la novela de Saramago, Ensayo sobre la ceguera, esta es la última película de Fernando Meirelles, el mismo realizador de Ciudad de Dios.


Una epidemia repentina de ceguera blanca ataca en una ciudad de Estados Unidos. El punto de partida es un conductor, la primera víctima, un ciudadano exitoso que se queda ciego mientras maneja y provoca un caos en el tránsito. Se atiende en el consultorio de un oftalmólogo (Mark Ruffalo) que termina contagiándose. Poco a poco la epidemia se expande, y por razones que no quedan claras, la esposa del oftalmólogo (Julianne Moore) es inmune, pero decide mantenerlo en secreto para acompañar a su marido cuando, como los demás enfermos, es trasladado (por orden del Gobierno) a una suerte de campo de concentración en los que se los recluye en condiciones deplorables de higiene y alimentación. Permanecen allí aislados, custodiados por guardias que disparan a todo el que intente salir. Pronto deben organizarse por pabellones, creando reglas de convivencia que permitan distribuir la comida y asegurar la supervivencia. Sin embargo, a medida que van llegando más y más ciegos, los liderazgos de ponen en cuestión y se impone la ley del más fuerte.
Sin piedad, el espectador será testigo de los comportamientos humanos más ruines. Es inevitable interpretar esta película como una metáfora de las sociedades actuales, la competencia para sobrevivir dominando e incluso exterminando a los demás, la ausencia de solidaridad.
Fernando Meirelles reunió en Ceguera, a Gael García y Alicia Braga, Danny Glover, Julianne Moore y Mark Ruffalo, que personificaron a los principales personajes.

In tranzit (Encierro I)


Hace unos días vi esta película del director Tom Roberts (2008) con un reparto que incluye a John Malcovich y a la elegante y sofisticada Vera Farmiga. Es una coproducción inglesa y rusa que transcurre en 1946, apenast terminada la Segunda Guerra, en un campo soviético para prisioneras en tránsito, custodiado por mujeres sobrevivientes del sitio a Leningrado. Por órdenes del Coronel Pavlov (Malcovich) trasladan allí a 53 prisioneros alemanes, con el objetivo de descubrir quiénes de ellos son oficiales de la SS responsables de varias masacres que se ocultan bajo identidades falsas. Tanto las guardianas como los prisioneros son sobrevivientes. Los alemanes han exterminado a las familias, los amigos y el mundo que ellas conocían. ¿Deben ahora cuidarlos, alimentarlos y curarlos?
Inmediatamente surgen los conflictos. Entre las rusas, con sus superiores y entre sí, además de con los prisioneros. Por el lado de los alemanes, que han estado previamente encarcelados en una mina, entre quienes procuran sobrevivir aun a costa de traicionarse entre sí, para volver a Alemania sin ser descubiertos como nazis.
El amor entre la pobre cocinera y el joven soldado, la compasión de la doctora (Farmiga) que debe proteger a su delirante esposo que ha quedado loco por la guerra; situaciones extremas que ponen a cada uno de los personajes frente a los límites de lo tolerable.
No es una clásica película de guerra. Con un clima intimista y denso, favorecido por la fotografía en blanco y negro y la banda sonora, se detiene en pequeños gestos, detalles, miserias humanas de los que han padecido el frío, el hambre, la violencia y la muerte. Pero también virtudes y pequeños actos de nobleza que prosperan en medio de la nieve sucia, la enfermedad y el rencor.

lunes, 13 de julio de 2009

La historia del amor


Cuando no, mi amiga C, otra vez acierta al recomendarme la lectura de La historia del amor, de Nicole Krauss.

Esta novela no habla del amor, como podría esperarse por el título, sino de cómo el amor (siempre misterioso y engañador) es relatado en los textos que, como las historias de los personajes principales, se van cruzando no sólo en el tiempo (la Polonia invadida por los nazis, la actual Nueva York) sino también en el espacio (Chile, Buenos Aires como lugar mágico en el que, azarosamente, es comprado casi por descuido el libro La historia del amor que conecta todas las historias de la novela).
En una polifonía que no sigue estrictamente el orden cronológico -lo que agrega al relato cierto suspenso que va atrapando al lector-, se suceden las voces de Leopold Gursky, un viejo cerrajero judío, emigrado de Polonia, que "agoniza" en Nueva York y cuya prinicipal actividad, aparentemente,es esperar la muerte (aunque luego iremos viendo que la escritura y el amor son su eje.) Alma Singer, una chica de quince años, huérfana de padre, empeñada en conseguir un novio para su madre que sólo parece interesada en recordar a su marido muerto y leer literatura; Zivi Litvinoff, un misterioso escritor con quien Gursky compartía en su juventud polaca ensueños literarios y, quizá, un amor; y, por último, la voz del hermano pequeño de Alma, apodado Bird, que cree ser uno de los lamed vovnik,uno de los verdaderos treinta y seis hombres justos en la tradición judía.
El texto dentro del texto, La historia del amor, es una rara novela escrita en yidish, pero cuyos originales se perdieron en una inundación que sufrió la casa de Litvinoff, en Chile. Publicada más tarde en español, se convierte, para la joven Alma Singer, en un misterio a develar, ya que ella debe su nombre a la protagonista de este libro. ¿Por qué su padre se la regaló a su madre muy poco después de conocerla? ¿Quién era su autor? ¿Y quién es el misterioso hombre que ha encargado a su madre que traduzca el libro al inglés?
En verdad, sí podríamos decir que trata del amor, pero no de su realización, sino de su busca, su pérdida, su añoranza, su rechazo. Pero también es una novela de misterio. Del misterio que se esconde, prometedor aunque muchas veces siniestro, en un libro del que esperamos, a veces, muchos más de lo que la literatura es capaz de darnos (la verdad. Y a nuestro padre, a la mujer perdida, al hijo que ignora nuestra existencia) y en el que, otras veces, encontramos mucho más de lo que somos capaces de tolerar.



Entrevista a Nicole Krauss: http://www.literaturas.com/v010/sec0902/entrevistas/entrevistas-02.html

>La historia del amor
Nicole Krauss
Editorial Salamandra, 2006.
285 páginas

V

sábado, 11 de julio de 2009

Para leer a una joven escritora en un buen blog


A veces nos ausentamos largos periodos. Pero yo no dejo de pensar qué estará escribiendo. Y cada que vez que vuelvo a su blog, me vuelvo a sorprender. No sólo porque escribe cada vez mejor, sino porque sus historias (sus personajes, el clima, los escenarios, la estructura) logran atrapar al lector. Parecen escenas de la vida cotidiana, sin importancia. Y sin embargo. Sordidez no sería la palabra adecuada, pero no encuentro otra en este momento. Hay algo del orden de lo siniestro en sus relatos, pero el humor interrumpe ese clima. Y cierta distancia. Y la economía de palabras.
Y todo, como si en lugar de palabras usara una camarita que espía en la intimidad.

Todo en :http://lavidaabierta.blogspot.com/

miércoles, 8 de julio de 2009

4200 caracteres

Quiero escribir un cuento que tenga 4.200 caracteres con espacio para mandarlo a un concurso, pero no encuentro ningún texto mío que sea tan breve y desde ya, desconfío tanto del valor de mis cuentos como de la conveniencia de mandarlos a un concurso que estipula la necesidad de escribir un cuento con 4.200 caracteres. Ya ocupé más de 300 para decir nada: apenas mi miedo y mi desconfianza.

No creo que me alcanzaran para hablar del libro de Ivo Andrich que tengo en mi biblioteca y que no me atrevo a releer. A veces lo tomo en mis manos, temblorosas, lo acaricio y sospecho que en su interior se aloja un secreto que los hombres llevan milenios tratando de adivinar: el modo de comunicarse con los muertos. Yo lo descubrí, mediante ese libro, y me da miedo hablar de eso, pienso que nadie va a creerme, que tal vez sólo lo haya soñado. A la vez, sospecho que es imposible hacerlo a medida, sin faltar a la verdad, sin torpeza, sin escamotear el centro del descubrimiento y demorándome más de lo necesario en estas dudas.

A ese libro mi padre lo compró de joven, supongo que cuando fue publicado, en los sesenta. Al escritor le habían dado el Nóbel, no sé si por esa novela, no sé si mi padre lo conocía de antes. Una tarde de invierno fui a visitarlo. Era imposible hablar con mi padre sin discutir, sin que te dieran unas ganas incontenibles de llorar, de gritarle o de escapar de su ira, o su melancolía, que alternaban todo el tiempo, como si mi padre fuera dos personas, al menos: una horriblemente violenta y la otra de una emocionalidad y autocompasión intolerable. Entonces, yo hacía como que lo visitaba, para no sentir culpa o tal vez para tratar de alegrarlo, no lo sé. Pero como no se podía estar con él ni hablar con él, me iba a la biblioteca y husmeaba y elegía algún libro que me interesara y lo dejaba hablarme de eso, aunque no recuerdo que me dijo de éste en particular. Me lo llevé y lo leí y me interesó. Transcurría en Bosnia, en la época de Napoleón. Los personajes principales eran el cónsul austríaco, el francés, el agá otomano y, además, judíos pobres y campesinos, turcos comerciantes, cristianos ortodoxos y fanáticos católicos.

Señalé con lápiz, como suelo, las frases o cosas que llamaban mi atención: la receta de una comida, el vestuario de un personaje, la narración de una batalla.

Cuando lo terminé, le devolví el libro a mi padre, llena de genuino entusiasmo o tal vez exagerándolo para que se pusiera contento de habérmelo prestado, de que tuviéramos un tema de conversación, para que no tuviera esa necesidad apremiante, en cuanto me veía, de hablar de todo lo que lo había hecho sufrir mi madre, de cómo extrañaba a mi hermana mayor, de lo inteligente que era mi hermano menor.

Cuando murió mi padre, unos años después, mi hermano y yo desarmamos la casa y las bibliotecas, las pilas de diarios viejos que se acumulaban, decrépitas como los últimos años de mi padre, por todas partes, la ropa en mal estado, los trozos de nuestros corazones rotos, las fotos viejas de la infancia, el odio, la incomprensión a su locura, cartas de amor y papeles sin sentido. Y la portentosa, maravillosa colección de discos.

Yo encontré ese libro y me lo guardé. Ni mi hermano ni yo estábamos en condiciones de discutir quién se quedaba con qué.

En los márgenes, junto a mis propias anotaciones, mi padre me había contestado. Llevaba meses de muerto cuando las leí.

No tiene importancia alguna saber qué decía yo, qué contestaba él. Pero es un hecho asombroso y a veces pienso que lo mejor es que permanezca oculto y en secreto. Aunque pueda ser contado en menos de 4. 200 caracteres con espacio.