Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 21 de septiembre de 2009

"O Creso o nada": la embestida de Clarín y el Diablo



Con la lectura de una de las biografías más conocidas acerca de César Borgia, quizá por la precisa elección del título, que era, justamente, el lema de este príncipe por excelencia, O César o nada (Vázquez Montalbán, Manuel , Planeta, Buenos Aires, 1998), podemos encontrar un interesante retrato no sólo de la familia Borgia, sino del surgimiento de los estados absolutistas modernos en pleno Renacimiento.
Todo el poder humano, a lo largo de la historia, se ha sostenido, tal como muy bien lo entendió y tan genialmente lo describió Marechal en La Autopisa de Creso, en tres pilares: la religión (Tiresias), la guerra (Ayax) y el dinero (Creso, el gran burgués). Todo eso, desde ya, ha costado y cuesta baños de sangre, generalmente provista por el cuarto pilar, el "pobre Gutierrez" (el Pueblo), al decir del propio Marechal.
Quizá porque el triunfo de Creso, desde la Revolución Francesa en adelante, ha sido tan rotundo, tan extendido y tan ominoso, a veces olvidamos que ha habido siglos y siglos en los que Ayax y Tiresias tuvieron la supremacía, ya sea alternativamente, ya sea en cómplices alianzas.
En tales momentos, Creso oficiaba más bien de servidor, engañosamente sumiso, a los designios de Tiresias y de Ayax.
Y bien vale recordar que aunque el padre, Alejandro Borgia (o Borja, en este caso, nuestro Tiresias) usó del dinero toda vez que le hizo falta para seducir voluntades (tal como usó de los matrimonios de sus hijos, como cualquier príncipe o rey de la época), y su hijo, un Ayax renacentista, dispuso de Creso cuando el arte de la guerra le fue adverso, ambos lo consideraban, todavía, un instrumento al servicio del poder político que construyeron. Un imperio que el padre Papa planificó con detalles, estrategia e inteligencia (y mucha paciencia) y el hijo llevó al climax y a la caída en pocos años que, sin embargo, marcaron la historia de Europa y abrieron las puertas para los imperios que se encolumnarían sobre las ruinas del Renacimiento en Francia, España, Austria e Inglaterra.
Pero la ponzoña de Creso es más veloz, astuta y contagiosa que la de cualquiera de sus circunstanciales aliados. Y ha terminado por convencer, incluso al mismo Gutierrez, humilde trabajador manual que cada tanto se revoluciona contra la tiranía de Creso, de su propia doctrina.
Y si en su momento Tiresias usó del arte religioso medieval y renacentista para evangelizar y someter a Gutierrez, que en su versión americana llegó de la mano de los fanáticos y brillantes jesuitas; y si el aventurero Ayax usó del patriotismo y los rituales bélicos para mandar siempre a Gutierrez como carne de cañón a las batallas de guerras interminables, puede decirse en favor de ambos que, al menos, creían en lo que hacían, sin por ello justificar que bajo sus heroicas gestas morían de a miles todos los Gutierrez de la Tierra.
En cambio, el vulgar Creso sólo cree en sí mismo. Sirve a un dios sin otra liturgia que su propia exaltación, pero nos hace crer que ya no hay dioses. Utiliza un discurso libertario (ya antiguo, por cierto) para encubrir todas las formas de esclavitud que ha sabido construir sin tener que ponerle el cuerpo a nada, creando las crisis a los pobres pueblos del mundo y a la vez, erigiéndose en su salvador.
Y en nuestro propio país, la tierra de Marechal, sus ritos son defendidos por horrendos y berretas sacerdotes y sacerdotisas que hoy se pueden llamar María Laura Santillán o diputada Giudici, la bruta y brutal Patricia Bullrich o los patéticos Bonelli y Silvestre, lo mismo da. Porque Creso no conduce, como César hacía, sus ejércitos, ni hace del honor, la crueldad y la valentía sus banderas. Comparte el lema, actualizado, "O Creso o nada", pero esconde la cabeza como Magnetto, De Nárvaez y sus amos verdaderos que, si al menos tuviéramos el beneficio de la religión, ubicaríamos, como corresponde, del lado oscuro. Porque como decía Giovanni Papini, "el mayor triunfo del Diablo es habernos convencido de que no existe". (Papini, G, El Diablo)

El erotismo en Tiziano


Contradiciendo las ya clásicas interpretaciones de Erwin Panofsky acerca de la obra de Ticiano y otros pintores renacentistas, el historiador italiano Carlo Guinzburg (hijo de la escritora Natalia Guinzburg) me sorprende con su análisis en "Ticiano, Ovidio y los códigos de la representación erótica en el siglo XVI", en su libro Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia (Gedisa, Barcelona, 2008, 286 pag).
Sabemos que durante el siglo XVI (el mismo de los Tudor en Inglaterra, de la casa Valois y de los reinados de los hijos de Catalina de Médicis, en Francia; de Iván el Terrible, en Rusia; del papado de Julio II, guerrero y despótico patrón de Miguel Angel, entre otros y del apogeo y fin de la casa de Trástamara y luego de los Habsburgo en España y Austria, y hago esta aclaración especialmente para mi amiga Elvira), la cuestión de las imágenes eróticas fue centro de la atención (y de las tensiones, por qué no) de la jerarquía católica, inmersa a la vez en las luchas entre éstos y los luteranos y protestantes en toda Europa.
Si en la historia del arte se ha aceptado como interpretación generalizada el carácter humanista de Tiziano, y la interpretación iconológica, en ese sentido, sostiene que recupera en su pintura el simbolismo de las obras de los poetas latinos, como Ovidio, Guinzburg viene a cuestionar esa lectura. (Se detien para ello, por ejemplo, en el "Rapto de Europa", que ilustra este post, arriba)
Al parecer, la función erótica en la obra de Ticiano prevalece por sobre otras consideraciones, y la cuestión del simbolismo mitológico no oficiaba más que como velo a las intenciones, más carnales, por cierto, del pintor. Ticiano, en todo caso, ni siquiera conocía el latín -afirma Guinzburg-, así que, sus lecturas de Ovidio provenían de las versiones de la "vulgata", muy difundidas por entonces.
Valiéndose de diversos documentos, Carlo Guinzburg va probando su tesis, incluyendo una nueva interpretación de la carta muchas veces citada, del propio Ticiano a Felipe II, respecto a su famosa Dánae (que vemos a la derecha de este post). Le promete una nueva versión al monarca español, tras recordarle que "Dánae que se veía por la parte delantera", se verá en otra obra ("Venus y Adonis", a la izquierda) por "la parte trasera".
¿Cuál o cuáles han sido entonces las fuentes del veneciano? ¿Cuál o cuáles, los sentidos primigenios en sus pinturas? Exaltar los sentidos, la sensualidad y el erotismo, al parecer de Guinzburg. Y, en tal caso, aunque no lo fuera, aunque esta tesis subleve a muchos historiadores más ortodoxos, aunque descifrar las intenciones y sentidos subyacentes en la pintura renacentista sea una tarea siempre inacabada, acepto, de buen grado, el goce erótico como destino para un "espectador-gozador" menos erudito y más abierto.

Carlo Guinzburg nació en Turín, Italia, en 1939 y en la actualidad da clases en Pisa. El queso y los gusanos es uno de sus libros más conocidos. En el siguiente enlace, podemos leer una entrevista con el investigador noruego Trygve Riiser Gundersen sobre sus publicaciones y su método historiográfico de la microhistoria, de la que fue pionero.http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=16557

"Chelsea Hotel", by Leonard Cohen, to Janis Joplin



El sábado venía en el auto escuchando la radio, Universidad. Creo que era el Turco quien hablaba, pero no estoy segura. Si no lo era, podría haberlo sido, por la elección del tema y el relato que hacía, de la vida y la música de Leonard Cohen.
Mi mañana había sido densa y cansada, cargada de malas noticias de esas que una tarda bastante en procesar y de las que acusa recibo sin sorpresas, pero con esos dejos de confirmaciones esperadas aunque indeseadas.
La música me envolvió y me acunó como una madre afectuosa. Pensé que era Nick Cave, confieso, yo siempre tan sorda.
Pero el Turco (si es que era él) explicó que se trataba del canadiense Leonard Cohen y que esa canción "despechada" era producto de su encuentro y encamada con la apasionada Janis Joplin en ese legendario hotel de Nueva York.
Y la voz me envolvió y me dejé llevar, mientras el sol apenas se atrevía a insinuarse en ese mediodía cargado de tormentas, y Cohen rasgaba la guitarra y la garganta, "well, never mind, we are ugly, but we have the music".

Sitio oficial de Leonard Cohen: http://www.leonard-cohen.com/

domingo, 20 de septiembre de 2009

La herencia de Eszter, de S. Márai


Ya en un post anterior he mencionado mi descubrimiento de este autor, mediante la lectura de El último encuentro, aunque como ocurre con algunas novelas que llegan para quedarse a habitarnos, la primera impresión es sólo eso, una primera impresión que, con el correr de los días, se queda a vivir, resignificándose en el contexto de nuestras sucesivas interpretaciones y de interpretaciones compartidas con otros lectores, como A. Esta vez, hemos coincidido y, como no es usual que nos ocurra eso con la literatura, a los pocos días busco otra novela de Márai que quizá podamos compartir.
Hay libros que llegan a nuestra vida en el momento preciso en que tienen que llegar, y ese ha sido el caso de El último encuentro. Trajo consigo, además de la belleza que habita en toda narración elegante y honesta de un buen escritor, algunas respuestas a otras esperas y ensueños de últimos encuentros que una añoraría, si la vida tuviera esa clase de justicia literaria que a veces creemos que puede tener.
Y algo parecido, aunque apenas acabo de leerlo, me ha ocurrido con La herencia de Eszter (Barcelona, Salamandra, 2000, 13a ed. 2006). Es cierto que no nos deja de Lajos (el gran amor de la juventud de Eszter, la narradora) una muy buena impresión: mujeriego, abusador, encantadoramente mentiroso, ha regresado después de veinte años para apoderarse de lo único que no logró quitarle entonces a Eszter, su familia y sus amigos.
La vida de esta solterona ha trancurrido, desde que Lajos la dejara para casarse con su hermana Vilma, muerta hace mucho, en una especie de no-vida, de continua espera, de la lenta agonía de quien ya no desea nada (en un clima parecido, si se quiere, al de El último encuentro, en el que los pequeños detalles de los preparativos para recibir al visitante van dando lugar a las explicaciones que precipitaron los hechos, veinte años antes).
Junto con su parienta, la anciana Nunu, y las visitas dominicales de su hermano Laci y sus amigos Tibor y Endre, la vida de esta mujer transcurre repitiendo la rutina un día tras otro, entre el jardín donde cultivan flores y almendros, y la casa, donde han quedado las fotos, los muebles y los recuerdos de la vida que podría haber sido y no fue.
Pero el domingo en que, tras enviar un telegrama Lajos anuncia su visita, todo cambiará.
Es Eszter la que nos narra los sucesos de esa fatal mañana en que regresa Lajos, con su pequeño y desagradable séquito, además de sus dos hijos, los sobrinos de Eszter.
¿Pero por qué Eszter no se rebela contra el destino que Lajos viene a imponerle una vez más? ¿Es posible, acaso, escapar del destino? ¿Es ella cómplice de su propia desgracia? ¿El cinismo de Lajos lo explica todo?
La conversación con su sobrina Eva, que la carga de reproches y le pide ayuda para poder huir, a su vez, del destino que su padre ha elaborado para ella, pone luz a algunos acontecimientos que determinaron los hechos ocurridos veinte años atrás, pero esa explicación tardía, que de algún modo le hace una pequeña justicia a Lajos, no ayudará a Eszter. Ella misma nos dice: "Me sentía mareada, como siempre que me veo obligada a salir de mi mundo inmaterial de espera, de contemplación y de sombras, para enfrentarme a la realidad."

lunes, 7 de septiembre de 2009

The Tudors



Quienes gustamos de leer biografías históricas, tarde o temprano caeremos en la vida de esta familia tan interesante. Ya sea que lleguemos a ella por un buen o mal recuerdo, siempre sesgado, de alguna mega producción de Hollywood sobre la vida de Ana Bolena (la segunda esposa de Enrique), ya sea que hayamos leído algo más académico sobre el surgimiento del Imperio inglés o la ruptura de Enrique VIII (1491-1547) con el papado, o bien, esa coyuntura tan intensa en lo político que se produjo en el siglo XVI europeo (con consecuencias en América, desde ya) con los reinados de Francisco I en Francia; Carlos V en España y Austria y, desde ya, los Tudor en la serie, muy bien realizada, que narra el reinado de este controvertido rey. En la temporada actual, ya hemos visto el casamiento de Enrique con su tercera esposa y madre de su único hijo varón (que reinará como Eduardo VI), Juana Seymour, y la muerte de esta reina. En el último capítulo, tras la violenta represión en el norte, causada por las resistencias a la política anticatólica que implementó Thomas Cromwell, el Rey firma la famosa Acta de los Seis Artículos.
Jonathan Rhys Meyers interpreta a Enrique y es un bombón, mucho más bonito que los retratos que del rey nos han llegado, como puede comprobarse en las imágenes que ilustran este breve texto.
Creada por Michael Hirst, la serie está producida por Peace Arch Entertainment para Showtime en asociación con Reveille Productions, Working Title Films y la Canadian Broadcasting Corporation. Se ha rodado en Irlanda.