Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 27 de julio de 2017

El Negro Muiña, una parte de la ciudad, una parte de nosotros

Se murió el Negro Muiña, y estos recuerdos vinieron a mí.
Andaba yo por los 22 o 23 años, a punto de recibirme, trabajaba en la por entonces Subsecretaría de cultura provincial y tenía un jefe entrañable y que estaba lo suficientemente loco como para confiar grandes responsabilidades a pibes y pibas que apenas estábamos floreciendo.
Claro, por entonces no lo sabíamos, algunos de nosotros ya habíamos pasado por la fe absoluta en la revolución colectiva, la conversión desde un progresismo izquierdista al peronismo, la militancia política barrial, los talleres, el nihilismo y el existencialismo; y mientras el menemismo sacudía los cimientos de nuestros sueños, hacíamos arte, leíamos poesía y escribíamos artículos, cuentos y novelas impublicables.
Bancábamos a las Madres y las Abuelas, al principio, eso nos hacía sentir raros y algo aislados de las mayorías. Después fue diferente.
La política nos daba cachetazos, pero el rock nos acogía, y  aunque no teníamos un céntimo y había que patearla todo el día o combinar el tren y la bicicleta, aunque se podía vivir una semana entera con arroz, yerba y cigarrillos armados o Achalay, mis amigos pintaban, grababan, esculpían, tocaban la guitarra, dibujaban.
Íbamos a recitales de Spinetta, de Charly, de Pat Metheny, de los Redondos, de Fito Paéz, de Virus.
Teníamos mucho sexo, teníamos amor, y por lo general, teníamos las dos cosas.
Al igual que mi hermana y otras amigas, a los veinte ya tenía un recorrido laboral. El primer empleo: de moza (no se decía camarera entonces) a una edad prematura, todavía en secundaria. Como iba a un colegio de las élites de la clase media profesional universitaria platense, era poco lo que allí trascendía del barro en el que a veces se hunden las más bellas y prometedoras familias.
A los 16 servía ginebra y cerveza a las "estrellas" de rock locales, y a muchos que luego lo serían, y mis amigos y mis amigas me hacían el aguante, y cada tanto caía algún novio, o ex novio o futuro novio, a sorprender la noche platense del triángulo de bares.
De todo ese material estaba hecho mi círculo social y afectivo, y tal vez por eso cuando mi jefe L. me tiró el desafío de convertir el hall central de la casa donde funcionaba Cultura en una sala de exposiciones para que los artistas jóvenes hicieran su primera muestra, lo tomé con la naturalidad con la podemos tomarnos las cosas a los veinte, creyendo que lo podemos todo.
Y algo pudimos. Hicimos Espacio Joven, ganamos muchos amigos -y algunos poderosos enemigos de los cuales no teníamos ni la menor conciencia. Luego la tuvimos, claro. (Cuando alguien con poder se decide a humillar a alguien más débil y más joven, se aprende rápido. Esas cosas son inevitables, como las decepciones.)
Empezó así, con una muestra de unos amigos, y siguió, con la ayuda inestimable de H, y muy pocos más, pero de los que valen la pena, y se convirtieron en cinco años y más de 90 muestras de artes plásticas de jóvenes desconocidos, en la capital provincial y en un organismo público de cultura.
Todavía no estaba terminado el Teatro Argentino, había muy pocas salas, casi no existían espacios culturales, estábamos construyendo algo que no existía, y no nos dábamos cuenta.
A la mañana, hacía mi trabajo de oficina, vestida o disfrazada de más grande, porque a veces me iba a dar clases luego, a gente que en su mayoría me llevaba varios años y era mi perfomance para sentirme segura.
La jornada se hacía larga porque cuando llegaba H, nos convertíamos en un equipo de montaje, dejaba los taco aguja y lo ayudaba, él la tenía clara: nos subíamos a las escaleras a dos metros, colgábamos los cuadros, acomodábamos las obras, muchas veces con participación de sus autores y familiares.
Mis compañeros de trabajo formaban distintos agrupamientos: los que se escandalizaban de semejante uso del hall de la Subsecretaría (de cultura), en especial cuando las muestras eran extremadamente vanguardistas para la época (los noventa), los entusiastas y curiosos, y los indiferentes. Curiosamente, pese a trabajar en un ámbito cultural, la mayoría estaba lleno de prejuicios respecto a la plástica.Un grupo minoritario se sumaba, colaboraba, quería ser parte. Eso siempre ayudaba, porque me hacía sentir respaldada y acompañada. Animarse a ciertas cosas siempre paga un precio, lo sabemos. Pero entonces todavía no lo entendíamos.
Nacieron nuevas amistades, posiblemente con otras personas que estaban dispuestas a pagar el precio de su deseo, como el caso de V, y otros más.
Foto de Florencia Olivieri, publicada por Martín Basterretche
Más tarde, en la época en que vivía cerca, iba hasta mi casa, me bañaba, me cambiaba en menos de una hora y regresaba, porque a la hora de la inauguración fungía de anfitriona y ayudaba a servir algún ágape o atender a la poca prensa que se acercaba. Lalo Painceira, por ejemplo, siempre.
Mi jornada había empezado a las 7, había atravesado distintos roles, y llegaba a la noche. En el medio, casi todos los días de inauguración (tres por mes), me hacía una escapada hasta Capítulo, a la vuelta, en calle 6, y charlaba con Perla o, sobre todo a esa hora, con el Negro.
Todo eso ocurrió -si mi memoria, siempre caprichosa, no me juega alguna trampa- antes de que mis amigos se hicieran a su vez amigos de él, antes de que se cruzaran relaciones familiares, sociedades comerciales, crisis, problemas de negocios y de enfermedades.
Todo eso fue como en la prehistoria. A él lo conocía todo el mundo en la ciudad. En mi caso, desde niña, porque mis padres compraban libros en Capítulo y mi madre tenía amistad con Perla. Eran tiempos de cero cadenas y pocas, y muy buenas, librerías.
El Negro era curioso, sonreídor y seductor, le encantaba conversar de libros, pero también de arte, de política, de chismes platenses. Y por entonces compraba la milésima parte de los libros que deseaba, y en general, los compraba en librerías de usados o los leía prestados, así que no era una buena clienta, ni posiblemente nunca lo fui, porque en los años siguientes, cuando tuve un poco más de ingresos, compré mucho libros en Buenos Aires, en calle Corrientes, y cuando realmente mi situación fue más holgada (¡pesada herencia!) y pude comprar libros, las cosas ya habían cambiado mucho en la librería.
Y en nuestras vidas, claro.
Quienes conocen mi trama familiar y social podrán preguntarse por qué elegí este recuerdo tan lejano para evocar al Negro. Quizá porque como aprendimos de Proust, la personas con las cuales mantenemos vínculos de amistad o sociales durante tantos años se nos van revelando en sus -y nuestras- diferentes facetas y miradas, y es muy difícil recuperar esas primeras sensaciones, esos recuerdos despojados de todo los claroscuros de los que están hechos los vínculos humanos sostenidos en el tiempo.
Lo que sé es que en el entramado cultural de La Plata, el Negro Muiña y la librería Capítulo -con P., por supuesto, también con mi querido amigo E., con C., con todos quienes dejaron allí sus marcas- tuvieron una centralidad maravillosa y allí varias generaciones de lectores, estudiantes, docentes, descubrieron nuevos mundos y aventuras.
Y hoy, cuando vi en el muro de mi amigo M. la noticia de la muerte de Jorge, el Negro Muiña, me acordé de un tarde, nublada como la de hoy, a punto de inaugurar quizá la tercera o cuarta muestra, ya un poco más segura, yendo a dejarle unos volantes a la librería para difundir (en tiempos donde no había Internet), y me acordé del Negro, sonriente, que no paraba de preguntarme cosas de la muestra, de los artistas, de la vida, mientras me recomendaba tal vez La conjura de los necios, o alguna otra novela.
Se va una parte de nuestra amada ciudad de La Plata.

2 comentarios:

Fideo dijo...

"Eran tiempos de cero cadenas y pocas, y muy buenas, librerías."

De cuántos personajes nos estaremos privando en estos tiempos...

Mariana dijo...

Querido y recordado Negro. Hasta cada vez que te pensemos. Gracias