Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 23 de agosto de 2007

biografías históricas

Mi madre me pide que le recomiende bibliografía de biografías de pesonajes históricos a una amiga suya y yo me fastidio. ¿Por qué me enojo? No estoy muy segura, pero es probable que confíe demasiado en el hecho de que el desarrollo de este particulaer gusto literario por el género en cuestión es un tema complejo que requiere de muchas aclaraciones. ¿Hay un gusto por el género o es por algunos personajes en particulares? ¿Es igual cualquier biógrafo? ¿Y no es acaso el recorrido, la búsqueda, las frustraciones y los descubrimientos, lo que aliemnta esta singular pasión?

Yo le sugerirría a esta persona que haga su búsqueda personal, que es de lo más entretenida, hurgando en librerías de usados, en Internet, en suplementos literarios, conversando con amigos, investigando épocas. Un personaje lleva a otro, algunos nos resultan completamente indiferentes, a veces el límite entre la biografía y la pura ficcción (aunque la biografía siempre es ficción, aunque en algunos casos se disfrace o simule ser ensayo) es muy difuso, a veces, según el estómago de cada uno, podemos digerir literatura de la peor clase con tal de tener la ilusión de que nos hemos acercado más a un pesronaje que nos interesa, a su humanidad, su cotidianeidad, el chisme.

Así podría decirle que, si le gusta la historia Rusa (desde "Iván el Terrible" hasta el pobre, pusilánime y asesinado Nicolás II) intente con Henry Troyat. Si le interesa el Renacimiento, hace un par de años que están de moda los Borgia y han aparecido muchas biografías, sobre la familia, César, Lucrecia, etcétera. La de Mario Puzo no está mal, a mí me gustó mucho "O César o Nada" (que era el lema del hijo de Rodrigo, más conocido como el papa Alejandro), de Vázquez Montalbán.

Si le interesa la realeza, una vez leí una de "Las reinas de Francia", que comenzaba con la historia de los dos matrimonios de Ana de Bretaña, que posibilitaron la anexión de esa región al reino de Ferancia, y sus sucesoras, como hay biografías sobre "Las Zarinas", sobre Catalina Médici, etrcétera. Recientemente leí una que te deja con las ganas, porque boceta sin termiar la pintura, la historia de la "Locura en el poder", desde los romanos como Cayo "Calígula" ("pequeña bota", el hijo de Germano y sobrino y sucesor del cuestionado y cruel Tiberio) hasta el rey de Baviera que adoraba a Wagner y era primo hermano de la emperatriz Sissi, de quien también hay varias biografías, en las que se la describe como una neurótica y anoréxica. Son interesantes las de Juan de Arco (por ejemplo, la de Claude Mossé), las de María Antonieta,( hay una muy buena de Stefan Zweig), ni qué hablar de las "Vidas" de Plutarco, o las de Vasari, para abordar la Antiguedad o el Renacimiento.
Y desde ya, TODAS LAS QUE ENCUENTRE SOBRE ALEJANDRO, buenas o malas, cortas o largas, noveladas o científicas. El personaje lo vale.

martes, 21 de agosto de 2007

La príncesa de Eboli que hay en nuestros corazones





Ana de Mendoza y de la Cerda no fue, según la novela de Keith O’Brian (That Lady, 1946) una mujer precisamente hermosa. Sin embargo, poseía todas las cualidades de una tradicional forma de seducción femenina propia de las castellanas: orgullo, inteligencia, sentido de pertenencia, indiferencia por el que dirán, temeridad a la hora de defender sus derechos, una particular forma de vivir la devoción religiosa, capacidad de amar. Princesa de Ëboli y Duquesa de Pastrana, madre de nueve hijos- de los que sobrevivieron hasta llegar a adultos seis-y viuda de Ruy Gómez de Silva, - caballero portugués y uno de los más influyentes consejeros de la Corte española de Felipe II-, amante de Antonio Pérez, discípulo y sucesor de su marido, condenada a una muerte en vida por el Rey, acusada de haber sido infiel a su esposo y haber traicionado a la Corona aliándose con Don Juan, el hermano del constructor del El Escorial. Ana, con su rostro de tuerta que realza su defecto mediante el uso de un elegante parche de seda, como si conociera el consejo que sugiere T. Capote en Desayuno en Tiffany’s respecto a subrayar, en lugar de ocultar nuestros defectos, sigue generando controversias y pasiones. De acuerdo a la novela de O’Brien, me atrevería a decir que en el corazón de toda mujer intrépida crece algo de la Princesa de Eboli, aunque no siempre florezca y aunque se coloquen rejas que impiden el paseo por los fértiles viñedos de Pastrana.

Admiramos tanto a Alejandro


Con A. compartimos una pasión por Alejandro Magno. No hay personaje histórico que nos deslumbre más, él y su época ejercen sobre nosotros una extraordinaria curiosidad. Cualquier biografía que llegue a nuestras manos acerca de Alejandro –como le decimos familiarmente, como si nos refiriéramos a una amigo en común que esta lejos circunstancialmente-, una antigua Anabasis, un documental en Discovery o History Chanel, nos convoca. Películas pésimas, teorías absurdas o hipótesis alocadas, no importa. Allí estaremos siguiendo sus pasos. Hablamos de Hefestión y su muerte como si hubiéramos estado allí, criticamos a Darío, Rey de reyes, como si fuera un conocido y en todas partes, buscamos la hendidura que nos permita, más allá de la ciencia y del arte, acercarnos al alma de Alexandros, y a su valiente e intrépido corazón.
No creemos que nadie haya podido, como él, cambiar el mundo en pocos años y para siempre, a fuerza de un liderazgo basado en la admiración, el amor y el sacrificio, pero también en la astucia, la estrategia, la diplomacia, incluso por encima de la enorme destreza militar demostrada por él y sus macedonios. Su fracaso final, el límite que la realidad –el cansancio, la ambición, la traición, la incomprensión y una larga lista de etcéteras-le impuso a su utopía de hacer un mundo nuevo uniendo en un diálogo pacífico los distintos mundos que había conquistado, tal vez fue su mayor éxito. Esa es una duda que a veces encuentra en mí una respuesta y otras veces, la contraria.

sábado, 11 de agosto de 2007

Mutando con mi madre

Anoche hablo con mi madre como nunca antes había hablado. O es más bien ella la que me habla distinto y yo muero de ganas de abrazarla, de apaciguar su tristeza, de protegerla en mi abrazo, de cuidarla. Antes hablé con E, que es mi amiga y podría ser mi madre y siempre me aconseja: comprendela. No sé si pueda comprenderla, no sé si tal cosa es realmente posible. Pero sé que va llegando la hora de que sea la madre de mi madre y ya no me asusta, ni le asusta a ella. Me entrego a esta nueva situación, que antes me hablaba de finales y hoy me señala comienzos, si la vida está hecha de mutaciones, quiero mutar en madre de mi madre, lo acepto, lo tomo, lo hago mío. Intuyo que estos cambios en nuestros mundos nos depararán curiosos descubrimientos.

Sin reproches

No logro entender cómo he podido ser tan necia, tan ciega y tan testaruda. A veces las palabras son como víboras, se enroscan en torno a nuestro cuello hasta asfixiarnos. A veces los músculos, como el corazón, sufren un tropiezo. Como la película, “Accidental Tourist” que acá se tradujo como “Un tropiezo llamado amor” y que por una u otra razón, te negaste sistemáticamente a ver, pese (o tal vez por eso mismo) a que te lo pedí un montón de veces. A veces las palabras, escritas (como la película “Escrito en el viento”, que seguramente tampoco verás, sólo porque yo te lo pediría) vuelan en el viento como pequeños y personales exorcismos. Para sacarte de adentro, te hablo, te escribo, imagino conversaciones y escenas del futuro.
Un futuro donde no me dolés, donde ya no hay reproches, donde sos el pasado. Un futuro donde no tengo que mentir, ni mentirme, TODO EL TIEMPO, hasta que uno ya no sabe quién es. Un futuro donde somos valientes y no te duele que te diga lo que pienso, no te duele que yo piense, en todo caso te duele que tus actitudes dieron cuerpo a mis pensamientos. Un futuro donde yo acepto, resignadamente, que tu no poder es mejor haberlo descubierto ahora. Sin reproches.

Soñé que habíamos tenido una conversación

Soñé que habíamos tenido una conversación y que había unos brillitos en tu mirada.
Que yo era capaz por un instante de dejar de lado mi porfiado y ácido sentido del deshumor
-pequeña mascarada de mi absurdo desconcierto , la desnudez de mi alma me provoca una pavura difícil de explicar sin huir por la tangente-.
Y deseé besarte como si se tratara de una cuestión sentimental. Una vez más me cortaste la cara. Y mi orgullo se impuso a mi deseo, una vez más también.

Cuestión de números

Con un par de desengaños amorosos, un escritor mediano escribe una novela decente.

Con una sola imagen, un buen poeta modifica el mundo que percibimos.

Con diez citas célebres, un buen orador elabora un discurso entretenido.

Con un solo chiste, un orador brillante embellece el mundo y nos ayuda a pensar.

Con un gesto breve y efímero, un buen actor nos roba el alma.

Con tres acordes, un buen músico nos sumerge en el océano y nos produce un cosquilleo en la espina dorsal.

Con una hora y media de película, un buen director de cine nos modifica para siempre.

Con mucho esfuerzo y muchas lecturas, un escriba pago pero con convicciones produce resultados aceptables.

Con tres palabras ajenas, un loco inteligente hilvana como sinapsis metáforas y sintetiza un enredo de discursos en palabras sencillas. Y un par de imágenes reveladoras. Y una sonrisa. Y un pensamiento que nos parece no había sido pensado antes (de esa manera)

Con una vida, (TODA una vida) un hombre dormido o distraído no hace más que sombra en la pared.

Pero todos necesitan al menos un oyente (espectador).

Canciones de amor

No sé si es algo de la edad, si tiene que ver con un cierto clima cultural. Escucho boleros. Se escuchan boleros.Los rockeros tocan boleros y lo que era “grasa” hace 10 años de la canción melódica, hoy se reivindica como poesía.En el aire se escuchan letras de amor. Nadie se avergüenza de ello.¿Es la edad, entonces?
¿Es la necesidad de amor? ¿Es la conciencia de que en este mundo hostil, sin fe, sin vocaciones, sin grandes ideales por los que luchar, unirse, trabajar u organizar la vida, lo único verdaderamente salvífico es el amor?
El amor de los hijos nos enseña su extrema importancia. Nos reconcilia con la vida cuando nos peleamos. Nos justifica casi todo, lo cual es excesivo porque deberíamos ser más autocríticos, pero en general es así.
No terminamos de saber si empezamos una nueva relación como un sucedáneo de un amor que nos dejó un vacío o un dolor.Los boleros nos hablan de estos grandes amores inolvidables, algunos nos incitan, en la voz de un amante que dejamos, a besar otras bocas sólo para volver a amar al que empezamos a dejar atrás.Y todos nos traen recuerdos y parecen escritos para uno.Amanecí otra vez entre tus brazos.
Y lo escuchamos en otros brazos, bailando en otro abrazo y queremos apagar la luz para pensar en él.
Y la cadencia, y esas palabras que nos embriagan de recuerdos tristes y atesorados, nos parecen tan a nuestra medida y pensamos que tal vez él....
Y alguien se enamora o juega al amor con uno escuchando esas canciones que uno le dedica en su corazón a otro. Pero tal vez este alguien también se lo dedica a otro y ambas penas, el dolor de cada uno sumado, esa necesidad de sanar las heridas, acerca y une más que el fuego que queremos que se extinga con ese nuevo amor.
Pero sólo consiguen hacerme recordar los tuyos.
Jugar a la seducción es bastante divertido. Es menos complicado que sucumbir al amor. Los amores no correspondidos hieren la vanidad y causan dolor. Pero son más trágicos los amores que aún vivos se ven forzados a terminarse.
Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar...Con qué tristeza miramos un amor que se nos va, es un pedazo de alma que se arranca sin piedad.

Nadie puede, salvo aquel que amó con uno, entender ese sentir que nos despierta tal frase, tal canción, tal luz que iluminó esa alegría.
Pero a la vez, como ya estamos curtidos, cargamos con una buena lista de decepciones y desengaños, sabemos del otro que comprende que debe dejarnos esa libertad de recordar a nuestros amores más queridos sin intentar desmentirlos, ni interpretarlos, ni interrogarlos, porque forman parte de nuestra intimidad, de nuestra alma.

No queremos recordar, pero no queremos olvidar. No queremos destruir completamente el pasado, porque obsesivamente nos aferramos a esa ilusión de amor que es la pasión. Sabemos que nos causó dolor, sabemos que nos aisló del mundo y que dañó a nuestro entorno y que nos apagó y nos robó el brillo de la mirada. Sabemos que aquel que nos abandonó tantas veces, que pasó entre otros brazos tantas noches en que nos consumía la ansiedad y el frenesí y que nuestro llanto mojaba almohadas frías, no nos cuidó ni fue generoso como hubiéramos necesitado, volvería a hacernos LO MISMO si le diéramos la oportunidad.
Nos sabemos mejor queridos. Nos sabemos con un nuevo amor más respetados, pero anhelamos aquello que hemos perdido y lo idealizamos.
El recuerdo de esos besos todavía quema. Ese goce, que tal vez haya sido superado en realidad, se nos hace imposible de igualar. No hay otra voz como su voz ni otra mirada igual. No hay otro cuerpo tan bien formado y bien dispuesto para completar el nuestro. No hay otra risa –y eso que hemos reído y gozado de verdad y no en ensueños muchas veces- que nos resulte tan halagadora o tan contagiosa, que nos colme con esa intensidad.
Embriagados sin vino, extasiados sin sexo.
De donde concluimos que la fuerza de la vida no descansa siempre en lo visible y lo tanginble de la materialidad sino que el eros está hecho de alma y espíritu también. El mar como los cuerpos, pero el movimiento y la espuma del oleaje está en el corazón de los amantes.
Se me olvidó que te olvidé. Se me olvidó que te dejé en lo mejor de mi vida.

viernes, 10 de agosto de 2007

Un lugar para vivir


Luchadora

Imagino noches en las que se siente irrevocablemente sola, cargando en sus hombros una mochila que pesa toneladas de abandonos e interrogantes. Imagino amaneceres angustiados, contando el mango y preguntándose cuándo llegará el alivio, el tiempo de paz, el tiempo de ella, sola en su encuentro con su vocación. Imagino cómo oscila entre la bronca y el resentimiento ante la injusticia de su lucha en solitario y el deseo de ahorrarle dolores a su hijo. Imagino, también, jornadas de enérgica alegría, de optimismo, de vagabundeos por territorios de esperanzadores horizontes. Buscando en el pasado las respuestas para el presente, aún sabiendo que detrás de algunos dolores no hay explicaciones aceptables o digeribles.
La observo, valiente, decidida, dispuesta a ganar y me deleito al verla de este modo, quizás en la plaza soleada, con la canasta y el mate, mirando a los chicos que juegan a la pelota y sintiéndose satisfecha de la bondad que siempre vislumbro en la mirada de S., que va creciendo al calor de sus contradicciones y su amoroso y generoso cuidado. Estoy segura: va a lograrlo.

miércoles, 8 de agosto de 2007

La Tana

Le conté a L. que tenía un blog. Albergaba dos intenciones: una, explícita, que leyera estas impresiones que no escribo, sino que vomito. La otra, más solapada, contagiarle mi entusiasmo.
L. es una mujer muy particular: en ella se conjuga la sensualidad, desbordante, de una tana paradigmática, curvilínea, apasionada, expresiva, curiosa, (y un interminable etcétera) y la inteligencia de una mujer mundana. Ha viajado mucho y ha vivido, en su "otra vida", en muchos países. Cuando habla del Hermitage, en San Petesburgo, tengo la impresión que hubiera sabido desenvolverse con naturalidad en la corte de Catalina.
Esta mañana supe que me había estado espiando. Vino a verme, me abrazó como una osa rusa y me estmpó un beso de tana que volvió innecearias las palabras.

jueves, 2 de agosto de 2007

¿Flores o flamencos?


Un futuro de fiesta

L. me cuenta la otra tarde que quince adultos se han unido para denunciar la peligrosidad de un sujeto de seis años. Quince adultos. Algunos de ellos eran sus maestras, otros, padres y madres de sus compañeros de escuela. Quince bestias demoníacas se han unido, sin el menor asomo de culpa, sin la menor conciencia de pecado, a desangrar, a mutilar y a castigar a un niño de seis años.
Qusiera que hubiera justicia y que nadie escuche sus argumentos. Que sean condenados a un silencio y a una indiferencia eterna. Que sueñen noche tras noche, desde hoy hasta que mueran, con un niño amenzante, que se alza sobre sus piernas, da unos pasos hacia ellos y, sencillamente, pasa de largo sin verlos, rumbo a un futuro de fiesta.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Soñando noches de histeria, bares y olvidos

El flaco me mira, se muere de ganas, no es de mí, sino más bien de quien se imagina soy, de quien conoció, o más bien fantaseó hace quince años – él ya era grande, yo aún era medio niña, lo sé- imagina mi disponibilidad. Me dice tres frases acertadas, exactas, las perfectas – que nunca son dichas en noches así por la boca adecuada, eso sólo pasa en las películas de Minelli, o en las de Kazan, pero sospecho que no tenés idea de qué te hablo, por muchos motivos.
A las mujeres nos gustan los tipos que les gustan a las otras mujeres que admiramos. A los tipos les gustan las mujeres que les gustan. Son más elementales. Pero también les gustan las mujeres que ya les gustaron antes, o las amigas de las mujeres que les gustan.
A esta altura yo sé muy bien lo que es la histeria. A esta altura nadie es inocente, nadie que tenga, digamos, más de 14 o 15 años. Y si coqueteo con él es porque es una práctica, un calentamiento antes de entrar a la cancha. Antes del juego. Digámoslo así. El juego, principalmente, está planteado con mis amigas, luminosas ellas, enredadas en sus propias redes, igual que yo, igual que todos. El juego es patear el tablero, mandar casi todo al diablo, abandonar por unas horas lo aleatorio. Olvidarme que soy hiperresponsable, hiper esforzada, hiperanalítica, algo inteligente de vez en cuando, un poco culta, probablemente. Olvidarme, sobre todo de ese, que nunca pudo vivir sin mí, pero parece que está aprendiendo a gran velocidad. Del otro, que me dijo todo lo que siempre quise escuchar, que me deslumbra con su inteligencia, que ha leído más que yo, ha bebido más que yo, ha fumado más que yo, pero no sabe conquistarme y se apena tanto que me grita y se enoja, porque cometió el terrible error de enamorarse de mí no en el momento equivocado sino en la vida equivocada. De T, que huyó a través del océano porque mi cercanía lo dañaba, entre otras cosas, por mucho que le di, se lo di todo, o casi, le di lo más importante de esta vida, y eso ambos lo sabemos y por eso podemos perdonarnos, creo, casi todo. Olvidarme de S no, porque nunca nos amamos, y esos recuerdos no duelen de verdad - excepto cuando éramos tan adolescentes como para apretar toda una noche en la playa desierta aunque hiciera frío y estuviera por llover y él no era famoso y yo no sé que era, pero era mucho más linda, mucho más flaca y mucho más virgen-. Más bien de S me acordaba, me hace bien, porque siempre puedo subsanar los desencantos con una noche de relax en su spa de Palermo, con buen sexo, buenos vinos, buenos chocolates y la música, qué decir. Con eso sólo valió la pena reencontrarnos después de tantos años y este ir y venir sin consecuencias.
A vos, en esa noche, te veo más bien como a este último: buen músico, muy formado, atractivo, canchero, platense, un poco de zen, algo de Ravel, buenos tangos, demasiado té, demasiada calma, una imperiosa voluntad creativa, una autoexigencia estética compulsiva pero sin metafísica suficiente –tal vez para mí nunca sea suficiente- muchos discos, muchos viajes, todo muy cool, cariño, preciosa, qué bien la chupás, tengo sueño, mujer, - a veces llega a desesperarme esa ventana de Palermo llena de cactus y cannabis y fragmentos de pseudo obras de arte escultórico demasiado fácil para decirme nada .
Aquella vez, en la casa del famoso arquitecto francés de la pureza geométrica fue la perfección. Kawabata o Mishima, más bien Kawabata. Todo era tan bello, tan equilibrado. Esos triángulos que planteó Le Corbousier, esos recortes de cielo celeste , tantos amigos de antaño, tantos niños, por Dios, como nos hemos estado reproduciendo, o estamos viejos, o estamos amando mejor, o Dios se ha ocupado de ser inmensamente generoso con todos nosotros. Era ese piano, incluso antes que vos, era ese piano. Y esos zapatos. Y el chico de la guitarra, esa cara de bueno, esa destreza, esa humildad simple – tal vez nada de eso sea la verdad, tal vez es un estúpido engreído, un manojo de traumas, qué importancia tiene, para mí era una criatura, y tal vez sea mayor que yo, pero tocaba con una honradez que semejaba la inocencia, el placer de estar ahí, de entregar eso-.
Alguien me dijo que estaba en una de las fotos expuestas, yo no la encontré pero me alegró saberlo, porque había estado en aquel momento, uno de esos momentos luminosos de la primera juventud, seguramente con el novio equivocado – como siempre, en eso debo reconocer una extrema coherencia para el autoflagelo- pero en el show correcto, tal vez porque soy mucho más intuitiva para el arte que para el amor, ese es un dato innegable.
Como de quince años, así, sólo pensando en vos. Pero como se piensa a los treinta y pico. Pienso en mi hijo, en el futuro, en el trabajo, en lo que voy a cocinar, en el bebé de mi amiga que está enfermo, en las navidades, en los piquetes, en cortar el pasto, en mi novela. Y en vos. Pienso en otros también. Y están detrás. Detrás de tu imagen, ya borrosa, que me obligo a restituir a través de la palabra. La palabra hablada, con mis amigas, ellas se alegran por mí, porque hace mucho que no me veían así, serena, alegre, expectante, pensando en alguien que no es de mi pasado. Alguien del futuro, alguien que no es y yo me digo: que todavía no es. Por que oscilo entre saber que te tendré, al menos una noche. O que jamás te volveré a ver. O que estabas borracho, o sorprendido, o sos siempre así. En que no me registraste ni me registrás.
Pero me mirabas. Pero no sé por qué me mirabas. Porque si no tuviera estos quince me daría cuenta.
Qué ganas de besarte, lento, apenas, suave. Robarte un beso rápido, apurado, ambiguo.
Qué deseo, quemante, de unas palabras tuyas, una iniciativa, un gesto de saludo, de reconocimiento.
Mi nombre, vos diciendo mi nombre.
Pasaron los años y mil desengaños.
De esta primavera inesperada en la que te crucé ya no queda mucho, más que la conciencia de que fue posible el renacimiento.
Mortal aburrimiento al verte ayer tan borracho, tan feo, tan irreconocible, el verdadero. El tonto, dos tontos, tres tontos juntos. Un beso por acá, un beso por allá, una inclinación de cabeza, un saludo, todo dice de vos lo mismo, mortal aburrimiento, un ego intolerable, una ignorancia limitada. No sabés coger, eso lo soñé, ya no necesito ni comprobarlo. Una guarangada más y vomito, porque no es mi estilo, salvo en la cama, y para eso, hay que saber conquistar.

Cartas desde "Iwo Jima" y la provincia de Buenos Aires

Un texto de marzo de 2007 que escribí, decía:
Fui a ver las “Cartas desde Iwo Jima”, la segunda versión de Clint Eastwood (la primera, “La conquista del honor”) sobre esa batalla, narrada desde el punto de vista de un joven panadero, soldado a la fuerza, del glorioso ejército imperial del Japón. El noble General que comanda las fuerzas japonesas, sus oficiales, los soldados, todos saben que están peleando una última batalla imposible de una guerra perdida. La flota japonesa ya fue vencida en la batalla de las Marianas, lo mismo que la aviación. Muchos de los soldados no quieren estar ahí, no saben por qué están ahí ni para qué cavan y cavan cuevas en la piedra, tampoco saben qué cosa son los yanquis. No necesariamente aman al Emperador, auqnue todos, sin duda, aman a sus madres, o a sus mujeres, o a sus hijos, o a sus hermanos, o a sus perros, y se deleitan - bajo el constante y atronador ruido de las bombas que arrojan los aviones, las llamaradas lacerantes de las granadas, las tormentas de balas de las ametralladoras, los castigos a tajo de katana de los oficiales a los desertores-de seguir vivos, de escribirles cartas, de recibir sus noticias. Lo mismo que los soldados norteamericanos.
Todas las madres escriben, en inglés, en japonés, en castellano, las mismas cosas: cuentan sobre cómo están los hermanos, qué hacen los vecinos, cuanto los extrañan y dan consejos sobre actuar correctamente.
Todos los soldados desean lo mismo: hacer el amor a sus mujeres, ver nacer y crecer a sus hijos, abrazar a sus padres, trabajar para sus familias. Vivir en paz y actuar con valentía.
En ambos bandos luchan chicos, de 18, quizás 20 años, muchos de ellos pobres, granjeros, obreros, panaderos.
En los dos frentes algunos luchan por obediencia. Otros luchan por su honor. Otros, por temor, desesperación, instinto de supervivencia. Todos lo hacen por sus familias, que es lo que todos los seres humanos tenemos en común: luchamos por nuestras familias.
Se sepa o no por qué se libra una batalla de una guerra, se puede hacer lo correcto o no. Hay quien mata para sobrevivir, o por miedo, o por desesperación, o por la Patria, o por probar el propio valor. Y hay quien mata por el placer de asesinar, para imponerse, para destruir al caído, al débil, al vulnerable.

Hoy tengo la impresión que se puede vejar, humillar, matar, a los pibes de la Provincia por poner el nombre un poco más grande en el cartel del teatro de revistas de la calle Corrientes. Pero la calle Corrientes no es el país. El país puede ser esa realidad desconocida que trama su venganza.

Otra amiga libriana de City Bell, su hija, la foto y el tiempo

Una niña chateaba esta mañana en mi casa, con sus amigas. Yo estaba sentada a su lado y ejercía una absurda vigilancia maternal sobre lo que ella hacía, intentando no invadir su privacidad al mismo tiempo.
De pronto, lo inesperado, una foto de mi amiga L, que vive en City Bell, pero de hace treinta años atrás, aparece en la pantalla. Doy un respingo y no puedo evitar preguntarle a la niña que chatea a mi lado si está chateando con E. Porque a la velocidad del mismo chat, mi cerebro ha logrado asociar algunas cuestiones que demuestran que el tiempo y el espacio son, apenas, ilusiones humanas. Ya que E. es la hija pequeña de mi amiga L, y la niña que chatea en mi casa es amiga de E.
Y aunque yo sepa todo esto, nadie puede demostrarme que no sea cierto que todo esto no puede ser casual sino que L., la de entonces, la de la escuelita y los juegos de la infancia, la del largo pelo rubio y los ojazos verdes, esa y no la hermosa y combativa adolescente en la que se convirtió o la mujer actual, anda dando vueltas por mi casa, metiéndose en este lío de presentes y pasados y recuerdos.
Hago un ridículo intento de encontrar una foto del ayer para demostrarle a la niña que no estoy loca, pero no la hallo, aunque es como si la estuviera viendo. En blanco y negro y dos niñas, vestidas de fiesta, en los años setenta, posan para la cámara de mi padre en un jardín. Una ya se vislumbra alta, rubia, con el pelo suelto, la sonrisa coqueta y el vestido floreado que le llega al tobillo. La otra, que en la foto tiene casi la misma estatura y hoy es mucho más baja, también sonríe y se complace con su vestido largo con volados, lleva su ingobernable pelo oscuro peinado muy tirante y recogido en una cola.
Y las fotos y las imágenes viajan, a la velocidad de la luz o del cariño fundado en los misterios infantiles, a través del tiempo y el espacio.

Las chicas

Todas tenemos nuestras "las chicas". A veces las chicas tienen 15 años y en ocasiones, 70, pero siempre son "las chicas".
Los hombres que se asoman a este fenómeno sonríen, desconfiados o haciendo burla. Lo bien que hacen.
Si han existido tantos filósofos, escritores, artistas y sacerdotes horrorizados, muertos de curiosidad, apasionados, escandalizados o enamorados ante el misterio de lo femenino, es porque sospechan que nunca accederán realmente al monstruoso, gozoso y nutriente mundo femenino.
¿Qué verían allí, si se les permitiera ingresar a la Bona Dea?
La reiteración del ritual del aquelarre, la catártica exploración del detalle frívolo o perverso en la conversación, la despiadada crítica hacia los hombres que no son los hijos o el padre (pues en estos casos, la crítica no es despiadada, está sobrecogida de amor y dispuesta a justificarlo casi todo), el pensamiento laberíntico que no se decide a desatar el hilo de Ariadna porque no quiere asesinar al Minotauro. Un coctel de mailicia y compasión, de desdeñosa distancia al pensamiento analítico, una caprichosa vocación por lo vital.
Y las chicas, en su rotundo esplendor, brindando con una copa de vino y una sonrisa audaz.

Una amiga libriana que vive en City Bell

Qusiera decirle algunas cosas a una amiga libriana que vive en City Bell (mis precisiones obedecen a un deseo antagónico de mantenerla en el anonimato pues no sé qué pensaría si es aquí nombrada y de identificarla, para que ella sepa que es de ella de quien hablo, agradecida por su comentario y en la secreta esperanza que vuelva a leerme y se encuentre).
Y de pronto, caigo en la cuenta de que este comentario podría ajustarse a dos amigas librianas que viven en City Bell, aunque sólo una me ha hecho un comentario aquí, que refiere a edades y cambios físicos.
Si tuviera que describirla a ella, de la que particularmente hablo acá, o a mi interpretación de ella, o de nuestra relación, podría decir que es una persona que siempre me recuerda lo florido, los colores primarios, la curiosidad por las estrellas y cierto aire de reservado misterio femenino. Una persona de una lealtad sacrificada incluso, que ha hecho de la coquetería un arte exquisito, como si sospechara que la frivolidad es, en definitiva, un asunto muy serio al que hay que prestarle la merecida atención, cultivandoel buen gusto.
Rara. Anda por el mundo con casi todos los atributos de una mujer moderna: independiente, profesional, que cuida su cuerpo mediante el ejercicio y la alimentación sana. Y siempre sospecho que, por el contrario, recorre el camino del amor con la tenacidad casi anacrónica de una heroína romántica: enamorada, fiel, sufriente a veces, aburrida, encantada, pero siempre vislumbrando la presencia de lo divino en su entrega amorosa.
Creo que sería un buen momento para que compartamos un gin tonic.

Mi mundito vegetal


Adúlteras perversiones 2

Él: Asexuado, anodino, cara de nada, o de bobo, o de ingenuo. Alguien que no puede ser imaginado gritando en la cancha, ni abrazando amorosamente a un hijo, ni agarrándose a golpes de puño con un enemigo, ni sacrificando su vida por ninguna causa, ni tarareando la melodía predilecta mientras maneja, de noche, su coche nuevo en una ruta desierta.
Ella: dispuesta a todo para retener ese vacío, esa nada que llena su vida, esa agobiante pero conocida rutina de saberse reina de un reino sin brillo ni horizonte, aunque no se sepa deseada.
Haciendo, mediante eso que no es más que un polvo mecánico, un acto animal desprovisto de belleza o de erotismo, dos cuerpos sin alma moviéndose a un ritmo que ni siquiera les pertenece ni hacen suyo, una rutina de rencor o de venganza o de cálculo, un hijo.
Un hijo que será explícitamente repudiado, por ese con cara de nada, de buenito, ese que aunque intuya las interminables consecuencias de su crueldad, de esas palabras que, al ser pronunciadas, dejarán marca, huella imborrable, igual abre su hedionda boca y habla. Una hija, quizá, que será utilizada, por su ofendida madre, herida en el orgullo, para llegar al hombre, que no es hombre, que es pura máscara de un carnaval veneciano un tanto cínico.
Sin la gracia ni la delicadeza ni la compasión de Visconti en “El Inocente”.
Y la infidelidad consentida, propiciada por ella y la desesperación de él, que lo convierte de ínsipido en cruel, les devuelve, en el espejo de su pacto, la máscara de un nuevo disfraz.

Adúlteras perversiones 1

Creo que era Ana Karénina la novela que comenzaba con la afirmación de que todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas, cada una lo es a su manera.
Del mismo modo, me atrevería a decir que todas las historias de adulterio se parecen, aunque cada una sea desgraciada de una forma particular. Encuentro dos historias en las que el rasgo predominante es la perversión, no de los adúlteros (en este caso, un hombre que engaña a su legítima esposa con una amante) sino de la pareja original, legal, primigenia.
En la voz de una “otra” (la amante, siempre es "la otra", al menos durante un tiempo, aunque en algunos casos llegue a convertirse en la “una”), escucho el siguiente:
Con el paso del tiempo he descubierto que en verdad, estaba obsesionada con ella, más que con él. Con su secreto para retenerlo, con su obstinación en renunciar a la dignidad de la exclusividad, con su sometimiento y aceptación de los hechos. Ante su confesión de que ama a otra, ella (la esposa) ha respondido: ya se te pasará. Lo más oscuro de todo es que tenía razón: lo conocía, lo juzgaba en su correcta medida y, como no estaba enamorada, lo veía, digamos, con cierta objetividad. Por el contrario ella, la amante enamorada, enceguecida de pasión y celos, la imagina, siempre, más poderosa: más seductora, más madre, más bella, más inteligente y, desde ya, más buena. A priori, nadie duda de la bondad de las esposas engañadas, como nadie cuestiona la perversidad de las amantes. Quiere conocer su aspecto y no hay manera. Alguien le dice una vez, sin ninguna conciencia de la tormenta emocional que provoca en su interlocutora: es una linda señora.
Cuando el amor (por él) ya ha muerto, y la obsesión por conocer su aspecto (el de ella) se ha desvanecido por completo, comprende que aunque ahora le revela una amiga que el aspecto de la elegida, la preferida, es descripto como el de una mujer horrenda, espantosa, sin gracia, con una personalidad hipoafectiva, primero piensa qué valioso hubiera sido saber aquello en aquel tiempo de dolorosa especulación, qué alivio hubiera representado a su desesperado ego, y a su culpa. Sin embargo, a la vez comprende que esa unión, la de ellos, no está basada en el amor en absoluto, sino en ese perverso, casi cínico e indestructible pacto matrimonial. Ella ha sido siempre-concluye- un personaje secundario, una voz en off, un juguete, un trozo de leña para alimentar el fuego, dormido, de su entrañable (de ambos) pasión por el disimulo.

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