Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 1 de agosto de 2007

Adúlteras perversiones 1

Creo que era Ana Karénina la novela que comenzaba con la afirmación de que todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas, cada una lo es a su manera.
Del mismo modo, me atrevería a decir que todas las historias de adulterio se parecen, aunque cada una sea desgraciada de una forma particular. Encuentro dos historias en las que el rasgo predominante es la perversión, no de los adúlteros (en este caso, un hombre que engaña a su legítima esposa con una amante) sino de la pareja original, legal, primigenia.
En la voz de una “otra” (la amante, siempre es "la otra", al menos durante un tiempo, aunque en algunos casos llegue a convertirse en la “una”), escucho el siguiente:
Con el paso del tiempo he descubierto que en verdad, estaba obsesionada con ella, más que con él. Con su secreto para retenerlo, con su obstinación en renunciar a la dignidad de la exclusividad, con su sometimiento y aceptación de los hechos. Ante su confesión de que ama a otra, ella (la esposa) ha respondido: ya se te pasará. Lo más oscuro de todo es que tenía razón: lo conocía, lo juzgaba en su correcta medida y, como no estaba enamorada, lo veía, digamos, con cierta objetividad. Por el contrario ella, la amante enamorada, enceguecida de pasión y celos, la imagina, siempre, más poderosa: más seductora, más madre, más bella, más inteligente y, desde ya, más buena. A priori, nadie duda de la bondad de las esposas engañadas, como nadie cuestiona la perversidad de las amantes. Quiere conocer su aspecto y no hay manera. Alguien le dice una vez, sin ninguna conciencia de la tormenta emocional que provoca en su interlocutora: es una linda señora.
Cuando el amor (por él) ya ha muerto, y la obsesión por conocer su aspecto (el de ella) se ha desvanecido por completo, comprende que aunque ahora le revela una amiga que el aspecto de la elegida, la preferida, es descripto como el de una mujer horrenda, espantosa, sin gracia, con una personalidad hipoafectiva, primero piensa qué valioso hubiera sido saber aquello en aquel tiempo de dolorosa especulación, qué alivio hubiera representado a su desesperado ego, y a su culpa. Sin embargo, a la vez comprende que esa unión, la de ellos, no está basada en el amor en absoluto, sino en ese perverso, casi cínico e indestructible pacto matrimonial. Ella ha sido siempre-concluye- un personaje secundario, una voz en off, un juguete, un trozo de leña para alimentar el fuego, dormido, de su entrañable (de ambos) pasión por el disimulo.

2 comentarios:

la vida abierta dijo...

Me gusta mucho este texto. Mirta Legrand siniestramente dijo una vez sobre Tinayre algo más o menos así: él podía ir y venir, recorrer otros lugares, pero siempre volvía a casa conmigo. Lo sorprendente es que lo decía con orgullo. Es linda la idea de que las relaciones de amantes son trágicas, están signadas por la tragedia porque hay pasión, amor y dolor, mientras que las relaciones “legales” en ese triángulo son cínicas, siniestras. Porque lo que ahí parece funcionar es el matrimonio como aparato de captura a la vez que como asfixia. Aunque detrás de ese cinismo se esconde una profunda desdicha.

elvira romera dijo...

Como ya tengo mis años conozco muchos casos de este tipo...Conozco uno en el que la esposa, fina e intelectual, dice lo mismo que Mirta legrand (en privado y con una cuantas copas de más)También dice que nunca lo perdonó ni nunca lo perdonará...pero vive plácida (de remedios caros que nunca dan aspecto de mujer "dopada") y comodamente, sin sobresaltos económicos, viajes y libertad para hacer lo que le gusta ¿Será así o el malestar es tan profundo que ni lo registra? ¿O lo atribuye a otras causas? El tema son los PRINCIPIOS. Para mí si se acuerda "matrimonio abierto" está todo bien pero si no...