Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 20 de junio de 2012

Una libra de carne

-¡Si estuviéramos en otra época te reviento!-le grita otra vez, sacadísima, como pasada de merca, de violencia, de resentimiento, la mina gordita de chaleco rojo.
Los dos guardias del supermercado se dejan incitar por ella, ya le dieron unas patadas contra el piso al viejo y no sé qué más hubieran hecho con él sino fuera porque se detuvo una mujer, aspecto elegante, clase media porteña, mediana edad, y nosotras, con mi amiga, al escuchar los gritos. La mujer les advirtió: ustedes no tienen autoridad de policía, no pueden detener a nadie, llamen a la policía en todo caso, dice. Uno de los vigilantes está más ansioso que el otro por pegar y la violencia verbal de la mina del chaleco rojo se le contagia. Cuando los increpamos (qué pasó, paren, no lo toquen, no le pegués) nos dicen que el tipo robo, nos muestran un pedazo de carne. ¡Una libra de carne, pienso yo! 
La naranja mecánica
Ante la vista de la prueba del intento de robo se desata de nuevo toda esa furia, esas ganas de pegar, de matar, de humillar. No se puede creer. Y entonces insistimos: que si el tipo robó llamen a la  policía, que ellos no tienen autoridad, que no lo toquen, que no le griten, que no tienen derecho. Lo tomo por el hombro al más grandote: pará loco, le digo. Llamá a la policía, no generés más violencia. Ellos nos miran con desprecio, ya llamamos, mienten. De las ventanas del edificio de enfrente asoman algunos curiosos. Los autos pasan. El viejo mira hacia los costados, lo han empujado o ha caído contra un cartel, no tiene muchas vías de salida, está enfermo o discapacitado. Planea una huida. La mina de rojo sigue vomitando su bilis: ¡¡¡ladrón, boludo, porqué no pedís, pelotudo, yo trabajo, andá a pedile a Cristina que bastante me saca, andá a laburar, chorro!!! Cuando el viejo consigue pararse, lo increpa pegándole la cara a la de él, provocando, busca que le pegue para fajarlo. No me faltés el respeto, se defiende el viejo, al ver que ya somos como cuatro los que estamos frenando la golpiza. No sos quién. ¡Esta! grita la mina con vos y gesto de matón, ¡mirá quién soy!, y hecha una fiera pela billetera, exhibe credencial de cana.
Llamo al 911, nadie había llamado. Me pego a la mina, para que me escuche: les digo que hay una mujer vestida de civil que dice ser policía, que está muy nerviosa, que está muy violenta, que grita, que insulta, que les están pegando a un viejo, que no sé qué pasó antes, que vayan, que intervengan, que para eso están.
Mi amiga la frena a la loca, le dice que por suerte no está en esas épocas, que qué hubiera hecho: le hubiese dado un tiro en la cabeza. Se aclara la cosa: a ella el viejo  no le hizo nada. Si bien la reacción es como si la hubieran violado, parece que lo único que hizo el viejo fue mirarla, como si también le fuera a robar, quién sabe qué, una lata de tomates, un paquete de yerba. Quiere matarlo, se sale de la vaina. ¡Un violento delincuente, calculá, se robó un pedazo de carne de la góndola de una cadena de supermercados poderosisíma, tiembla la sociedad, peligra la seguridad de los buenos ciudadanos! ¡Si te entrá en tu casa te quiero ver! Grita ella. Calmate, pará, la increpo, estás generando más violencia. ¿Y vos qué harías si te quieren robar?  Llamo a la policía, le digo. Se encoge de hombros, sigue a los gritos, ella misma es policía. Se han detenido otras personas. Un tipo con aspecto de abogado, se identifica como tal. Interviene con nosotras. El viejo ve que se le habilita una salida, un muchacho, una chica, se levanta, empieza a rajar, nosotros lo seguimos, como marcando un límite entre los violentos y el muerto de hambre. (Y uno después se pregunta cómo pueden las sociedades tolerar el fachismo, los campos de concentración, el terrorismo de Estado, la violencia policial.)
Postales urbanas.
A unos metros, la Iglesia de la Piedad, ironías.

viernes, 8 de junio de 2012

Mejor hablar de eso

                                       ‎"Toda violencia deriva de la ausencia de palabras para expresar el desacuerdo entre dos sujetos." (Fracoise Dolto)*

¿Qué le pasa a un niño al que sus padres, o lo adultos que lo rodean, no le nombran las cosas de mundo, no le ponen palabras a sus sentimientos?
¿Qué pasa cuando los conflictos se silencian, se ocultan, se callan, y entre simulacro y simulacro el cuerpo habla hasta incluso ensañarse con el cuerpo del otro?
Puse esa cita de Dolto en Facebook y varios se sintieron interpelados. ¿Quién no ha sufrido la humillación de ser negados con la indiferencia del otro, el no acusar recibo, el no responder a nuestras verbalizaciones, (aun  a aquellas que puedan estar equivocadas o ser injustas), es un modo muy agresivo y autoritario de negar al otro.
La ley nos nombra y al instalar esa palabra nos transmite una identidad, configura nuestra autoestima. No hay palabras que puedan ser tan agresivas ni provocadoras como las que no se pronuncian. Los mensajes que no se responden, las cartas que no se contestan, las discusiones que unilateralmente se cierran mediante el silencio.
Esas familias discutidoras, gritonas, expresivas, aun aquellas familias insoportablemente verbalizadoras, transmiten a los más jóvenes, desde pequeños, que su palabra tiene valor en la sociedad: en la política, en los afectos, porque incluso a los gritos, se ha escuchado y se ha dicho.
En los debates actuales de la sociedad argentina, se usa mucho la palabra visibilizar. Eso reclamaron los  ciudadanos al exigir la democratización de lo medios, ("todas las voces"); las minorías que luchan por su derechos  la igualdad ante la ley (matrimonio igualitario, identidad de género) o ante conflictos de violencia social y/o institucional que matan con total impunidad los cuerpos, porque antes acabaron con la palabra de esas personas, que ya ni nombre tienen, son nada porque son nadie: son "pibes chorros" o "cuarteteros" o "faloperos" (y no Luciano, o Diego, o Lautaro, o Mariano, o Candela o Víctor). Y como no son, sus familia ni siquiera merecen saber qué les pasó, no merecen que los crímenes que acabaron con sus vidas tengan ley ni palabras, ambas condiciones de la justicia.
Cuando no hay palabras hay gatillos, hay patadas, hay cuchillos, hay sogas.
Se mata el cuerpo del otro o el propio. El conflicto no se resuelve, se clausura.
Mucha gente tiene miedo de hablar, por temor a las consecuencias y prefiere callar u ocultarse como el avestruz a enfrentar un conflicto. Esa represión engendra mucha violencia. 
Hay instituciones, además de la familia, que callan sus vergonzosos crímenes. Las escuelas que violentan a los pibes porque no los escuchan ni les preguntan (y hablaron sólo para señalarlos como sospechosos de subversión en los 70); las iglesias que esconden en silencio los nombres de los niño robados y los asesinados por las dictaduras  y los violados; los servicios penitenciarios que revientan a golpes a los presos, los policías que gatillan a los niños que no quieren robar para ellos, los medios que ocultan estas cosas, los ciudadanos que nos hacemos los distraídos.
En situaciones menos extremas, también ocurre que se muere un poco lo mejor de cada quien, en la familias, en los vínculos laborales, en los ámbitos de militancia, cuando se instala el lenguaje perverso de la ambigüedad (lo no dicho, lo sugerido, lo especulado, lo que no se sostiene) que contrasta a las palabras con los silencios. Y si es cierto que "uno es amo de lo que calla", no lo es menos que hacerse cargo de las palabras es asumir una ética de respeto por el otro como igual, sin querer ser amo de ningún esclavo ni cómplice de ningún maltrato. Y eso se aproxima mucho más a mi idea de libertad.

*Dolto, Francoise, (1989) Cuando los padres se separan, Paidós, bs. As., 2011, pág.102.

miércoles, 6 de junio de 2012

¿Y por qué hay gente que desaparece?

Cuando cae la noche duermo despierto, un ojo cerrado y el otro abierto
Por si los tigres me escupen un balazo mi vida es como un circo 
pero sin payaso
(Calle 13, "Hay un niño en la calle") 

Facundo Rivera Alegre está desaparecido desde el pasado 19 de febrero. Cuartetero, como tantos pibes cordobeses, ese día había ido a un baile en el Estadio del Centro, en la ciudad de Córdoba.  Era conocido como "el rubio del Pasaje". La policía no soportaba que usara tatuaje, gorra y se tiñera de rubio. Que defendiera a su mujer cuando un cana lo provocaba tocándole las tetas. Que tuviera amigos, ganas de vivir, una beba.
Lo desparecieron.
Primero se cansaron de levantarlo, apresarlo, amenazarlo, provocarlo.
La última vez lo fajaron tanto que, probablemente, murió por los golpes.
Su mamá Viviana peregrina de acá para allá, entre amenazas y dolores, buscando el cuerpo de Facundo, buscando justicia para su hijo, buscando la verdad.
Facundo tenía 19 años.

Patricio Barrios Cisneros estaba preso en la Unidad penal Nº 46 de San Martín, provincia de buenos Aires. Hacía 7 años y estaba por salir por buena conducta. Las cárceles, según la Constitución Nacional, son para rehabilitar a los ciudadanos. La mujer de Patricio, que estaba embarazada, lo fue a visitar el último enero. Era el día 29. Para evitar que el rajante sol de verano le hiciera mal, Patricio solicitó que los dejaran tener la visita en una sala. La respuesta fue una brutal golpiza de unos 15 penitenciarios que lo patearon hasta matarlo. Apenas murió empezó el proceso de encubrimiento. Quisieron hacer creer que Patricio se había suicidado dándose golpes contra la reja de su celda. Cuatro de los asesinos, penitenciarios bonaerenses, están prófugos. La policía lleva 4 meses "buscándolos" pero no hay pistas. Resulta increíble la infraestructura con la que cuentan cuatro penitenciarios prófugos para esconderse de todo un sistema punitivo que se supone persigue a los asesinos.
La mujer de Patricio perdió a su bebé.
Los hermanos de Patricio quieren justicia.
No se escucharon cacerolas pidiendo que se termine con la inseguridad que mata a estos pibes, la de las instituciones policiales y penitenciarias, la de nuestra cómplice indiferencia.
Ayer, en Tolosa, La Plata, apareció brutalmente asesinado un pibito de 10 años. Lo mataron a golpes. Se llamaba Rodrigo.
No es el comienzo de Legión, la novela de William Peter Blatty.