Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 29 de noviembre de 2009

Perversos

En una enciclopedia virtual, definen del siguiente modo al perverso narcisista: "El perverso narcisista es un persona sin capacidad de empatía real, lo que se denomina empatía utilitaria, es decir que sólo reconoce las necesidades del otro para utilizarlas para su propio beneficio." Más adelante, en la misma enciclopedia, explica que: "La seducción se produce a través de un proceso de influencia y dominación. En este proceso de seducción en una sóla dirección el perverso procura fascinar sin ser descubierto, a través de una conjura de la realidad y una manipulación de las apariencias. El dominio se produce a través de tres ejes de control, que tienen un componente destructor, que anula el deseo y la especificidad de al víctima:

- Una acción de apropiación mediante el desposeimiento del otro;- Una acción de dominación que mantiene al otro en un estado de sumisión y dependencia;- Una acción de discriminación que pretende marcar al otro."

Más allá de las teorías y de las explicaciones, he tenido oportunidad de observar el comportamiento de algunos de estos psicópatas (con perdón de los psicoanalistas por el uso del término). Cierto, más de uno podrá decir: y bueno, para que haya un roto debe de haber un descosido y todo ese tipo de generalizaciones. Las duplas maso/sado; manipulador/manipulado, sin embargo, no me conforman. Es posible que en el mundo de los adultos, siempre resulte posible endilgarle cierto grado de responsabilidad en su propia patología a quien resulte víctima de este tipo de manejos de los perversos.

También es posible que en el mundo psi, encontremos diversas explicaciones, incluso algunas, que satisfagan nuestra comprensión. Sin embrago, cuando me detengo e imagino la mirada de ese niño, su cabello que cae sobre sus ojos, oscuros, apagados y ya sin brillo, como un zombie que crecerá sin amor y a la defensiva, pero, sobre todo, sin deseo de vivir-¿o debería decir, desposeido, lenta y eficazmente, por su madre, de todo deseo? ¿Devorado por ella frente a la mirada cómplice de un mare que juega a hacerse el pelotudo mientras prepara un asado que al chico le cae pesado como bomba para que su madre en seguida le enchufe un digestivo, una enema, mientras afirma (y firma la sentencia, ya que está): me salió flojito de vientre, no retiene nada ( y quizás, adulto ya, sólo sea capaz de sobrevivir chupando la vida de otro, como vampiro del deseo y crendo con las personas a las que logre seducir, un mundo de muñecos en donde reine en un reino sin conflictos).

Cuando sé de aquella muchacha que aguantó todo lo que pudo, hasta que ya no pudo más, porque no tenía ninguna razón por la cual continuar, porque para vivir hay que querer vivir, y eso se aprende, lo sabemos todos, la vida no es siempre, precisamente, una invitación a la aventura, puede muchas veces ser demasiado pesada, oscura, fría, agobiante, y entonces la muchacha sabe eso, de pronto, como se adquieren repentinamente ciertas certezas, una noche en que su familia no está en la casa, y subre a la habitación de la terraza, y toma la soga que ha comprado el día anterior, y ha leido bastante del tema, porque el poco deseo que le queda es de saber cómo terminar con esa pesadilla y hace lo único que puede hacer...

Y cuando pienso en esa mujer que sólo sabía ser para otro una niña-muñeca, que sólo llora y se queja cuando le ponen el disco adecuado, y finge ser una adulta y expresa un deseo maternal cuando ya tiene asegurado que la vía biológica está clasurada y no irá por otra, porque su padre-marido jamás, pero jamás de los jamaces querrá que su amor tenga otro destino y mucho menos para un cacho de carne que no sea de su carne...

Y en esta otra adolescente que no sé si será capaz de ejecutar su amenaza, ojalá que no, ojalá que no tenga que matar otra vez el futuro mediante el cual expresó su deseo de vivir, sólo para asustarse y echarse atrás...

Cuando todos ellos desfilan ante mí, como pidiéndome que sea su testigo, ahora, esta noche de lluvia, ya no hay explicaciones que me convenzan. De casi nada.


jueves, 19 de noviembre de 2009

Cielo e Infierno


"Voltaire dijo que el hombre más extraordinario que registra la historia fue Carlos XII. Yo diría: quizá el hombre más extraordinario -si es que admitimos esos superlativos- fue el más misterioso de los súbditos de Carlos XII, Emanuel Swedenborg".

Éstas son las palabras inaugurales de Borges en la conferencia que pronunciara en la Universidad de Belgrano sobre el místico sueco. (Fuente: http://www.temakel.com/texbswendenborg.htm).
En ese mismo reportaje, Borges confiesa que quedó maravillado con la lectura de aquel extraordinario místico y científico sueco, cuya cosmogonía, sus travesías por el mundo espiritual y sus diálogos con ángeles y demonios, aun a los legos e ignorantes como yo, pueden resultarnos muy reveladoras.
Leyendo la dedicatoria del libro de Emanuel Swedenborg (1688-1772) que está en mi biblioteca (Cielo e Infierno, Grupo Libro, Madrid, 1991), descubro que mi ejemplar me fue regalado por un amigo en 1992, hace como un millón de vidas.
En recientes acontecimientos cotidianos, conversando con entrañables amigas, el nombre de Swedenborg acudió a mi mente, al tratar de explicar conductas de algunas personas que conocemos, acudiendo a elementos de análisis político y pseudopiscológico, de esos que abundan en las charlas de catarsis y consolación, en especial, después de atravesar jornadas de inquietantes (angustiantes, desagradables, molestos) provocaciones, de esas que lastiman un poco el alma.
Siguiendo su ciencia de las correspondencias (ciencia hoy ignorada y perdida, como bien lo reconoce el propio autor), podremos llegar a comprender que el Cielo y el Infierno provienen del género humano. "En efecto, el hombre que recibe las cosas del mundo sin estar abierto a las cosas del Cielo, crea en sí mismo el Infierno".
Y cada uno elige en qué lugar habitar.
"El mal y la falsedad son nubes que se interponen entre el sol y el ojo del hombre, estropeando el esplendor y la serenidad de la luz [..] Los espíritus malvados desean y aman hacer el mal por encima de todas las cosas, y, sobre todo, gustan de inflingir penas y castigos..."
Nosotros hoy decimos de otros modos, que nunca se ajustan tanto a la verdad. Creemos ser más contemporáneos, creemos ser deudores y herederos de la tradición positivista, de Freud, de Marx, de los estructuralistas, los lingüistas, los surrealistas, la "banalidad del Mal", quién sabe. Renegamos de la teología y de toda ciencia anterior a la Modernidad, desconocemos el valor de toda forma de conocimiento que no se ajuste al paradigma en que nos hemos educado.
Y entonces, ignorantes, decimos de estos ángeles caídos, de estos hombres y mujeres que aman hacer el mal, que gozan con el sufrimiento ajeno; que la cobardía o la inseguridad, o una reprimida virilidad que debe someterse a una hembra autoritaria, quizá (como la mantis que comienza a devorar al macho aun antes de finalizar la cópula), los impelen a agredir y a maltratar, aun a riesgo de provocar su propia muerte (su Infierno).
Pero sospechamos que esas nubes densas que los rodean y avanzan hacia nosotros, ensombreciendo la llama que es nuestra voluntad y el brillo de esta voluntad que es nuestro intelecto (en imágenes y palabras de Swedenborg), son pedazos de ese Infierno en el que habitan y al que quieren sumarnos.

(La imagen es una de las ilustraciones de Gustave Doré para el infierno en la
Divina Comedia.)

jueves, 12 de noviembre de 2009

Nondum, el Cobos de Carlos V y ningún parecido con nuestro Vicepresidente



Cuando en 1517 el joven Carlos I (hijo de Juana La Loca y Felipe el Hermoso) hace su entrada triunfal en Valladolid, para tomar posesión de una de sus herencias, el reino de España (ya había heredado de su padre Austria, Alemania, Borgoña, los Países Bajos, Hungría, parte de Italia) lleva la divisa de Nondum (No todavía) que luego, al correr de los años, las guerras y las conquistas, se tornaría en Plus Ultra (Más allá).
Tenía 17 años, un padre muerto, una madre recluida en Tordecillas, tal vez por su ezquizofrenia, tal vez por la pena de amor que le sobrevino al morir su esposo, tal vez por la ambición de su padre, Fernando de Aragón, para conservar el poder que sobre el Reino de Castilla y América le correspondía a ella por herencia de su madre, Isabel la Católica.
Gobernaba Inglaterra el tumultoso Enrique Tudor. Francia estaba bajo el poder del guerrero Francisco I (cuya nuera, Catalina de Médicis, le daría al reino tres hijos que fueron reyes), y Solimán el Magnífico, poderoso sultán turco, amenzaba las fronteras de los reinos cristianos, como luego demostraría al acechar a Viena.
Era Papa Clemente VII, de la familia Médicis, poderosa casa florentina que en ese momento había sido derrotada.
Era un tiempo de constantes alianzas entre esos reyes, Francia, España, Inglaterra, los príncipes alemanes, el reino de Hungría. Esas alianzas duraban lo que duraban los intereses en común, se traicionaban, se rompían, se iba a la guerra. Y también, lo que duraba el dinero aportado por las cortes, (extraido de la sangre de los campesinos y los artesanos europeos, del oro robado de América, del trabajo esclavo de nuestro continente); de los banqueros florentinos y los comerciantes de Flandes. Entonces, Ayax y Tiresias eran poderosos señores, y el Vaticano jugaba tanto a la diplomacia como a la guerra, según la ocasión.
Nada parecido a nuestra gloriosa época de democracias republicanas de "consenso" y pactos razonables entre los poderes. ¡Ay, esos reyes y esas cortes y repúblicas que aceptaban los sobornos del supuesto enemigo infiel en nombre de salvar a la cristiandad! ¡Esos señores que vendían a sus hijas e hijos en matrimonios para agrandar sus territorios!
Será por eso que, al encontrar en una biografía sobre el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, el nombre del español Cobos como uno de los secretarios que le propone al Habsburgo su antiguo confesor, Carlos de Loaysa, tras la muerte del canciller italiano Grattinara, mi libre asociación con un Cobos actual debería caer en el olvido. Porque al recomendárselo al Emeperador, le dicen de Cobos: "Siempre he creido que Cobos sería el cofre sellado en que se encerrasen vuestro honor y vuestros secretos, que compensaría vuestras faltas y sabría defender a su señor. No emplearía, como muchos otros, exceso de ingenio para decir finezas y agudezas; pero en cambio, jamás murmuraría contra su señor..."
Atravesado por el significante del nombre, como en clave invertida, la lealtad de aquel "cofre sellado" ha devenido en cloaca que derrama traiciones y maledicencia...

Fuente: Carlos V, Señor de dos mundos, Juan Mnauel Gonzalez Cremona, Planeta, Buenos Aires, 1999.