Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 21 de noviembre de 2008

Nico, Joaquín y Christian

En una esquina céntrica de Buenos Aires, Nico, Joaquín y Christian agonizan. A su lado, cada segundo de cada minuto de cada larga hora de días demasiado frescos o demasiado calientes, pasan miles de personas. Rumbo al trabajo, de compras, turistas ricos y no tan ricos, locos sueltos, depresivos, ensimismados, rebeldes y, sobre todo, indiferentes.
Nico se muere. De paco, de hambre y de abandono. Apenas se tiene en pie.
La comida que le compré los otros días, me dice Joaquín "se la cambió al transa por droga". "¿A dónde está el transa?", pregunto. Me dice las calles y las casas. Ahí, la policía vigila, no al transa, que le da unos mangos, sino a los pibes. Cuando salen de comprar, los fajan. Yo no doy direcciones, como me pide Scioli (denuncie, llame al 911, sospeche, vigile, castigue) porque los van a buscar a los pibes y los van a cagar a palos o quizá los maten. Nadie los va a reclamar, porque su familia son otros pibes de la calle.
"Yo ya estoy jugado, señora. No me queda mucho. Pero a él hay que sacarlo de la mala vida". No le queda mucho porque tiene 21 años.
Yo pregunto sobre sus familias y ellos me cuentan. Pregunto por la escuela, y ellos responden.
"Antes, hasta hace seis meses, yo estaba bien. Ahí me cuidaban para que no fume [paco].Tenía un lugar donde dormía y comía, también había un vago que nos enseñaba. Vendría a ser desde el quinto al noveno grado. Y se chivaba si nos veía fumando, tabaco nomás". "¿Y no podés volver?". "Ojalá. Pero vino el gobierno y le sacó la plata al chabón que tenía ese centro". Supongo que será otra de las maravillosas obras de Macri. Que los villeros de Provincia no usurpen los espacios que financian los esforzados y prolijos vecinos de la Gran Ciudad.

domingo, 26 de octubre de 2008

Sigo esperando

Supongo que primero se ofendió ella y después yo. Creo que comenzó así porque ella es de esas personas que tienden a ofenderse por casi todo, como si en el abanico de emociones del que dipsonen para reaccionar frente a los otros (y sus actitudes, pero también frente a los hechos de la vida) el repertorio fuera muy pobre. Se recurre a la ofensa cuando no se sabe pelear, enfrentar, perdonar, comprender o reir.
Después podría enumerar una larga lista de ofensas mutuas. Desde ya, las de ella me parecen exageradas, infantiles y cobardes mientras que las mías, que son menos, se me hacen justificadas y razonables.
Como sea, ella eligió, para expresar su ofensa, el silencio y la ausencia. Como una forma de castigarme a mí y castigar a los que amo.
Yo busqué la confrontación, la conversación, la puesta en evidencia por medio de la palabra de las ofensas causadas.
Me mintió.
Dijo que me lo agradecía.
Que pensaría en mis palabras.
Que era considerado por mi parte propiciar un acercamiento.
Después se fue y se sumergió íntegramente en la ofensa en sí, con sus códigos y sus matices.
Me cansé de chillar y de actuar. Convine en usar la simetría. Quedamos equilibradas en la parálisis. Ninguna de las dos movió más piezas.
Pasé meses esperando que me sorprendiera con una jugada atrevida, un enroque, un peón coronado, algo que me mostrara que tomaba un gran riesgo y abandonaba la quietud de la resignación.
Y sigo esperando.

viernes, 17 de octubre de 2008

"Tsugumi", una novela pequeña de Banana Yoshimoto

Ultimamente mi amiga Carina la pega con los libros que me descubre, como si se inspirara realmente en mi estado anímico.
En mi último cumpleaños, me regaló la novela Tsugumi, de la escritora japonesa Banana Yoshimoto, de quien no había leído nada.
Como con La Vida Descalzo de Pauls, desde los primeros párrafos me abandoné a ese viaje onírico por la intimidad y la memoria infantil de la playa y el mar, un territorio atemporal que a quienes lo poseemos (como recuerdo, sueño, fantasía o esperanza) nos conecta con lo dionisíaco y la unidad.
Esta novela, que narra la historia de la joven Maria Shirakawa, criada en un pueblito de pescadores junto al mar en la península de Isu, viviendo de prestado con su madre en el hostal de sus tíos Yamamoto y sus primas, no es pretenciosa. Elige la anécdota pequeña, simple, particularísima, para hablar de la amistad llena de contradicciones que une a María con su voluble y caprichosa prima Tsugumi, fatalmente aprisionada en su delicado estado de salud que la lleva a tiranizar a toda su amante familia.
Primeras amistades, amores adolescentes, rituales colectivos, perros que se aman y días de escuela. María debe marcharse a Tokio para vivir al fin junto a su padre, escapando de la vergüenza de haber sido la hija de la amante durante todos sus primeros años.
Esta novela recurre al arquetipo del paraíso perdido, o a punto de perderse, pero lo hace desde la singular personalidad de tres muchachas a punto de florecer.

Inauguración en la galería "Corazón"


Como todo lo que ocurre en esta galería, muy recomendable.

viernes, 10 de octubre de 2008

Nos tenemos que ir, La Chicana


Fuimos a ver a La Chicana y todo se llenó de alegría y erotismo, las otras noches y los días que siguieron.
Andaba bajoneada y triste como un perro sin dueño, pero todo pasó, como pasan las cosas en primavera: repentinamente y envueltas en aromas de jazmines.
Descubrí lo que ya sabía: que el tango es sólo nostalgia y melancolía cuando no nos penetra en la carne, como si fuera un amante fogoso.
Porque cuando sí lo hace, el tango también es alegría, bravuconada, chicana y calentura.
La milonga te hace mover los pies y te calienta la sangre, y aunque no sepas bailar ni cantar, como es mi caso, no podés dejar de bailar y cantar, incluso fuera de la piadosa protección del ridículo que ofrece el hogar propio.
Y dan ganas de cagar a palos a unos cuantos garcas y de luchar hasta conseguir algo de justicia en esta bendita tierra argentina y de amar hasta que no nos dé más el cuore y el alma.
Y emprendo el regreso a casa, caminando por Corrientes, hundida bajo el peso de mi mochila y mi laptop, sin desesperar del largo viaje ni la miseria que me rodea, cantando "Nos tenemos que ir", mientras algún hombre me mira como si me deseara.

lunes, 6 de octubre de 2008

Segunda piel

A veces el dolor físico es como una segunda piel. Lo llevamos encima, nos cubre todo el cuerpo y hasta aprendemos a convivir con él, como aprendimos a caminar, a hablar y a amar a las personas cercanas, sin darnos cuenta, en el presente, que alguna vez fue de otra manera.
Se despierta con nosotros a la mañana y nos hace saber de su potente presencia y aunque decidamos ignorarlo, hacer como que no existe y enfrentar los desafíos del día, acecha cada movimiento y suele triunfar sobre nosotros como enemigo o amigo, según nuestro ánimo.
Literalmente, nos tuerce la voluntad y se hace carne con nosotros. Eso es envejecer, aunque seamos todavía jóvenes.
Observamos, temerosos o admirados, los movimientos de los niños pequeños y creemos recordar de qué se trataba ese goce de la vida, pero no es cierto. No recordamos y ya no sabemos ir por el mundo con un cuerpo saludable y joven.
La muerte se hace familiar y posible y el sueño es un anhelo y no ya, como en la infancia, un robo al tiempo para jugar, aprender o luchar.
Pero un anciano se acerca a nosotros y nos habla de su mujer, con quien hace sesenta años que comparte la vida. Sonriendo, dice: ella no está bien, tiene artrosis y a veces las cosas se le caen de las manos. Pero yo le digo que no importa, que a cualquiera le pasa. Después de todo, es una chica tan alegre, tan llena de vida, que no vale la pena entristecerla.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Amores perversos

Le dábamos rodeos y no podíamos llegar al centro de eso que, al hablar de ellos, llamábamos a veces perversidad.
Unos años atrás, mi maternidad se había sentido violentada por esas costumbres que le imponían a mi hijo cuando los visitaba, y reaccioné como una hembra animal, sin civilidad alguna, para proteger a mi cachorro de un peligro que intuía y sólo podía nombrar con esa frase: son unos perversos.
Astutos, quisieron dar vuelta la cosa: mi visión siempre parecía deformada por mis consultas a psicólogos y ciertas lecturas que hacían complejizar lo sencillo. Yo era siempre la loca y la mal pensada. No había nada de malo en que el niño durmiera con ellos en la cama. Los primeros años, la excusa de la falta de espacio pareció creible. Pero con el cambio de casa ya no había manera de justificarlo.
Un día mi hijo llegó, después de quedarse a dormir con ellos, y mencionó algo del calzoncillo de él y del corpiño de ella. Me volví loca. Eché espuma por la boca y exigí la intervención paterna.O le ponen un colchón aparte y duermen con pijamas o no va más.
Me sentía una turra, por mometos. ¿Estoy viendo fantasmas donde hay sólo cariño? ¡Ellos son tan buenos, lo quieren tanto! Es que no tienen experiencia, es que no tienen hijos, pensaba. Pero cuando el peligro acecha a tu hijo, la amabilidad y la comprensión se van a la mismísima mierda.
Igual, lo invitaban cada vez menos. Parecía que a medida que él crecía, su cariño aminoraba.
No hace mucho, leyendo unos textos de F. Dolto sobre abuelos y nietos, encontré las palabras que construyeron el relato de mis intuiciones, el significado y las claves de ese peligro frente al que me alcé en pie de guerra. Jugaban con mi hijo al papá y la mamá, como si fuera un muñeco y no una persona. Lo querían así, bello y pequeño, como un peluche para acariciarles el sueño y rellernarles vaya a saber qué vacíos. Eran perversos. Mientras tanto, ellos, en ese juego, hacían como que eran niños también, entonces exhibir su sexualidad no era un problema, porque ellos eran inocentes. (En cambio yo, siempre he sido "la culpable" en este entuerto).
Ese amor les duró un tiempo, mientras el juguete no representaba la existencia de una subjetivdad con voluntad propia, con sus relaciones y vínculos, con su manera de ser hijo de esta madre y ese padre, que no son como ellos, ni quieren serlo. Para que el juego tuviera gracia, el resto del mundo de su niño-jueguete debía permanecer al margen. Venían a casa, lo buscaban y se iban rápido, como huyendo. Lo consentían con regalos, comidas y paseos. Esas salidas eran todo un jolgorio. El resto del mundo no existía, principalmente padre y madre, esos seres molestos que aplican leyes y sanciones y emergían para recordarles que no eran ellos los que estaban al mando.
Cuando el juego quedó expuesto y en evidencia, su amor se resquebrajó como una pieza de porcelana que alguien deja caer con violencia al piso. El niño al que decían amar no tiene existencia fuera de su perverso juego y entonces no les importó abandonarlo sin dar la cara ni explicaciones.
Intenté hablar de esto, pero ella se escondió como el avestruz y negó todo camino de diálogo que condujera, tarde o temprano, al laberinto de sus intrincados y perversos pactos.
Primero lo lamenté mucho. No quería ver sufrir a mi hijo por haberlos perdido.
Después, respiré aliviada por él. "Si para los niños, ser amados significa ser pervertidos, mejor que no se los ame", dice Dolto.
Aunque a veces temo que hayan "adquirido" otro sustituto humano para su pequeño y perverso aquelarre.


They use to be three

Solían ser tres (aquí quisiera decir :they use to be, porque no encuentro una expresión castellana más precisa): padre, hija e hijo.
Quién sabe si fue el dolor de la viudez prematura, cierta perspectiva egomaníaca de la existencia, la persecusión política, otras muertes. Se fue, dejando atrás dos niños, madre y hermanos. Una casa vacía y un país encendido y sangriento.
Los niños lo siguieron un tiempo después. Por entonces, sus noches eran de sueños apastillados, ausencias excesivas y miedos. Dejaron atrás la escuela, el barrio, los amigos y los recuerdos. Y el país flamígero y desorbitado que conocían y quizá, amaban.
Unos años después, ya no tan niños, los mandó de regreso. En nombre del "buen nivel universitario", se los sacó de encima como quien se desembaraza de una pesada carga que ha llevado más tiempo del que podía soportar. Se justificaba.
Después se fue el hijo. Como todo hijo, buscaba el fantasma de su padre, y atravesó la selva, el Trópico y una iniciación un poco brutal en el corazón de Sudamérica. Aprendió entonces a vivir así: como un nómade, sin patria, ni amigos, ni familia, o más bien, encerrando en su corazón desconcertado eso, bajo la forma de recuerdos deformados y ensoñaciones.
La hija, hecha de una naturaleza más cobarde y tímida, abandonó todo para seguir a un hombre que la dominara, pues el amor, para ella, estaba hecho de tiranía y opresión, de obediencia y sumisión, tal como el padre le había enseñado.
Quiso volver para ser abuelo, pero como no había querido ni sabido ser padre, saltear una generación resultó una tarea imposible. Anuncio que destruiría las ruinas del pasado y construiría nuevos cimientos. Sin embargo, ante las primeras dificultades, hizo lo que mejor sabía hacer y huyó, dejando atrás de nuevo lo poco que quedaba de los tres que alguna vez pudieron ser una familia y ahora son sólo tres personas que se alejan y se alejan, como si los límites del mundo fueran demasiado pequeños para albergar la suma de traiciones, desengaños y odios que los vinculan.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Castillos de dolor, de Magda Denes



Como muchos domingos, después de almorzar con madre, que suele ser nuestra invitada, vamos a pasear al bosque. Mientras A. y J. juegan a la pelota, yo termino de releer una de esas novelas de tardes de domingo. Esas novelas que no están siquiera muy bien escritas, pero a las que vuelvo como un falso deudo que busca en historias de persecución y guerra, de pogromos y guettos, un pasado del que ya no quedan testimonios entre los míos. Esos libros que adquiero a veces hojeando, apurada, en bateas impregnadas de polvillo que trae alergía y estornudos, en librerías de usados. Se llama Castillos de dolor (Denes, Emecé, 1998), y son los recuerdos de la guerra de una niña judía húngara (¿o debiera decir húngara judía?) que ha debido sobrevivir al hambre, la enfermedad, la muerte, el abandono, los escondites en sótanos y altillos, la desintegración de su familia, la desaparición del mundo, la escuela, las compañeras, el desprecio organizado, el caos y la pérdida del placer por aprender las palabras y las matemáticas, misterios entrañables de los que su hermano asesinado era el guía.
Como en Léxico familiar (Natalia Guinzburg), la guerra y la destrucción se entremezclan con las comidas, o su ausencia, las palabras que abren puentes de supervivencia o las que matan, los gestos y modales apropiados para despistar al enemigo o conseguir mejores raciones, los libros que permiten huir del mundo y sobrevivir frente a tanto dolor. Y un humor que no puede ser más que negro, oscuro y sibilante.
Es como tirar un guijarro. Esa piedra que cae sobre el lago nada apacible de la vida, que forma inescrutables misterios de remolinos que nos tomamos la licencia de llamar europa del este, magyares, eslavos, abuelos. Es como bucear en el 2666 de Bolaño, es el mundo Karamazov, es Gombrowicz o Los Incosolables de Ishiguro. Es aquello que ni la mejor literatura norteamericana o europea (ni aún un irlandés como Stocker) podrá jamás asimilar, porque no es posible para los occidentales asimilar esa perversidad más refinada, la crueldad lenta, musical, culta, apasionada. Hecha de ballet, sopas de porotos o remolacha y vodka; de atardeceres prematuros y nevados, de samovares y pogromos. De cadáveres desnudos, desdentados, en fosas comunes, en bosques nevados. Niños y mujeres marchando descalzos a librarse, con una sola bala para ahorrar municiones, de toda humillación y toda esperanza.
Nuestras tragedias americanas son más vertiginosas. Conquistadores y conquistados rendimos culto al sol, a los atardeceres lentos, las selvas tropicales, los mares calientes, los frutos de colores obscenos y jóvenes.
Pienso en Bolivia. Pienso en Argentina. Pienso en mis abuelos, mis padres, mis amigos, mi hijo, mis sobrinos y en lo horrendo que es el mundo y los grandes y tremendos hijos de puta egoístas que somos los adultos.
Y aún así, siento un apetito voraz, insaciable e infatigable por esta cosa que llamamos vida, aunque sepamos que es también infierno y muerte.

domingo, 7 de septiembre de 2008

RECUERDOS DE LOS OTROS


Hay recuerdos que nos pertenecen con la fuerza de los huracanes. Son nuestros con la genuina pertenencia de cada mitocondria que nos hace ser quienes somos, y no otros.

A veces compartirlos con quienes también los protagonizaron nos sorprende: ya sea que la sorpresa oscile entre el desconcierto, la incredulidad o la serendipity. Nuestra amiga, nuestra hermana, nuestro amante o nuestro hijo relatan de ese recuerdo -que veneramos como a una de nuestras más valiosas pertenencias-una versión tan tergiversada, que dudamos si tenemos frente a nosotros a un/a descarado mentiroso o fabulador o simplemente a otro, que estuvo allí, que vivió con nosotros la experiencia y, a pesar de ello, no sabe nada de lo que recordamos, de lo que nos constituye, de quienes somos. Podemos atribuirle verosimilitud a su relato de nuestro recuerdo común, incluso reirnos como cómplices de un secreto y sin embargo, se levanta, entre nosotros y los otros, un muro infranqueable que nos deja, para siempre, solos en nuestro desconcierto.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Pequeñas curiosidades, un correo de mi amiga C

Presas de este hybris Guinzburístico, mi amiga C. me escribe lo siguiente:


Esta mañana, a consecuencia del nuevo desacuerdo entre el Estado y los gremios docentes, estoy leyendo Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg. No hay un águila en el techo de mi casa pero sobrevuela una sensación de exilio. Luego de leer "Retrato de un amigo", el tercer texto de este volumen me amenaza la curiosidad, pero hoy tengo ese tiempo. Busco en mi biblioteca el único volumen que tengo de Cesare Pavese, una edición de Seix Barral con su narrativa completa. Al comienzo hay una breve biografía aunque cargada de detalles que me certifican que Pavese es el amigo al que refiere Ginzburg. Pero antes el me lo dice el propio texto cuando refiere lo inexorable de la vida para el propio Pavese. Ahora la biografía dice:
"...El 18 de agosto el escritor hacía las últimas anotaciones en su diario. El 27 del mismo mes, en una habitación del Hotel Roma de Turín, Pavese ponía fin a su vida ingiriendo una sobredosis de somníferos."
Mi hija lee al otro lado de la mesa Nabuco, etc. de Ema Wolf. No puedo reprimirme y le pregunto "¿qué día es hoy?".


Beso

lunes, 18 de agosto de 2008

Coffe and tv


Quiero aclararlo desde un comienzo. Me gustaban de él bastantes cosas, quizás más ahora, en el recuerdo, que entonces, cuando nos veíamos cada tanto para conversar, escuchar música, comer y hacer el amor.
De chica, había estado muy enamorada de él, sobre todo, de su amor por mí, que primero sospechaba, pero después se me hacía imposible, me causaba incertidumbre y se desvanecía con el ir y venir de la marea, en las inmensas playas de "la Villa". Como con casi todos los hombres que quise, con él me parecía, al principio, que era improbable que se fijara en mí. Y ese desafío me atrapaba, como si en mí prevaleciera más la fuerza del cazador que la inquietud de la presa. Sin embargo, aprendí a jugar el juego de dejarme cazar, pero tuvieron que pasar unos cuantos años para eso.
Lo tuve y lo perdí, porque fue el primero en traicionarme y yo no supe perdonarlo. Además, no estaba preparada para largos romances y quería experimentar, junto al amor y el dolor del desangaño, lo nuevo, lo distinto y la voracidad de la conquista. Muchos años después, volvimos a encontrarnos, casi de casualidad. Hubiera dado mucho por enamorarme de él nuevamente, sobre todo, porque tiene mucho talento y es un gran compositor, una buena persona, una rara combinación de ingenuidad, ternura y esnobismo. Pero sobre todo, por su fino, laborioso, apasionado y permeable oído musical.
En cambio de enamorarnos, nos hicimos amigos y también, en ocasiones, amantes. Ni él se esforzó por enamorarme, ni yo por seducirlo, porque nuestros corazones estaban, como quien dice, demasiado ocupados, revueltos y curtidos. Tuvo la delicadeza de reinterpretar, para mí, algunos hechos del pasado y hacerme creer que él también me había querido y que su traición de entonces, había sido, después de todo, bastante más inocente de lo que yo suponía.Tal vez no pude amarlo, ni él a mí, porque como ya he dicho, yo no soy capaz de amar la música y él, sobre todo, es música.
Pasamos algunas tardes agradables en su departamento, él tocando algún tema de George Harrison en una de sus guitarras, y yo hojeando sus revistas de rock tirada en el fiaca, mientras el sol nos calentaba el alma y los recuerdos.
Como tiene la risa fácil, y es generoso, me hizo escuchar de todo y conocer nuevos mundos musicales, que nunca habitaré, pero por los que hice pequeños recorridos, incompletos y fugaces.
Cuando volvía de visitarlo, me sentía más leve y menos quejumbrosa, en una época de mi vida en la que todo era esfuerzo y eran pocas las compensaciones, por lo que siempre le estaré agradecida. It was just coffe and tv.

Video de Blur, Coffe and tv

http://www.youtube.com/watch?v=kWUil383us4

"Jamás entenderé la música, jamás la amaré"

[...] pero sufro por no amar la música, porque me parece que mi espíritu sufre por la privación de este amor. Pero no hay nada que hacer; jamás entenderé la música, jamás la amaré."
Escribe N. Guinzburg en su cuento "El y yo", de 1962.
Y aunque no me guste, aunque lo rechazo, lo cierto es que me siento identificada. Aún cuando esta tarde me he quedado sola en la casa y he estado escribiendo y escuchando a María Callas y a Norah Jones. Aún cuando piense, con nostalgia y estupor, en mi padre y en su preciosa colección de discos de jazz (con sus tapas psicodélicas) que admiraban nuestros amigos en la adolescencia, de Piazzola y de Jimy Hendrix, su pasión edípica por los músicos que interpretaba su madre al piano, como Beethoven o Shuman.
Envidiaba el oído de mi hermana, plasmado en coreografías y en sus estudios de flauta.
Tal vez quería que mi padre me amara más porque entendía la música, pero ni la entendía ni lograba amarla como él la amaba. No fue posible, entonces, que compartiendo ese amor, lograra estar más cerca suyo. Recuerdo su exitación cuando una vez nos llevó a escuchar a Bruno Gelber y tuve que hacer esfuerzos por no dormirme en el teatro. (Quizá por entonces empecé a entender el valor estratégico de la hipocresía en las relaciones amorosas.)
Gozaba con las canciones del romancero español que aprendía en la escuela y me gusta cantarlas todavía hoy. Recuerdo letras enteras de largos romances como el de La Condesita o el de Don Bueso (o Hueso, o Boiso, según las versiones), pero no puedo afinar ni la más simple melodía. En cambio, imagino pinturas, películas y gobelinos cuando recuerdo el verso: "Hayola lavando en la fuente fría, ¡quita de ahí, mora, hija de judía!"
Demasiado temprano mi hijo lo descubrió y nuestro placer compartido de cantarle por las noches, pasó a ser sólo mío.
Me esforcé por ampliar mi conocimiento y me enamoré de múscios de rock reales e imaginarios. Algunos tangos me hacen llorar, lo mismo que algunas letras de Yupanqui y algunos boleros, pero es algo íntimo y privado y no me atrevo a confesar mi tristeza cuando me cuesta distinguir, en una orquesta, los violines de los chelos y los contrabajos.
Crecí rodeada de música, y de músicos. Compositores e intérpretes, aficionados y profesionales.
A. siempre está escuchando algo hermoso, que no conozco. Pregunto qué es y lo olvido tan rápido que me doy pena. Se quedan los dos, padre e hijo, en su mundo de rap, de rock, de pop, y yo, sola, tan lejos.
A la noche, a veces, me da por bailar con mi hijo. Ponemos música que nos gusta a ambos, a todo volumen, y bailamos como posesos. Terminamos felices y agotados como si hubiéramos corrido una carrera. Pero no sabría explicar por qué, ni compartirlo con nadie.
Intenté aprender muchas formas de danzar, y no fueron malos mis maestros y maestras. Siempre la falla fue mía.
Mi hermana y mis amigas bailan. Son profesionales, y lo hacen muy bien, incluso en una fiesta de cumpleaños o un casamiento. Yo, sobre todo, soy voluntariosa.
Cuando éramos chicos, mi madre nos cantaba, para dormirnos, la canción de la indiecita Anahí, y entonces yo creía que moriría de pena. Pero en lugar de la melodía, retuve las palabras, que herían mi alma como si yo misma me desgarrara con las "las arpas dolientes hoy lloran arpegios que son para ti recuerdan a caso tu inmensa bravura reina guaraní, Anahí, indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.Anahí, Anahí,tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí."

Natalia Ginzburg


Cuando me recomiendan una escritora a quien no conozco, confieso que a priori desconfío. No porque haya leído mucho, ni a todos (afortunadamente hay todavía esperándome cientos de miles de textos y autores que no conozco), pero en general, hay nombres que una, al menos, ha sentido mencionar.
Así que abrí el Léxico Familiar de Natalia Ginzburg que me recomendó C. sin mayores expectativas.
Ahora, que el tiempo cronológico apenas ha pasado, pero ha transcurrido intenso, en medio de una voraz búsqueda de todo lo que pude averiguar y leer de ella en estos cortos días, me parece imposible haber vivido tantos años sin leer a esta escritora.
Como solo puede hacerlo quien ha vivido la guerra, lleva sangre italiana y judía, se ha criado con muchos hermanos y ama a Proust, Natalia Guinzburg escribe no sólo porque conoce muy bien el oficio, sino porque no puede, no sabe, ni quiere, hacer otra cosa. Y se le nota.
Ella, como Clarice Lispector (según me hizo notar La vida abierta) y , humildemente, yo misma (http://palabrascromaticas.blogspot.com/2007/07/maternidad-y-escritura.html ), confiesa, en su relato "Mi oficio" (publicado en Las pequeñas virtudes, Ed. Acantilado), que "no lograba entender cómo se podía escribir teniendo hijos". Se me ocurre que todo el que quiera escribir debería leerlo, particularmente las madres.
Natalia G. sabe escribir. No se demora en lo sinuoso ni se distrae en falsos psicologismos. Maneja el suspenso y el tiempo con maestría e introduce, con virtuosidad, el humor y la distancia para narrar la desesperación, la persecución, el fascismo y la muerte, mientras habla de anatomía, de literatura, de canciones de la infancia y de los edificios de una Turín y una Italia que se derrumbó bajo las bombas alemanas.
Como no sé nada de crítica literaria, me doy permiso para decir que esta escritora escribe vociferando, apurada, descarnada, impulsada por necesidad y pasión; si embargo, se esconde y se disimula detrás de un conocimiento (y un auténtico amor por las palabras) que parece contener sus arrebatos y evitarle el barroquismo y cualquier ismo de esos que frecuentemente se usan cuando se habla de escritoras mujeres. En ella, la palabra emerge precisa, imprevista y acertada.
Con el Léxico, por un momento, pensé que era como si hubiera escrito una versión más contemporánea y económica de En busca del tiempo perdido.
Después entré a su mundo, habitado por los vestidos de Paola Olivetti y de su madre, Lidia; al de Mario, Roberto y Gino Levi; al de su marido Leone; al de Pavese y la editorial Einaudi; al de la resistencia italiana y los socialistas que enfrentaron a Mussolini, Hitler y Franco, las bombas, el suicidio y la cárcel; las criadas, las modistas y la indolente y perezosa Miranda, sin darme cuenta que me he deslizado allí como si me hubieran abierto la puerta de una casa y una familia a la que no pertenezco pero creo (y quiero) pertenecer en cierta forma, como nos ocurre con las familias de los amigos que hacemos en la adolescencia y en cuyas casas nos sentimos a gusto.
Inmersa en ese mundo, recuerdo al personaje de Burt Lancaster en "Grupo de Familia", a mi padre y al abuelo de M., a quien no conocí.

sábado, 16 de agosto de 2008

Un café con N

Ayer me encuentré con N. a tomar un café.
Desde luego, tomamos más de uno y comemos unos tostados, porque a las dos nos gustan las mismas cosas: los jardines, comer cosas ricas, leer nuevos libros, fumar -aunque siempre haya algún plan de abandonar el cigarrillo- y hablar de política, de amistades y de las familias judías o mixtas que se van desmembrado, la educación bilingüe en los colegios anglicanos y las palabras.
Cuando hablamos de los hijos, ella casi se pone a llorar, porque no sabe (¿quién sabría?) ser madre a la distancia impuesta por ellos, de tantos kilómetros, incertidumbres, guerras y cotidianeidades perdidas. Extraña a sus nietas y proclama que ahora es una mujer acorazada, distante y fría, pero es imposible creerle, mientras su voz se quiebra, sus manos tiemblan y los ojos, qué decir.
Yo le hablo de Natalia Guinzbug, de cómo C. la introdujo en mi vida, de su novela Léxico Familiar y de lo mucho que a ella va a gustar. Ella me habla de la nueva literatura española, de la generación post-X, o post pop o post no sé cuánto, y me dice una de esas frases que ella pronuncia como naturalmente, como quien dijera se me prendió la lamparita, en cambio ella, N. dice:tuve un coletazo de inteligencia emocional.
También hablamos de algunas personas que ambas conocemos, bien de unas, mal de otras y de cuánto nos extrañamos y lo mucho que nos alegra vernos.
Yo me alegro de estar ahí con ella, de participarle mis paseos por las librerías de Corrientes, nuestra admiración por la "Doctora", de las anécdotas de mi hijoy de sus nietas , los éxitos de su hija y de las cosas que hace M, su marido.
Nos despedimos riendo, algo aliviadas de nuestras añoranzas y penas, que decimos y a la vez escondemos, para no ensombrecer la tarde.

viernes, 15 de agosto de 2008

Lo que otros enseñan


Es curioso lo que uno recuerda de lo que otros le han enseñado. Se aprende de muchas maneras, mediante el dolor, el olfato, el sexo, la alegría, las conversaciones, los libros compartidos (los que se prestan y se pierden, los que nos prestan y nos quedamos e incluso, los que uno ha leido y los otros no o viceversa), los viajes (reales e imaginarios), las idas al cine, los olvidos, e incluso excepcionalmente, en las clases más formales.
A veces trato de recordar qué me enseñó R, de quien todos aprendían algo. Y me acuerdo de algunas cosas que quedaron grabadas en mi memoria: que entre los veinte y los treinta y pico las personas nos dedicábamos intensamente a lo laboral-profesional; que las telenovelas guardaban un parentesco cercano con cierta literatura clásica y que la cocaína le hace mucho daño a las personas muy sensibles (y supongo que a las otras, también). Además, cierto desprecio por una mujer que a todos calentaba en mi trabajo y que a él le parecía torpe, sosa y obvia.
Mi relación con él me avergüenza, porque fue inoportuna, tortuosa, impúdica. Me acostaba con él y no me gustaba (porque había dejado de admirarlo mucho antes de tenerlo), pero igual lo seguía haciendo, porque estaba tratando de cerrar un capítulo de mi primera juventud. Estar con él representaba para mí algo bajo y sórdido y a veces me sentía una marioneta y otras una puta.
Después, una amiga se enamoró de él y lo tortuoso, sórdido y morboso se incorporó a su vida y se alejó bastante de la mía. A veces me pregunto si le guardé rencor [a ella] en ese momento o si tuve celos, y sin embargo, nada de eso, si es que existió, dejó huella. Al principio me enojé, por orgullo, y en seguida sentí alivio y seguí mi camino.
Ahora, que ya pasaron varios años, somos muy amigas y compartimos muchas cosas y raras veces mencionamos aquel episodio, que parece borrado de nuestra memoria; pero entonces no lo éramos tanto y compartimos un amante. Sólo que para ella fue un amor y a mí, en cambio, me enseñó sólo algunas cosas.

Un amigo que no sabe estar solo

Es de clase de hombres a los que, tarde o temprano, las mujeres dejan. No quiero decir con eso que no lo amen o que no puedan enamorarse locamente, es que, sencillamente, al final, lo dejan.
Yo creo que eso se debe un poco a su manera de actuar en las relaciones amorosas y otro poco al tipo de mujeres que le gustan.
Cuando una mujer le gusta, ya está escribiendo el último capítulo, porque se muestra rendido a los pies de ella e incondicional. La llena de halagos, piropos y regalos y se pasa el día haciendo planes para estar con ella y para lucirla frente a sus amigos y conocidos, porque con cada mujer que está, cree estar con el tesoro más codiciado para cualquier hombre. No es que no descubra los defectos de ella o que no le importen. Por el contrario, frente a éstos se muestra intolerante, irritado y protestón. Pero basta una caidita de ojos de nada, un buen perfume en el escote, unas caricias oportunas en la nuca y ya está él, rendido, entregado por completo.
Después, aunque se aburra y se enoje con facilidad y haya descubierto ya todos los secretos de ella, los que le gustan y los que le repelen, está enredado y es fiel, para él el amor es un estado natural. En seguida quiere vivir con ella, cenar juntos a la noche y desayunar por las mañanas, no estar solo en la casa y planificar viajes y visitas. No sabe estar solo con alegría y prefiere el aburrimiento o el estado de beligerancia, incluso la sospecha y el desamor, a la soledad.
Y aunque cualquier otro se la ha visto venir, y quizá sienta alivio cuando la cosa se torna oscura y morbosa, él, en cambio, cuando lo dejan, se muestra desconcertado, abatido y triste. Y también furioso.
Solo languidece. Odia, planea venganzas y lucha por recuperarla con bravuconadas y humillaciones tardías.
Se recupera pronto, porque su naturaleza lo impulsa a la pareja como a otros los impulsa a las pasiones, los melodramas, la nostalgia o el rencor. Y a vuelta de esquina, encuentra una nueva mujer frente a la cual caer rendido y suplicante, que tarde o temprano, lo dejará.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Buenos Aires, casas y mansiones


En Buenos Aires casi no quedan casas que habitar, dice A Z, apesadumbrado, mientras él y las chicas describen barrios que se han ido conviertiendo en urbanizaciones plagadas de edificios con dúplex pequeños y grandes torres.
En Buenos Aires aún quedan, como testimonios tectónicos de la belleza e injusticia sobre la que se edificó la Nación, las grandes y suntuosas mansiones que fueron los cascos de estancias o mansiones de los dueños de la patria.
En Belgrano hay una plaza pública construida en lo que fuera el jardín de Fulano, me cuentan, e inmediatamente imagino paseando a las señoritas de la casa bajo sus "parasoles" -no permita Dios que se bronceen y pierdan el perfecto blanco de sus cutis de porcelana-, observando los macizos de flores, los arbustos a los que los jardineros dan forma y entre los que se escabullen los pavos reales. Ríen, con falso pudor, cuando se les acercan los muchachos con sus sombreros blancos y su deseo quemándoles las neuronas.
Escaleras señorales y entradas majestuosas para los carruajes que ruedan sobre adoquines cortados con el sudor de manos oscuras, lejanas, cuyas historias nadie recuerda ya.
Grandes ventanales se abren hacia el verde y desde adentro, en el estudio del señor de la casa, en el que crepita un fuego que se alimenta sin vergúenza y sin tregua, se traman negociados y romances prohibidos, junto a la biblioteca en la que se exhiben los libros traidos de Francia.
En las cocinas, el bullicio de las criadas se impone al ruido de las sartenes y ollas, el calor las obliga a arremangarse y el olor de la leche que hierve y se derrama las envuelve, junto al de las verduras y las frituras, entre risas o llantos por los hijos que mueren o los hombres que se fueron y que no las han querido lo suficiente.
Por los corredores, silenciosos, cuyas paredes adornan y entibian gobelinos flamencos del siglo XVI, sigilosamente anda la señora de la casa, paseando su tuberculosis o fiebre puerperal, junto con la melancolía de una vida de lujos y aburrimientos.
Y una muchacha repara en algo, un poco, la injusticia, y toma rápidamente de un anaquel de la bodega un pequeño vasito para licor hecho en cristal de bohemia, que representa una cacería de ciervos. Como el animal, huye por la puerta de servidumbre con su tesoro.
Pero los demás ahora hablan de edificios de varios pisos y de villas miseria y de lo que cuesta tener una casa en Buenos Aires. Y mi ensueño se esfuma, mientras miro frente a la ventana y veo la cúpula del edificio del Congreso de la Nación.

lunes, 4 de agosto de 2008

Soñando casas



A veces recorro las calles de mi ciudad hasta que me duelen los pies. Entonces me siento en un banco, en una plaza, y observo lo que me rodea como si lo viera por primera vez, y, al mismo tiempo, como si siempre lo hubiera tenido presente.

Muchas casas me invitan a ensoñaciones que no cambiaría por casi nada. Me meto adentro con la imaginación, derrumbo paredes, levanto habitaciones para los niños que llegarán y estudios para sentarme a escribir los libros que el futuro traerá. Edifico el taller donde mi hijo pinta y A construye muebles de madera.

En mis casas siempre hay grandes cocinas que se llenan del ruido de las visitas, que entran y salen como si mi casa fuera la suya. A veces estoy sola y un timbre, que anuncia aventuras, suena al frente de la casa mientras yo riego las plantas o en el fondo o revuelvo una salsa en la cocina o, lo más probable, tecleo en la computadora. A una velocidad de galope, adorno habitaciones, las pinto, coloco allí una lámpara de diseño racionalista y moderno junto a un futón o un diván, lleno de almohadones, en el que duermen los amigos que hacen noche en mi casa.

Siempre hay muchas ventanas. A veces, si mi casa se edifica sobre una planta tipo chorizo, los vidrios coloreados imprimen tintes azules, rojos y acaramelados en las tardes. Otras veces son ventanas gigantes, geométricas y con grandes paneles de vidrio y metal detrás de los cuales se presienten un jardín algo salvaje y un patio con piedras y un pequeño estanque en el que crecen, junto a los nenúfares que me recuerdan a los invernaderos de Balzac, palmeras y juncos.

En el comedor hay una gran mesa cuadrada o rectangular con un juego de sillas que no le pertenece, tipo toné, y una vitrina en la que guardo recuerdos de vajillas de las tías abuelas, porcelanas delicadas que invitan a platos hipercalóricos para el invierno.

Al fin, cae la tarde y se impone el frío y hay que irse con los sueños a otra parte: otra calle, otra plaza, otra casa.

lunes, 28 de julio de 2008

Madres peligrosamente preocupadas

Voy a una reunión de padres (nunca sabré por qué se sigue diciendo "reunión de padres" a estos encuentros en los que predominan las madres de los alumnos de una guardería, un jardín o una escuela, y la presencia de padres semeja un acento cormático en un universo monocromo) para discutir sobre el viaje de egresados de la primaria de mi hijo.
Como siempre, sentarme al lado de Claudia me garantiza varias cosas: un poco de humor entre tanta madre "sufriente" y "esforzada"; algo de sentido común en medio de un universo bastante absurdo y poder hacer comentarios maliciosos acerca de los demás.
De todas formas, no estaba preparada para todo lo que allí se dijo, y eso que llevo años repitiendo estas rutinas. Quizá la influencia de la lectura del día anterior de Francoise Doltto, quizá cierta intolerancia exacerbada frente a la pavada y los desesperados mecanismos posesivos-represores de madres que no quieren crecer ni dejar crecer a sus retoños.
Un grupete de madres decididamente peligrosas copó, como simpre, la parada, y yo no podía dejar de asombrarme, aunque las conozco bastante, del gesto adusto y serio, casi desesperado, con que sus caras y sus manos acompañaban el discurso. Quedo paralizada al escuchar frases como quién nos garantiza que no les va a pasar nada [a los niños y niñas]. Nada. No puedo omitir el horror y el temor de esa frase encierra, como ellas quisieran encerrar a sus hijos en un mundo donde no les pase nada.
Pienso en la triste vida de un hijo [¡de once o doce años!] con una madre así, disfrazada de protecciones y cuidados que mutilan. De todo tienen miedo, un miedo que quizá pueda entender y hasta experimentar a veces, pero del que debo ocuparme yo misma, pobre hijo mío si no. Tienen miedo del contatco de niñas y varones fuera de su vigilancia; de abusadores sexuales encubiertos bajo la máscara de porfesores de educación física; de que haga mucho frío, o mucho calor, de que no coman las suficientes proteínas durtante el largo periodo de dos días sin ellas. Evidentemente estas señoras tan buenas amas de casa, tan protectoras, tienen graves transtornos sexuales y alimentarios.
Alguien (un padre, desde ya) explica que los padres-madres que acompañarán al contingente en verdad irán a sólo a contener y más que nada a pasear, ya que la supervisión está a cargo de profesionales, gente que estudió eso, que trabaja de eso. Ah , no, eso de ninguna manera. ¿Cómo que los padres [madres] irán a pasear? Es un escándalo. Los padres [madres] deben ir a trabajar, a cuidar a los chicos. Estas madres pulpo no soportan la idea del placer asociado a la maternidad, es una provocación, las madres hemos venido al mundo a sufrir y a hacer sufrir a nuestros hijos por hacernos sufrir. ¿Cómo se atreve ese padre, seguramente abandónico y mujeriego, a sugerir algo como un paseo?
Lo que estoy pensando es que son una mangas de conchudas peligrosas. Pero me lo callo y propongo que las que tenemos hijos varones votemos porque los acompañen padres (varones) y nos vayamos a un spa. Algunas me sonríen nerviosas, lo toman a broma y se relajan un poco. Yo lo digo completamente en serio, pero ellas no podrían creerlo porque la sola idea puede ocasionar [les] la ruina de sus prisiones amorosas.

domingo, 27 de julio de 2008

Mamá zombie, por Cabe Mallo


Me encanta esta mamá zombie. Si querés ver más del Cabe,

Laura Carrascal, una quilmeña en España




A la derecha, "Especies imaginarias", en resina.

A la izquierda, "El lleno del vacío". Ambas obras pertenecen a la artista plástica Laura Carrascal, que nació en la ciudad de Quilmes, estudió en La Plata (Argentina) y hoy vive en Castilla, España. Creo que vale la pena visitar su página para introducirse en el maravilloso mundo imaginario de esta mujer.

viernes, 25 de julio de 2008

El atlas de mi padre y Ana Bolena


Días pasados, C me pidió que pasara por una librería de usados de la calle Lavalle para retirar un libro que ella había encargado. Me había propuesto vencer la tentación de hurgar en las bateas, mi plan era sencillo: entrar rápido, exagerar mi apuro, limitarme a solicitarle al vendedor el encargo, pagar y salir corriendo. Como todos los planes para eludir los libros que nos están esperando, falló. Ante mi requerimiento, el vendedor, un jovencito con aspecto de no tener apuro alguno, se limitó a decirme que lo espere y se retiró, parsimoniosamente, hacia agún depósito del fondo, dejándome sola frente a las bateas de ofertas. Mientras las investigaba nerviosamente, repitiéndome a mí misma que tenía que resistir, que después de todo ya me había dado varios gustos en materia de libros estas semanas, pasaban por mis manos los títulos de diversos best seller de esos que mis viejos compraban en las librerías de Gesell, quizá en la de la antigua casa Bonn, y leían en las largas tardes de playa de mi infancia, en "Brujas".
Finalmente, cedí a mi pasión por las biografías y tomé una de Ana Bolena, de 1958, de Evelyn Anthony, en cuya portada se ve un retrato de la desdichada reina que no se parece en nada a la descripción que el libro hace de ella: menuda, morocha, de piel trigueña y grandes ojos negros.
Pero eso no fue lo peor. El vendedor es ahora quien me espera a mí, que ya he olvidado mi apuro por llegar a la parada del maldito Plaza para volver a La Plata. Cuando estoy pagando intenta iniciar una converscaión que interrumpo violentamente al descubrir, al tope de una estantería muy alta, el "Atlas de nuestro tiempo" del Readers Digest de tapa verde, con el que mi padre nos despertó a sus tres hijos cierta pasión por los mapas terrestres y estelares. Le pido que me lo baje. Mis manos tiemblan, paso una a una las páginas. Encuentro, como si me hubieran estado esperando, las infografías de las piedras preciosas y las rocas que me fascinaban de nena y los gráficos de los planetas cuyos nombres me gustaba memorizar: Mercurio, Venus, Tierra, Marte y hasta el pobre Plutón, hoy degradado de jerarquía por una alianza de perversos astrónomos. Casi estoy viendo a mi padre en la mesa del comedor, con una luz mortecina del invierno, deslizando sus dedos sobre paralelos y meridianos para encontrar, como una perla muy valiosa, el puerto de Bialistock de donde partieron mis abuelos para venir a la Argentina. Trato de componerme y con la mayor naturalidad que puedo le consulto al vendedor el precio, que no es tan caro pero sí lo bastante para esta altura del mes, mientras le digo: acá todavía está la URSS y Plutón era un planeta. Ël, que debe tener veintipico, no comprende nada de lo que eso significa, sonríe, repite como un tonto: ah, sí, la Unión Soviética, como si se tratara de ciencia ficción o historia antigua. Dudo. Tiemblo. y finalmente le devuelvo el pesado atlas y huyo de allí como una monja medieval de la tentación de la carne.

sábado, 12 de julio de 2008

"Nuda", danza en Espacio Ecléctico

Espacio Ecléctico: Sábados 5 y 12 de julio 18 hs.
Esta obra cuenta con el apoyo del Instituto Prodanza dependiente de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Bs. As., año2005.Coproducida con el Centro Cultural Ricardo Rojas, año 2005.

Sinopsis: Un ser humano es observado como objeto, se lo estudia. Sus articulaciones, huesos y carne hablan. Su cuerpo está rajado y su discurso solo enmudece pero no se acalla, habla de un límite donde se anudan lo humano y lo inhumano. FICHA TÉCNICA
Coreografía y dirección: Diana Rogovsky. Intérprete: Renée Zgainer o Diana Rogovsky. Música original: Pablo Loudet. Diseño y realización escenográfica: Jacqueline Miller. Diseño y realización de vestuario: Pilar Beamonte. Iluminación: Miguel Ángel Solowej.Asistencia coreográfica y de Producción: Carolina Herman. Asistencia coreográfica y técnica: Carolina Escudero, Iara Alves, María Laura Maravilla.Fotos: Jacqueline Miller yJosé Ángel CarpinteroDuración: 20 min.Contacto:
dmrogovsky@yahoo.com.ar

lunes, 7 de julio de 2008

Amores Fugaces


Cuando era más joven, si es que aún lo soy, me enamoraba con mucha facilidad. Me bastaba estar en tránsito, emprender pequeños o largos viajes en medios de transporte poco glamorosos: un tren, la bici, el micro, mis piernas.
Había, desde ya, ambientes más propicios que otros para el enamoramiento: la playa siempre ha ayudado, creo, a hombres y mujeres, para el nacimiento de amores algo melancólicos, desesperados, llevados al límite que impone la finitud de saber que las vacaciones terminan y quizá (quizá, siendo optimistas), nunca volvamos a encontrarnos.
A veces eran amores generosos, despojados, que no necesitaban más que la reciprocidad de una mirada, una sonrisa, tal vez un intercambio de palabras, una invitación a salir, algún día, y bastaba eso para despedirse al terminar el viaje —o las vacaciones, o la cola del banco— sabiendo que la fantasía y el recuerdo se esfumarían, también, a las pocas horas, o a las pocas cuadras.
Otras veces estos amores adquirían la forma de un beso, un abrazo, una caricia, una declaración de amor eterno. Incluso, alguna vez, se podía ir un poco más allá, llegar a una cierta intimidad sexual, sabiendo que todo terminaría pronto y no habría nada que reprocharse.
A veces se me hace que esa forma de deambular en el mundo, con el corazón abierto y expectante, es la de la mujer joven, la del artista y la de la persona vieja, que se aferra a la vida que se va escurriendo con las horas y los días. No sé si los niños se enamoran cada día. Lo que sé es que añoro esa disposición de ánimo, aunque resulte perturbadora y distractiva o, tal vez, precisamente por eso.

lunes, 30 de junio de 2008

Nunca es fácil llegar a casa 2

La narración del viaje que acabo de concluir no es posible en un blog. Tendría que reducir a pocas palabras una interminable serie de acontecimientos peripatéticos. ¡¡¡Y estoy tan cansada!!! Podría decir: viernes, 20 hs, salida en colectivo desde Buenos Aires hacia Tucumán. Naufragio (Lost) en Zárate un par de horas después. Doce horas de densa niebla. ("The Fog", "After hours" y "El día de la marmota" se vuelven reales). Seres humanos. Olores humanos, hedores humanos, angustias, conflictos, ambiciones, solidaridades, libros que van y viene, un par de malas películas, el agua del mate se acaba. La comida se acaba. La paciencia se acaba (de los camioneros, los pasajeros de mi micro, el mundo entero, con sus miserias y bellezas, entrampado en ese vehículo tan finito). Se acaban las baterías de las laptop y los celulares. Crisis de abstinencia tech. ( Por suerte están Bioy Casares y Freud en el portafolio. Música). Tucumán: 34 horas después de partir. 20 horas después de lo previsto. ¡Qué país gigantesco! La cumbre. Dos horas de sueño. Algunos brasileros, algunos uruguayos, pocos (poquísimos) bolivianos. Domingo vertiginoso. Política. Hambre, malhumor, cansancio, militancia, lucha. Pobreza. Lunes, 6 de la mañana, arriba muchachas. Aeropuerto. Avión. Buenos Aires. Hoy.
Termino por creer que alguien alteró una mariposa, La Plata ya no existe. Nunca podré volver ni a mi casa ni a los que más amo.

lunes, 23 de junio de 2008

"La yanqui"

La busco googleando un tanto insistentemente. Una vez que la encuentro, le mando unos correos y ella me contesta. ¿Por qué la insistencia? No es, desde ya, por cumplir con el compromiso establecido con las demás. Me impulsa, en verdad, la sospecha de que hubiéramos podido ser amigas en aquella otra vida de la adolescencia, pero no lo fuimos.
Con algo de soberbia, creo que quizá a ella le ocurrió lo mismo. No supimos mucho la una de la otra, de nuestros mutuos deseos o preocupaciones, de los mundos que habitábamos y, sin embargo, existía algo como un mutuo respeto, una curiosidad que quedó sin germinar.
A mí me daba la impresión que su vida de viajera, de continente en continente, la volvía especial. Su poesión de al menos dos idiomas, su infancia extranjera, hacían que el mundo para ella portara significados muy diferentes a los míos. Quizá todavía se sentía un tanto extranjera, quizá eso lo reforzara, apartándola, el apodo de "yanqui" que otras le endilgaban. A mi no me gustaba, me parecía que creaba distancia. Yo la llamaba "Andrea" a secas, o, a veces, le agregaba el apellido. Siempre me pareció muy inteligente y eso me causaba respeto, lo mismo que su apartamiento, que no sé si era decidido o impuesto, si le causaba dolor o le era natural.
Como yo odiaba a "los yanquis", me daba la impresión que ella se disculpaba por haber nacido y vivido allá.
Hoy le diría que era una tontería, un pequeño pecado de juventud. Y que le agradezco su honestidad, su manera amable de tenderme un puente. Me entero que está a punto de cruzar un umbral, está por dar a luz, y lo escribo así porque no hay otra forma más precisa de decirlo.
Aunque ella hable con facilidad la lengua del imperio y de la ciencia y yo apenes balbuceo una argentina disculpa.

lunes, 2 de junio de 2008

Una vida, mil vidas (el recuerdo de las muchachas en flor)


Me invitaron a una reunión por los 20 años de egresadas de la secundaria y cometí la imprudencia de asistir. No sabía a qué iba, pensé que sería una especie de fiesta. Al llegar me di cuenta que era un primer encuentro para comenzar a organizar, sucesivamente, varios encuentros más que terminarían por convertirse en una fiesta.
Así que allí, remontando con pereza y algunas reservas los últimos tramos de la treintena, me enfrenté de golpe, con confundida percepción, a que mi vida no me pertenece del todo, y es una en cientos, en miles. Llevada por la ansiedad y un cierto deseo de colaborar en una iniciativa colectiva, cometí el segundo error y me ofrecí a oficiar como una especie de conectora virtual entre personas que recuerdo vagamente, personas que creo no haber conocido jamás y me conocen, personas que no tienen la menor idea de quién soy pero se alegran de recibir mis correos, como yo los de ellas, y amigas que forman parte del presente y sin duda habitarán el futuro, al menos, como recuerdos.
De este modo, me encuentro navegando entre países y ciudades, pasados y futuros, niñas y adolescentes tristes, malvadas, curiosas, humilladas, triunfantes, soberbias, arremetedoras, elitistas, solidarias, cancheras, lindas, no tan lindas, horrendas, y mujeres (idem). Todas ellas son yo misma y yo las espejo como ellas me reflejan, nos guste o no, recordemos o no.
Sin duda las habrá de las que nunca sabré qué hicieron luego de aquellos años, intensos, caóticos y felices para mí. Se han perdido, tal vez escapando de miedos y fantasmas, o de crueldades de las que fueron objeto, o indiferencias denigrantes, en la inmensidad del mundo. Y van y vienen, como olas, en boca de las otras que las nombran o enmudecen, según sea el caso.

domingo, 18 de mayo de 2008

Justicia para Andrómaca


Mirábamos una mala versión de la guerra de Troya. No me gusta para nada Brad Pitt haciendo de Aquiles. Con esa cara perfectita que no puede inspirar nunca lo que encarna para mí el Héroe colérico, cuya furia desencadena la tragedia. A no está de acuerdo. Según él, Pitt está bien en ese papel. La tragedia, me dice, la desencadena el rapto de Helena. No es exacto, insisto. Es cierto que la belleza de ella es el primer hecho trágico. ¿Pero hay acaso algo más trágico que la muerte de Héctor? Aquiles, le digo, encarna al héroe primitivo. Es más "bárbaro" que los bárbaros de Ilión. A sostiene que encarna a Occidente. No, le digo. Agamenón es Occidente: su voracidad de conquista, su ansia de dominación, su estrategia, el engaño, la voluntad de poder, la guerra al servicio de la política. Aquiles es el héroe antiguo, que desaparece. La sed de gloria, el desafío a los dioses y la aceptación de las consecuencias. Agamenón, en cambio, es ateo. No cree en los dioses. No hay nada más triste, insisto, que el destino de Andrómaca. Andrómaca es todas las mujeres en las guerras. Es la mujer que llora al marido, al padre, al hijo, a la ciudad. Es la que viola el conquistador. Es la que asesina la esposa del secuestrador. Es la desterrada, la exiliada, la que no tiene patria ni amigos. La que ve arrastrar y humillar el cuerpo sin vida de su esposo y del padre de su hijo, de su protector y del verdadero héroe. La que ve arrojar el cuerpo de su hijo desde las murallas de Ilión. No hay otra figura tan trágica, me empecino. Y me dan ganas de hacerle justicia a Andrómaca.

Hoy le doy la espalda a su mundo de rencor


Anoche salimos con A y unos amigos. La salida -que, ciertamente, impuse yo- iba a ser sólo entre nosotros, pero me alegro de que proponga incorporar a C y a N, no intuyo que eso esconde su miedo de encontrarse conmigo. En el teatro, yo percibo que empieza a molestarse, pero decido ignorarlo. Algún día tendrá que ponerle palabras a sus temores y a su deseo, abandonar esa cómoda postura de censurarme con una sonrisa estática y multiforme. Hay varias cosas que pueden explicar esa tensión en la mirada que me soslaya, como si fuera invisible: que converse alegremente con mis amigos; que él no converse con sus amigos; que se expongan momentos de una vida que yo tuve con otros y otras en la cual él no tenía presencia, lo que dota de materialidad no mi existencia sino su ausencia; que en lugar de decodificar rápidamente su tibia negativa a subir a las gradas del teatro, me deje guiar por la voluntad de compartir con C y N la elección del asiento, creyendo que de este modo también lo complazco. También puede estar molestándole que no sepa interpretar su lenguaje mudo, su ambigüedad y su rechazo por la forma de lo social, lo colectivo. Que mi pecho se hinche de alegría al estar en otros y con otros, que la curiosidad sea una fuerza expansiva y poderosa en mi naturaleza, mientras que a él lo impulsa lo cerrado, lo pequeño e íntimo.
No imagino el alcance, la tortuosidad de su rencor y lo que yo creía era una molestia transitoria, finalizada aun antes de tomar la forma del enojo, se convierte en un reproche que no tiene regreso. Volvemos a casa sin hablarnos, ambos decepcionados, sin haber ido a donde yo quería por ir a donde él deseaba y, sin embargo, siempre resulto culpable de haberle inflingido algún desprecio. En el mundo que él habita, debo rendirle pleitesía a su deseo, luego de adivinarlo, y ser completamente suya en la forma, en la palabra y en el acto. En el mundo mío a veces somos dos, y otras somos muchos, y no todo está planificado para dañar su voluntad de poseer y de mandar. Me rebelo frente a eso y se me aparece el fantasma de su padre, autoritario y cínico. Lo veo en una madurez de rumiante de soledad y rencor y no me gustaría estar allí cuando suceda. Huyo hacia mi interior y lo abandono, que se quede ahí, que se debata y luche con sus enemigos. Que me deje en paz. Así jamás me tendrá, y me dan ganas de darle la espalda.

viernes, 2 de mayo de 2008

La desmemoria

Cuando nos vemos, nos evitamos, hacemos como si no nos conociéramos, fingimos demencia. Y eso está muy bien. Nos pica quizá un poco la curiosidad, pero la evadimos, como si intuyéramos que saber del otro, o no saber, no agregaría ya nada. Yo no quiero discutir con A., entonces he decidido que hay cosas que nunca ocurrieron, porque le duelen, o quizá, porque me han dolido o avergonzado a mí.
Con M. es diferente, porque cada tanto ella lo menciona, lo trae al presente, y eso le da entidad a un pasado que tiene tantos laberintos en los cuales yo, tarde o temprano, me pierdo. Pero el humor conduce a la salida, porque la amistad necesita del humor para no volverse densa como una roca inherte.
De este modo, entonces, hay sitios que no existen, bandas que no tocan, correos que no abro, canciones que no escucho. Ignoro si he seguido existiendo para él (bajo la forma del rencor, del recuerdo o el enigma) pero tampoco me importa. Cuando nuestras miradas se cruzan, porque la materialidad de los cuerpos es algo que se puede imponer a veces, hay un brillo peculiar, como una acusación, como un reproche, que dura segundos y desaparece, hundiéndose tal vez en el lago pacificador de la desmemoria que hemos construido para seguir adelante.

Fealdad desesperada




Una desesperada fealdad puede sobrellevarse en la niñez, la adultez o la vejez, quizá. Hasta puede reconvertirse en otros atractivos: una seductora simpatía, una sofisticada inteligencia, una pasión arrolladora, pueden, en ocasiones, hacer nacer a la mujer de la joven fea. Sin embargo, concibo pocas cosas tan crueles como una adolescente completamente fea. Esta situación anula hasta mi apresurado axioma que dice que la juventud siempre es bella. Como si no alcanzara con esta injusticia de la naturaleza o la genética, se le viene a sumar a tal desintelgencia y despropósito la morbosa crueldad de las compañeras.
Me acuerdo de M.: allí, sentada en el aula, rodeada de las lindas y las exitosas (y por eso aun más sola), que eran como gallinas cocoreando de pura maldad. Ella, desafiando los límites de su cara imposible y de su cuerpo indeseable, se acostó con un tipo y lo contó a los cuatro vientos. Los trece o catorce años de las otras se excitan y se regodean en el detalle, torturan a preguntas, castigan, señalan y se burlan de la fea, como un corro de demonios desatados. M. quizá también, a su modo, goza. Por fin ha logrado hacerse visible entre sus pares. Hasta ese día, entraba al aula con la cabeza gacha, ocultando una nariz que se le pegaba a la boca, recogiéndose el magro, crespo e indisciplinado pelo con hebillitas a la moda, como para parecerse a las demás.¿Cómo entra? ¿Cómo sale? ¿Te dolió?, insisten las muy yegüas, y se tapan las boquitas perfectas pintadas con brillito rosado, para que ella no pueda evitar ver cómo se burlan, pero como si intentaran ocultarlo.¿Dónde lo conociste? ¿Estás de novia?, cacarean las muy perversas, exponiendo su desconfianza de que alguien pueda quererla, sabiendo de antemano que un turro se aprovechó de la fea.
Deseo que haya algo de justicia y que estas gallinas desvergonzadas, gozadas sin haber gozado jamás, caminen por ahí portando excesos de grasa y de arrugas y se crucen con un M. sonriente, que camine de la mano de un hombre tan bello como las ganas de gustar y ser amada de una adolescente fea.

martes, 22 de abril de 2008

Nosotros y los otros, una y otra vez


Cuando alguien me pregunta acerca de las relaciones entre mis amigos, siempre terminamos por bordear los sinuosos límites de un cierto escándalo.
La inocente pregunta ¿desde cuándo conocés a Fulano?, puede derivar en intrincadas explicaciones de vínculos amorosos en los que el pasado se enrieda con el presente. El futuro, como no existe fuera del deseo o la pesadilla, todavía es un espacio desconocido en el cual no hace falta recurrir a la historia. Generalmente, desde una privilegiada posición de narradora, yo elijo la descripción desde afuera. Y si el interrogador no pretende llegar más allá de una formal curiosidad, las cosas quedan allí. A fulano lo conozco desde la secundaria (es un recurso para instalar la palabra en un plano temporal, que si bien puede implicar adolescencia, caprichos, amores juveniles, pasiones políticas, lecturas en común, no especifica). A Mengano lo conocí por medio de Fulano, y después empezó a salir con Tal. Pero eso fue hace mucho. Sólo yo sé, entonces, lo que no estoy diciendo, lo que evado, para quedar dentro del límite de lo socialmente aceptable.
Si la persona sigue preguntando, quizá lleguemos a adentrarnos en el mundo de los amores juveniles, polimorfos, endogámicos, circulares, barrocos. No me gusta ir hacia allí con seriedad, prefiero mantenerme en un humor que pretende no darse cuenta (ni dar cuenta) de cómo hemos sucumbido todos al deseo de ser alternativamente nosotros y los otros, una y otra vez.

viernes, 11 de abril de 2008


Nuevas luces (nuevas sombras) y unos zapatos rojos

Me doy cuenta que es de esas personas que gozan con lo admonitorio. Su discurso se construye sólo de certezas, como si la materia de su devenir no albergara agujeros negros, aquello que es lo desconocido, lo misterioso, lo que engendra dudas. Su forma es el juicio. Su bandera el moralismo. Nos sentamos a la mesa. Prendo un cigarrillo, saco mi brazo por la ventana, con la culpa y la acrobacia a la que me obliga ese estar fuera del límite de la ley y del buen gusto. Ella dice: ¡Cuánto hacía que no tenía que trabajar con gente que fume! Lo dice desde un trono de pureza y de censura, su aspecto de intelectual que se escandaliza de lo frívolo, lo inapropiado, lo que atenta contra el ideario de las personas inteligentes y sanas que no padecen de ninguna desviación. No puedo resistirme a darle batalla. Mi voz asume un tono que bordea los límites de la tontería, empiezo a hablar de ropa, mientras observo con desdén su puritanismo expresado mediante su traje aburrido, su peinado pasado de (toda) moda, su expresión adusta. A mí la ropa no me interesa para nada. Finjo ignorar las implicancias (porque soy una mujer inteligente, que se preocupa de las cosas importantes, con una rica vida intelectual y toda esa zarazazaza). Me pregunto cómo alguien puede sentirse convocado a la pendencia por tan poca cosa. (Ella y yo misma). No importa, hay días que estamos belicosos y más vale postergar la pregunta y concentrarse en la pelea. Insisto en demorarme en los detalles de mi perversa obsesión por los zapatos, cualquiera que me escuche me mandaría a consultar a un psiquiatra, exagero, afirmo que soy capaz de dejar de comer con tal de comprarme un par de zapatos rojos. Logro escandalizarla, balbucea que solo compra ropa para sus hijos (ella es buena madre, yo soy una egoísta) , termina confesando que las ofertas le gustan, pero solo por el placer de pagar la mitad por algo que otro pagó el doble. Es decir, no disfruta la pichincha, sino ganarle a otro, ser más viva, más inteligente, una vez más. Decido subir la apuesta. Meto a Proust en la conversación. Explico que la escena de los escarpines rojos de Oriana ha sido mi perdición, que el detalle de su desvío estético revelado al subir al carruaje que irrita a su marido, al descubrir la falta, me subyuga, que una amiga me pintó un cuadro protagonizado por unos zapatos rojos que me parecen aquellos. Ella trastabilla. No puede admitir que no ha leído a Proust (quizá lo leyó, quizá no, no aporta ningún elemento que acompañe su afirmación), pero he logrado instalar la duda en ella y eso me satisface, es como una cachetada en su orgullo, su expresión solemne ha sido perturbada. Soy mala.

Estuviste muy bien, me dice luego E., riéndose, cuando ya se ha marchado. Me pregunto por qué pierdo el tiempo de esta manera, habiendo tantas maneras de perder el tiempo más interesantes. Quizá tan solo para lograr la sonrisa y la risa de Elvira, para que no se sienta señalada por el dedo de esta mujer necia que acusa en cuanto abre la boca. Y mi maldad se siente justificada. Tal vez a ella le ocurra lo mismo, pero mi causa es mejor, porque es la de mi amiga.

viernes, 4 de abril de 2008

Insoportable realidad

Yo, la reina de las indecisas (qué casualidad, indecisa rima con imprecisa) pensaba que no había peor tormento para el intelecto y el corazón que la duda. La posibilidad de elegir, de analizar, de evaluar, siempre. Los rodeos, las constantes encrucijadas, los límites que se presentan como faciltadores de ciertas decisiones...descargándonos quizá de la asunción de la total responsbailidad en lo desconocido que acompaña toda decisión, y alivia. No es que me haya equivocado, no es que me esté por equivocar, es que hay un límite.
Lo peor es cuando ya no queda la duda, cuando van cayendo al suelo, como prendas que nos sacamos de encima en un lento desnudarnos, las capas protectoras de la incertidumbre, la de saber que tenemos opciones, y se despeja la incógnita de la ecuación más difícil, ya no dudamos, pero la realidad se vuelve insoportable.

Nunca hagas visitas desarmada

Antes de ir a hacer una visita, a veces hay que ponerse una armadura y afilar una espada. Recuerdo las palabras de Carlson Mc Cullers: "nadie quiere entrar a una casa en la que saben que van a herirlo" y me reprocho haber ido desarmada, laxa. Si hubiera tenido presente esa advertencia que la novela me regaló un par de noches antes, la conversación habría discurrido por otros caminos y nunca me habrían lastimado como lo hicieron. Señalando con el dedo e interrogando con insistencia, removiendo la herida sin registro de que allí estoy yo, que no soy yo, esa que ven, no se cómo ven, pero parecen ver, sino mi fantasma. "¿Nunca te dieron oxitocina, gorda?¡Cómo duele, es terrible!" Nadie ha sufrido tanto como ella, expresan sus palabras, muchas mujeres que han parido, _no todas, afortunadamente_ eligen esa posición para el relato. Ella insiste e insiste, sin maldad ni provocación, es sólo una afirmación de su identidad de madre sufriente, lo sé. Pero el silencio de madre y hermana sí que duele. Porque no es un silencio absoluto o pleno, no es generoso ni reflexivo, es un silencio ausente o más bien complaciente, que consiente sus palabras, las aprubea, habilita los puñales que me lanza por encima de la gran mesa donde se ha reunido la familia. No me ven. Hablan como si yo no fuera, no estuviera o no guardara memoria. Hermana habla también. Insisten en la fórmula. "Con el segundo todo es distinto" y esa frase quiere decir: todo más difícil, todo más sufrido. Sufren y sufren y corren y corren, como nadie más."Todos los que estaban ahí coincidieron, fue el parto más difícil de la historia, porque la gorda tenía doble circular de cordón". Todos asienten. Madre y hermana ignoran, no recuerdan o nunca supieron de mí. Mi cuerpo habla por medio de mi boca: "mi hijo también tenía circular doble, pero yo ni me enteré". Mis palabras se pierden en el vacío que no es vacío, es densidad. No fui la mujer que más sufrió. Yo no sufrí casi nada. Yo fui feliz, inmensamente feliz: era plena, era toda, era en ese momento. Pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora es distinto ¿no se dan cuenta?
Mi estómago se retuerce. Insisten e insisten. "Con el segundo..."; "Con las contracciones que te provoca la oxitocina ves las estrellas....". Sí que las vi, quisiera decir. O más bien quisiera que madre o hermana lo supieran, vieran mi fantasma, me aliviaran cambiando de tema. Una caricia hecha de un comentario intrascendente, que ponga las cosas en otro lugar. Hace seis meses apenas, ¿recuerdan? Una hora, dos horas, tres horas, cuatro. Contracción uno y ahí se van la mitad de tus sueños. Llanto que no alumbra y no alumbrará, un insoportable dolor físico, eso es el dolor, un dolor que no tiene ni tendrá compensación, y lo sabe. Ellas hablan de otra cosa, de un umbral, de atravesar una puerta, de otro dolor que tiene un pronto final, un dolor que se diluye rápidamente y se vuelve puro goce como casi nada en este mundo.
Sí que sé. Ustedes son las que no saben, qusiera decirles. Si supieran cambiarían de tema. Si me vieran tal cual soy dejarían de hurgar, abandonarían esta morbo femenina, se avergonzarían quizá. Hay que experiencias intransferibles, me digo para mí, no es su culpa. Voy más lejos: todas las experiencias son intransferibles. No pueden ser tan crueles. Es sólo que son ciegas.
Hunde la aguja en el tejido, yo hago lo propio, aunque tendría que hundirla en madre, quizá el pinchazo la pondría sobre alerta, entonces sentiría el agudo dolor y me vería. Diría:¿pero qué hacés? ¿Estás loca? ¿Qué te pasa? Todas me mirarían. Yo no daría explicaciones, pero me verían. Hay explicaciones innecesarias. Tener que darlas puede ser agotador, intento escapar al mal gusto del melodrama que hemos tejido, intento cambiar de tema. El aire pesa toneladas y aun así continúan. Luego narran toda otra clase de sufrimientos. Se quejan de llenas. Yo esbozo alguna queja para que parezca que entiendo, aunque en verdad ya no entiendo nada. Sus vidas son atareadas, tienen muchas responsabilidades. Mi vida en cambio, sugieren, es liviana como la de una mosca. A las moscas nadie las ve, las aparta con enojo y nadie se preocupa por ellas. "Vos no sabés lo que es vivir tan lejos, no tenés idea."
Al fin cambia de tema pero todo lo que no he dicho cuando tenía que decirlo, (algo así como cállense manga de hijas de puta no se dan cuenta que hace seis meses me banqué doce horas de contracciones con oxitocina, yeguas, porque me hicieron un aborto, ciegas, ¿no lo recuerdan, estúpidas egoístas? ¿Cómo pueden hablar y hablar de ese dolor ahora, conmigo, tontas, no ven que me han raspado y herido y tocado y me han dejado 15 días perdiendo sangre y con contracciones viendo cómo cada día salía de mi cuerpo un pedazo de ese que éramos y no éramos mi amor y yo?¿Cómo pueden hablar así del segundo hijo? ¿No tiene nada que ver con ustedes, madre y hermana? ¿Nunca tiene que ver con ustedes?¡Seis meses! ¿Es mucho? ¿Es poco?¿Quién de ustedes va a decidirlo?). En cambio me pongo rabiosa, peleo por cosas que no me interesan. Echo espuma por la boca opinando de autos y colectivos que me tienen sin cuidado.
Llego a casa y me desmorono. Esta soy yo. Sueño pesadillas cíclicas en las que me despierto una y otra vez, veo mis piernas cubiertas de sangre, siento contracciones que me hacen ver las estrellas, ¿será la oxitocina, gorda?
La próxima vez que vaya voy a llevar la armadura y la espada. Van a tener que verme. Y al fin me duermo.

Desde el interior


lunes, 10 de marzo de 2008

Las edades de la mujer



Una vez le pregunté a la escritora Alicia Steimberg qué edad tenía. Ella me dio una respuesta rápida y aguda que me da gusto recordar: Depende - dijo, como señalando una obviedad- a veces tengo 15, otras me levanto y cargo como 100, hay días que ando por los 40.

Carina está revolucionada por sus inminentes 40. Curiosamente, parece una chiquilina: más despreocupada, algo inconsciente, con menos certezas, quizá, y más desinhibida.

Cecilia, en cambio, se ha plantado en unos casi 30 que no se deciden a saltar la valla. Allí instalada, permanece segura de su belleza y conforme de poder justificar alguna que otra conducta infantil o adolescente. Su cuerpo acompaña generosamente la decisión, al menos eso es lo que vemos, porque claro, a veces nos ponemos más serias y aparece la enfermedad, que siempre parece algo propio de la vejez, aunque no lo sea. Tanto insiste ella que yo, que sé algo de cronologías, sin embargo comienzo a ver tres generaciones en la cena: las de los treinteañeros que estamos llegando a los 40, la de los niños y la de Cecilia, que está en el medio.

lunes, 18 de febrero de 2008

No siempre es sencillo llegar a casa

- No sé a dónde queda mi casa- me dice, parada detrás de la reja, Emilia.
Aunque todavía ignoro que esta mujer, vestida con los cuidados de un domingo de misa, que carga sobre su cuerpo, por demás erguido, años sin cuenta y lleva su pelo peinado con un rodete casi completamente blanco y tan chiquito que cabería en el puño cerrado de un bebé, se llama así. Me tiende su mano por entre los barrotes, enseñándome con la mano temblorosa un carnet de jubilada en el que leo una dirección a unas cuatro cuadras de mi casa.
Es domingo, hace calor, es casi mediodía y yo le aseguro que no debe preocuparse y que la acompañaré hasta su casa. Tiene alzheimer, no dudo, y sin pensar que me he ofrecido a una aventura que puede presentar complicaciones, tomo las llaves, aviso que salgo y me voy con Emilia. Camina lento pero con paso seguro del que decsonfío a cada obstáculo de la vereda destruida, entonces la tomo del brazo.
Salí a hacer unos mandados, llegué hasta la avenida y me desorienté, se justifica, un poco avergonzada. Quiere que yo sepa que no está loca ni enferma y comprendo que su elegancia no se limita al aspecto, sino al estilo. Esas cosas pasan, le digo, no se preocupe, y vuelvo a mirar el carnet, que sigue aferrado a su mano como si fuera la llave de un territorio seguro. Es que mi sobrina duerme hasta tarde y yo no conozco por acá, hace sólo unos días que me mudé. Me cuenta, mientras avanzamos como si flotarámos en un ensueño, que vivía en Buenos Aires, ciudad que camina sin perderse jamás, ¿vos sos chilena?. No. Soy argentina. Ah, porque el dueño es chileno. Vino y me dijo: se le terminó el contrato, mañana me saca todas sus cosas y se me muda. Entonces m i sobrina me alquiló un departamento en La Plata y me vine, pero ahora estaba con un matrimonio. Fui a comprar ahí, al almacén de los chinos. Creo que es por allá. No, faltan tres cuadras, cuidado el escalón. Ya lo vi, yo veo perfecto. El problema es que yo vivía en ese departamento y también trabajaba. Ahora no sé. Y me perdí y para colmo, me pongo nerviosa, anduve un montón. No se preocupe, no andamos lejos, no estaba tan desorientada. ¿Ah, no? Se alegra. Sus sentidos, después de todo, no están tan gastados, se le dibuja una sonrisa, se aferra a mi brazo y su paso se vuelve más rítmico, para acoplarse al mío. Es difícil coordinar dos andares tan distintos, siempre es difícil adaptarse al caminar ajeno, como si toda nuestra personalidad se volviera piernas y pasos, a veces andando con alguien descubrimos hasta donde nos diferenciamos de otros y nos insume horas -y a veces años- poder acoplarnos a un ritmo ajeno y de ese descubrimiento pueden surgir grandes sorpresas, espantosos desencuentros o alegres complicidades, y sin embargo, aunque ella sea tan alta y tan vieja, y yo tan baja y tan rápida, vamos bien. Sus zapatos son impecables, aunque antiguos, y debajo de la pollera usa unas medias gruesas. ¡Qué pareja debemos hacer!, le digo. Yo estaba de entrecasa, nomás, le aclaro, esta vez para justificarme yo, dándome cuenta que estoy impresentable, con mis pantaloncitos cortos, despeinada y en ojotas. Ahora es ella la que me consuela, con sonrisa pícara, no se preocupe, yo me vestí para ir a hacer la compra. Llegamos a la plaza: es por acá, creo, hay un paredón de ladrillos sin terminar. Ya estamos llegando, sólo una cuadra para la derecha, le aseguro. Llegamos frente a una casa de mal aspecto, con el pasto crecido y pocas señales de gente despierta. Mi sobrina duerme hasta las dos de la tarde, describe, no juzga, al principio. ¿Qué edad tiene? Veinte. Claro, es joven, digo, debe salir. Sí. Pero yo a los veinte hacía el tambo y cosía. Son otros tiempos, digo sin mucha convicción. Golpeo la puerta, nada. Me asomo a un pasillo al costado de la casa, aplaudo. Nada. Emilia se inquieta, pero se resigna. Nadie la espera ni ha notado su larga ausencia. Aparece una vecina, nos observa con desconfianza:¿buscan a los albañiles? Recién entonces escucho que desde el fondo de la casa llega el sonido de una cumbia y el golpeteo de alguna herramienta. La mujer se manda para el fondo, no reaparece. Emilia, de pronto, exclama, extrayendo una llave de su bolsillo:¡ es allá! ¡Mi departamento es allá! Acá no hay nadie. Yo tengo la llave, y me la muestra, junto a la credencial. Nunca salgo sin mis documentos, me dice, orgullosa. Señala un taller mecánico a cuyo frente hay unos seis citroenes y un par de Ami 8. La imagen se me hace de otra época, como la propia Emilia y la situación en la que nos encontramos. Cruzamos la plazoleta juntas, siempre del brazo y me señala una puerta de rejas oxidadas junto al taller. Es ahí, vaya nomás. No Emilia, la acompaño hasta que entre. Yo siempre he tenido suerte, me dice, siempre encuentro gente buena que me ayuda. Y me estampa un beso de despedida, suelta mi brazo y se aleja hacia su casa.

viernes, 8 de febrero de 2008

Rafa y las mariposas

Ayer hablé con Rafa, por teléfono. Antes teníamos el espacio que una llama de la "cotidianeidad", que tiene que ver con un particular modo de percibir el tiempo, el devenir de las horas y los días, la información que uno sabe del otro: cómo viste, de qué ánimo anda, si está bien peinado, si anda a las corridas. De eso uno infiere muchas cosas que cree ciertas, como si por verse todo el tiempo se conociera más al otro, se compartiera más con el otro.Eso lo extraño, me dice y le digo o le digo y me dice. Sin embargo, a veces creo que uno se deja engañar por ese asunto de lo cotidiano, como si el hecho de vernos "a diario", a menudo, con la gente que nos interesa, nos garantizara cercanía. En cambio, muchas veces precisamente por esa circunstancia una deja escapar preciosas oportunidades, sino es hoy será mañana, y ahí se van, se diluyen en el mar del tiempo y sus mareas, ideas, conversaciones, sonrisas, consultas.
No sé si es por consolarme, pero creo que las distancias físicas también acercan. Esos minutos de conversación robados a las nuevas cotidianeidades, en las que no tenemos "obligación" de hablar de trabajo y que podemos hacerlo si queremos, pero también podemos evitarlo, nos parecen más intensos, más adecuados a nuestra forma de amistad. Y nos da libertad, como con Nora, somos los mismos, pero somos otros.
Ël me habla de su alimentación, del descanso y yo escucho su voz renovada, con un dejo de pesar, como el de la mariposa que dejó atrás la crisálida y se propone emprender un nuevo vuelo hacia otros néctares, pero de lagún modo evoca su capullo, refugio opresor y a la vez conocido, hogar e infierno al mismo tiempo. Me habla de su viaje hacia la intimidad de las paredes de su casa y pienso que a veces es muy difícil llegar allí, que quizá es más sencillo sacar un boleto, tomar un avión, subirse a un tren que llegar hasta nuestra casa, permanecer allí, habitarla, poseerla. Siento que lo comprendo, que sé de qué habla, aunque nuestras mareas tengan un ritmo tan distinto, igual que el viento que nos mece y a veces nos acerca y otras, nos aleja.

miércoles, 30 de enero de 2008

Los inconsolables

En vacaciones he estado leyendo mucho. Leí Los Inconsolables, de Ishiguro. Se trata de una novela que le había regalado hace años a A pero que nunca había leído yo, y es raro porque casi nunca regalo un libro que no me haya pertenecido como lectora. Sin embargo ocurrió con este libro algo parecido a lo que le sucede a Míster Ryder, el protagonista: viajó de ciudad en ciudad y de continente en continente, para llegar otra vez a mis manos, de las que partió, y conmoverme.
Así que allí, en la playa, comencé la lectura de sus cerca de 600 páginas. Me atrapó, de entrada, el humor y una cierta atmósfera que me recordó vagamente a Nabokov, algo a Kafka y, más tarde, sólo al propio Ishiguro. Al igual que el prestigioso pianista Ryder, entré desprevenida al hotel de esa ciudad de Europa del este en la que se está preparando el gran concierto para el jueves y ya no pude evadirme ni un instante, ni para recuperar "el resuello", de las historias de los personajes que invaden a Ryder, lo demandan, le suplican, le piden, lo someten a escucha, lo desvían de sus planes, le confiesan sus intimidades. Habitantes de una nostalgiosa pasión musical algo enfermiza, expectantes de una redención colectiva, cuando no individual, por medio del concierto que tanto anhelan, fui conociendo a Sophie, a Boris, a Stephan, al Director del Hotel, a Brodsky, el director de orquesta borracho y acabado, a la señorita Collins, a la empleada del metro, al mozo del hotel, al café de Hungría, a las edificaciones junto al lago artificial, a los más atroces y sutiles conflictos padre-hijo/hija; marido mujer, a largos desencuentros que se ocultan tras señales mal interpretadas, la soledad, la esperanza. Del humor absurdo al humor opresivo, del roce sutil con el ridículo, al que nunca llegamos pero bordeamos en varias ocasiones, vamos descubriendo que lo único que realmente no importa es lo que todos están esperando.

martes, 8 de enero de 2008

Permiso para respirar

Al principio, lo único que percibí de ella fue una densidad que no puede traducir bien. A simple vista, si es que tal cosa es posible, hice mi ficha: solterona, un tanto resentida, asustada. Nadie puede sonreír así genuinamente: la mandíbula extremadamente tensa, los labios que se estiran sobre sus dientes amarillos, a pesar de que todas las semanas me pide permiso para ir al dentista. Hola, dice con su voz extremadamente dulce, tan dulce que se hace amarga, como si en lugar de decir hola, cómo estás, dijera: te odio, te envidio, te deseo todo lo de horrible que se te ocurra. Y sigue escribiendo en el teclado, pero enseguida, cuando todavía no he terminado de entrar a la oficina a saludar a los demás, con su voz de suspiro, me dice: vino Fulano, hay que hacer tres carpetas urgentes, le dije que sí, ¿está bien? Tengo un problemita....El uso del diminituvo me pone en estado de alerta: tiene algún turno, se irá temprano, me lo anunciará en secreto, como ocultándose a los otros -aunque probablemente ya lo sepan-, esta vez no sé qué será. Puede ser otra vez la vista, el riñón, una puntada en la cadera derecha, una pequeña astilla voladora que le entró al oído, una interminable recorrida por diversos especialistas. Yo la autorizo rápido, lo más veloz que me sale sin ser descortés, quiero sacármela de encima porque su presencia, ese cuerpo delgado a fuerza de sacrificios, sin embargo, pesa más que los 39 grados de sensación térmica, que mi dolor de cabeza, que el techo del subsuelo. Ella lo sabe. Sabe que el uso de ese tono lastimoso, la expresión de desconcierto frente al nuevo síntoma -el cuerpo le grita de todas las maneras posibles que haga uso de él, que existe, pero ella sigue sorda a los reclamos- le garantizan el permiso. De otra manera me sentiría muy mal, me sentiría la peor jefa y cuenta con eso. Pero no le alcanza con el permiso, quiere mi atención, una atención que reclama como si no estuviera, armando su trampa que consiste en hacerse ver, hacerse notar, exagerando su insignificancia: si todos gritan, ella habla bajito como un gorrión lastimado, si todos comen, ello picotea las migajas de uan media luna que le dura toda la mañana, si los otros discuten acaloradamente, ella calla y conríe y pide permiso para ir al baño, para volver, para usar el teléfono. Cuando no está es como si alguien abriera una ventana al parque más grande la ciudad y entrara todo el viento, la luz y un calor amable que renueva y regocija. Como si todo el espacio que ocupa, con su lastimero andar, se vaciara para dejarse invadir por la tarde y sus aromas de romance, de alegría o de pena, que entran sin pedir permiso. Es porque sus numerosas enfermedades adquieren volumen, se apoderan del espacio y deambulan, como microbios de un loco virus, por el aire que se envicia, aunque ella, claro, no fuma y en cambio tose y nos mira pitar como si la estuviéramos -pobres de nosotros-ahogando.
Hoy hablo con ella por teléfono y hay un tono de reproche que no evita. Yo me marché y ya no tiene, por ahora, a quien pedirle permiso para respirar.

La máscara del gato

Apenas abre la boca y ya me doy cuenta que, una vez más, lo importantente es lo que calla. Las palabras se le caen lentamente, como si pronunciarlas fuera un esfuerzo excesivo o como si con el sólo hecho de hablarlas pretendiera hacernos un presente que pruebe su amistad -porque sabe aunque no puede-que la amistad está hecha en gran medida de palabras y silencios; y todas hemos estado hablando y escuchando, escuchando y opinando. Miro su cara y la abstraigo de la situación, de los demás, del bar incluso y hasta de su cuerpo, como si fuera el gato de Alicia en el País de las Maravillas, su cara y luego su boca se independizan. Mueve los labios. Me dan ganas de atrapar esa boca en el aire con un gesto audaz y volver a ponerla en su cara, y ésta en su cuerpo, luego le pediría que haga silencio, la miraría a los ojos y le exigiría que DIGA ALGO REAL. No tengas miedo, le sugeriría: para todos el amor está hecho también de odio, de un rencor que envenena las mañanas o las noches, de desaires y deseos de libertad y de una esperanza ingenua y comedida que asoma cuando cae la tarde. El desgano se lo quitaría a cachetazos, estoy segura de que, más tarde o más temprano, me daría las gracias. Volvería a su casa y le diría a él, gritando como una loca o una mujer cansada, y ya sin la máscara del gato de Alicia, sino ella toda una, cara, palabra, cuerpo y voluntad, las cosas que calla.
En cambio, permanezco en el territorio de la civilidad, renuncio a vislumbrar alguna verdad (de ella) y le ofrezco más vino, que rechaza.