Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 8 de febrero de 2008

Rafa y las mariposas

Ayer hablé con Rafa, por teléfono. Antes teníamos el espacio que una llama de la "cotidianeidad", que tiene que ver con un particular modo de percibir el tiempo, el devenir de las horas y los días, la información que uno sabe del otro: cómo viste, de qué ánimo anda, si está bien peinado, si anda a las corridas. De eso uno infiere muchas cosas que cree ciertas, como si por verse todo el tiempo se conociera más al otro, se compartiera más con el otro.Eso lo extraño, me dice y le digo o le digo y me dice. Sin embargo, a veces creo que uno se deja engañar por ese asunto de lo cotidiano, como si el hecho de vernos "a diario", a menudo, con la gente que nos interesa, nos garantizara cercanía. En cambio, muchas veces precisamente por esa circunstancia una deja escapar preciosas oportunidades, sino es hoy será mañana, y ahí se van, se diluyen en el mar del tiempo y sus mareas, ideas, conversaciones, sonrisas, consultas.
No sé si es por consolarme, pero creo que las distancias físicas también acercan. Esos minutos de conversación robados a las nuevas cotidianeidades, en las que no tenemos "obligación" de hablar de trabajo y que podemos hacerlo si queremos, pero también podemos evitarlo, nos parecen más intensos, más adecuados a nuestra forma de amistad. Y nos da libertad, como con Nora, somos los mismos, pero somos otros.
Ël me habla de su alimentación, del descanso y yo escucho su voz renovada, con un dejo de pesar, como el de la mariposa que dejó atrás la crisálida y se propone emprender un nuevo vuelo hacia otros néctares, pero de lagún modo evoca su capullo, refugio opresor y a la vez conocido, hogar e infierno al mismo tiempo. Me habla de su viaje hacia la intimidad de las paredes de su casa y pienso que a veces es muy difícil llegar allí, que quizá es más sencillo sacar un boleto, tomar un avión, subirse a un tren que llegar hasta nuestra casa, permanecer allí, habitarla, poseerla. Siento que lo comprendo, que sé de qué habla, aunque nuestras mareas tengan un ritmo tan distinto, igual que el viento que nos mece y a veces nos acerca y otras, nos aleja.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Yo he creído tener amigos que no lo eran, sólo por esa ilusión de amistad que te da la cotidianeidad obligatoria.
Llegar a casa puede ser algo terrible, deseado y temido, refugio e infierno, como decís.