Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 18 de febrero de 2008

No siempre es sencillo llegar a casa

- No sé a dónde queda mi casa- me dice, parada detrás de la reja, Emilia.
Aunque todavía ignoro que esta mujer, vestida con los cuidados de un domingo de misa, que carga sobre su cuerpo, por demás erguido, años sin cuenta y lleva su pelo peinado con un rodete casi completamente blanco y tan chiquito que cabería en el puño cerrado de un bebé, se llama así. Me tiende su mano por entre los barrotes, enseñándome con la mano temblorosa un carnet de jubilada en el que leo una dirección a unas cuatro cuadras de mi casa.
Es domingo, hace calor, es casi mediodía y yo le aseguro que no debe preocuparse y que la acompañaré hasta su casa. Tiene alzheimer, no dudo, y sin pensar que me he ofrecido a una aventura que puede presentar complicaciones, tomo las llaves, aviso que salgo y me voy con Emilia. Camina lento pero con paso seguro del que decsonfío a cada obstáculo de la vereda destruida, entonces la tomo del brazo.
Salí a hacer unos mandados, llegué hasta la avenida y me desorienté, se justifica, un poco avergonzada. Quiere que yo sepa que no está loca ni enferma y comprendo que su elegancia no se limita al aspecto, sino al estilo. Esas cosas pasan, le digo, no se preocupe, y vuelvo a mirar el carnet, que sigue aferrado a su mano como si fuera la llave de un territorio seguro. Es que mi sobrina duerme hasta tarde y yo no conozco por acá, hace sólo unos días que me mudé. Me cuenta, mientras avanzamos como si flotarámos en un ensueño, que vivía en Buenos Aires, ciudad que camina sin perderse jamás, ¿vos sos chilena?. No. Soy argentina. Ah, porque el dueño es chileno. Vino y me dijo: se le terminó el contrato, mañana me saca todas sus cosas y se me muda. Entonces m i sobrina me alquiló un departamento en La Plata y me vine, pero ahora estaba con un matrimonio. Fui a comprar ahí, al almacén de los chinos. Creo que es por allá. No, faltan tres cuadras, cuidado el escalón. Ya lo vi, yo veo perfecto. El problema es que yo vivía en ese departamento y también trabajaba. Ahora no sé. Y me perdí y para colmo, me pongo nerviosa, anduve un montón. No se preocupe, no andamos lejos, no estaba tan desorientada. ¿Ah, no? Se alegra. Sus sentidos, después de todo, no están tan gastados, se le dibuja una sonrisa, se aferra a mi brazo y su paso se vuelve más rítmico, para acoplarse al mío. Es difícil coordinar dos andares tan distintos, siempre es difícil adaptarse al caminar ajeno, como si toda nuestra personalidad se volviera piernas y pasos, a veces andando con alguien descubrimos hasta donde nos diferenciamos de otros y nos insume horas -y a veces años- poder acoplarnos a un ritmo ajeno y de ese descubrimiento pueden surgir grandes sorpresas, espantosos desencuentros o alegres complicidades, y sin embargo, aunque ella sea tan alta y tan vieja, y yo tan baja y tan rápida, vamos bien. Sus zapatos son impecables, aunque antiguos, y debajo de la pollera usa unas medias gruesas. ¡Qué pareja debemos hacer!, le digo. Yo estaba de entrecasa, nomás, le aclaro, esta vez para justificarme yo, dándome cuenta que estoy impresentable, con mis pantaloncitos cortos, despeinada y en ojotas. Ahora es ella la que me consuela, con sonrisa pícara, no se preocupe, yo me vestí para ir a hacer la compra. Llegamos a la plaza: es por acá, creo, hay un paredón de ladrillos sin terminar. Ya estamos llegando, sólo una cuadra para la derecha, le aseguro. Llegamos frente a una casa de mal aspecto, con el pasto crecido y pocas señales de gente despierta. Mi sobrina duerme hasta las dos de la tarde, describe, no juzga, al principio. ¿Qué edad tiene? Veinte. Claro, es joven, digo, debe salir. Sí. Pero yo a los veinte hacía el tambo y cosía. Son otros tiempos, digo sin mucha convicción. Golpeo la puerta, nada. Me asomo a un pasillo al costado de la casa, aplaudo. Nada. Emilia se inquieta, pero se resigna. Nadie la espera ni ha notado su larga ausencia. Aparece una vecina, nos observa con desconfianza:¿buscan a los albañiles? Recién entonces escucho que desde el fondo de la casa llega el sonido de una cumbia y el golpeteo de alguna herramienta. La mujer se manda para el fondo, no reaparece. Emilia, de pronto, exclama, extrayendo una llave de su bolsillo:¡ es allá! ¡Mi departamento es allá! Acá no hay nadie. Yo tengo la llave, y me la muestra, junto a la credencial. Nunca salgo sin mis documentos, me dice, orgullosa. Señala un taller mecánico a cuyo frente hay unos seis citroenes y un par de Ami 8. La imagen se me hace de otra época, como la propia Emilia y la situación en la que nos encontramos. Cruzamos la plazoleta juntas, siempre del brazo y me señala una puerta de rejas oxidadas junto al taller. Es ahí, vaya nomás. No Emilia, la acompaño hasta que entre. Yo siempre he tenido suerte, me dice, siempre encuentro gente buena que me ayuda. Y me estampa un beso de despedida, suelta mi brazo y se aleja hacia su casa.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Me gusta mucho lo del caminar. Es muy pero muy bueno. Es algo que me pasa siempre con la gente alta. Me es imposible caminar en su misma linea. Yo voy más retrasada y he llegado a considerar esa incapacidad para esperarme la marca de un egoísmo supremo.
También me gusta cómo se turnan las dos mujeres para sentir verguenza, dar explicaciones. Ninguna está del todo cómodamente parada.