Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 23 de febrero de 2011

Todas esas

A veces me pregunto a dónde van a parar todas esas que alguna vez fuimos.
Las niñas que nos habitaron. La chica que corría en la playa de Gesell  y se entregaba al mar hasta el límite que sólo los padres y la noche pueden imponer. La adolescente deseosa de ser desvirgada y luego amada, o tal vez era al revés. Las mujeres que fuimos, desfallecientes de amor por un hombre que aniquiló nuestra fe. Las que soñamos y gestamos hijos que nunca llegaron a encarnarse. La que fumaba un porro y bailaba y bailaba y bailaba. Las bendecidas, que parimos hijos que nos convirtieron en madres. Las que a veces fuimos valientes, osadas, dispuestas al todo por el todo por una amiga, una idea, una pareja, incluso, hasta para romper todas las reglas de la cortesía, el buen gusto y la seguridad. La loca que rompió más que un par de platos. La miedosa que no se animó. La que amaba a Dickens con desvelos en sus noches de pubertad y lloraba una y otra y otra vez la muerte de la madre de David Copperfield. La que leyó, a escondidas y perturbada, Los Premios de Cortázar y no encontró nunca más, en re-lecturas posteriores, ese temor de los doce, trece años. La que en cada recital de Spinetta se enamoraba de un músico.
La que amó al  Conde Vronsky. La que no durmió culpa de la lectura de El exorcista.
La que enterró prematuramente al padre (¿acaso no es siempre es ese un entierro prematuro?)
La que se acostó a dormir pensando que nada valía la pena, excepto esos ojos azules que iluminan desde la cuna la noche interminable.
La que le dijo que no a ese macho poderoso, cerró la puerta, se acostó a dormir y supo que no había retorno de ciertos "no".
La que creyó que Proust y Bolaño escribieron sólo para ella.
La fea, la peor de todas, la malquerida, la otra de un hombre que nunca nos eligió.
La más deseada, la que no sabe cómo escapar de tantas propuestas y quiere quedarse en cada leyendo o encerrase en un cine a ver "El arca rusa" o tal vez una de Clint Eastwood y no hablar con nadie.
La que escapó de un auto en una noche oscura, en un bosque cerrado, y no pudo contarle a nadie lo que ese tremendo hijo de puta era en verdad hasta muchos años después.
La que pensó que si seguía un instante más en un mundo podrido de corruptos moriría de pena, y sin embargo, sobrevivió.La que recibe confesiones que se convierten en piedras hundidas en los hombros, demasiado pesadas de cargar, una  y otra y otra vez.
La que en un cama de terapia intensiva piensa que esta vez sí, la muerte bajará el telón y no habrá una nueva escena.
La que corría en la playa, libre como un lebrel sin amo.
La niña que iluminó la noche.
Todas esas. Y todas las demás también.


Ilustración de Juan Marchesi para "La niña que iluminó la noche" de R. Bradbury

martes, 22 de febrero de 2011

Embajadores de la traición

Durante muchos años, las embajadas de los reinos, colonias, territorios ocupados e imperios funcionaron abiertamente como sistemas de espionaje y lobby al servicio de un amo coronado en territorios extranjeros. Mediante sobornos, alianzas con opositores internos, asesinatos políticos, extorsiones o persuasión, los embajadores tenían a su cargo influir en la política interna y externa del país en el que actuaban, fomentando alianzas, guerras, negocios, etc., para beneficio de su patrón. Todavía hoy los historiadores especulan sobre las responsabilidades internas y externas (¿los intereses persas?) en el asesinato del rey Filipo de Macedonia (siglo IV a. C.), investigado incluso por su contemporáneo Aristóteles.
Algunos de estos personajes llegaron a ser famosos operadores, otros terminaron expulsados con violencia al ser demasiado evidentes o arteras sus operaciones. En ocasiones, en la Europa del Renacimiento, las reinas consortes oficiaban de embajadoras de hecho defendiendo los intereses de sus países de origen, con mejor o peor suerte (tales los casos, por ejemplo, de Catalina de Aragón, primera reina consorte de Enrique Tudor de Inglaterra e hija de los reyes Católicos, o de Catalina de Médici, consorte de Enrique Valois en Francia, defendiendo los intereses de su familia en los reinos de Italia).
En las guerras religiosas, las batallas militares se libraban en campo abierto sólo esporádicamente, pero la guerra diplomática era continua y se manifestaba con financiamiento de rebeldes, apoyo a complot, retiradas o movimientos de tropas, entre otras variantes.
La rendición de Granada, Francisco Pradilla y Ortiz (1848–1921)
Cuando por derechos sucesorios una reina o rey consorte o hijo/a accedía al poder en lugar de su antecesor, solía haber cambios en la política hacia las otras potencias debido a su origen, crianza e influencias. Así ocurrió con María Estuardo, criada en la corte francesa de Francisco I, viuda de su hijo, emparentada con casi toda la familia real francesa (Valois, Guisa, Lorena), defensora del catolicismo en Escocia y por ende, de los intereses franceses y españoles. Así ocurrió en la larga historia imperial rusa, con diversos vaivenes, con alianzas que fueron mutando. Así también sucedió en la trágica historia de Boabdil, el último sultán moro que gobernó en España.
Pero claro, hablamos de tiempos en los que la legitimidad del poder detentado por las minorías ni siquiera era puesto en cuestión y la soberanía popular era una categoría utópica, si es que tal cosa existía.
Unos siglos después, el intento de Belgrano y algunos revolucionarios americanos de coronar a la hermana del rey de Portugal para legitimar el proceso para emanciparnos de España,  además de muchas otras implicancias, intentaba poner coto al despliegue de las actividades de potencias como Inglaterra y Francia en nuestros territorios.
Siempre las potencias, en particular las más poderosas, han contado con aliados internos al servicio de sus intereses y en perjuicio de los intereses de los pueblos soberanos.
Fuente: Página 12.
La aceptación por parte de Macri de sus intentos por hacer intervenir al imperio norteamericano para limitar la soberanía de un gobierno legítimo y popular; las denuncias de Carrió sobre cuestiones internas en la embajada de ese mismo país, las declaraciones de Duhalde a funcionarios que representan intereses de países extranjeros, y hasta la  reciente e increíble defensa del tráfico ilegal de armas de una potencia extranjera que evidenció el episodio del avión,  se inscriben en esa vieja tradición de quienes entienden la política y el poder de manera cortesana, de quienes no creen ni en la soberanía política, la independencia económica (mucho menos, por ende, en la justicia social). Tampoco en la legitimidad democrática. No así el caso del presidente de Cargill  ya que es bien sabido que el capital no tiene patria.
Ningún pueblo libre puede aceptar que los negocios y articulaciones con otros países se consoliden, como quieren los cipayos mediante sus "operetas y operaciones", fuera de los ámbitos legitimados por la historia, la política y el sistema jurídico internacional y nacional (Art. 99 Inc. 11 de la Constitución Nacional) de la diplomacia oficial y de manera pública. Ni a dirigentes que, en nombre de los intereses colectivos, efectúan operaciones oscuras entre bambalinas, siempre al borde la traición a la patria y a su pueblo.

martes, 8 de febrero de 2011

Los rebeldes, de Sándor Márai

¿Cómo es posible experimentar sentimientos de nostalgia por mundos y personas que nunca hemos habitado y a las que nunca conocimos, o que tal vez no han existido fuera de la ficción?
Ese es el efecto primordial que produce en mí el clima que crea en sus novelas Sándor Marai. Se funde, con otros escritores, en los que han creado para mí esa extraña nostalgia eslava que, como la evocación del "alma rusa" que me provocan Dostoievski, Berberova, Nabokov o Tolstoi, me trae, en este caso, añoranzas de los habitantes de aquel lejano y heterogéneo imperio austro-húngaro al que, como dijo días pasados mi madre, alguna vez también pertenecieron los territorios de la América Latina. 
¿De qué están hechos los mundos de Márai?
De ese mundo algo impostado y construido a fuerza de tratados ganados en guerras con breves pausas (Austria, Hungría, Checoeslovaquia, Servia,  Eslovenia, Croacia, Herzegovina, Montenegro, Rumania, Galitzia, Trieste, parte de Ucrania), de ese territorio cultural que comienza a derrumbarse en la Primera Guerra, que habitan Tibor, Âbel, Erno y Béla, jóvenes a punto de recibirse de adultos al terminar el bachillerato. adolescentes que, ansiosos de libertad, se rebelan, fumando, robando, bebiendo, contra un destino que les propone ir a morir al frente o una agonía más lenta en la injusta formalidad inflexible de continuar la tradición. Erno, el hijo del pobre zapatero fanático religioso, cuya inteligencia apenas le habilita un lugar transitorio junto a los hijos de la aristocracia y burguesías locales y unas limosnas que van resintiendo y envenando su corazón de a poco. Un actor y un prestamista inescrupulosos, hombres perversos y quebrados, sin ilusiones, pervertidores de la inocencia juvenil. 
¿Cómo no sentir una ambigua mezcla de compasión y rechazo por personajes como la tía de Âbel, una solterona virgen que se ha marchitado cumpliendo los mandatos familiares sin que nadie pueda amarla?Por esos padres, controladores y opresivos, ausentes y hermanos mayores mutilados por la guerra. Por el viejo cura que sobrelleva el insomnio con lecturas religiosas, los impostores que se hacen pasar por mentores y profesores soberbios que rehuyen de la generosa entrega que supondría enseñar algo.
O por la perversa madre de Tibor y Lajos Prockauer, cuyo mayor sueño en la vida había sido dar una gran fiesta, "una recepción espléndida, como correspondía a su posición social, en las tres habitaciones de la vivienda", sueño escatimado por el egoísmo del coronel, su marido, dedicado a la guerra y a las infidelidades, abandonándola a ella en su estado de inválida que controla sus bienes, a sus criadas y a sus hijos desde su cama de moribunda.
Y ese clima opresivo y de suspenso que he encontrado en todas sus obras, en dónde siempre algo, un acontecimiento trivial que está por ocurrir (y se posterga una y otra vez) cambiará, vamos sabiendo los lectores lentamente, el destino pero también el pasado de todos los personajes.
Leer a Márai es como beber una bebida algo empalagosa, con una mezcla de sabores amargos y dulces, de la que no podemos escapar.

Márai, Sándor, Los rebeldes, (1930), Salamandra, Barcelona, 2009, 252 pág., edición revisada por el autor en 1988.

viernes, 4 de febrero de 2011

Recomendaciones literarias. John Cheever

Hay que tener cuidado con las recomendaciones literarias. A veces, gracias a ellas, descubrimos un mundo y un autor del que o bien nunca habíamos escuchado hablar o bien, aunque conocíamos sus obras y su existencia, no habíamos leído nada. En algunos casos, nos dejamos llevar por el entusiasmo de quien nos recomienda (que puede ser alguien que suele acertar con nuestro gusto/deseo del momento, que parece haber abierto la boca para enviarnos el mensaje justo y casi providencial del libro perfecto para ese momento de la vida, que nos hace comenzar con un autor que se convierte en adicción luego) y gozamos por completo, agradecidos. En otras oportunidades, si hemos tenido una gran expectativa, la decepción puede resultar proporcional. Así que yo, en los últimos años, he optado por la prudencia al recibir una recomendación, aunque no la aplico al recomendar porque, debo reconocer, cuando estoy atrapada por un escritor/a, me parece que privar a mis amigos/as de su lectura se asemeja a un pecado, aunque trato de refrenarme, conociéndome como temperamento algo inclinado a la exageración apasionada.
Y así se arman cadenas y complicidades de intercambios algo curiosas. E., que no es una fanática de la ficción, pero si una amiga atenta e intuitiva, me sugirió que leyera a John Cheever, con quien su amiga B. está completamente fascinada. A B. la vi sólo una vez y hace unos años, pero a través de E. solemos encontrar coincidencias literarias que crean entre nosotras una corriente de simpatía.
A Cheever, de quien estoy leyendo sus Relatos (Relatos II, Emecé, Buenos Aires, 2006), creo que hay que leerlo con calma. De lo contrario se corre el peligro de no poder salir de ese mundo, que, como el de Carlson Mc Cullers, por ejemplo, nos va hundiendo en una densidad y una desazón de la que, si no fuera por las notas de humor que intercala en sus relatos, quedaríamos prisioneros. Y eso que aún no me aventuré por sus novelas.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Sobre la historia natural de la destrucción

"En pleno verano de 1943, durante un largo período de calor, la Royal Air force, apoyada por la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, realizò una serie de ataques aéreos contra Hamburgo.  El objetivo de esa empresa, llamada "Operación Gomorrah", era la aniquilación y reducción a cenizas más completa posible de la ciudad" (pág. 30)


W.G.Sebald (1944-2001) es un escritor alemán que se formó en su país y luego se radicó en Inglaterra, donde fundó y dirigió el Centro Británico para la traducción literaria. En esta obra publicada originalmente en 1993 (Sobre la historia natural de la destrucción, Ed. Anagrama-Página 12, 2003) se sale del género de la ficción y recopila una serie de conferencias que dictó en Zurich ("Guerra aérea y literatura")  para elaborar, como una deuda que sostiene tienen los investigadores, escritores e historiadores alemanes, una crónica acerca de las verdaderas causas y las consecuencias de la política de bombardeos sobre civiles que los Aliados llevaron adelante en Alemania durante la Segunda Guerra. Sebald no elude, para ello, indagar acerca de las diversas complicidades y silencios que, tanto entre el mundo intelectual alemán y los gobiernos Aliados, encubrió el negocio que fomentó esa política que, al parecer, fue un rotundo fracaso como estrategia para debilitar a los nazis o acelerar el final de la guerra, y que, sin embargo se sostuvo para justificar los ingresos provocados en Estados Unidos e Inglaterra en la poderosa industria de la fabricación de bombas y bombarderos. Asimismo, analiza cómo la sociedad alemana, en un proceso de negación colectiva que quizá daba cuenta de cierta consciencia de culpa por los crímenes de lesa humanidad que llevaron adelante o la vergüenza y el despecho hacia el vencedor, no ha dado cuenta ni reflexionado acerca de esos años. Miles de víctimas civiles y ciudades completamente destruidas sin tocar objetivos estratégicos como fábricas de armas o del sistema de transporte, éxodos masivos de ciudades arrasadas por el fuego, y un largo y espantoso pacto de silencio. Y las imágenes y descripciones increíbles de cómo, mientras algunos barrios de ciudades como Hamburgo son consumidos por las llamas, en otros edificios casi en ruinas algunas familias se empecinan en los rituales pequeño burgueses del café de sobremesa con tortas en los balcones a punto de ser destruidos. O de cómo, mujeres enloquecidas que huyen en los trenes de las ciudades abrasadas por las llamas arrastran en sus precarias valijas-ataúdes los cadáveres momificados por el fuego de sus hijos pequeños.
Como escritor, dedica gran parte de este ensayo a la crítica de la ética de varios autores alemanes consagrados (escritores, cineastas, periodistas, compositores, en particular su capítulo sobre Alfred Andersh) y, al analizar su obra desde esta perspectiva, pone de relieve las operaciones y mascaradas que muchos ejecutaron para disimular los distintos grados de colaboración y/o simpatías que tuvieron con el régimen nazi, del que renegaron tras la derrota alemana.
Frente a este proceso de ocultación, destaca "la capacidad del ser humano para olvidar lo que no quiere saber, para no ver lo que tiene delante". (pág.43). Sobre estas endebles bases se fundó el tan admirado "nuevo comienzo" y la reconstrucción alemana, un proceso en el que se mezclaron la autocompasión, "autojustificación rastrera, sentimiento de inocencia ofendida y despecho en la manifestación de los alemanes de la voluntad de reconstruir su país 'mayor y más poderoso de lo que nunca fue'". Este acuerdo tácito de callar y negar la responsabilidad sobre el pasado nazi y su crímenes, esta "inconsciencia" fue "la condición de su éxito."
¿ Hay acaso alguna de las sociedades ricas,  "seguras", "ordenadas" y "exitosas" admiradas hoy por quienes profesan la ideología y la ética neoliberal que no esté fundada sobre millones de cadáveres de niños, ancianos, enfermos, pobres, muertos que agonizaron en sótanos encendidos de azúcar ardiente, en cámaras de gas, en los campos de batalla del Paraguay, en los campos de concentración de multinacionales como Nidera y Dupont? ¿Nosotros, argentinos, optaremos también por naturalizar estas atrocidades, por negar y mirar para otro lado, renunciando a la historia cuando ésta nos muestre el lado oscuro y monstruoso de nuestra sociedad?

martes, 1 de febrero de 2011

Hijos de los hombres, de P.D.James

"En la madrugada de hoy, 1º de enero del año 2021, tres minutos después de las doce, murió en una pelea en un suburbio de Buenos Aires el último ser humano nacido sobre la faz de la tierra: tenía veinticinco años, dos meses y doce días."
Con estas impactantes líneas comienza la novela Hijos de los hombres, de P.D. James (1992). Ya desde hace unos años, cuando vi la película homónima (Children of men, Alfonso Cuarón, 2006)  basada en este libro, tenía ganas de leerlo. Como sucede con esos deseos olvidados que descansan en alguna capa subterránea de nuestro inconsciente, apareció sin que la buscara al revolver una batea de usados en una librería necochense este verano. Aunque no tan apegado a la novela como creía, el guión y la factura de la película tienen en común la creación de un intenso clima dramático que conjuga la desesperanza ante la inevitable finitud de la especie humana y el intimismo del relato desde el punto de vista de su protagonista y narrador en primera persona de un diario que, en la estructura de la novela, va alternando con un narrador en tercera persona. Se trata del cincuentón, quien malvive entregado al nihilimso y la resignación, y prestigioso doctor en historia de Oxford, Theo Faron, único pariente vivo del Custodio y dictador de Inglaterra.
Si bien se supone que es ciencia ficción, la crítica hacia una sociedad impotente, infértil, descreída y abandonada por los dioses posmodernos de la ciencia, cuyo única aspiración para vivir los últimos años son el orden, la seguridad y la protección. Hace 25 años, sin que ni la ciencia ni la religión encuentren respuestas, ninguna mujer ha quedado embarazada. Los gobiernos realizan permanentes investigaciones, controles y test de fertilidad obligatorios en todas las mujeres y hombres "aptos" (es decir, sin deformidades ni enfermedades), pero al paso de los años, todos se van resignando a la extinción. Nos sumergimos en un mundo donde las potencias, como Inglaterra, cierran sus fronteras al Otro, dejando sólo los huecos necesarios para que ingresen, como mano de obra esclava, los trabajadores del "otro lado"; un mundo donde se obliga a los viejos, improductivos, a suicidarse en rituales desacralizados y en el que los jóvenes, venerados como dioses por su sola condición de Omegas (la última generación nacida en la Tierra) se han convertido en demonios de violencia e individualismo brutal. Un mundo en el que muchas  mujeres, enloquecidas, no se resignan a no poder tener hijos y bautizan a sus mascotas y juegan con muñecas a las que pasean en cochecitos; en el que profetas de toda clase hacen su negocio y los diversos cristianismos intentan ofrecer algún consuelo antes del fin de la especia. Un mundo donde lo único que parece posible es cerrar las puertas de las casas para conservar las últimas comodidades de la civilización antes de que colapse por completo frente al avance de la naturaleza que ya no encuentra oposición humana a su dominio. Como paliativos para la angustia, el Estado financia los pornoshop y las universidades más elitistas de Inglaterra abren cursos de todo tipo para los adultos deprimidos y aburridos que aún no se deciden al suicidio.
Leyéndolo hoy, cuando las sociedades "desarrolladas" han reemplazado el deseo de tener hijos por el deseo de consumir confort y sus tasas de crecimiento decrecen de manera alarmante; cuando en los continentes más pobres, como África, el SIDA, el hambre y otras epidemias (creadas o sostenidas por el propio sistema capitalista) ejercen un horroroso sistema de control demográfico; cuando la imposición de ser sujetos productivos y consumidores (y ya no, nunca más, seres para el trabajo y para la vida) y en países como el nuestro las clases medias, si es que aspiran a la maternidad/paternidad lo hacen después del "desarrollo profesional", es decir, en los años en que la biología impone los límites a la fertilidad, surgen, como inevitables, las preguntas de si la ficción de P.D. James no es más que una excelente y muy bien narrada descripción de nuestro mundo contemporáneo y nuestra ilusión de obtener seguridad, orden y protección, resignando el amor, la justicia y la compasión.
¿La irrupción de un grupo de apasionados revolucionarios encolumnados detrás de una mujer embarazada puede cambiar el curso de los acontecimientos? ¿Habrá, todavía, quienes estén dispuestos a luchar y morir por los demás, por una incierta esperanza de futuro?
Ni la película ni la novela son recomendables para personas muy políticamente correctas, muy progres y no dispuestas a abandonar unos instantes cierta pereza emotiva e intelectual. Desde ya, fachos, abstenerse.