Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 28 de julio de 2008

Madres peligrosamente preocupadas

Voy a una reunión de padres (nunca sabré por qué se sigue diciendo "reunión de padres" a estos encuentros en los que predominan las madres de los alumnos de una guardería, un jardín o una escuela, y la presencia de padres semeja un acento cormático en un universo monocromo) para discutir sobre el viaje de egresados de la primaria de mi hijo.
Como siempre, sentarme al lado de Claudia me garantiza varias cosas: un poco de humor entre tanta madre "sufriente" y "esforzada"; algo de sentido común en medio de un universo bastante absurdo y poder hacer comentarios maliciosos acerca de los demás.
De todas formas, no estaba preparada para todo lo que allí se dijo, y eso que llevo años repitiendo estas rutinas. Quizá la influencia de la lectura del día anterior de Francoise Doltto, quizá cierta intolerancia exacerbada frente a la pavada y los desesperados mecanismos posesivos-represores de madres que no quieren crecer ni dejar crecer a sus retoños.
Un grupete de madres decididamente peligrosas copó, como simpre, la parada, y yo no podía dejar de asombrarme, aunque las conozco bastante, del gesto adusto y serio, casi desesperado, con que sus caras y sus manos acompañaban el discurso. Quedo paralizada al escuchar frases como quién nos garantiza que no les va a pasar nada [a los niños y niñas]. Nada. No puedo omitir el horror y el temor de esa frase encierra, como ellas quisieran encerrar a sus hijos en un mundo donde no les pase nada.
Pienso en la triste vida de un hijo [¡de once o doce años!] con una madre así, disfrazada de protecciones y cuidados que mutilan. De todo tienen miedo, un miedo que quizá pueda entender y hasta experimentar a veces, pero del que debo ocuparme yo misma, pobre hijo mío si no. Tienen miedo del contatco de niñas y varones fuera de su vigilancia; de abusadores sexuales encubiertos bajo la máscara de porfesores de educación física; de que haga mucho frío, o mucho calor, de que no coman las suficientes proteínas durtante el largo periodo de dos días sin ellas. Evidentemente estas señoras tan buenas amas de casa, tan protectoras, tienen graves transtornos sexuales y alimentarios.
Alguien (un padre, desde ya) explica que los padres-madres que acompañarán al contingente en verdad irán a sólo a contener y más que nada a pasear, ya que la supervisión está a cargo de profesionales, gente que estudió eso, que trabaja de eso. Ah , no, eso de ninguna manera. ¿Cómo que los padres [madres] irán a pasear? Es un escándalo. Los padres [madres] deben ir a trabajar, a cuidar a los chicos. Estas madres pulpo no soportan la idea del placer asociado a la maternidad, es una provocación, las madres hemos venido al mundo a sufrir y a hacer sufrir a nuestros hijos por hacernos sufrir. ¿Cómo se atreve ese padre, seguramente abandónico y mujeriego, a sugerir algo como un paseo?
Lo que estoy pensando es que son una mangas de conchudas peligrosas. Pero me lo callo y propongo que las que tenemos hijos varones votemos porque los acompañen padres (varones) y nos vayamos a un spa. Algunas me sonríen nerviosas, lo toman a broma y se relajan un poco. Yo lo digo completamente en serio, pero ellas no podrían creerlo porque la sola idea puede ocasionar [les] la ruina de sus prisiones amorosas.

domingo, 27 de julio de 2008

Mamá zombie, por Cabe Mallo


Me encanta esta mamá zombie. Si querés ver más del Cabe,

Laura Carrascal, una quilmeña en España




A la derecha, "Especies imaginarias", en resina.

A la izquierda, "El lleno del vacío". Ambas obras pertenecen a la artista plástica Laura Carrascal, que nació en la ciudad de Quilmes, estudió en La Plata (Argentina) y hoy vive en Castilla, España. Creo que vale la pena visitar su página para introducirse en el maravilloso mundo imaginario de esta mujer.

viernes, 25 de julio de 2008

El atlas de mi padre y Ana Bolena


Días pasados, C me pidió que pasara por una librería de usados de la calle Lavalle para retirar un libro que ella había encargado. Me había propuesto vencer la tentación de hurgar en las bateas, mi plan era sencillo: entrar rápido, exagerar mi apuro, limitarme a solicitarle al vendedor el encargo, pagar y salir corriendo. Como todos los planes para eludir los libros que nos están esperando, falló. Ante mi requerimiento, el vendedor, un jovencito con aspecto de no tener apuro alguno, se limitó a decirme que lo espere y se retiró, parsimoniosamente, hacia agún depósito del fondo, dejándome sola frente a las bateas de ofertas. Mientras las investigaba nerviosamente, repitiéndome a mí misma que tenía que resistir, que después de todo ya me había dado varios gustos en materia de libros estas semanas, pasaban por mis manos los títulos de diversos best seller de esos que mis viejos compraban en las librerías de Gesell, quizá en la de la antigua casa Bonn, y leían en las largas tardes de playa de mi infancia, en "Brujas".
Finalmente, cedí a mi pasión por las biografías y tomé una de Ana Bolena, de 1958, de Evelyn Anthony, en cuya portada se ve un retrato de la desdichada reina que no se parece en nada a la descripción que el libro hace de ella: menuda, morocha, de piel trigueña y grandes ojos negros.
Pero eso no fue lo peor. El vendedor es ahora quien me espera a mí, que ya he olvidado mi apuro por llegar a la parada del maldito Plaza para volver a La Plata. Cuando estoy pagando intenta iniciar una converscaión que interrumpo violentamente al descubrir, al tope de una estantería muy alta, el "Atlas de nuestro tiempo" del Readers Digest de tapa verde, con el que mi padre nos despertó a sus tres hijos cierta pasión por los mapas terrestres y estelares. Le pido que me lo baje. Mis manos tiemblan, paso una a una las páginas. Encuentro, como si me hubieran estado esperando, las infografías de las piedras preciosas y las rocas que me fascinaban de nena y los gráficos de los planetas cuyos nombres me gustaba memorizar: Mercurio, Venus, Tierra, Marte y hasta el pobre Plutón, hoy degradado de jerarquía por una alianza de perversos astrónomos. Casi estoy viendo a mi padre en la mesa del comedor, con una luz mortecina del invierno, deslizando sus dedos sobre paralelos y meridianos para encontrar, como una perla muy valiosa, el puerto de Bialistock de donde partieron mis abuelos para venir a la Argentina. Trato de componerme y con la mayor naturalidad que puedo le consulto al vendedor el precio, que no es tan caro pero sí lo bastante para esta altura del mes, mientras le digo: acá todavía está la URSS y Plutón era un planeta. Ël, que debe tener veintipico, no comprende nada de lo que eso significa, sonríe, repite como un tonto: ah, sí, la Unión Soviética, como si se tratara de ciencia ficción o historia antigua. Dudo. Tiemblo. y finalmente le devuelvo el pesado atlas y huyo de allí como una monja medieval de la tentación de la carne.

sábado, 12 de julio de 2008

"Nuda", danza en Espacio Ecléctico

Espacio Ecléctico: Sábados 5 y 12 de julio 18 hs.
Esta obra cuenta con el apoyo del Instituto Prodanza dependiente de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Bs. As., año2005.Coproducida con el Centro Cultural Ricardo Rojas, año 2005.

Sinopsis: Un ser humano es observado como objeto, se lo estudia. Sus articulaciones, huesos y carne hablan. Su cuerpo está rajado y su discurso solo enmudece pero no se acalla, habla de un límite donde se anudan lo humano y lo inhumano. FICHA TÉCNICA
Coreografía y dirección: Diana Rogovsky. Intérprete: Renée Zgainer o Diana Rogovsky. Música original: Pablo Loudet. Diseño y realización escenográfica: Jacqueline Miller. Diseño y realización de vestuario: Pilar Beamonte. Iluminación: Miguel Ángel Solowej.Asistencia coreográfica y de Producción: Carolina Herman. Asistencia coreográfica y técnica: Carolina Escudero, Iara Alves, María Laura Maravilla.Fotos: Jacqueline Miller yJosé Ángel CarpinteroDuración: 20 min.Contacto:
dmrogovsky@yahoo.com.ar

lunes, 7 de julio de 2008

Amores Fugaces


Cuando era más joven, si es que aún lo soy, me enamoraba con mucha facilidad. Me bastaba estar en tránsito, emprender pequeños o largos viajes en medios de transporte poco glamorosos: un tren, la bici, el micro, mis piernas.
Había, desde ya, ambientes más propicios que otros para el enamoramiento: la playa siempre ha ayudado, creo, a hombres y mujeres, para el nacimiento de amores algo melancólicos, desesperados, llevados al límite que impone la finitud de saber que las vacaciones terminan y quizá (quizá, siendo optimistas), nunca volvamos a encontrarnos.
A veces eran amores generosos, despojados, que no necesitaban más que la reciprocidad de una mirada, una sonrisa, tal vez un intercambio de palabras, una invitación a salir, algún día, y bastaba eso para despedirse al terminar el viaje —o las vacaciones, o la cola del banco— sabiendo que la fantasía y el recuerdo se esfumarían, también, a las pocas horas, o a las pocas cuadras.
Otras veces estos amores adquirían la forma de un beso, un abrazo, una caricia, una declaración de amor eterno. Incluso, alguna vez, se podía ir un poco más allá, llegar a una cierta intimidad sexual, sabiendo que todo terminaría pronto y no habría nada que reprocharse.
A veces se me hace que esa forma de deambular en el mundo, con el corazón abierto y expectante, es la de la mujer joven, la del artista y la de la persona vieja, que se aferra a la vida que se va escurriendo con las horas y los días. No sé si los niños se enamoran cada día. Lo que sé es que añoro esa disposición de ánimo, aunque resulte perturbadora y distractiva o, tal vez, precisamente por eso.