Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 7 de julio de 2008

Amores Fugaces


Cuando era más joven, si es que aún lo soy, me enamoraba con mucha facilidad. Me bastaba estar en tránsito, emprender pequeños o largos viajes en medios de transporte poco glamorosos: un tren, la bici, el micro, mis piernas.
Había, desde ya, ambientes más propicios que otros para el enamoramiento: la playa siempre ha ayudado, creo, a hombres y mujeres, para el nacimiento de amores algo melancólicos, desesperados, llevados al límite que impone la finitud de saber que las vacaciones terminan y quizá (quizá, siendo optimistas), nunca volvamos a encontrarnos.
A veces eran amores generosos, despojados, que no necesitaban más que la reciprocidad de una mirada, una sonrisa, tal vez un intercambio de palabras, una invitación a salir, algún día, y bastaba eso para despedirse al terminar el viaje —o las vacaciones, o la cola del banco— sabiendo que la fantasía y el recuerdo se esfumarían, también, a las pocas horas, o a las pocas cuadras.
Otras veces estos amores adquirían la forma de un beso, un abrazo, una caricia, una declaración de amor eterno. Incluso, alguna vez, se podía ir un poco más allá, llegar a una cierta intimidad sexual, sabiendo que todo terminaría pronto y no habría nada que reprocharse.
A veces se me hace que esa forma de deambular en el mundo, con el corazón abierto y expectante, es la de la mujer joven, la del artista y la de la persona vieja, que se aferra a la vida que se va escurriendo con las horas y los días. No sé si los niños se enamoran cada día. Lo que sé es que añoro esa disposición de ánimo, aunque resulte perturbadora y distractiva o, tal vez, precisamente por eso.

2 comentarios:

Jimbo dijo...

no se si es la misma persona, pero si es la que trabaja con puiggros, hay un mail alli para ud.

la vida abierta dijo...

está bueno. me gusta este recuento de amores. la idea de enamorarse en cada viaje es muy buena, es tan amplia que hasta podías enamorarte de "viaje" al kiosco.