Último verano en Stalingrado, novela

sábado, 25 de febrero de 2012

Hablando de novelas de detectives

             "Leer una obra cualquiera de ficción constituye un acto simbólico.Los lectores sumamos nuestra imaginación a la del escritor al adentrarnos con entusiasmo en su universo [...]" (P.D.James), 

Al parecer hubo una época en la que escribir historias era un oficio vinculado al arte y no un modo más o menos eficaz de participar de las envilecedoras reglas del sistema mercantil. Y en ese registro de la literatura, las populares novelas de detectives y las policiales, se configuraron como favoritas para los lectores, y crearon a su vez aficionados y hasta adictos al género. Un tiempo en el que se le otorgaba cierto reconocimiento social a aquellos individuos que utilizaban sus "estados creativos" (al decir de E.M.Forster en Aspectos de la novela, 2000) para crear obras de arte que permitieran a los lectores la experiencia de conocer los mundos creados por sus imaginaciones, incluso, las posibilidades evasivas a las atrocidades de este mundo violento y brutal que ofrecía, según P.D James tan bien analiza, la novela detectivesca inglesa de la Época Dorada y hasta, aunque parezca mentira, su "opuesta", la novela negra norteamericana tan bien encarnada por Dashiel Hammett y Chandler.
También observa y retrata las características de detectives aficionados, extravagantes, profesionales, más o menos ligados a las instituciones policiales (como integrantes o enemigos de esa fuerzas), médicos. La aparición de mujeres detectives y el rol de las mujeres en las distintas épocas y brinda, por cierto, algunos consejos de escritura inestimables.
John Thaw, como Morse
Más allá de las diferencias de épocas y países, los prejuicios de clase entre autores esnob pertenecientes a las clases acomodadas y educadas de Inglaterra o de los sufridos emergentes de los sectores marginales de Norteamérica, P.D.James explora  en este ensayo (en inglés un título más apropiado al de la traducción, Talking about Detective Fiction) los rasgos comunes del género y las diferencias en los modos de contar las historias, los puntos de vista, la importancia de los personajes, los diálogos, las descripciones, las calidades de la escritura.
Desde Conan Doyle y Poe, con sus habitaciones cerradas, sus criminales escondidos bajo el disfraz de la absoluta inocencia, a los rompecabezas en la pacífica campiña inglesa de las muchas veces desprestigiadas pero populares  Agatha Christie o Dorothy Sayers; desde los escépticos héroes como Sam Spade o Philip Marlowe, que persiguen criminales en un mundo corrupto, brutal y decadente del que, sabemos, "mucho dinero significa mucho poder y quien tiene mucho poder lo utiliza mal. El sistema es así." (El largo adiós, 1953), sin ignorar a Chesterton, Wilkie Collins, Nicholas Blake, Dickinson Carr, Simenon, Mankell,  a las televisivas series como "Inspector Morse" (basada en las novelas de Colin Dexter) o "Prime Suspect", la escritora P.D.James aborda, a sus más de 90 años, el género con la calidez y sabiduría de quien ha escrito algunas de las mejores novelas de detectives de la historia.
H. Bogart como Sam Spade en "El halcón maltés", 1941
Y como en nosotros, sus agradecidos lectores, en su mente inquieta y curiosa las palabras se convierten en dudas y preguntas expresadas en voz alta, acerca de cuál será el futuro del género y si es que los modos de publicar en la era digital alterarán (y en qué medida) los modos de narrar estas historias.
No puedo evitar pensar que esta inscripción del mal, la violencia, en lo cotidiano (de aparente "orden"), del crimen más irreversible cual es el asesinato, siempre motivado por sentimientos y pasiones humanas comunes en todas las épocas y clases sociales (ambición de poder/dinero, amor malsano, venganza, celos)  y que, por tanto, entendemos muy bien, y el modo en el que en la narrativa detectivesca y cinematográfica casi siempre la investigación alcanza un punto de justicia reparadora  (incluso con aquellos autores que nos llevan a identificarnos con los asesinos, como Patricia Highsmith, Hitchcock) es tan popular porque todos necesitamos experimentar la justicia al menos en el arte, ya que no en la vida. Todos anhelamos, aún sabiendo de la ingenuidad de es te anhelo, que las personas poderosas actúen con menos arbitrariedades, con menos egoísmos y mezquindades, que no pierdan (como casi siempre ocurre) la posibilidad de la empatía con los que sufren y no tienen el poder. Aunque no nos guste Agatha Christie y amemos a Chandler, aunque seamos hijos y herederos de este cruel siglo XX/XXI, quisiéramos policías menos corruptas, empresarios menos inescrupulosos, políticos menos mafiosos.


James, P.D.,  Todo lo que sé sobre novela negra, Ediciones B, Barcelona, 2010, 182 pág.

martes, 21 de febrero de 2012

Y fui feliz (crónica tripera de Bruno Carpinetti, desde África)

    • Llegué a Malabo el domingo en el que se jugaba la final de la copa africana de futbol. Guinea Ecuatorial fue país sede junto con su vecino Gabón, al estilo del mundial organizado por Corea y Japón hace unos años. La final se jugó en Libreville, capital de Gabón. La selección Nzalang – no tengo la menor idea de porque llaman asi a la representación local – fue eliminada en cuartos, por Zambia, pero igualmente el partido despertaba entusiasmos en un país donde no pasá demasiado. Basta pensar que solo han tenido dos presidentes en 43 años de existencia como país independiente. Nos fuimos con John a comer al “Toldo Rojo”, un sitio donde siempre son más los blanquitos expatriados y los negros educados en el primer mundo que los guineanos del montón. Tomamos unas cervezas y cuando en el entretiempo John se fue a dormir al “Hostal Chana” – hotelucho digno de un cuento de Washigton Cucurto, en el que desde hace un tiempo paramos y que por las noches se convierte en nido de amor de cientos de guineanos y guineanas apasionados - yo me fui al “Bar Flores. Mi Segunda Casa”. Ahí es otra la historia. Algunos españoles, refugiados de vaya a saber que oscuro pasado, más parecidos a Torrente que a Fernando Savater, y varias decenas de guineanos de toda etnia y equipo de futbol se habían congregado para ver la final africana. Me acodé en la barra y empecé rápidamente a conversar con los parroquianos. Los guineanos resentidos por su eliminación por parte de Zambia, hinchaban por Costa de Marfil al igual que los españoles que la apoyaban ya que muchos jugadores de su selección juegan en el futbol europeo. Pero yo, como buen hincha de Gimnasia, enseguida me puse del lado del que nunca había ganado un campeonato. El futbol hermana a los hombres, y varias cervezas más tarde, ya puteaba a Drogba en inglés, francés y hasta en Fang y Bubi, y con dos liberianos y un camerunés, festejábamos a los gritos cada llegada de Zambia al arco rival. Llegó el tiempo suplementario y a esa altura, ya medio borracho, era un hincha fanático. Terminó cero a cero, y en el fervor y la tensión que presuponían los penales, invité una vuelta de cervezas para los que hinchaban por Zambia, lo que ocasionó importantes deserciones en el bando de Costa de Marfil. Los penales fueron interminables. 14 penales sin errar uno, 7 a 7, hasta que erraron dos seguidos y luego volvió a errar Costa de Marfil y Zambia lo embocó. Estalló mi bando en el “Bar Flores” y en medio del festejo y de otra ronda de cervezas que en medio del caótico festejo, supongo pagué yo, les enseñé a los tres negros que habían compartido el partido en mi mesa el cántico sagrado que tarde o temprano sonará, entonado por todos los negros del mundo …… y salimos del bar abrazados y cantando a los gritos……..“Lobo campeóoooooon, Lobo campeóooonnnn” …… y fui feliz.


      esta crónica se publica con la autorización de su autor, Bruno Carpinetti

miércoles, 15 de febrero de 2012

Astronotus ocellatus o de la observación de los acuarios domésticos

Astronotus ocellatus

Entre las diversas variedades de peces de aguas cálidas, es sabido que los cíclidos se distinguen por su agresividad y los métodos violentos que utilizan para resolver sus diferencias. Hasta donde he podido aprender después de muchos años de tener peceras, la mayoría de las disputas se vinculan por cuestiones territoriales y/o ligadas a la reproducción.
Así como los machos Betta splendes, (popularizados por la película La Ley de la calle) son famosos porque deben ser separados a fin de que no se maten entre sí y llegan a atacar a su propio reflejo en el espejo, los cíclidos en general resuelven la falta de espacio en los acuarios eliminando a los más débiles.
El ensañamiento con que se destruyen entre sí a mordiscos, en especial cuando alguno ya ha sido debilitado previamente por el más fuerte, es notorio. En esa carnicería suelen participar, bajo el liderazgo del más poderoso, los demás habitantes del acuario, incluso aquellos que normalmente se mantienen al margen de los conflictos por una cuestión de supervivencia, como si la debilidad o la inminencia de la muerte los envalentonara.
Más de una década de criar y observar peces en acuarios enseña también respecto a las especies que pueden convivir o no, a los equilibrios posibles, a los efectos devastadores de las plagas. Pero además, atempera el corazón y lo acostumbra a no conmoverse con estas muertes que, al parecer, están absolutamente previstas por el mandato de la naturaleza y de cada especie. Después de todo, todos los predadores son, precisamente, brutales.










betta splendens



Se dice que, de los felinos, los más "crueles" son los gatos domésticos, porque son los únicos que matan sin necesidad y sólo por placer (ya que sus amos humanos les proveemos alimento).


Los peces, con esos cerebritos tan pequeños, a veces se muestran capaces de una crueldad tan elaborada como sólo he podido observar en los seres humanos.


No pasa un día, si se está atento, en que no seamos testigos o víctimas del ensañamiento con el que los más fuertes (circunstancial o definitivamente, y sea en lo que sea en que radique esa fuerza o poder) ataquen a los más débiles. Es notorio en los colectivos humanos cómo los líderes de esas crueldades encuentran inesperados aliados en otros espécimenes que hasta ese momento parecían tan inofensivos como el pequeño cícilido africano que hoy, aliado con el gran Astronotus ocellatus triunfante, se dio el lujo de mordisquear un poco al Astronotus moribundo. Al parecer en los desarrollados cerebros humanos tampoco cabe la capacidad de procesar la información acerca de la inestabilidad de las posiciones y de la volatilidad del poder.


Mirando estos ataques, vuelve a mi memoria esa frase del Talmud que dice: "es mejor estar entre los perseguidos que entre los perseguidores".


Es mejor no pertenecer ni un minuto al clan de los matones que se ensañan con los más vulnerables. Incluso cuando en esa decisión de cada día nos juguemos una parte de nuestra supervivencia.¿Será así?





viernes, 10 de febrero de 2012

“Nada te queda ya, sólo la realidad”

Nada te queda ya, sólo la realidad”.

Pamuk dice que una de las primeros efectos que debe causarnos una novela es la ilusión de vivir una vida real, de que los sucesos, los personajes, son reales y, al mismo tiempo, la contradicción que genera saber que no es así. Dice: “las novelas son segundas vidas”.
Se murió Luis Alberto Spinetta, hace dos días.
A mi hermana se le quiebra la voz, desde el otro lado de la línea y yo me hago la fuerte y cuando corto pongo un disco viejísimo de Almendra que llevaba años sin escuchar y mientras suena “Figuración” desfilan en mi interior las caras, las voces, de tantos conocidos y amigos que formaron (y algunos ya no forman y otros sí) parte de mi vida.
La ciencia actual, la biología molecular y la física sugieren, como el arte de los grandes maestros como Spinetta, que somos una extraña y poética combinación de partículas. (“Dime la forma”)
Aunque no eres real”, canta el Flaco, cuando yo ni siquiera había nacido.
Somos átomos y canciones, y palabras, evocaciones, que es como decir reacciones químicas.
“Nada te queda ya, sólo la realidad”. Que es como decir: ninguna vida, se terminó la novela, las cientos de segundas vidas que este daimon inventó para nosotros. Porque esas palabras nos cuidaron alguna vez de creer que eso era todo lo que había (la realidad) que suele ser una verdadera mierda.
Spinetta, hace pocos meses, seguía componiendo cosas que nadie hizo nunca. Siempre músico, siempre poeta, siempre artista. No romántico ni indiferente a su gente y a su país, trabajador, no pijotero, sino generoso. Siempre educando, siempre entregando y entregado. Me impresionaba que, incluso quienes no eran sus fans, sentían un gran respeto por él como artista y como persona. Creo que no hay otro tan grande del que se pueda decir eso.
Autor, protagonista, de las novelas que nuestra memoria confunde con recuerdos.
Para mí, para nuestra generación, para nosotros, los que fuimos y ya no somos y los que perduramos en partes, fue al mismo tiempo el ingreso al goce adolescente de la poesía, del poder del arte en nuestras vidas, del descubrimiento del sexo, la droga y el rock n roll, pero sobre todo y antes que nada, del amor en todas sus formas: afinidades, amistades, amor de pareja, amor al prójimo, revelación, rebeldía, lucha.
Fue las tardes de bajón y nostalgias sin pasados (de esa edad en la que se añora incluso lo que nunca existió y lo que soñamos que será, que es todo posible y a la vez, edad de nuestras primeras muertes) con mi amiga M, en el piso de damero frío y el disco de vinilo en el tocadiscos de papá o en el super moderno (¿JVC? ¿Sony?) de casette de ella, Artaud, agrandadas, robándole los discos a las hermanas más grandes y a sus amigos universitarios, tan luego nosotras, de 13, 14 años, tomando todavía meriendas con tostadas y Nesquick.
Empatías extrañas, amores circulando entre amigos que seguían a algún gurú local, otros que se resistían a la lírica spinetteana y se mudaban al punk, los “modernos”, los clásicos, los hiper politizados y los seguidores de la moda, unos y otros, todos, atravesados de algún modo por él.
Odio realmente las cadenas lacrimógenas en las redes sociales, desconfío de los programas de televisión con periodistas autorrefrenciales utilizando la situación para referir sus recuerdos de Spinetta o el alcance de su influencia en nuestras vidas. No soporto las expresiones falsamente conmovidas.¡Qué carajo me importa!
Es cierto que algunos músicos, periodistas, han escrito cosas muy honestas, muy buenas, conmovedoras.
A mí, en este duelo colectivo, me importan los míos, los que prójimos o no tan prójimos, intuyo que comprenden muy bien este sentir.
Pamuk habla del novelista ingenuo y del sentimental.
No me enorgullece confesar que como escucha, pertenezco a la raza sentimental e ignorante que se deja llevar por las emociones y, (horror) hasta por los sentimentalismos. De los músicos pienso que son, a diferencia de otros artistas cuyos procesos creativos me parece entender mejor, magos, engañadores, daimones, misteriosos hacedores de vidas partiendo de la nada, apenas de la realidad. Quizá por eso los músicos me encienden, me atraen como la luz al bicho que sabe que si se acerca demasiado morirá, (porque convengamos que hay algo letal en la música, que es tan temporal y efímera, y a la vez eterna). ¿Cuál es la materia de los músicos? No lo sé. Tal vez por eso Spinetta ha sido de lo más íntimo para mí, porque también era un poeta y yo con la palabra me entiendo mejor.

No te alejes tanto de mí”
Algunos amigos, lo sé, hoy sienten el mismo vacío, la tristeza, la sensación de orfandad que nos queda porque no sólo ha muerto una parte de nosotros, una parte importante, sino que es una de las mejores.
¿Qué daimon nos narrará mejor, nos mecerá con más calor (a veces mejor que nuestros padres) , nos sacudirá con más energía, nos hará bailar como niños, nos hará cojer como jóvenes que arden de amor?
No hay un músico, un artista, que diga algo malo y ya no por el show que se monta en la muerte de los grandes, es sincero ,es genuino, porque siempre fue así. Como si el Flaco hubiera podido sobrevolar por encima de los celos, las envidias y los resentimientos como los que los hombres solemos vincularnos, y castigamos incluso a aquellos a los que más admiramos, a los que tiene eso que vulgarmente se llama “éxito”. Pienso que ha sido un hombre que ha podido y ha sabido amar y que ha tenido la inmensa dicha de poder tener y criar a los hijos que deseó, como si Dios, si es que existe, lo hubiera compensado en un nivel personal por todo el amor que nos dio.
Pero todos lo sentimos nuestro, tan metido en las moléculas de nuestra materia como en lo que sea que configure el alma y la memoria. Desfilan ante mí todos, incluso a los que no puedo nombrar sin que se me cierre la garganta. Cada canción y cada época habla de alguien que conozco, de alguien que amé, de alguien que perdí, de mí, de las vidas posibles, de las vidas robadas, de las vidas autoeliminadas. De los que se volvieron demasiado marginales porque no pudieron aguantar la realidad (“listos del bocho”, como Quique) cuando no les quedó nada (que podía haber sido la música), de los que se pasaron de rosca o renunciaron a las apuestas más riesgosas, rendidos al orden implacable y burgués de la ambición o la cobardía. (“siempre tuviste un poco de miedo, pero ahora estás a tiempo”).
Con C. y N. compartimos el último encuentro cercano, ritual casi religioso, en el Teatro Argentino. En el momento en que le contaba a C de mis adolescentes amores por músicos que acompañaban a Spinetta, como Badalá (¿o era Z. la que moría de amor por él?) y J. Morelli, este batero (ya un hombre mayor) pasó al lado nuestro de camino al escenario y sentí que un círculo se cerraba de manera virtuosa.
Como cuando mi hijo me pidió que lo acompañe a un recital de Dante.

Una vez te ofrecí mi amor”.
No sé si hubiera/mos podido gozar del amor, como afortunadamente lo he/mos hecho, sin Spinetta. No sé si hubiera/mos sufrido tanto los desamores y las soledades, incluso las traiciones, sin sus canciones.
Esa cosa extraña y dulce que nos mantiene vivos, “una sola cosa”.
Con mi pollera girando al viento he bailado incluso sola, incluso con un bebé pequeño o un hijito que no comprendía la alegría repentina que su madre podía hacer brotar de un equipo de música y unas piernas que siempre tuvieron más deseo que armonía. Me mira ya adolescente sin entender por qué estoy tan bajoneada y le digo, hijo, es que es una parte importante de mi vida, y de la vida de mi generación. Pero eso son sólo tontas palabras.
Todos los recuerdos de Spinetta en mi vida son felices, incluso los más tristes. Hasta este tremendo bajón es un reconocimiento por tanta felicidad.
¿Qué hubiera sido de nosotros sin él? .

"Sólo baila y dime la forma ya"

martes, 7 de febrero de 2012

¿ Y vos? ("es duro como la piedra y evanescente como una mariposa")

I- Virginia y Marcel
Muchas veces, en distintas conversaciones, recuerdo esta anécdota de Virginia Woolfe de la que voy a escribir acá, pero no recuerdo si lo leí (y en tal caso, ¿dónde?), lo escuché, lo vi, lo inventé, lo escribí, lo soñé. (Precisamente ayer se lo contaba a A.F.)
Nabokov entomólogo 
Otras veces, después de mencionarlo,  lo he googleado y desaparece (o quizá aparece pero en seguida se oculta o lo olvido). Lo más cercano que encuentro ahora es una reflexión (y no atormentada, como en mi recuerdo) que en su Diario hace Virginia Woolf sobre Proust: siente que al lado de lo que él consiguió (con esa "mezcla de sensibilidad y tenacidad") lo de ella es nada. Ella dice de él: "es duro como la piedra y evanescente como una mariposa". 


II. Mariposas
A mí, en particular, las mariposas me remiten a Nabokov, al que en su momento, tras una intensa pasión, dejé de leer porque es tan perfecto que me parece que es de los que me hace sentir que todo lo que escriba es vanidad y masturbación.
Volviendo al comienzo, se me ocurre que tal vez mi recuerdo es el de una sensación de desesperanza, la sospecha acerca de la inutilidad de seguir escribiendo, frente a  la contundencia del genio literario de otro, de parálisis, como si V. Woolf hubiera expresado en verdad su deseo de desertar.
La sensación de vértigo (¡¡¡¡Dios!!!!¿Cómo pudo/puede alguien escribir así?), de sin sentido (¿para qué seguir escribiendo?), de renovación del deseo (¡¡¡¡qué ganas de escribir me provoca leer a este escritor!!!!).
Hay comienzos de novelas, versos de poemas, frases, que de pronto, emergen en nuestra memoria (resonancias, melodías, ¿personales y caprichosas sonatitas de Vinteuil?) y nos perturban, nos parece que la vida entera no vale nada al lado de esa frase, que la literatura es todo y casi cabe en esas palabras, cosas del tipo: "Por favor recuerda, recuérdame, recuérdanos así" o del tipo "y tenía el corazón//lo de abajo para arriba" o " Yo pertenezco a un mundo que se fue" o "quería ser caballo".
Hay escritores que me han producido al mismo tiempo toda esa contradictoria gama de sensaciones. 


III- Dickens (for ever)
Algunos, estimularon en su momento (o aún lo hacen) una necesidad de escribir ineludible. Ese fue el caso de Dickens en mi infancia, por ejemplo (y de escribir "a lo Dickens" obviamente). Y sólo por eso, por esas deliciosas tardes en la intimidad de la fuga hacia otros mundos que él me posibilitó, por la salinidad dulce al sorberme las lágrimas que ocasionaba la lectura reiterada de la muerte de la Sra. Copperfield (y encontraba las delicias del consuelo en el abrazo de mi padre); el odio y compartido con mi hermana hacia el espantoso y pérfido Uriah Heep, las horas del tiempo sin límites dibujando o escribiendo retratos de la figura trágica y romántica de Steeforth ; años después, en una edición en papel biblia que estaba en la biblioteca de mi escuela primaria, La pequeña de Dorrit y la Historia en dos ciudades (creo que es  última era de Austral, como El grillo del hogar y Cuentos de Navidad¡eterno amor a Charles, el genio del melodrama!
Tal vez es porque en el fondo soy una antigua, un espécimen de una raza en extinción, una ingenua, una mal educada, y aún a mi pesar, me parezco más a aquel lector del cual Borges dice que "ya no van quedando lectores, en el sentido ingenuo de la palabra, sino que todos son críticos potenciales." (Borges en  “La supersticiosa ética del lector”, 1932)
¿Y vos, qué clase de lector sos?

miércoles, 1 de febrero de 2012

Lisboa. Un melodrama, novela de Leopoldo Brizuela

¿El pésimo escaneo invitará a la curiosidad?
Ni por asomo me propongo reseñar Lisboa. Un melodrama, novela de Leopoldo Brizuela (Alfaguara, 2010, 724 páginas), porque seguro que varios lo han hecho ya mucho mejor de lo que yo podría.
Sólo escribo apurada, pensando en amigos y lectores de este blog, en cómo evitar que se vean privados de iniciar esta aventura de adentrarse en un perfecto melodrama argentino, ocurrido en una sola noche, años 40, plena guerra, en la Lisboa aún neutral. No se dejen amedrentar por el tamaño de la obra, porque una vez adentro, ya no se quiere (ni se puede) uno alejar de los mundos de esos personajes, tan bien presentados en el comienzo con el listado de Dramatis Personae al que uno recurre sólo al principio porque avanzada la lectura ya nos sentimos muy familiarizados con todos y cada uno, con los históricos y con los puramente ficcionales (aunque todos lo son), involucrados en esas tramas en las que, al entrecruzarse, van descubriendo temas en común: (¿quién soy?) la posesión de un secreto doloroso que condiciona la vida entera; la bastardía (busca de identidad, rechazo); las madres locas; los padres abandónicos; los hijos sin hijos (No future); los hijos sin padres; los tránsitos de los artistas (fadistas y tangueros, argentinos y europeos) entre los márgenes del lumpenaje y los aristócratas; el exilio, la homosexualidad. El suicidio y la muerte. Los perseguidos y los perseguidores entre los que, al parecer y como ya se sabe desde que el mundo es mundo, se divide la humanidad.Todo ello en un contexto en que los vínculos del poder político, religioso y económico se manifiestan al límite del equilibrio entre la neutralidad (portuguesa y argentina) y la guerra, la diplomacia y las armas; en la Argentina (que es como el fuera de campo constante) en el recuerdo el ocaso de una etapa y de una clase oligarca argentina decadente, el lento ascenso de los hijos de los inmigrantes de la Europa del gaseo de retardados y judíos en los campos y el reviente de los tugurios y cabarés del puerto de Lisboa, donde los pobres se ganan la vida mediante la prostitución, el robo, el chantaje y la extorsión. Y los ricos hacen exactamente lo mismo.
Como un arquitecto magistral de la palabra (sic, sic), Leopoldo Brizuela estructura la obra desde el centro de esa larga noche que comienzo con el atentado ¿terrorista? al barco Boa Esperanca, anclado en el puerto y en el que planean huir miles de refugiados ante la eventual ocupación nazi. El clima de caos y apocalipsis que se origina, las voces, la atmósfera triste de los fados y las nostalgias de los tangos discepolianos, como en un drama balzaciano (yo he sentido por momentos, además de las referencias expresas a Dostoievski y otros genios del melodrama, citados a Dickens, a Balzac) hacen emerger los saudade y el clima de clausura de futuro (y de esperanzas) propio del género. (Y esas pinceladas de histrionismo, un humor grueso por momentos, que nos permite el respiro de una carcajada que pone un poco en ridículo incluso a los personajes menos queribles, las escenas del pajero y cobarde Ordóñez, secretario del consulado, con la fadista, bella y joven, Amália, o de la recorrida de su esposa, amargada y estéril, Sofía Abascal Oliveira con el "invertido" Darío, secretario del Maestro, me remiten a una comedia musical en la que en medio de la escena más sórdida los personajes se ponen a bailar una coreografía que alivia al lector/espectador).
¡¡¡Envidiable maestría narrativa y perfecta composición del tono, las voces, los matices de tantos personajes complejos, creíbles, que van mostrando las puntas de sus secretos tan de a poco en medio de los círculos infernales a los que esa noche de 1942, como una caída del telón, va revelando, para que sepamos lo que ocultan y quiénes son, como en los tangos y en el cine argentino de los 40!!!
Eduardo Cantilo, cónsul de la Argentina en Portugal, el Benfeitor que gestiona, en nombre del gobierno argentino, la donación para no sé sabe qué hambriento destinatario, de un barco cargado de trigo; Ordoñez y su esposa Sofía; Oliverio, exiliado argentino y barman del Gondarem –cantina donde fado y aristocracia se acoplan–sometido a las manipulaciones del pérfido Isidro Lopes, maitre del Gondarem; el joven, sospechoso y atractivo Ricardo De Sanctis (¿cura, discípulo dilecto de el Patriarca de Lisboa o espía?)y el misterioso Oswald De Maeyer; el Sr. Mandelbaum, y la policía torturadora del dictador Salazar, los servicios de inteligencia; la actriz de cabaré Maryvonne de Lang y su hijo Esteban; la Condesa de Altamoente, la puta Teresa; Tania y Enrique Santos Disciépolo; el mayordomo de la Residencia argentina; el fantasma de Gardel; una tropilla de huérfanos encerrados en un barco, refugiados que huyen del avance nazi, una condesa italiana en muletas, príncipes tardíos, entre muchos otros.


Y así quedamos envueltos, en esa larga borrachera de la noche final, todavía capaces de burlarnos de nosotros y de los otros, de nuestros torpes intentos de zafar del dolor, en clave de comedia, en clave de melodrama, (que a decir verdad, es mi elemento) y si pudiéramos hacerlo bien, como las divas, enjoyadas y con una copa de champán, nos iríamos, novela en mano, cantando:

Quien sos, que no puedo salvarme
Muñeca maldita, castigo de dios...
Ventarrón que desgaja en su furia un ayer
De ternuras, de hogar y de fe...
Por vos se ha cambiado mi vida

("Secreto", E.S. Discépolo, 1932)