Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 10 de febrero de 2012

“Nada te queda ya, sólo la realidad”

Nada te queda ya, sólo la realidad”.

Pamuk dice que una de las primeros efectos que debe causarnos una novela es la ilusión de vivir una vida real, de que los sucesos, los personajes, son reales y, al mismo tiempo, la contradicción que genera saber que no es así. Dice: “las novelas son segundas vidas”.
Se murió Luis Alberto Spinetta, hace dos días.
A mi hermana se le quiebra la voz, desde el otro lado de la línea y yo me hago la fuerte y cuando corto pongo un disco viejísimo de Almendra que llevaba años sin escuchar y mientras suena “Figuración” desfilan en mi interior las caras, las voces, de tantos conocidos y amigos que formaron (y algunos ya no forman y otros sí) parte de mi vida.
La ciencia actual, la biología molecular y la física sugieren, como el arte de los grandes maestros como Spinetta, que somos una extraña y poética combinación de partículas. (“Dime la forma”)
Aunque no eres real”, canta el Flaco, cuando yo ni siquiera había nacido.
Somos átomos y canciones, y palabras, evocaciones, que es como decir reacciones químicas.
“Nada te queda ya, sólo la realidad”. Que es como decir: ninguna vida, se terminó la novela, las cientos de segundas vidas que este daimon inventó para nosotros. Porque esas palabras nos cuidaron alguna vez de creer que eso era todo lo que había (la realidad) que suele ser una verdadera mierda.
Spinetta, hace pocos meses, seguía componiendo cosas que nadie hizo nunca. Siempre músico, siempre poeta, siempre artista. No romántico ni indiferente a su gente y a su país, trabajador, no pijotero, sino generoso. Siempre educando, siempre entregando y entregado. Me impresionaba que, incluso quienes no eran sus fans, sentían un gran respeto por él como artista y como persona. Creo que no hay otro tan grande del que se pueda decir eso.
Autor, protagonista, de las novelas que nuestra memoria confunde con recuerdos.
Para mí, para nuestra generación, para nosotros, los que fuimos y ya no somos y los que perduramos en partes, fue al mismo tiempo el ingreso al goce adolescente de la poesía, del poder del arte en nuestras vidas, del descubrimiento del sexo, la droga y el rock n roll, pero sobre todo y antes que nada, del amor en todas sus formas: afinidades, amistades, amor de pareja, amor al prójimo, revelación, rebeldía, lucha.
Fue las tardes de bajón y nostalgias sin pasados (de esa edad en la que se añora incluso lo que nunca existió y lo que soñamos que será, que es todo posible y a la vez, edad de nuestras primeras muertes) con mi amiga M, en el piso de damero frío y el disco de vinilo en el tocadiscos de papá o en el super moderno (¿JVC? ¿Sony?) de casette de ella, Artaud, agrandadas, robándole los discos a las hermanas más grandes y a sus amigos universitarios, tan luego nosotras, de 13, 14 años, tomando todavía meriendas con tostadas y Nesquick.
Empatías extrañas, amores circulando entre amigos que seguían a algún gurú local, otros que se resistían a la lírica spinetteana y se mudaban al punk, los “modernos”, los clásicos, los hiper politizados y los seguidores de la moda, unos y otros, todos, atravesados de algún modo por él.
Odio realmente las cadenas lacrimógenas en las redes sociales, desconfío de los programas de televisión con periodistas autorrefrenciales utilizando la situación para referir sus recuerdos de Spinetta o el alcance de su influencia en nuestras vidas. No soporto las expresiones falsamente conmovidas.¡Qué carajo me importa!
Es cierto que algunos músicos, periodistas, han escrito cosas muy honestas, muy buenas, conmovedoras.
A mí, en este duelo colectivo, me importan los míos, los que prójimos o no tan prójimos, intuyo que comprenden muy bien este sentir.
Pamuk habla del novelista ingenuo y del sentimental.
No me enorgullece confesar que como escucha, pertenezco a la raza sentimental e ignorante que se deja llevar por las emociones y, (horror) hasta por los sentimentalismos. De los músicos pienso que son, a diferencia de otros artistas cuyos procesos creativos me parece entender mejor, magos, engañadores, daimones, misteriosos hacedores de vidas partiendo de la nada, apenas de la realidad. Quizá por eso los músicos me encienden, me atraen como la luz al bicho que sabe que si se acerca demasiado morirá, (porque convengamos que hay algo letal en la música, que es tan temporal y efímera, y a la vez eterna). ¿Cuál es la materia de los músicos? No lo sé. Tal vez por eso Spinetta ha sido de lo más íntimo para mí, porque también era un poeta y yo con la palabra me entiendo mejor.

No te alejes tanto de mí”
Algunos amigos, lo sé, hoy sienten el mismo vacío, la tristeza, la sensación de orfandad que nos queda porque no sólo ha muerto una parte de nosotros, una parte importante, sino que es una de las mejores.
¿Qué daimon nos narrará mejor, nos mecerá con más calor (a veces mejor que nuestros padres) , nos sacudirá con más energía, nos hará bailar como niños, nos hará cojer como jóvenes que arden de amor?
No hay un músico, un artista, que diga algo malo y ya no por el show que se monta en la muerte de los grandes, es sincero ,es genuino, porque siempre fue así. Como si el Flaco hubiera podido sobrevolar por encima de los celos, las envidias y los resentimientos como los que los hombres solemos vincularnos, y castigamos incluso a aquellos a los que más admiramos, a los que tiene eso que vulgarmente se llama “éxito”. Pienso que ha sido un hombre que ha podido y ha sabido amar y que ha tenido la inmensa dicha de poder tener y criar a los hijos que deseó, como si Dios, si es que existe, lo hubiera compensado en un nivel personal por todo el amor que nos dio.
Pero todos lo sentimos nuestro, tan metido en las moléculas de nuestra materia como en lo que sea que configure el alma y la memoria. Desfilan ante mí todos, incluso a los que no puedo nombrar sin que se me cierre la garganta. Cada canción y cada época habla de alguien que conozco, de alguien que amé, de alguien que perdí, de mí, de las vidas posibles, de las vidas robadas, de las vidas autoeliminadas. De los que se volvieron demasiado marginales porque no pudieron aguantar la realidad (“listos del bocho”, como Quique) cuando no les quedó nada (que podía haber sido la música), de los que se pasaron de rosca o renunciaron a las apuestas más riesgosas, rendidos al orden implacable y burgués de la ambición o la cobardía. (“siempre tuviste un poco de miedo, pero ahora estás a tiempo”).
Con C. y N. compartimos el último encuentro cercano, ritual casi religioso, en el Teatro Argentino. En el momento en que le contaba a C de mis adolescentes amores por músicos que acompañaban a Spinetta, como Badalá (¿o era Z. la que moría de amor por él?) y J. Morelli, este batero (ya un hombre mayor) pasó al lado nuestro de camino al escenario y sentí que un círculo se cerraba de manera virtuosa.
Como cuando mi hijo me pidió que lo acompañe a un recital de Dante.

Una vez te ofrecí mi amor”.
No sé si hubiera/mos podido gozar del amor, como afortunadamente lo he/mos hecho, sin Spinetta. No sé si hubiera/mos sufrido tanto los desamores y las soledades, incluso las traiciones, sin sus canciones.
Esa cosa extraña y dulce que nos mantiene vivos, “una sola cosa”.
Con mi pollera girando al viento he bailado incluso sola, incluso con un bebé pequeño o un hijito que no comprendía la alegría repentina que su madre podía hacer brotar de un equipo de música y unas piernas que siempre tuvieron más deseo que armonía. Me mira ya adolescente sin entender por qué estoy tan bajoneada y le digo, hijo, es que es una parte importante de mi vida, y de la vida de mi generación. Pero eso son sólo tontas palabras.
Todos los recuerdos de Spinetta en mi vida son felices, incluso los más tristes. Hasta este tremendo bajón es un reconocimiento por tanta felicidad.
¿Qué hubiera sido de nosotros sin él? .

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me identifiqué mucho. Un genio total.

MS dijo...

Sin palabras, porqué las cromáticas las puso Usted.
No escuchemos a los periodistas (aún a la distancia) el mejor homenaje es escuchar su música porque allí se vuelve singular y tal como lo dicen tus palabras: el que fue y seguirá siendo para cada uno.

Anónimo dijo...

sigo llorando

RuBéN dijo...

El Flaco nos regaló miles de palabras hermosas, cuando se fue, se nos pegó una no tanto: tristeza. El sábado siguiente a su partida fui a escuchar a Lisandro Airstimuño, estuve todo el recital mirando pasar frente a mis ojos mi adolescencia y otros momentos de mi vida. Ahi caí, se había ido Spinetta.

Ruth dijo...

Pasan los días y crece crece crece y cada dos o tres cd que pongo, va uno de él (como casi siempre) y no hay caso, es con quien más siento, vibro, despierto. Seguiré dando gracias al flaquito