Último verano en Stalingrado, novela

martes, 24 de diciembre de 2013

Brindis por el infinito


"La diferencia entre los muertos y los que aún no han nacido es que los muertos tienen esta memoria. Conforme aumenta el número de muertos, la memoria se agranda."
( John Berger, Con la esperanza entre los dientes)


Las condiciones materiales condicionan, acortan, achican, el territorio de las posibilidades de elegir, algo así dice John Berger, algo así dicen otros antes que él. Testimonia la vida de millones de mujeres, de niños, niñas, hombres, viejos, desde los tiempos de Jericó, probablemente.
("Señor: Perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece, rezaba el Padre Mujica)
Y ahí, entre esos límites, se eligen en parte los recuerdos.
Con las ventajas que otorga haber sido amados en la infancia, haber tenido techo, haber recibido educación (y muchas veces de la buena, de la que no es mera adaptación al sistema hegemónico, de la que habilita nuevos mundos y preguntas).
Memorias construidas por las voces que se pierden en los desiertos y los oasis.
En las cartas que no se escribieron, o en las que se perdieron en las bodegas de los barcos, en los pogromos, en los campos de concentración, en las villas miserias, en las rutas salvajes, en los centros clandestinos, en el olor putrefacto de la pobreza y el analfabetismo.
Elijo recordar en las Fiestas:
La casa de la abuela y de las tías en Gualeguaychú. Flanes con miles de huevos de tía Matilde, caramelos de leche de la abuela Lola, el abuelo Antonio y sus palmaditas, Angelina, querida, yendo de allá para acá y haciendo poemas que introducen al pasado, a las formas de la rima decimonónica, al amor de los que han vivido mucho y se deslumbran ante la infancia que apenas asoma. Nosotros.
Los cuentos de tía Cristina.
La biblioteca del tío Carlos: poemas de R. Alberti y gráficos del globo ocular.
Y el río.
El frescor de las tardes en el río.
Y Enrique, Estela, Claudia, Fernanda, Buenos Aires, papá manejando eternos viajes, no había autopista, Año Nuevo en ese extraño mundo que eran los departamentos pequeños en edificios en los que vivían cientos de familias, ciudad de Buenos Aires, tan distinta a La Plata.
Descubrirla. Nocturna, superpoblada, ruidosa, seductora y esquiva.
Y el mundo de Ana e Isaac G, tíos de papá que conectaba por misteriosos caminos con esos abuelos que partieron décadas antes de que nosotros, sus nietos, llegáramos al mundo y aun así, legaron.
Calles con nombres, no hay cuadrícula, mis padres discuten, nadie sabe nunca, en Buenos Aires, dónde queda tal calle, los lugares. Ni los tacheros, ni los poetas, ni los locos al final saben.
Sabemos los "de afuera", miramos las coordenadas en los mapas.
Somos niños, la prima Claudia y el Simon con el que ilumina los relatos de terror para el primaje joven.
Y Los Carpenter en el tocadiscos (your love put me on the top of the world), y papá brindando con Enrique, balcones en las alturas, luces de una ciudad interminable, fuegos de artificio y cohetes, tan distinto a La Plata.
Navidades luego en lo de la Tía Susana. Banquetes para la vista y el paladar.
Los primos, los novios que fueron, los tantos que ya no están.
Ahora.
Paraguay en la familia.
Bienvenidos.
Fiestas nuevas.
Amores viejos.
Y un brindis por todos los que están solos.
Ciudad de Jericó
Están lejos.
Ya no están.
Y una oración por los que ya no creen en las oraciones.
Ni en los otros.
Ni en la esperanza.
O en sí mismos.
Porque:
 "No todos los deseos conducen a la libertad, pero la libertad es la experiencia de un deseo que se reconoce, se asume y se busca. El deseo no implica nunca la mera posesión de algo, sino la transformación de ese algo. El deseo es una demanda: la exigencia de lo eterno, ahora. La libertad no constituye el cumplimiento de ese deseo, sino el reconocimiento de su suprema importancia.

Hoy, el infinito está del lado de los pobres." (Berger, 2011)

lunes, 9 de diciembre de 2013

Nina Berberova, buscando la palabra exacta

“En la época en que fueron escritos esos versos yo creía que llegaría a ser alguien, pero no he llegado a ser nadie: sólo he llegado a ser”. (Jodasievich)







Tuve mi época Nina Berberova (1901-1993), como le contaba el otro día a mi amiga R.

No fue un antes y un después, esos parteaguas tipo Dickens, o Proust, o Flaubert, o Bioy, o Truman Capote, o en su momento Cortázar, Tolstoi, Dostoievski, Tolkien, Nabokov...Recientemente Boris Pahor...
No fue un amor adulto, como el de Bolaño, entregado, leal y siempre ilusionado.
Ni esos amores constantes, lugares de placer seguro, casi hogares, tipo Patricia Highsmith, Carlson Mc Cullers, Walsh, Italo Calvino, Guinzburg, Zweig, Chejov, Marai, Munro, Irving, Brizuela, Poe, Marechal...(Laaaaargo etcétera).
Pero fue mi #épocaNInaBerberova, inscrita en la tradición de mi (mucho más intensa y
permanente) #épocarusa
(Música, por favor, suenan los primeros acordes de una sinfonía, señor Shostakóvich, atención, vientos de la 13ª sinfonía; plano general de una estepa interminable nevada, entra en cuadro un caminante, humilde abrigo y trineo de mujik o de joven soldado rojo, ambos pertrechados hasta la médula....Un granero en una zona rural francesa, años 40, bombas.)


Escribí aquí de ella, de Nina, en 2009, aunque ya



había salido de ese primer encantamiento y apenas fue como dejar una miga de pan para recordar que valía la pena retomar ese camino. 
En su autobiografía El subrayado es mío (1989), me impactó ya el comienzo: cuenta que pasó toda su vida tratando de saber quién era, haciéndose preguntas, dudando. Contaba que aún (andaba por los 60 y pico cuando la escribió y cerca de los 90 años cuando se publicó) no lo sabía, pero incluso así, Nina seguía interpelándose a sí misma, al mundo, por medio de , y gracias a, y para la literatura, que era el planeta que habitaba.
Me gusta le gente que se hace preguntas, curiosa, respetuosa, que sabe que hay mucho que ignora. Nina buscaba la palabra exacta, ese quizá fue  el trabajo de su vida. 

Trágica, como toda alma rusa, en especial, como poeta y narradora sensible, enamorada de Jodasievich, huye con él con apenas 16 o 17 años, desilusionados ambos de la Revolución que ellos habían apoyado, como muchos de sus amigos escritores. Primero Alemania, luego Francia, por último EE.UU. Siempre huyendo: de la represión, la censura, del frío, del hambre; de la guerra, de los nazis, del mercado que determina si tal o cual libro merece ser publicado, fabrica sus ídolos y panteones y aniquila y condena a tantos artistas y trabajadores de la palabra.
Nina, inmersa en la pobreza; bombardeada en su patria natal, en su Francia adoptiva...Nina.

Fue admiradora de Blok y Maiacovski, y amada,(sin reciprocidad), por el primer esposo de la gran poeta acmeísta Ajmátova, Gumillev, que también integró la llamada Edad de Plata de la poesía rusa (y terminó, como muchos de su compatriotas, censurado, perseguido y "eliminado" en nombre de Stalin.)
Se mueve en los círculos de amistad de Jodasievich: Viktor Sklovski, Andrei Bieli, Marina Tsvetáieva, Roman Jakobson, Gorki, Nikolai Berdiaev...Todos expatriados que sueñan con volver a Rusia. Algunos lo harán, y sus destinos fueron tremendos bajo el regimen de Stalin. Jodasievich le propone poner fin al sufrimiento con un pacto suicida que ella rechaza. Trabaja de lo que sea, viven en las peores condiciones, con hambre, frío y nostalgia. El poeta enferma y ella lo cuida. Nina. Escribe en ruso, hace traducciones, se leen entre ellos, nadie los reconoce. Busca toda su vida "la palabra exacta": 
"Busco la palabra exacta. Hace tiempo que la busco. Al principio, la buscaba en ruso; luego, pensé: basta, nunca la encontraré, el ruso no me servirá, me perderé en románticas aproximaciones y en eufemismos. En cambio, el francés me parecía muy preciso, incluso demasiado preciso para mí, sumida en la vaguedad... Sin embargo, esa palabra, una  palabra exacta, sólida, acerada, debía existir. Dicen que, el siglo venidero, en que la esperanza de vida  se cifrará en los ciento cincuenta años, el hombre no sólo olvidará el nombre de sus abuelos sino también el de sus padres. Si algún día conocí la palabra que busco, ¿cómo he podido olvidarla?" (Berberova, 1987: 1)

Sus relatos eran tristes, en ellos (recuerdo sin releer, no me arriesgo a comprobar si sus libros se fueron con la inundación) parecía que no pasaba nada, pero los climas eran densos, los tiempos transcurrían como si estuvieran hechos de pesados cortinados de terciopelo. En la memoria, algo de una enfermedad que ella tuvo en la adolescencia se me mezcla con una novela de Nabokov, a quien ella admiraba por encima de cualquier diferencia política

Parece, según cuenta acá Juan Forn, que fue "descubierta" para el gran público de manera casi póstuma "a fines de 1989, por medio de Hubert Nyssen, director de la coqueta editorial Actes Sud", que recibió La acompañante. Radicada al final en E.E.U.U., dos veces viuda, pobre, Berberova había esperado toda su vida el reconocimiento y el poder vivir de su trabajo como escritora. Tenía 88 años, y moriría a los 92.
Vale la pena conocerla, leerla, darle el lugar y la oportunidad que la eterna injusticia humana le escatimó tantos años, y con ella, a su mundo, a sus colegas, extraordinarios poetas y narradores, olvidados porque así lo dispuso el totalitarismo brutal, en su patria, y el capitalismo salvaje, en sus exilios.

*poeta ruso, primer esposo de N. Berberova.
Algunas obras de N.B

De capa y de lágrimas
La acompañante
Chaikovski
 (Чайко́вский), biografía de Piotr Ilich Chaikovski.

Astachev en París
El junco rebelde
Historia de la baronesa Boudberg
El subrayado es mío
El mal negro
El asunto Krávchenko
La resurrección de Mozart
En memoria de Schliemann
Roquenval

Crónicas de Billancourt (Биянкурские праздники)
Nabókov y su Lolita