Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 29 de junio de 2014

Si no me mira, según Mariana Estévez mirada por mí

Si no me mira
Sí, No, me mira
sino me mira
Sí, No, me, mira
Y así.
Son pensamientos mirados en velocidad de fragmentos, que danzan frente a mi mirar de público semi analfabeto en "Si no me mira", obra de Mariana Estévez, interpretada por la histriónica Natalia Maldini (en clave Mad Men) y Julieta Ranno, dueña del tiempo coreográfico con sutileza pero mando.
Las mujeres, ¿quiénes somos sino nos miran? ¿Sino nos  mira quién? ¿Sino miramos a quién?
Una escritora dice que no puede escapar de la mirada de su madre (mirada con la que alguna vez sedujo a su padre y que hizo posible su existencia, existencia sometida al Ojo, poderoso y omnipresente, de ese mirar).
Pero están también esas madres que miran siempre un punto de fuga detrás nuestro, que nos nos miran. Nos hacen sentir invisibles. Aunque alguien más nos mire.
Imágenes que bailan.
Música de videojuego, animé japonés, la calle, el ambient, una percusión súbita y rítmica, alegría (bailemos, querida, que el tiempo es tan breve y la juventud tan efímera). Música como de película de ciencia ficción (la Nave Madre se aleja, gran plano que mira a las criaturas vulnerables, pequeñas como puntos, allá, en el lejano planeta que ya nadie mira. Ah, querida mía, la familia).
¿Son todas las imágenes simulacros, en el capitalismo?
¿Y en la familia?
Me veo en el espejo, y no se quién soy hasta que me veo en la mirada de esa otra que me mira y es: mi madre, mi hermana, mi amiga, mi maestra, mi hija, mi sobrina, mi prima, la extraña vendedora de la tienda, mi jefa, mi empleada.
La pintora, la fotógrafa, la coreógrafa,  que pone en el espacio la tensión , bajo la forma (siempre extraña para mí de algún modo) del lenguaje de la danza. El artista que hace obra de una alucinación o fantasía, para obligarnos más que a ver, a mirar. Aunque no tengamos, como en mí caso, las herramientas de comprensión del lenguaje.
Corren, se miran, se imitan, con esa estrategia imitativa de la imago-imagen de la infancia que juega al espejo para luego rechazarse, repelerse, se atraen, se buscan, se celan, compiten, se extrañan, se copian, se admiran, se lastiman.
Qué difícil es ser bella, tan mirada. Qué difícil es ser fea, tan poco mirada.
Le basta a Ella con verla (a la Otra) derrumbada para aplastarla, pisarla, pasarla por encima, "leña del árbol caído", para que sienta que (¿al fin!) es libre. Corre, escapa, pero no puede dejar de mirar atrás por sobre su hombro, la venganza no es dulce, es atroz, es como una cadena que nos une al amo aunque lo hayamos derrotado aparentemente.
Al Ama. Que nos ama, Ama que ama, pero, si no nos mira.
Todas las veces que nos nos miraron: la niña en el escenario del acto escolar que busca en el público la mirada de su madre.
La joven que busca ser mirada por su amante en el baile.
La mujer que es perturbada por la densa mirada de la señorita de Lesbos que no soporta no ser retribuida en su penetrante mirar.
La que sube una selfie tras otra en las redes sociales del anonimato infinito.
Bailan las bailarinas.
Su dúo de espejos.
Su asimetría simétrica, arriba, abajo, brazos, piernas, corre que te corro ("y nunca llego", decía la canción), que te alcanzo y ya no te quiero.
No te miro.
Vírgenes suicidas,ancianas que se detestan como en un cuento de Patricia Highsmith, intima y brutalmente.
"Los caprichos de la visión humana se aplican a las fotos igual que a todos los demás objetos que percibimos." (dice Siri Husvedt en"Fotos Antiguas")*
La percepción es compleja, requiere de la coordenada del espacio, pero sobre todo, me parece, del tiempo. De la memoria. Y de la palabra, luego, más temprano o más tarde, que nombra lo visto e invisibiliza lo que no se mira.
La memoria es caprichosa, lo sabemos, y hace que veamos apenas lo que podemos soportar, comprender, abarcar. Somos siempre ciegos frente al horror más primario de esas escenas que quedaron subterráneas. Se nos derrumba el mundo cuando el velo se corre y vemos lo que no hemos sido invitados a presenciar.
O nos ven.
Mi retina no retiene, veo, pero no miro hasta que evoco, asocio, el lenguaje de la luz y de las formas, del movimientode los cuerpos femeninos me atraviesa, me miran, ellas, que están en el escenario para ser miradas, cuando el viento que genera el remolino de su carrera mueve mi pelo, entonces, comprendo, que
allí, en la mirada,
está la vida.



*Husvedt, Siri, Vivir, pensar, mirar, Anagrama, Buenos Aires, 2013.

miércoles, 25 de junio de 2014

30 años de Purple Rain


Parece que se cumplen 30 años desde la salida de este disco, el más vendido de Prince: Purple Rain. Vendió, según leo en varios portales, más de 20 millones de unidades en todo el mundo. "El sexto álbum de estudio del cantante funky de los noventas se convirtió en un disco de culto y sus canciones se volvieron himnos para toda una generación. Además de que no únicamente era un álbum musical sino el soundtrack para la película homónima; la cual estaba basada en la vida del joven cantante dentro de la escena de Minneapolis.
El 25 de junio de 1984, día del lanzamiento de Purple Rain este llegó inmediatamente a los primeros lugares de todas las listas de América y el mundo; dejando debajo a Bruce Springsteen e incluso a Madonna. Una combinación perfecta entre soul, rock, psicodelia,dance-pop y gospel.", afirman en http://noiselab.com/blog/musica/a-30-anos-de-purple-rain/
Parece que se reedita, y por supuesto, las expectativas son muchas. Después de todo, es Prince.
Recuerdo vívidamente  escuchar el CD, en mi casa de la calle 2, en el cuarto de arriba que era un refugio-escondite. Habían pasado unos años desde la salida del disco, andaría yo por los 16 o 17. O algo más, porque los primeros CD y aquel radiograbador con bandeja llegaron después.
Tenía pocos CD, muchos casettes, incluso aún vinilos. Pero muchos menos que la mayoría de mis amigos, o mi hermana, que entendían y gozaban mejor la música. Le rendían culto. Como lo había hecho mi padre siempre con sus colecciones de jazz, de clásica, de rock incluso, y soul.
Por ejemplo, mi amiga Z tenía su famoso equipo JVC, con amplificadores y bandeja para discos de vinilo, y su doble casettera y la colección de discos de Spinetta, Fito, Charly, King Crimson, muchos devenidos en menúes de un restó platense, como ella siempre nos recuerda entre nostálgica y orgullosa. Y algunos amigos tenían directamente "todo" lo que se editaba en Argentina, o lo que conseguían importado: iban a Buenos Aires a comprar discos, emprendían esas aventuras de coleccionistas pre Internet, que los llevaban por derroteros y desvíos a veces más interesantes que el objetivo primario. Eran tiempos de iniciaciones y expedicionarios.
Como mi colección era pequeña, al igual que mis conocimientos musicales, casi puedo recordar cada CD, como si los tuviera frente a mí, la tapa de Purple Rain, que era una obra de arte como Prince, el esteticismo extremo de su genio narcisista. Escuchaba una y otra vez ese disco, en mi refugio-habitación, recuerdo como si fuese ayer, apenas, tal vez  lo compartí con algún novio ocasional o estable, posiblemente.
Pero eso lo recuerdo mucho menos.
Mientras suena una vez más y yo canto en mi interior a viva voz (nunca mejor empleada esa expresión por mí) "Honey, I Know, I Know, I Know Times R ChangingIts
Time We All Reached Out 4 Something New
That Means U 2
U Say U Want A Leader
But U Cant Seem 2 Make Up Your Mind
I Think U Better Close It
And Let Me Guide U 2 The Purple Rain
https://www.youtube.com/watch?v=Gt8BeDrMCLI

lunes, 23 de junio de 2014

Kate Croy era mala y punto

Tuve una época muy pero muy Henry James (amor, fidelidad, exaltación, Literatura), y The Wings of the Dove -en versión castellana de bolsillo descuadernada y destruida por la inundación-, se coló incluso en una novela que escribí allá por los 90 y que, por suerte para los lectores, desestimé.
Así que cualquier referencia a esa extraordinaria obra del Gran Maestro de la Ambigüedad y del Decirlo Todo Sin Decirlo pero Insinuarlo Hasta que no Puedas Escapar a la Casi Certeza de Tu Sospecha (perdón gente sabia y críticos literarios este exabrupto hijo del hedonismo lector)  para mí es como cuando en un país extraño, en un aeropuerto internacional, en una fiesta de gente rica que nos hace sentir #fueradelugar y #extranjeros, alguien pronuncia una palabra en nuestra jerga, en nuestro "léxico familiar".
("Abracadabra"; "Depón tu cólera, Aquiles"; Shalom", Serendipíty, Alea Iacta est,  Como ser Horace, "¡No seáis palurdos!").
Por eso, entre todas las cosas que cada página leída me revela, en Fresán encuentro siempre a un escritor hecho para mí alma lectora. (Sí, de esos que uno cree que escriben para uno, que nos conocen, que hablan en nuestro idioma secreto, ese incluso que nosotros mismos ocultamos a los demás por fuera del mundo íntimo literario del encuentro autor-lector).
Y cuando en la página 134 de La parte inventada (2014) leo la referencia a Kate Croy (una de las dos protagonistas femeninas de Las alas de la paloma) estallo en aplausos, emocionado llanto, me pongo de rodillas y como en estado de oración, pronuncio: "O pensar en Kate Croy en The Wings of the Dove como en alguien que tal vez no sea mala si no, apenas, alguien que se porta mal. Y, ah, la súbita complicación de comprender (de comprender leyendo) que ser mala y portarse mal, en muchas ocasiones, produce el mismo efecto en los demás. Y si te portas mal más de dos o tres veces seguidas ya eres mala y punto."
Y ay, Dios mío, tan Fresán a la vez.
Tan literatura, pura, dura, blanda, suficiente.
Maravilla.

jueves, 19 de junio de 2014

El trabajo de hacerse cargo del mundo

¿Si hacerse cargo del mundo da trabajo? Sí. 
Y recuerdo un rostro terriblemente inexpresivo de una mujer que vi en la calle. 
Me hago cargo de los miles de favelados de arriba de las laderas. 
Observo claramente los cambios de estación. 
Yo claramente cambio con ellas." ("Me hago cargo del mundo", Clarice Lispector)*

Hay un libro de Clarice Lispector que se llama Revelación de un mundo. Lleno de escenas y relatos en donde ni Dios, ni el Diablo, ni la escritora escatiman a sus criaturas experiencias de: amor, odio, intimidad, perplejidad, ira, capricho, candor.
De hacerse cargo del mundo, de lo visto, de lo observado, de lo escuchado, de lo elegido y lo desechado, del deseo propio,  del daño que causamos, del daño que nos causan, de las constelaciones y de la dificultad para encontrarse con uno mismo.
En la intimidad del silencio.
Y del anonimato.
No voy a hablar de ese libro (aunque recomiendo fervorosamente su lectura) sólo diré que
hace unos días su título me ronda como al acecho de alguna verdad.
Pone (otro) nombre a la emergencia un mundo revelado (a mi pesar y sin mi consentimiento)
frente al que me intenté rebelar
pero que, finalmente, acepto. (Aunque como diría Bioy, me conformo pero no me resigno).

Acepto que no soy buena,
que hablo hasta por los codos, incluso de madrugada en llamados telefónicos a amigas que se ponen sabias, aunque nos duela lo que saben.
Acepto que muchas veces soy feliz, siento el bienestar de una comida picante o una torta hecha por R con semillas de amapolas que son como poemas y una copa de vino y un abrazo cálido y un hijo que te llena de orgullo y una buena conversación acerca de una novela  o un libro de Clarice Lispector o una película que habíamos olvidado que vimos.
Y a veces me hundo, me hundo, me hundo, hasta el fondo del miedo y de la desilusión.
Y se me revelan los muertos que todavía tienen algo que decirnos, y trato de entablar una conversación que me deja perpleja, y sola.
O mi amor me olvida y me desvanezco.
Y escucho un disco de The Kinks. Y miro a mi gata y a mi perra y todo me parece tan perfecto.
Me hago cargo del mundo, de sus revelaciones, de las que soy capaz de afrontar, de ver. A veces hasta me hago cargo de las que sospecho pero no puedo admitir: son como fábulas fantásticas, relatos de los mares del Norte, cuentos de los pueblos galos, leyendas de los mayas, de los eslavos,  o persas, o aztecas.
Todos olvidados en los días de verano.
Dejados de lado por un daikiri dulce que se comparte con las amigas que saben reír.
Me hago cargo de que a veces no me hago cargo.
Aceptar es liberarse, tomar decisiones, afrontar la cara monstruosa de lo que pretende ocultarse pero se exhibe. Obscenamente. Eso. Como dijo Schelling: "Lo siniestro (das Unheimliche) nombra todo aquello que debió haber permanecido en secreto, escondido, y sin embargo ha salido a la luz".

¿Por qué me desenterraste del mar, padre, por qué me trajiste acá?

El monje frente al mar, 1808. Friedrich


*en Revelación de un mundo, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2005.

martes, 10 de junio de 2014

Desde la última vez

Desde la última vez que me escribiste (¿antesdeayer?)
pasaron cien mil años
un millón de muertes celulares
22000 explosiones de Supernovas
treinta mil muertes cerebrales
cientos de abejas reinas destronadas
cincuenta traiciones irreparables
y 12 declaraciones de amor.
Hubieras escrito antes.

Y al final Madame Verdurin no era tan mala

Pintura de Caillebotte. Probable ambiente de Combray.
Hace muuuuuuchos años en una de esas experiencias iniciáticas que tiene la vida, leí (más o menos al mismo tiempo que varias amigas y conocidos, como suele ocurrir con ciertas lecturas "de culto") En busca del tiempo perdido....
Siempre la literatura se anticipa a  la vida, y pone luz en lo oscuro.  Sólo que veces estamos ciegos y no vemos lo que está frente a nosotros, aceptamos como portadores de alguna verdad fuera de sí los devanemos de la supuesta ignorancia de la histérica del siglo XXI (no sé, no sé, no sé, no sé por qué lo hice, no sé, no sé) o las manipulaciones egocéntricas del obsesivo post New Age (yo, yo, yo, piso la línea, no la piso, yo, yo, yo, yo, yo, yo soy bueno, soy ético, soy impoluto, yo, yo..oh, ¿hay vida allá abajo, en el sótano donde crecen líquenes y cucarachas? Yo...yo....desde acá arriba.Yo).
Para no ensuciar o delatar a los traidores, preferimos culparnos por la cobardía o la elección de Gilberta, que nos rechaza y prefiere a Saint  Loup, como si el rechazo de Gilberta o su opción por la riqueza y seducción de Robert hablara de nosotros y no, como en verdad lo hace, mucho más y sobre todo, de ella.
Juzgamos a los otros con la soberbia de la juventud y así admiramos y queremos a ciertas personas que no valen nada más que la fantasía que depositamos en ellas al elegirlas  y nos cuesta advertir las miserias, las perversiones, las motivaciones de aquellos en los que por amor o amistad depositamos la confianza. Hasta que un día, ya maduros, al entrar enmascarados al baile, descubrimos horrorizados al cruzarnos con nuestro reflejo fugaz en el espejo que la vida ha pasado, las excusas pueden encubrir sólo a nuestros hijos y a los jóvenes, y no nos queda más remedio que hacernos responsables de lo que somos.
Y al final ni Madame Verdurin era tan mala ni mediocre ni vulgar ni chusma como pretendía, por ejemplo, la perfecta, culta, bella, elegante y sofisticada Oriana de Guermantes; ni Robert de Saint Loup era el héroe y el amigo leal, valiente y perfecto que alguna vez imaginamos.
Y quisiéramos poder decir: siempre nos quedará Combray. Pero sabemos que ni siquiera en los acordes del comienzo de la sonata de Vinteuil podremos evocar aquellos lejanos tiempos de fe y esperanza en el futuro.

miércoles, 4 de junio de 2014

Estabas ahí (In memoriam, JH)

"La memoria de los muertos, existente en la infinitud, 

puede pensarse como una forma de la imaginación relativa a lo posible. 

Esta imaginación es cercana a (reside en) Dios; pero no sé cómo."

(John Berger, "Doce tesis sobre la economía de los muertos" en

Con la esperanza entre los dientes)


Estabas ahí,
al menos a nosotros nos pareció
que te reías un poco o te habías mimetizado con el sol calentito que iluminaba la tarde
para que no nos pusiéramos tan tristes.
Y luego quise llamarte y contarte como había sido que estabas sin estar
como era esta extraña coordenada del tiempo que te puso en otro espacio
te sustrajo a nuestras bromas
y sobre entendidos.
Me pareció que sino te podíamos ver era porque estabas ocupado,
haciendo algo mucho más importante
(cosas que sólo saben los muertos)
observándonos quizá desde alguna montaña, caminando con el puchito en la boca a la vera de algún arroyo neuquino,
conversando con los dioses que todavía habitan, aunque se escondan, en las geografías de nuestra pre cordillera.
Ponele.
Que no te habías vuelto del todo tango
ni río que corre.
Como si te quedaran algunas conversaciones pendientes, de libros, de política, de psicoanálisis, sobre todo
de los amigos.
No sé si al final leíste El que tiene sed o Israfel, si lo llevaste de viaje en ese último viaje.
Me dio un poco de rabia que me hicieras trabajar tanto en soledad
sin poder discutir
sin explicarte mejor que en aquel mail que tanto te alegró por qué me parecía que habías logrado el estilo que volvía tu escritura canción para pensar
o para construir.
Nos faltó tiempo.
Tendríamos que haber festejado todos juntos.
Me pareció.
Que te alegrabas por aquello que te dije un día al respecto del estilo de este libro
impostabas la voz,
hacías al presentarnos chistes tontos
te mezclabas entre el público
me pareció que tenía razón el poeta, (lo que dice JB),
que estabas entre los vivos, antes y después
en nuestro futuro,
que anotabas en una libretita algunas discrepancias para después completarlas
que criticabas o corregías algo de lo dicho
que tomábamos un vino
que comíamos salamines y quesos con los chicos,
(Laika ligaba unas sobras como delikatessen)
el jueves próximo
mañana, ayer, que es lo mismo
sino podemos encontrarnos.