Último verano en Stalingrado, novela

martes, 10 de junio de 2014

Y al final Madame Verdurin no era tan mala

Pintura de Caillebotte. Probable ambiente de Combray.
Hace muuuuuuchos años en una de esas experiencias iniciáticas que tiene la vida, leí (más o menos al mismo tiempo que varias amigas y conocidos, como suele ocurrir con ciertas lecturas "de culto") En busca del tiempo perdido....
Siempre la literatura se anticipa a  la vida, y pone luz en lo oscuro.  Sólo que veces estamos ciegos y no vemos lo que está frente a nosotros, aceptamos como portadores de alguna verdad fuera de sí los devanemos de la supuesta ignorancia de la histérica del siglo XXI (no sé, no sé, no sé, no sé por qué lo hice, no sé, no sé) o las manipulaciones egocéntricas del obsesivo post New Age (yo, yo, yo, piso la línea, no la piso, yo, yo, yo, yo, yo, yo soy bueno, soy ético, soy impoluto, yo, yo..oh, ¿hay vida allá abajo, en el sótano donde crecen líquenes y cucarachas? Yo...yo....desde acá arriba.Yo).
Para no ensuciar o delatar a los traidores, preferimos culparnos por la cobardía o la elección de Gilberta, que nos rechaza y prefiere a Saint  Loup, como si el rechazo de Gilberta o su opción por la riqueza y seducción de Robert hablara de nosotros y no, como en verdad lo hace, mucho más y sobre todo, de ella.
Juzgamos a los otros con la soberbia de la juventud y así admiramos y queremos a ciertas personas que no valen nada más que la fantasía que depositamos en ellas al elegirlas  y nos cuesta advertir las miserias, las perversiones, las motivaciones de aquellos en los que por amor o amistad depositamos la confianza. Hasta que un día, ya maduros, al entrar enmascarados al baile, descubrimos horrorizados al cruzarnos con nuestro reflejo fugaz en el espejo que la vida ha pasado, las excusas pueden encubrir sólo a nuestros hijos y a los jóvenes, y no nos queda más remedio que hacernos responsables de lo que somos.
Y al final ni Madame Verdurin era tan mala ni mediocre ni vulgar ni chusma como pretendía, por ejemplo, la perfecta, culta, bella, elegante y sofisticada Oriana de Guermantes; ni Robert de Saint Loup era el héroe y el amigo leal, valiente y perfecto que alguna vez imaginamos.
Y quisiéramos poder decir: siempre nos quedará Combray. Pero sabemos que ni siquiera en los acordes del comienzo de la sonata de Vinteuil podremos evocar aquellos lejanos tiempos de fe y esperanza en el futuro.

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