Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 19 de julio de 2012

Una mujer "común"

Si pensaba en ella, cada más recordaba las ideas de Hanna Arendt acerca de la condición humana y la banalidad del mal. ¿O tal vez fuera el miedo, lo que nos impulsaba a la tremenda cobardía de sobrevivir a expensas de otros, como afirman otros autores?
Parecía una mujer común: todavía joven, clase media con aspiraciones profesionales frustradas, un marido que no era ni demasiado bueno ni demasiado malo y con el que aparentaban, no sé si amarse pero sí tolerarse. El nene, la nena, la familia tipo. El coche nuevo, el jardín, el perro, las vacaciones en la costa, el trabajo en la oficina, la lucha por los ascensos.
(En la expresión un gesto de resentimiento,  fijado por vaya a saber qué mandatos familiares, como si la vida no le hubiera cumplido con lo que ella merecía, que siempre era más).

Hacía de las reglas del sistema una suerte de credo primitivo: no cuestionaba nada; si el orden creado por las normas era justo o injusto, a ella la dejaba por completo indiferente.
Irma Grese, SS de Auschwitz
Y así como algunos creen en Dios como una entidad superior incuestionable, así ella creía en la lógica, en la racionalidad, en las teorías conductistas sobre el comportamiento humano, en la burocracia de su pequeño mundo. Por miedo quizá, rechazaba toda forma de arte contemporáneo: musical, literario, plástico, cinematográfico. 
( Frente a expresiones así se encogía de hombros y miraba con desprecio).
Me recordaba a esos guardias alemanes de las películas del Holocausto, esos anónimos que tuvieron importancia por unos meses, por unos años, títeres de verdaderos jerarcas con poder. Esos que se volvieron locos de ambición porque de pronto decidían sobre el destino de personas a las que odiaban, a muchas de las cuales  hubieran (o habían) envidiado en otra vida, sólo porque los creían mejores, más felices. Sin distanciarse de la norma, con el reglamento más cruel e injusto tatuado a fuego en el cuerpo de sus víctimas rellenaban interminables planillas: para allá, para acá, y en esas palabras señalaban el destino, la vida y la muerte, de cientos, de miles. Obediencia debida. Intentos de desresponsabilizarse de lo actuado.
Imagino que en otras circunstancias, de haber sido mayor en el 76,  tranquilamente habría colaborado en señalar a conocidos, amigos, compañeros de trabajo y hasta a familiares (encogiéndose de hombros podría haberse justificado: ellos se lo buscaron), sin escrúpulo alguno los hubiera llamado subversivos; gozosa habría mandado a archivar los expedientes que testimoniaban su existencia, si así se lo requería la autoridad a cargo.
Gozaba obedeciendo, más allá de mandatos y mandadores. 
Como ese personaje de Schlink, la de El lector, pero sin la justificación, si cabe, de su tremenda ignorancia , porque ella había tenido todas las oportunidades de conocer y actuar de acuerdo a una ética de la justicia, de responsabilidad.
Y aun así, vivía con miedo. "El miedo [...] hace que el hombre renuncie a su voluntad crítica; empero es importante no perder de vista que en ese acto el sujeto sigue siendo éticamente responsable de su renuncia."*

*Korstanje, M. 2010. "Corey Robin : el miedo historia de una idea política". Revista de Filosofía Dianoia. Vol 55 (65), pp. 249-258

Fuente de la imagen de irma Grese:  http://www.taringa.net/posts/imagenes/10388695/El-angel-de-Auschwitz---Irma-Grese.html

miércoles, 18 de julio de 2012

"para estos proletarios nómadas que lo dan todo con amor. "

"Para Victoria Avalos

Suerte para quienes recibieron dones oscuros
y no fortuna    Los he visto despertarse
a orillas del mar y encender un cigarrillo
como sólo pueden hacerlo quienes esperan
bromas y pequeñas caricias    Suerte
para estos proletarios nómadas
que lo dan todo con amor. "
(Roberto Bolaño, La Universidad desconocida)


(Voy a tatuarme este poema en la piel,
así nunca olvido llevarlo como un estandarte 
y recitarlo,en silencio y para mí
como una plegaria
como un himno que me acompañe 
en aquellos momentos en que pierdo de vista el mar.
Voy a tatuármelo en el pecho, en la espalda y en las nalgas
para que no me tome desprevenida
nunca se sabe de dónde vendrán las estocadas.)

viernes, 6 de julio de 2012

"A donde vayan los iremos a buscar"

http://www.abuelas.org.ar/material/destacados/destacados27.htm
 "Como a los nazis, les va a pasar, a dónde vayan los iremos a buscar."
 

Hacía frío, mucho frío cuando bajó el sol ayer en Comodoro Py. En la pantalla armada sobre el escenario, en medio de un silencio expectante, se escucharon las palabras del veredicto. “Una práctica sistemática y generalizada”, leyó la jueza del Tribunal Oral Federal 6, María del Carmen Roqueta, en la sentencia del juicio por el robo de bebés. Después de tres décadas de espera, los máximos responsables fueron condenados:  "Jorge Rafael Videla recibió la pena histórica de 50 años de prisión, que se da por primera vez, por haber organizado esa práctica. El tribunal condenó además a otros ocho represores, entre ellos a Reynaldo Bignone, Santiago Riveros y los marinos Antonio Vañek y Jorge 'El Tigre' Acosta."
Es reparador este fallo, si se tiene en cuenta que sólo Argentina, entre todos los países de América Latina que sufrimos dictaduras genocidas, ha decidido juzgarlos, a pesar de la Obediencia Debida y el Punto Final.
Pero es muy incompleto, si se considera que esos asesinos, con apariencia de viejos debiluchos y enfermos,  se van muriendo sin decir lo que hicieron con los 400 hijos que falta encontrar: muy valientes para violar y torturar a mujeres indefensas, para robar bebés, para afanar las pertenencias de los secuestrados. Inmensamente cobardes para enfrentar la mirada de sus víctimas, para aceptar las consecuencias de los juicios con todas las garantías, algo que ellos jamás le prodigaron a sus víctimas.
¿Dónde está Clara Anahí Mariani Teruggi? Chicha, su abuela, fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, lleva más de 35 años buscándola. Ha sufrido todo lo que una persona puede soportar, y más también, pero todavía debe seguir aguantando el tenerlos a unos metros a los genocidas, a los que saben dónde está, y ver que siguen callando.
Hacía frío, mucho frío cuando bajó el sol ayer en Comodoro Py. 
Había el calor de los cuerpos, los cantitos de los militantes, muy jóvenes en su mayoría, las banderas de las agrupaciones políticas y sociales, los carteles con los ojos y la consiga "devuelvan a los chicos", realizados por un grupo de artistas por la memoria como intervención; los referentes de los organismos de derechos humanos, los mensajes de texto intercambiados con amigos y compañeros que no podían estar ahí pero lo estaban siguiendo en la tele, por Internet, la radio o en su corazones; el humo de las parrillas improvisadas por un par de vendedores de hamburguesas. Había muchas personas grandes, abuelas, abuelos, familiares. Pensaba yo: ¿cómo no se van a bancar el frío si se han bancado años de espera y de búsqueda, de rechazo, de injusticia, de dolor? 
Ayer cumplía 35 años uno de los nietos recuperados, Francisco Madariaga Quintela. y todos lo cantamos como se le canta a alguien de la familia a quien no hemos visto por mucho tiempo, unos 32 años, y nos alegra volver a tener cerca.
Era imposible no pensar en personas concretas, en historias concretas, menos o más públicas, (estaba Elsa Oesterheld (que perdió a sus cuatro hijas); estaba Rosa Roisinblit, generosa y elegante como siempre, Taty Almeida, Horacio Pietragalla, Wado de Pedro, Edy Binstock, Estela Carlotto por supuesto, tantos más).
Imposible no evocar a nuestros hijos, sobrinos, ahijados,  pensar en cómo hemos podido criarlos, amarlos, tenerlos cerca, en cómo otros no han podido. En cómo no es posible quedarse tranquilos hasta que todos esos hijos sepan quiénes son y a qué familia pertenecen, en que hay que participar en los juicios por la Verdad que están ocurriendo en todo el país, tratar de aportar lo que se pueda. 
H.G. Oesterheld, Elsa y sus cuatro hijas
En la causa juzgada ayer, que incluía el robo de 35 bebés,  26 nietos recuperaron su identidad gracias a la lucha de las Abuelas, de los testigos y familiares que aportaron a las investigaciones, y de un Gobierno que acompañó a la mayoría de la sociedad que decidió ponerle fin a la impunidad: Victoria Montenegro Torres, Natalia Suárez Nelson Corvalán, Leonardo Fossati Ortega, María de las Mercedes Gallo Sanz, Carlos D'Elía Casco, Paula Eva Logares Grinspon, Victoria Moyano Artigas, Pablo Hernán Casariego Tato, Francisco Madariaga Quintela, María Belén Altamiranda Taranto, Claudia Victoria Poblete Hlaczik, Aníbal Simón Méndez Gatti, Macarena Gelman García Iruretagoyena, Anatole y Victoria Julien Grisonas, Mariana Zaffaroni Islas, Victoria Donda Pérez, Javier Gonzalo Penino Viñas, Ezequiel Rochistein Tauro, Evelyn Bauer Pegoraro, Alejandro Pedro Sandoval Fontana, Laura Reinhold Siver, Federico Cagnola Pereyra, Juan Cabandié Alfonsín, Guillermo Pérez Roisinblit y Carla Ruiz Dameri. 
En esta causa, todavía falta encontrar a Guido Carlotto, Ana Libertad Baratti De la Cuadra, Clara Anahí Mariani Teruggi, el/la hijo/a de Gabriela Carriquiriborde y Jorge Repetur, Martín Ogando Montesano, Victoria Petrakos Castellini, la hija de María Moyano y Carlos Poblete y la hija de Ana Rubel y Hugo Castro continúan viviendo con una identidad falsa. 
Hay civiles cómplices y deben ser juzgados. Pero también hay quienes todavía callan porque el miedo, aprendido hace años quizá como método de supervivencia, se les metió tan profundo que es una segunda piel. Se acostumbraron, como otros pueblos sometidos al terrorismo de Estado, al susurro. Esta es una nueva  oportunidad de liberarse y decir la verdad.

domingo, 1 de julio de 2012

Iki affaire

el arte erotico japonés II-Siglos XVII-XVIII (Uyiko-e eróticos)
 "Esta es la razón por la que “'la gente tosca' (yabo) se convierte en iki luego de ser vapuleada por la vida”.*

Era raro porque miraba las fotos y le parecía difícil admitir que esa boca (que en la pantalla de la computadora sonreía a quien quisiera verla, como seduciendo a la vez a todas las mujeres del mundo) era la misma que la tarde anterior le había proporcionado a ella, (exclusivamente, en la más completa intimidad) tantos placeres que incluían: el canto, con texturas de tenores y terciopelos, acompañado por los rasgueos de una guitarra acústica de afinación perfecta; después (en una enumeración que no implicaba juicios de valor) los besos secos, suaves, breves, sobre la curva de su nuca (¿conocía de memoria sus debilidades o adivinaba? Ella no lo sabía, se dejaba llevar hasta). 
Y luego, los besos húmedos, en el interior de sus antebrazos, de sus muslos, de su sexo, la lengua jugueteando en su boca; la sonrisa mientras preparaba el (¿tercero, cuarto?) café, ella que trataba de marcharse y no podía porque él, con esa elegancia despojada que ella para sí había catalogado de “iki", le preguntaba algo que despertaba su interés, algo en lo que se mezclaban el cine, la política, los amores del pasado, las madres de ambos y el sabor intenso de (esta vez y para variar) un té que alguno de los dos introducía en la conversación y ella se incorporaba de la butaca y sentía un irrefrenable deseo de abrazarlo mientras le olía la piel recién bañada, aromas de vapor y jabón; lo tomaba desde atrás, y él manipulaba los utensilios: las tazas (como en una canción de Melero pero sin mantel y en un cuento que ella una vez había escrito); la pava caliente, la humedad de los cuerpos y de la cocina.
Gustav Klimt - Gustav Klimt Sea Serpents Painting
Tengo que irme, dice ella y lo abraza de nuevo y él que se da vuelta y la abraza no como si la quisiera (ese amor que es posesión, destrucción y celos también) pero sí como si la deseara, como una serpiente marina de Gustav Klimt, o como en un sueño que se olvida al correr las horas del día. Y ella otra vez se dice (o se dirá luego, cuando lea ese artículo): esto es iki. 
Y lo besa, y se ríen. Como los esquimales y los adultos que han aprendido que al final sólo nos queda eso: unos momentos, unos instantes de valentía y de resignación y luego lo denso, lo vulgar (¿lo real? ¿lo verdadero?) pero también lo que da nuevos sentidos a nuestra vida, antes de volver al mundo creado por responsabilidades y grandes pasiones, los amores que echan raices 4 ever,  y deseos de trascender por medio de nuestro linaje, o de nuestras obras. Y de poseer.
Allí, en la cocina, es como el cine, como un cuento, como un affaire iki.



Shûzô, Kuki Fragmento de La estructura del iki. Reflexiones sobre el gusto japonés, de reciente aparición (ed. El Cuenco de Plata). En http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-197369-2012-06-28.html