martes, 22 de mayo de 2018

El roce, de Mariana Estévez

"As the river flows gently to the sea
Darling so we go, some things were meant to be
Take my hand take my whole life too
'Cause i can't help falling in love with you".

(Can't Help Falling In Love With You, de
George David Weiss, Hugo Peretti y Luigi Creatore)


Voy a ver El roce, la nueva obra de Mariana Estévez.
Como ya saben quienes siguen el blog, aunque he sido toda la vida público frecuente de obras de danza contemporánea, siempre el lenguaje de esta disciplina me deja un poco afuera. Con los años aprendí a no inquietarme por eso, como cantaba Federico Moura: tomo lo que encuentro en cuestión de amor, y en cuestión de danza también.
Eso no limita mi disfrute, a pesar de esa sensación de que algo se me escapa como espectadora, debido a mi ignorancia.
Así que allí estoy, frente al escenario,  o más bien, frente a la escena esperando a ver qué sensaciones me transmite la obra.
Y de pronto.
¡Oh! ¡Sorpresa!
Un nuevo lenguaje me convoca a mí, plenamente.
Frente a nosotros, el público, un trío. Dos chicas, un chico, todos bellos. Tres de un par perfecto.
En todo enamoramiento, en todo fall in love, en todo primer roce o cruce de miradas que anticipa por un instante esa caída en el amor, hay tres, por lo menos. Dice esa primera escena. El fantasma de la otra de la histeria, la puta y la amada inalcanzable del obsesivo, lo que sea.
Tres.
Por lo menos.
La obra avanza en otro registro que nos dice ya de la libertad, la experiencia (del oficio, de la vida) y la seguridad de la coreógrafa: se anima a contar desde el humor.
La música también le imprime un aire diáfano que aporta cierta idea de levedad (muy presente también en los movimientos del trío) al melodrama del ciclo de encuentro/desencuentro del amor/odio, del sexo apasionado a la frialdad indiferente, pasando por diversos registros del romance en diferentes edades y circunstancias.
Nunca encontré la cita exacta que mi memoria cree recordar de Proust, pero es algo sí como que la frivolidad requiere bastante seriedad, ver hondo, profundo digamos, y algo de esa frivolidad está presente en la escena todo el tiempo, incluso en los momentos más dramáticos de la obra. Todo el dolor del drama amoroso (celos, abandonos, rechazos, sexo desenfrenado, tibias caricias, besos que nos hacen perder la cabeza, manipulaciones, histerias, obsesiones, coqueteos, tríos, miradas por las que cruzaríamos un continente y abrazos que nos hacen perder la inocencia para siempre), visto desde el prisma del humor, es mucho más soportable, nos genera  empatía, esos guiñes, ese desparpajo en los relatos y las frases de los intérpretes, nos vemos en ellos, en algunas de esas escenas que evocan situaciones que hemos transitado, o estamos transitando, o conocemos.
Incluso, en algunos casos, no es solo una metáfora, estuvimos allí [querida amiga, qué gran humorada, vos tan vos, yo tan yo, ellos tan ellos].
Los cuerpos se mueven en el espacio, la música nos da treguas y pinchazos, las luces juegan la apuesta de lo sensual y vemos: el goce y la locura del perseguidor perseguido, el cazador cazado, la bella inalcanzable que sucumbe al encantamiento del ingenuo muchacho, o de la muchacha de las caderas sugerentes, el agotador y encantador hechizo del juego de seducción que engendra romances, matrimonios, desventuras, aventuras, cogidas olvidables, nadie de antemano sabe todas las promesas que puede esconder un roce, de esos roces.
El comienzo, con el clásico Can't Help Falling In Love With You, cantado por una de las bailarinas, Natalia Maldini,que ya nos había  predispuesto al placer. Un tema icónico del pop romántico que hace que las endorfinas bailen también en mí como si fuéramos por un instante la novia de Elvis.
Excelentes los tres bailarines, nos convocan a su juego, y desde ya, jugamos.


Foto Matías Adhemar
Ficha técnica:
El roce . Domingo 20 y 27 en El Escudo (10 Nro 1373 e/ )60 y 61) 20.30 hs

Intérpretes: Gabriel Lugo Parodi, Natalia Maldini, Julieta Scanferla
Música: Ramiro Masilla Pons
Vestuario: Agustina Bianchi
Diseño Visual: Agustina Bianchi
Diseño de luces: Martin Galle. Mate
Fotos: Matías Adhemar
Dirección: Mariana Estévez
Esta obra fue realizada mediante un subsidio del Instituto Prodanza – Ministerio de Cultura- Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

domingo, 20 de mayo de 2018

Mirarte en los ojos

Mucha gente doliendo la soledad de estar sola, otra la de sentirse sola estando acompañada.
Son tiempos donde quien no haya sembrado amores de esos que echan raíces -amores a los hijos, amores a los soles breves de los otoños fríos de tiempos de guerra, amores que son canciones y melodías que acompañan insomnios y caminatas, amores en libros que son como viajes y  máquinas del tiempo, amores evocados de rodillas junto a las tumbas de aquellos que fueron para que seamos-,
sentirá la escarcha en los pies desnudos.
Quizá no tengas un amor real para pasar el invierno, de esos que son como dormir y estar despierto como escribió Charly.
Quizá en tus noches de insomnio te visiten espejismos de historias de ayer, porque en las noches los recuerdos pueden ser como un gorro de piel en Siberia. Pero también en la nieve hay amaneceres, y la luz del día arroja nuevas claridades que nos confirman en los caminos que tomamos, a pesar del dolor.
A veces cuando hace frío y nos sentimos mal, el pasado se disfraza de perfección.
Puede presentarse como una bocanada de oxígeno para quien se ahoga, pero para vivir hay que seguir nadando hacia los puertos soñados, brazada tras brazada, patada tras patada.
Esas nostalgias son como alimentos  para escribir canciones y poemas, pero el corazón es un músculo y necesita galopes.
Hace frío, hay tanta tristeza por ahí...
Será por eso que por hoy me alcanza con esos abrazos que calientan mi sangre sin exigirme nada a cambio, o casi nada, pero donde soy quien soy ahora; dos cuerpos  acoplados que interrumpan unos instantes la voracidad del frío, mirarte en los ojos sin sentirme una  extraña.

Encuentros

Voy caminando y escuchando música. Natalia Lafourcade, Amy Winehouse, no estoy segura. Es una de las pocas mañanas de sol en este otoño triste. Me encuentro con un amigo con el que fuimos en otros tiempos muy cercanos. Nos alejamos, ambos sabemos por que, aunque probablemente ya no importe.
La muerte está tan cerca, me dice mi corazón a cada paso, que no vale la pena perder el tiempo en el rencor.
Conversamos en la calle de esto y aquello, con esa confianza de antes, hecha de ironías buena leche, y de ese descanso que significa, habiendo vivido y compartido tanto, no tener que caretear ni dar explicaciones de quienes somos.
Hablamos de rock, de hijos, de la peste amarilla, de hermanos.
Pienso para mí que es una pena que nos hayamos distanciado, éramos confidentes, la pasábamos bien, nos prestábamos los mejores libros, me enseñaba de la mejor música de todos los géneros y en nuestra conversaciones podíamos pensar como si voláramos.
Un flaco que está haciendo cola por ahí en un banco cercano nos escucha hablar de bandas que tocan ese fin de semana y, pidiendo disculpas, se mete en la conversación. Como si fuéramos de la misma estirpe, vestidos de oficina pero llevando en nosotros otras músicas.
Los dos hablamos a la vez y se nos nota el alivio, la alegría de encontrarnos sin tensiones, de habernos perdonado.
Me dan ganas de contarle cosas mías y preguntarle de él, de sus amores, pero no quiero arruinar este buen clima. Las formas de la amistad son como películas o novelas de Proust, nosotros ya no somos aquellos de otros años, nos hicimos daño y lastimamos a otros. Sé que algunas revelaciones de mi vida le harían muchísima gracia, sobre todo esos extraños vericuetos de la ciudad de las diagonales que promueven encuentros entre personas que han quizá dedicado su vida a viajar y a vivir lejos de la capital utópica a la que el amor siempre nos vuelve a traer.
El amor es una fuerza muy poderosa y hay amores y deseos que se tejen en la adolescencia y la juventud y nos marcan para siempre, incluso si vivimos sin saberlo muchos años. Las ciudades lo saben y se alimentan de eso, claro que también está el rencor, y están los celos, y está la  muerte,  y la  horrible  indiferencia.  Y  por supuesto, el maldito y asesino mundo capitalista.
Nos despedimos afectuosamente.
La vida está allí: sorprendiéndonos en cada esquina.

lunes, 14 de mayo de 2018

Una mujer rusa que mira por la ventana

Cruza las piernas, deja a un lado el libro que lee en francés, se acomoda el peinado y ahoga un suspiro.
Una vez, en otra dimensión pero con el mismo gesto, se asomó a la ventana y vio, junto al lago iluminado por el sol de una tarde que anticipaba el invierno. Lo vio: gigante, caminando en la orilla y fumando una pipa que parecía una extensión de su boca.
Ahora mira por otra ventana. No hay lago ni sol, la tarde mortecina y los edificios grises solo se consuelan con la idea de los niños que están por salir de la escuela, rodear la esquina y volver a casa.
A él lo dejó atrás. Se infligieron toda clase de sufrimientos y humillaciones. Él de eso hizo teoría, cierta fama encubriendo el nombre de ella o difamándola con falsas acusaciones. Llegó a desmentirla en Viena, hizo del amor desesperado de ella el relato de una histeria desbordada.
Ella también hizo teoría, pero antes hizo enfermedad y dolor.
Eso es todo lo que quedó del amor que parecía el mundo entero y las galaxias misteriosas.
Mira por la ventana, se acomoda el pelo, murmura algo en su lengua materna, y se acuerda de su ardiente juventud.

martes, 8 de mayo de 2018

Pozos, madrigueras y máquinas voladoras

Si pienso qué es lo que me empuja al abismo (cuyo magnetismo a veces ejerce en mí), o más bien, a ese vuelo hacia las cumbres (que su negatividad a veces provoca  en mí) diría que hay [eso, lo inefable] en ese su llamado de la selva.
El gusto por las máquinas imaginarias e imaginadas: 
del tiempo, 
de arar, 
de mirar cielos, 
de surcar mares, 
de observar lo muy pequeño, 
de hundirse en lo profundo y de volar.
Benditos catalejos, espejos, telescopios, microscopios; y la mira de tu fusil guerrillero también.
Todo lo que sirve para medir y numerar al mismo tiempo revela la imposibilidad de contar y cuantificar los números de la ecuación de la vida, del amor, de los celos, de la locura, de la inagotable sed de justicia, del sol negro de la melancolía y de los bailes de todas las Natachas, campesinas, de alegres danzas que te dicen:  en tus brazos no caeré, porque a tu baile no he sido llamada.
Y aun así, bailaré.
Fumaré mis flores, abrazaré el cuerpo del joven campesino, beberemos hasta olvidar quienes somos y Dionisio nos despertará renacidos en primavera.

***
Y a pesar de eso.
Sospecho que podríamos mirar con el mismo goce los bocetos de Leonardo de sus máquinas voladoras.
Y las ilustraciones de un sueño febril de Verne.
Y muchos mapas.
Antiguos, terrestres, lunares, marcianos, imaginarios.
Trazar itinerarios o evocar viajes propios o de otros viajeros.
Perdernos en un grabado de Blake.
Observar mariposas nabokopianas.
Navegar y cabalgar océanos mares infinitos, luchar contra los piratas o convertirnos en ellos en venganza.
Ser de una banda de irlandeses rebeldes, añorar a i compagni y cantar canciones de alegrías y llantos de las tierras del sur y del altiplano.

Pero no.
Ese sueño se esfumó tan rápido que parece que no hubiera existido. 
No fuimos esos, no somos, no estamos siendo.
Esto que ha ocurrido es un tropiezo, somos turistas accidentados y cuando tropezamos, ¡ay!...Golpes, dolores, huidas y delicias.
No hubo tiempo para el cine ni el rock & roll, ni para ir a observar el movimiento extraordinario de los planetas.
Pero a mi modo lo amé aquella mañana, después de la tormenta, mientras corría a los perros y yo me encerraba en mi capullo de seda para no salir volando antes de que me crecieran las nuevas alas.
(Nunca estuvimos tan cerca como cuando nos sentíamos tan extraños: sus manos, su canción, sus amigos, todo era como estar en mi planeta sureño).
También.
Antes de dejar que se diluya del todo y se enmarañe en la caprichosa  madeja de otros recuerdos de lo que podría haber sido y no fue, quisiera reconocer que su existir en mí me descubrió alguna música. 
Y está eso otro.
Eso otro que si para explicarlo hubiera que apelar a la palabra  -que siempre es prisión o apenas sugerencia- no podríamos. También es libertad y malos entendidos.
Y flores marchitadas y atajos y coartadas.
E diría que todo eso es mío, que me pertenece, mi ensueño, mi fábrica de espejismos, mi deseo puesto allí donde no hay: siempre donde no está, no es y no me corresponde.
Lol cayendo en su arrebato pero también Alicia descubriendo una vez más pozos y madrigueras, múltiples variantes en las que la vida nos regala su belleza, y sus posibilidades casi infinitas.
Pero que yo lo aprendiera no le enseña siempre a mis ojos, mis oídos o mi piel.
Lo aprendo, lo olvido, y mis ojos también lo olvidan, y algunos animales y algunas plantas, algunas palabras y algunas tecnologías viejas y nuevas, algunas miradas que me miran intensas, inevitablemente me llevan allí, donde no estás.
La principal diferencia entre nosotros es que mis células saben que moriremos, porque ya anduvieron por esa frontera.
Y entonces, como el dandy de la literatura argentina, me conformo pero no me resigno. Mientras dejo pasar la mayoría de los barcos que buscan puerto en mí.
Pero no a todos.
Porque ya sabemos que todo todo se olvida.

Podríamos leer un millón y medio de veces algunos pasajes de novelas, ensayos, y unos cuantos poemas sin aburrirnos (sin saber incluso que el otro los lee porque hay mundos que se encuentran sin que una sepa cómo es que eso ocurre).
Podríamos.
Pero no.

domingo, 6 de mayo de 2018

Puro desierto

J está componiendo. Se escuchan fragmentos de su música que me envuelve y me transporta.
¿Cuándo fue que empezó a enseñarme cosas? Desde antes de nacer.

Yo pienso en los espacios reales e imaginarios.
El desierto es donde no hay vida y no hay amor.
Cada tanto una flor y un espejismo.
La calle es una posibilidad de huida y de regreso, de encuentro y de escape.
Es lo contrario a la libertad y a la vez,  lo que me recuerda su existencia.
J escucha a una cantante que también escucho y escuchan mis amigas Z y M.
Recuerdo la música de A, sus ensoñaciones. Es como si lo viera en la playa, con los auriculares y los anteojos de sol, tan ensimismado, tan hermoso y tan lejano.
La boca hinchada por el sol, el cigarrillo, la certeza de su amor.
Un viento vino y arrasó con todo nuestro mundo.
El desierto esconde la vida.
Y yo quería escuchar tu música y tus canciones, pero no hay un lugar.
Hay puro desierto.
Donde no hay nadie, no estás vos, no estoy yo, no hay canciones, no nos encontramos.

La estación de las lluvias

Me dijeron que hubo un tiempo en que había cuatro estaciones. Que en el sur, en donde vivo, en mayo era el otoño.
Ahora, atravesando la estación de la lluvia me pregunto si algún día saldrá el sol, secará convirtiendo el barro en tierra y si la prematura noche de mayo, o sus mañanas, traerán la fresca.
Me dijeron que había un mundo que se podía pensar a partir de ciertas palabras e ideas.
Pero aunque las cortes y los cortesanos insistan en abrir los salones de Versalles y desplegar los protocolos de seducción y crueldad, de ambición y poder, el Rey se fue a la guerra y nunca volverá.
Algunos días escucho a un maestro que me enamora, él renuncia al amor, y me lleva al deseo de saber.
Encuentro sus gestos anidados en un libro de un poeta inglés romántico y en la soberbia respuesta que a las elegías del poeta le hace un filósofo conservador, y los quiero a los dos como no podría jamás querer a esos   delicados y tibios pensadores que son nada más (y nada menos) que cínicos disfrazados de profundos.

Ahora, atravesando la estación seca del cruel final de época, me pregunto si el mundo que conocíamos sigue existiendo, si los dioses en los que creíamos (incluso la ciencia, incluso el dinero) no han muerto también como Dios.
Miro a mí alrededor y confío en pocas cosas: la belleza, el arte, la amistad y el amor.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Sí hay cosas que interrumpen mi risa

Llega como un mensaje de ese otro mundo donde imagino que ahora estás. Recuperándolo, impusiste sin saberlo mi viejo apodo de la infancia del que sólo vos y L parecían acordarse el origen, ni yo misma lo recordaba.
Leo esas tus palabras, no falta ninguna referencia a cada cual, a cada uno. Devolviendo el gesto de amor en su justa medida, como si hiciera falta.
O mejor dicho, falta no hacía, falta es ahora, a casi tres años de tu partida, cuando la que falta sos vos y entonces cobran otro sentido tus palabras, que acarician los detalles.
Tus palabras para decirnos que fuiste feliz esa noche, esa fiesta de cumpleaños en lo de F, siempre ella perfecta anfitriona y amorosa hermana tuya y también, de alguna manera, hermana mía por decisión y adopción.
Decías de mí algo que yo jamás hubiera pensado (de mí, de la que era para vos): que nada ahoga mi risa.
Es cierto que reímos esa noche. Y bailamos, celebrando el encuentro, la vida, la patria peronista que teníamos, mucho peor de la que deseábamos, mucho mejor de la que nunca tuvimos. Un paraíso perdido ya. Celebrábamos habernos vuelto a encontrar, a querer, a acompañarnos. Compañeras de ruta, de plazas y marchas, de infancias semi clandestinas, de adolescencias militantes y artísticas, de confidencias amorosas, de esa intimidad y confianza para la que no hay muchas otras palabras apropiadas: amiga querida.
Tengo algunos regalos tuyos en mi día a día. Me acompañan, son objetos donde te hallo y te pierdo.
Es como ocurre en las plantas, en las flores más delirantes y exóticas, en los animales que nos gusta cuidar, en cierta literatura, en algunas comidas y canciones donde habitás y podemos reconocernos a pesar de los límites que impone la muerte.
No sé si te conté, un día hice una reunión en casa con tus amigas. Vos nos amistaste y ahí estamos, te tenemos en común y desde ya, eso no es todo.
A veces cuando nos juntamos con F, L, J, P, es tan grande tu ausencia que ocupa un lugar en la mesa, en el asado, en la risa, en la discusión política.
Leo esas palabras tuyas que alguien comparte.
Querida amiga.
Te leo.
Te sigo leyendo.
Te extraño cada día.

sábado, 28 de abril de 2018

Los días regalados

Se acuerda de ese día porque después de la charla del poeta maricón rebelde inconformista perseguido, se fue a encontrar con un hombre que había estado relacionado con ella de una u otra manera amorosa durante casi toda su vida.
O quizás no, quizás eso ocurrió antes, o después.
Se acuerda.
Porque el viaje de ida, con amigas, había sido el inicio de varios desencuentros, de esos puentes que se rompen, de esas naves que se queman, de esas cosas no se sabe cuándo empezaron ni hasta dónde llegarán.
A ella esos días le parecían regalados, como a todos los que anduvieron en las inmediaciones del Averno, entre pinchazos, sondas, morfina y ablaciones. Entonces, en la ruta, en la autopista, en las calles, miraba todo como si lo viera por primera vez. Y por última. La contaminación del río, las orillas de la Boca donde la policía cada tanto hace ahogar a un pibito (y todos lo olvidamos demasiado pronto).
Los edificios lujosos de la Avenida del Libertador, pobre Libertador, qué hubiera pensado de saber que en algunos de ellos, los de varias décadas, vivían confortablemente y sin culpa quienes ordenaban las torturas, vejaciones y carnicerías que ocurrían enfrente, en la Escuela de Mecánica.
Ella ya estuvo ahí.
Con A. La acompañó una vez a donar cosas de su padre. Recorrió el lugar. Sintió escalofríos. Miró a los viejos haciendo gimnasia o jugando al ajedrez en los jardines. Vio las fotos de los asesinados, entre los cuales hay varios familiares de personas que ella quiere con todo su corazón.
No lo pensó, pero algo en el cuerpo recién mutilado de ella sabía que eso podía terminarse pronto.
El poeta hace una puesta en escena performativa.
Reivindica poder ser él allí, porque en el fondo también sabe que eso puede mutar de nuevo en tragedia.
No lo verá, porque muere antes y en su país trasandino.
Donde también los hijos de los verdugos (que tras las cumbres nevadas ni siquiera han sido juzgados) volverán a mandar, igual que acá, a derrocar memorias y a hacer, como él dice, de la "amnesia política de poder".
Ella se deja conducir por las gradas, sostenida por sus amigas. Tiene un cuerpo que todavía no sabe si volverá a vivir plenamente y cómo hará para hacerlo.
Un cuerpo dolor.
Está haciendo esos duelos que hacen las mujeres, esos que no cesan, que no lloran lo perdido sino lo que pudo haber sido. Sobre todo, los hijos que pudieron haber sido.
No se encontrará con su amante esa tarde.
Al menos, no a solas.
Tal vez no hay amante.

Volverá a los brazos de su esposo quizás, pero ya lejana. Ambos lejanos, aunque todavía no comprendan el alcance de esa distancia que se ha instalado entre ellos como una sombra que no los deja a solas, salvo pequeñas treguas ayudadas por la música, las flores del bien o el vino.
En realidad, esos días ella está lejos de todo y de todos los que antes conocía, porque su pérdida es en el cuerpo un vacío poderoso que desmaterializa el deseo, como un agujero negro.
Está en la frontera entre los vivos y los muertos, y allí lo que hay es soledad. Hay que transitarla para volver a uno u otro lado, pero el viaje es largo y no excento de peligros y desvíos.
Su máscara se ríe, intenta estar y ser amable con las amigas que tienen tantas deferencias.
La agonía de otras dos que allí no están le han sacudido en la cara la verdad de la finitud, con la misma intensidad que la poesía del histriónico poeta maricón que mueve las plumas y que, por momentos, le parece que le habla a ella, solo a ella, en la lengua de los desposeídos, de los nerviosos, de la mutilados, de los que nunca quedan bien ni caen bien parados.
De los que no hacen carrera (aunque el poeta es famoso y ha hecho carrera, pero está enfermo, está muriendo, no es cobarde), de los que nunca tienen un mango y sueñan con viajes que no pueden financiar.
Ella se deja llevar y es como si estuvieran en un teatro griego. La tragedia se hace comedia.
Cómo podemos reírnos acá, piensa ella, que todavía no leyó Necrópolis, de Pahor, ni Una misma noche, de Brizuela (¿o sí?), ni Oración, de María Moreno.
Mira las fotos de los asesinados y en el pecho algo le dice que esa breve justicia que está ocurriendo puede cesar.
¿Quién escribirá los nombres de los pibes que asesina la fuerza bruta del poder de los amos?
¿Cuándo habrá una tregua al menos, y que sea reconocida como tal por los muchos?
El poeta se ríe de sí mismo, de su mariconería, de los velorios, de la muerte, de los infiernos.
Ella se acordará unos años después.
Piensa en el cuerpo muerto de alguien con quien alguna vez gozó, hace millones de años.
Piensa en el cuerpo muerto de alguien a quien amó más que su comodidad, su conveniencia, su bienestar.
Piensa en el cuerpo vivo de ella, como una gigantesca oportunidad, y en las ganas que retornan de dejarse llevar por la electricidad de la vida.
En las miradas que reclaman justicia.
En la verdad que se esconde en los versos de un poeta trasandino, en las canciones populares que cantan, junto a una fuente en la plaza del pueblo,  en un cantón suizo del siglo XIX.
Y en los ritos funerarios, que tienen principios y finales.
En la justicia de lo que reclama Antígona, y en la necesidad de lo que se le opone.
Y mira la lluvia detrás de la ventana.

sábado, 21 de abril de 2018

No me sueltes la mano: #MisterAmerica30Años

#30AñosMisterAmérica, Live, La Plata, 20 de abril
En estos días grises de un otoño que augura mucho más que un invierno frío, de un invierno que se va metiendo en nuestros cuerpos hasta paralizarnos las ganas de pelear y de vivir, de gozar, de reír, en estos días que podrían haber sido escritos en vísperas de un ocaso epocal en clave de tragedia, el arte resulta imprescindible.
El aire que respiramos está viciado: la música nos ofrece bocanadas de aire puro para llenar nuestros pulmones algo cansados ya de batallar. La música que lava nuestras heridas y nos aleja del infierno, como canta Astarita en una de mis favoritas: "Háblame del cielo".
Y en esas noches en que quisiéramos huir de ser quienes somos y de vivir en tiempos amarillos, de profundo egoísmo y oscuridades, un show de muy buen rock, con una excelente puesta en escena de luces y videos, nos conforta el alma y nos pone a bailar aunque no nos den las tabas.
Resulta difícil creer que hayan pasado treinta años desde que esta banda comenzó a tocar en nuestra ciudad, allá en los ochenta, cuando éramos tan jóvenes (¿y algo precoces?) que todo nos parecía posible.
En cada acorde generoso de un show que no nos privó de nada, a las imágenes proyectadas se suman las de nuestros recuerdos: el Taller, el Boulevard, "la facultad" (de Bellas Artes), las diagonales de los jacarandaes, concursos en el Teatro Lozano, las bandas platenses que construyeron nuestra adolescencia y juventud y nos pusieron a reír, a bailar, a enamorarnos, a melancolizarnos, a criticar el mundo horrendo pero prometedor de los primeros años de la democracia.
#30AñosMisterAmérica, Live, La Plata, 20 de abril
Mister América, Los Peregrinos, Licuados Corazones, Peligrosos Gorriones, mezclándose en los ríos que venían navegando en Silver City las bandas de la generación que nos precedía: Virus, Los Redondos, y algunas permaneciendo y otras mutando dando lugar a otras bandas que surgirán después, atravesarán quizá rivalidades, enemistades y amistades, cercanías estéticas o lejanías y extrañezas, quién puede decirlo con certeza: Estelares, Monstruo, Norma, Villaelisa, El mató...
Lugar común es el decir que La Plata pare increíbles músicos, a veces los atrae, a veces los expulsa, a vece los acuna.
Tal vez por esos cruces que se arman en los espacios universitarios, centros culturales, bares, clubes, plazas y parques, cuando conectan pibas y pibes que llegan de distintos pueblos y otros que hemos crecido acá. La Plata cría bandas, pero también espectadores, y nos vamos haciendo unos a otros en rituales que nos ponen a bailar y nos devuelven unas horas de felicidad.
¡Gracias por la música, la poesía, la belleza,  Mister América!
Y los dioses quieran que los artistas no nos suelten la mano.

"Háblame del cielo
dime si es cierto que allí voy
dime que no es cierto que miento
miento en conocerme
y al fin me encuentro

Es así el cielo
dime cuanto tiempo estoy muerto
cuéntame la vida que dejo
sana mis heridas
y no hables de infiernos

Dime mis amores
cuéntame mi casa y nombre
dime que fui noble y valiente
y si eso no es cierto
no me lo digas

Dame otra vida
una en la que no pida nada
una que me lleve liviano
una en la que ya
no me sueltes la mano
no me sueltes la mano
no me sueltes".

La banda está formada por Ricardo Pontano (guitarra), Jorge Leguizamón (guitarra), Horacio Núñez (bajo), Agustín Cueto (batería) y Gustavo Astarita (voz y guitarra)