miércoles, 17 de abril de 2019

Demasiado hombres

"En mi trato con las mujeres, entonces, 
fui el abanderado de la enseñanza que recibí: 
amor es lo que falta".
(Daniel Guebel, El hijo judío)

Me piden que presente un libro de un autor a quien admiro, pero no conozco personalmente. He leído algo de su obra, pero no este libro, y tampoco lo que, en apariencia, él considera más importante, a juzgar por los mensajes que me hacen llegar, y las entrevistas que leo en mi pesquisa, tratando de averiguar quién es el escritor, el narrador detrás del personaje, ya que no la persona.
Se declara misántropo y compartimos algunas quejas: se queja de la academia, el esnobismo, ciertas reglas de juego de la sociedad culta, burguesa, actual.
Culpa a la madre, odia al padre, ambos lo conmueven.
Se declara frío, Casanova, temeroso de causar sufrimiento en el amor, culpa del padre y de cómo le hizo ver de chico que ya no amaba a su madre y que iba a abandonarlos, a todos, a la familia.
Como si dijera que los padres, cuando ya no aman a las mujeres con las que han tenido hijos, abandonan también a esos hijos.
Eso me hace pensar en algunos hombres que conozco, y en mi propio padre, y en el padre de mi hijo, y en algún hombre que amé y con el que fantaseé con tener hijos.
¿Las madres siempre somos culpables de todo, incluso, de no haber podido retener el amor de los padres de nuestros hijos, a los ojos de algunos hijos? O peor, ¿de no haber amado lo bastante a los padres, al punto de sacrificarles todo en altares en los que los hijos puedan seguir practicando el culto, sin verlos caer, ni caídos, ni impotentes, ni débiles, ni quebrados, ni muertos, como a veces, muchas veces, están?
Le escribo a M y le hago un reclamo light, descafeinado, vegano, como el vínculo que tuvimos. Más por mí que por él, como para comprobar si ha sido real, si realmente compartimos algo. Busco en esas palabras construir una suerte de "the end", o quizás una forma de cerrar algo anterior, algo con alguien con quien no puedo hablar, y con quien ninguna palabra es light, ni suave, ni tierna. Con ese hombre todos los intercambios fueron como un diálogo entre personas que hablan lenguas diferentes, pero aparentan entenderse, para luego comprobar que todo lo que pueden decirse raspa, duele, conmueve. Pero está vivo.
Y la vida es algo a lo que aferrarse con determinación, a pesar incluso de los rechazos, mientras somos arrojadas a la muerte, que nos aguarda irremediablemente.
Con algunos hombres es como si volviéramos a nacer, mientras ellos nos expulsan, nosotras peleamos por quedarnos, y cuando intentan retenernos, nos parimos y pasamos por el canal de parto luchando para alcanzar esas bocanadas de mundo que llenarán nuestros pulmones de nuevo.
Y juzgamos con dureza, porque no supieron o no quisieron elegirnos, pero sobre todo, porque no supimos cómo hacernos amar, sin quizá aceptar que son hombres demasiado hombres que están muy ocupados en resolver -en su forma de relacionarse con con el amor- sus duelos con sus padres, como Kafka, como G, como tantos más.



viernes, 29 de marzo de 2019

Cuando seamos más jóvenes

Tuve ganas de decirle que cuando fuéramos grandes volveríamos a encontrarnos y a amarnos.
Hiroshigue
Pero después recordé que ya éramos grandes, y habíamos dejado atrás muchas oportunidades.
No diría desperdiciado, porque muchas veces fuimos y volvimos en el tiempo para encontrarnos y compartir diversas formas del amor. Sin ansiedades, sin dramatismos, como amigxs que se saben los deseos, como amantes que se toleran los desencuentros y traiciones.
Tuve ganas de decirle que sacaba lo mejor de mí, y creo que se lo dije alguna vez.
Y después, puse una canción de George Harrison y me acordé de él, de sus guitarras, y de la que yo estaba siendo cada vez que el tiempo nos volvía a cruzar.
Y siempre había sol, salvo una lejana primera vez en una playa nublada donde el futuro era infinito.
Y le dije: cuando seamos de nuevo adolescentes, volveremos a encontrarnos, para amarnos, si es que todavía nos parece un buen plan para una tarde de verano o de otoño.

martes, 19 de marzo de 2019

Blue moon, you knew just what I was there for

No, no soy buena.
No puedo perdonar algunas afrentas.
A veces odio.
Sé que es el precio de amar, quisiera dejar de odiar y de doler. Pero no cambiaría lo bien que me hizo sufrir el que mejor me hizo sufrir.
Mi cristianismo está fallado, roto, y si una imagen me trae una mirada suya, una en particular,
podría olvidar incluso todas las injurias.

Los cuerpos saben antes y olvidan después.

Las palabras pueden ser flechas lazadas hacia el blanco indicado, pero los corazones con cicatrices casi nunca aciertan. No puedo dejar de amar todo lo que no sos, ni fuiste, ni serás mientras odio tu obstinada indiferencia.
Y mi miedo.
La Luna llena explota de erotismo, el mar es siempre promesa y adiós.
(Blue Moon sabe que espero sin esperanza lo que nunca será, lo que me fe arrebatado, lo que añoro en las plegarias que rezaría si supiera rezar).
Sé que es todo lo que invento y nada es real.
Lo único real es su máquina de humo y su talento como director de marketing.
Y un intenso amor que no provoco ni recibo.

Lo dejo atrás como se abandona lo que ya no; pero un día la Luna llena y el otoño prematuro, y esas calles de mi barrio platense que podrían ser menos tristes, lo traen. Entonces tomo el recuerdo informe y lo amaso, lo acaricio, miro en las pupilas un espejo que no hubo, me maldigo por no amar al que me acaricia los hombros y me sonríe como cuidándome.

Sé que estás muerto, pero en mí seguís vivo, como si habitaras en el límite entre mi alma y el mundo, perforando con tu ausencia mi piel que alguna vez deseaste como un perro rabioso. Volvés como reencarnando en la forma en que amo a un hombre que quiso y no pudo, y en uno que pudo pero no quiso.

Los cuerpos no olvidan, pero tampoco aprenden.

(Blue Moon decile que  "please adore me").

viernes, 15 de marzo de 2019

Gracias por hablarme

Carga el cajón sobre el hombro, realiza la maniobra, lo baja. Lo deja en el piso. Se le nota el cansancio, todavía no son las 9 de la mañana, pero su cansancio no es el del día, o de una mala noche, no es el de un pibe de veinte años sano.
Es el cansancio de la pobreza combinada con la desesperanza.
Elijo una planta, un potus. Le pregunto de dónde es.
Del campo, me dice. Creo que se refiere a las plantas. Se ve que no está acostumbrado a que le pregunten por él.
Pero vos de dónde sos, insisto.
De José C Paz, me dice. ¿Ah, y cómo te venís? Me traen en una camioneta.
Hablamos un ratito, sobre la escuela (a la que le gustaría volver), los pinitos que huelen a limón (me los hace oler). Insiste en que me lleve el  pinito, pero yo quiero el potus.
Mirá que te hago precio porque sos la primera que me habla.
Su cansancio es el cansancio de los que nadie registra, de los no reconocidos.
No es el primer pibe que vende en la calle (medias, plantas, curitas, ml que sea) que me lo dice.
Gracias por parar, gracias por hablarme.
No sólo hace falta dar una mano comprando la mercadería.
Hay que mirar a los ojos y bancar, y bancársela.
Vivimos apurados, no siempre tenemos tiempo para detenernos y preguntar un nombre, una historia, hacerle saber a alguien derrotado y humillado, que su presencia no es invisible, que desde que los dioses nos dieron nombres, estamos siendo humanos y humanas.
Y antes de irme ya se acerca otra persona a comprar.
Y yo me voy con el corazón acongojado por el dolor de sospechar que estos miles de cansancios no tendrán tregua.

sábado, 9 de marzo de 2019

Recuérdame así

Alejandra Caballero, Fuente de la imagen
Hay gente que pasa por tu vida y no deja huellas,  es como una brisa sin fuerza de un otoño mortecino.
Y hay gente que te arrasa, que te arrebata, como un huracán o un tornado. Nada queda igual después, una se vuelve otra. Peor, mejor, eso quién sabe. Pero distinta.
Una no elige.
Sucede.
Es como mirarnos desnudas al espejo con detenimiento.
Como cuando nos desprendemos el corpiño en la soledad de nuestra habitación y por un instante, ese gesto que no se dirige a nadie, nos trae una memoria.
Descubrir o re descubrir algunas cicatrices cuyo origen nos constituye, tenemos un relato, varias versiones incluso.
Y otras que sólo al verlas decimos, cierto, es de tal cosa.
O a veces ni eso. No recordamos.
No hay modo de saber qué huellas dejamos en la vida de otras personas.
Tiendo a creer que me olvidan rápidamente justamente las personas que más marcas me han dejado.
L dice que tal persona me alude en una diatriba de red social, yo no lo creo. Más bien creo que esa persona no recuerda mi existencia, como me sucede a mí con otras personas.
Y me sorprende la oscuridad de una noche más de tormenta y sin luz murmurando uno de los mejores comienzos de novela, como un mantra que convoca los recuerdos: recuerda, recuérdame, recuérdanos así.
Así como en ese instante en que logramos detener el curso del tiempo y ser felices un instante.
Así como ahora, perdonando, en mi mejor versión de mí, recordando, en ti mejor versión de vos.
Así.
Mientras podamos.
Antes del diluvio o del Apocalipsis.

martes, 26 de febrero de 2019

No era de mi pago


Capaz era la noche y la bebida.
No era mi música, pero el cuerpo se dejaba llevar en ese baile, porque de a poco la tensión de las adrenalina iba cediendo después de la última tormenta.
Quizás era el miedo, las hogueras en las calles, los árboles caídos, la noche que dejaba a la intemperie a los abandonados, volados sus techos, perdidos sus sueños.
Habitantes de un cómic de los ochenta, como El sueñero, caminantes de desiertos infértiles, como en Blade Runner, creyendo que todavía estamos vivos.Vivas.
Mejor otro trago, mejor otro baile.
Me dejé llevar.
Y me iban llegando imágenes de mi último amante. Imágenes envueltas en música y viento que entra por las ventanas borrando heridas y encuentros sin importancia, casi deportivos.
Las copas de los eucaliptos y los álamos, a lo lejos, que no son ahí amenazantes, sino estimulantes. Los perros que ladran a la Luna, memorias de su pasado salvaje, los coros de insectos polimorfos. Como si hubiera otros mundos, con horizontes infinitos y parcelas más pequeñas, para que más podamos vivir de la tierra y no todo para unos pocos jinetes desalmados de Apocalipsis y ocasos.
Me llegan esas imágenes, y el olor de la noche fresca y de su piel.
Me sorprendí, no sabía que me habitara así, apenas nos conocíamos. Era un alivio, el cuerpo libre de obsesiones, ya no me traía recuerdos del malabarista de emociones, del subibaja de los encantamientos a los que cedí, por tontería o nostalgias de mundos que ya no existen. Libre al fin de los recuerdos de lo que pudo haber sido, de inventar una novela del pasado en una mirada que hipnotiza y traiciona en el mismo gesto.
Quizás eran los pies sin zapatillas de la nenes.
Los cuerpos agusanados de los animales, recuerdos de selvas en ciudades con predadores humanos o con zombis que creen que están vivos. Ciudades latinoamericanas de inmigrantes, puertos destruidos y fábricas abandonadas, nenas prostituidas, olores fétidos. Talleres de amor y luchas, y esos niños y niñas tan chiquitos: sus manitos tomando tu mano, y sus andares andando a tu paso, niñez de hierro, soledad y un amor que cree en todo a pesar de las evidencias.
Creemos.
Qué saben tantos ya de eso, y si supieron,  olvidaron, encerrados en claustros y mundos cortesanos de academia, como a veces nos quedamos, donde parece que son importantes problemas las pequeñas rivalidades y miserias, y los gritos del mundo no se escuchan, y se luchan batallas del absurdo por oropeles que al rato ya no valen nada, o casi nada. Así me llegan las palabras de mi amigo N, que me cuenta como hazaña, como asombro del ajuste que tal día, con el auto roto, no tomó un taxi sino que tuvo que caminar para ahorrarse el gasto. Yo lo escucho y pienso, cómo es posible que lo que para tantos, para mí, ya es hábito sea todavía síntoma para quien siempre estuvo tan colmado que no sabe vivir apenas un contratiempo sino como privación. Ya no tenemos auto, ni taxis, ni siquiera tenemos ese problema. ya hace rato nos despojaron de esas comodidades y aún así todavía sabemos que nada de lo que nos falta es lo que importa a la hora de la hora, porque nuestra casa es de ladrillos y aguanta las inundaciones y tormentas. Los privados de todo perdieron los techos una vez más.
Y volverán a perderlo. El problema no es la guerra de los Lannister contra los Stark, aunque esa guerra enseña mucho y nos enseña quienes somos y de qué somos capaces si se meten con lo que amamos, el problema es la amenaza que viene del Norte. 
Capaz era eso también.
Que no era de mi pago ni de mi tribu ni sabía de mi, ni de mi escritura, ni de mi pasado,  ni de mis amigos y amigas, ni de mis amores  y sin embargo, podíamos conversar como si habláramos el mismo idioma, escucháramos la misma música y viviéramos en el mismo planeta, donde hay todavía árboles de pie y algunas esperanzas colectivas. Enseñándome un poco, tan a la hora del crepúsculo y de unos cuantos años, los beneficios de menos ansiedades y más saciedades.

jueves, 21 de febrero de 2019

Picando

Se la deja picando.
Y queda picando.
Ella, que está cansada tan cansada de tantas cosas (sobre todo de ella misma), se refrena y dice: paciencia. No apurarlo. Si ella tampoco tiene apuro.
Y así van pasando las lunas y los días.

domingo, 3 de febrero de 2019

Noche

Qué lindo es chapar en un sillón, calentarse, apretar, franelear en un banco de plaza, me dice.
Es como volver a tener 13 o 14 en los ochenta.
Como si cantara Federico y las diagonales tuvieran música, adoquines y futuros.
Es como sentir, haciéndose los distraídos, cómo eso que se endurece y que no se nombra por falta de experiencia, se aprieta en el calor de pelvis contra pelvis.
Dice.
Más tarde, escucha a una amiga que cuenta que su hija adolescente aún nada. Aún niña, inocente todavía, un poco ingenua, ese lugar al que ya no volveremos sino es en palabras, en recuerdos de recuerdos.
Veo la foto.
Y escucho su relato.
Y sí, qué lindo, pienso.
Cuando es mucho pero mucho más el porvenir que el ayer.
Veo la foto del sofá, los almohadones, y me vienen imágenes de él, un pibito, el pelo largo como se usaba, la guitarra a un lado, los labios suaves y las mejillas casi imberbes.  Su abrazo, torpe,  mi amor, eterno y fugaz como una luciérnaga en la pampa, noche de verano.
El olor a la promesa más linda.
Todo lo que envilece todavía no existía.
El chico en el garaje, besos robados a la vigilancia paterna, y analfabetismo para nombrar ese fuego.
Después, veo otra foto. Y donde una vez vi los rastros y los restos de un amor posible en un reverdecer, veo ahora un hombre que ha perdido todo encanto, que solo sabe cuidar de su pequeño juguete, escondido debajo de una barriga que no es amable, ni simpática, sino orgullosa, rabiosa, incapaz de bajar la guardia.
Fea.
Puro ego.
Y sí, tenés razón, qué lindo que es chapar en un sillón.
Qué lindo que es tener a dónde ir.
Qué lindo es refugiarse en los recuerdos o en los abrazos del presente.
Y olvidar la injusticia del mundo un rato.
Y las injurias de los repartidores de ponzoña.

miércoles, 30 de enero de 2019

Siempre nos quedará París

"Todo amor es desesperación, ese es nuestro secreto".
(Joyce Carol Oates,  La plataforma.)

"[...] para mí el amor va de la mano con la tristeza. 
Nunca pude amar sin estar un poco triste, pero esa ya es otra historia".

Mi amiga V me pregunta si sigo viendo a un fulano. La última vez que hablamos le conté que andaba en algo con ese hombre.
Nos vemos.
Salimos.
Andamos en algo.
Tenemos una historia.
Chongueamos.
Curtimos.
Mantenemos relaciones sexo afectivas.
Cogemos.
Somos amigos con derechos.
Es un amigo solidario.
Y etcétera etcétera para nombrar formas del amor sexual, y a veces, del amor de pareja, así, nomás.
Porque en estos tiempos estamos siendo transformados y no decimos a la ligera algunas palabras que podrían suponer compromisos que ya no. Novio. Pareja.Compañero.
Me gusta la palabra amantes. Creo que sintetiza las distintas formas del amor erótico, los desencuentros y ocasionales encuentros, y puede tratarse de matrimonios, de ocasionales y clandestinos encuentros furtivos, de vínculos que se sostienen en el tiempo, de muchas variantes que implican el amar, que es en y con los cuerpos, el amar sexualmente y tanto más. O menos. Los que aman, ya lo sabemos, ya tan maravillosamente lo escribieron Bioy Casares y Silvina Ocampo, odian.
Hablar de amor es ya un riesgo, y escribirlo mucho más. Incluso, porque abre la posibilidad a que algún amante lea estas palabras y no pueda evitar pensar que soy yo (la persona, no la narradora) y que es él (nombre, apellido, DNI) y no la materia de un escritura que es fantasía y ficción. Como todo amor.
En cambio, decir que alguien nos gusta en la era Facebook es fácil, aunque sea difícil que alguien nos guste.
Mucho más difícil es decir que we fall in love, expresión que ya expliqué en varias ocasiones es la más precisa para describir al menos mi forma de enamorarme.
Enamorarse es algo excepcional, bendición de estar vivos, maldición de penar.
No hay deseo sin herida, ya lo dijeron los grandes como Berger, Lacan, Barthes, Duras, Charly García.
No hay amor sin pasar por la herida del deseo.
Pero.
No, le respondo a V, ya no me veo con el Fulano ese. Ya ni me acuerdo, una no historia.
Y ahí la variable tiempo enloquece los almanaques.
Cuando veía a ese hombre solo intentaba dejar de penar por otro hombre que a su vez era la exacta representación de mi manera desesperada de enamorarme. Desesperada como esos personajes juveniles de Joyce Carol Oates, aferrados al amor que lacera y conmueve, que termina, pero no finaliza y vive de otra forma, pero siempre asociado a la tristeza de todas las promesas incumplidas."
El enamoramiento miente, siempre.
Por eso aliena, y después desilusiona.
No le digo eso a V todavía, pero le menciono que veo a alguien más.
No quiero entusiasmarme con palabras.
No voy a decir más que estrellas, noche, campo, música, vino. 
Tal vez un encuentro hedonista pueda disipar las heridas de las almas rusas que soñaron con mundos posibles, que eran en realidad imposibles. La vida es insistente. La noche en verano es como una droga que abraza y abrasa.
Que el amor cambia de forma y no se termina, vaya si lo sabemos después de sobrevivir a varias muertes.
(Pero primero hay que atravesar esas muertes que suceden a esas otras ansiadas petites mortes).
Lo sé cuando me escribe para compartir su ansiada felicidad conmigo, nombrar lo que impide nuestro encuentro, que ambos fantaseamos muchas veces, sin dejar de declararme una vez más lo mucho que piensa en mí y lo que le provoco. Yo lo leo y me río, y nos veo caminando una tarde de tormenta de verano en la orilla del mar, cuando éramos adolescentes y mi corazón temblaba cursimente por un beso suyo que se demoraba. Y él en cambio ve una noche de invierno en Buenos Aires, y en la alfombra de su departamento; un encuentro primaveral en la terraza de su piso del centro,  y un atardecer en mi jardín platense, como si fueran escenas sucesivas de su Kama- sutra personal. ¿Cómo no quererlo si soy para él siempre eros y belleza aunque pasen los años? Y ambos sabemos que siempre nos quedará París. 
En cambio, si en lugar de ir por el camino de Swann voy por el de mi Méséglise local, aunque ya no doy rodeos para evitar los lugares peligrosos, lo único que encuentro es la cripta de mármol, la frialdad de un silencio quizá culpable que se hace enojo porque no pudo amarme como yo, tal vez, hubiera podido, y en cambio de amor, se transformó en castigo y venganza.
Y yo, que ya casi empecé a perdonar (una forma del olvido), y dejo volar mi pelo suelto con la ventanilla baja por la ruta que lleva a otros viajes donde soy al parecer bien esperada, escucho nuevas canciones y acepto -con algo de dificultad- que sin esas, tus crueldades, yo no podría haber vuelto al amor.

Un poco de paraíso

(publicada en fanpage Facebook 15/1/2019)

Me estaba curando.
De una enfermedad, o de varias. También de un hombre.
No de un amor, porque aunque el amor también duele, aunque el deseo arde hasta enfermar cuando no es correspondido, no era eso.
Era de un hombre en particular.
La gente me decía: pero qué bien se te ve, y qué linda estás, y qué rejuvenecida.
Y yo apretaba en la cartera las recetas de medicamentos, los resultados de laboratorios, lo autobiográfico y sus derivas ficcionales en estas escrituras.
Sobre todo la angustia.
La muerte y sus merodeos.
Vos tenés que poner menos el cuerpo, me advertían. Amigxs, astróloga, médicxs.
Sí sí, decía yo. Pero nunca entendía qué exactamente me estaban pidiendo.
A veces, en el diván, alguna verdad intentaba subir a la superficie. Algo de mí.
Podía entender que me sugirieran trabajar menos, hacer más deportes, más tiempo de placer, de descanso, de atender la salud.
Pero poner menos el cuerpo era como si dijeran que fuera otra.
Amar menos.
Reír menos.
Leer menos.
Ser menos madre, hija, tía, hermana, ex, amiga.
Bailar menos.
Coger menos.
Comer menos.
Marchar menos.
Pintar menos.
Limpiar menos (ahí sí que entiendo y te doy cien likes).
Cocinar menos.
Preparar menos las clases.
Dibujar menos.
Estudiar menos.
Escribir menos.
Ver menos series.
Conversar menos.
Viajar menos.
Militar menos.
Besar menos.
Escuchar menos música.
Nadar menos.
Correr menos.
Abandonar la bicicleta, la jardinería, la huerta, la escritura, los paseos.
Escribir es poner el cuerpo.
Bah, la verdad es que a veces lo entendía.
Me quedaba tirada en la arena, pasto, tierra, la noche boca arriba, una copa de vino, unas flores del bien.
No era poner menos el cuerpo.
Era ponerlo distinto.
Andaba varios días descalza, cerca de niñxs y jóvenes, árboles, amimales sueltos y libres, espinos de Proust y horizontes de Molina Campos y Martínez Estrada y el cuerpo se me iba descontracturando.
Qué bien se te ve, me decían.
Pero no cuando me cruzaba con alguien después de unas horas de amor, con esa expresión que es mejor que cualquier maquillaje y cualquier droga, sino cuando había pasado horas sin dormir pensando en la salud de lxs que quiero, cómo pagar las cuentas, dolores de enfermedades, decisiones laborales pendientes, el infierno de este gobierno y este país de injurias e injusticias hambrientas, y etcétera.
Cada cual ve lo que quiere o lo que puede.
Me estaba curando de un hombre de esos que laceran, que lastiman, quizá porque no puede evitarlo, quizá por puro goce.
Me curaba de mi, de mi empecinamiento, de haber sentido esa urgencia de manual de la histeria del siglo pasado por alguien que nunca quiso conmigo nada. Justamente.
De tener que fingir por cálculo (siempre errado, como toda estrategia amorosa, irremediablemente condenada al fracaso) que no me importaba lo que me estaba asfixiando: la foto de su amor tierno y compañero, deseante y admirativo, con la novia que afirmaba no tener.
La imagen que te excluye (del amor) y a la vez te enseña tu deseo, porque hasta ese momento podías jurar que vos también solo querías sexo y nada más.
Las Palabras (poema, declaración, misma canción) con las que el seductor showman conquista en el escenario de un shakespearismo devaluado por las redes sociales, pero igualmente teatral. Y eficaz.
Su mano abrazándolo, descansando en el pecho, peor que la mirada de él juntándose con la de ella en una diagonal como de cuadro barroco pero con más luz.
Las amigas que aconsejan seguir el mismo simulacro, fingir que no querés, que te resulta indiferente, que lo tuyo con él es solo cuerpos. Porque es mostrarse débil y si te percibe débil, te hará más daño. O peor, si se da cuenta del tamaño de tu deseo, te lo hará parir con dolor.
Como si el alma y el corazón, sublimes o devaluadas metáforas, no fueran cuerpo. Como si la sangre que anuncia problemas al salir él de tu cuerpo, no fuera alma.
Como si esa última vez (que entonces no sabías que sería la última) no hubieras sentido por primera vez con él lo que sentiste al mirarte en sus ojos mirándote.
La añoranza de un recuerdo magnificado por el cachetazo de la mentira negadora, ese de los chat y las invitaciones persistentes, ambiguas para vos, directas para él, que vienen a decir que no es todo autoengaño, que hubo de su parte alguna vez un deseo de vos.
Y no importa decir porque ya no hay temor al poder que le de mi confesión, si alguna vez supiera lo que ya sabe, de lo que ya hizo uso, lo que ya perdió. Ya no tiene poder sobre mí y mi voz vuela sin medir consecuencias.
Y queda esa certeza de haber escapado a tiempo, de alguien tan oscuro como una noche sin luna, incapaz de un gesto de afecto hacia quien ha causado un daño consciente mientras juega el juego del superhéroe y el looser a la vez, usándonos como piezas de ajedrez.
Lo siento, acabo de coronar a este peón. Ahora soy reina.
Pero qué linda estás, vos debés estar en algo, dice la voz del machismo que no cree que liberarse un poco de la culpa y otros pesares pueda hacernos ver más relajadas a pesar de los tratamientos y violencias, ¿o es la voz de quien reconoce que a nosotras la mirada del Otro deseante nos enciende?
El deseo es el deseo del Otro, y claro, no de otros.
Pero no vamos por ahí detallando resultados de laboratorios ni insomnios de desamores.
Dice el poeta que si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar, y nombradla capitana de un barco de guerra.
Lo dice más lindo.
Mi voz es tanto mía como de otras historias que se cuentan por medio de ella. Acá está, para quien la quiera. Pero debe quererla.
Y fue el mar, siempre es el mar, el que realmente cura.
No fue el sexo improvisado para eliminar su recuerdo, ni eliminarlo de las pantallas para no ver más su romance promocionado.
Fue el mar, y el campo.
(Y escuchar música con vos, también.)
Así que en el mar, hundiendo la cabeza bajo la ola, flotando, dejándome llevar, comprendiendo mi pequeñez una vez más, aún en la persistencia de algunos dolores, me sentí sanada de ese hombre.
Su marca, que intenté borrar con otras marcas, por fin allí. Quedará como una cicatriz, ni hay que intentar borrarla. Se irá desdibujando sola. Casi ha desaparecido.
Allí, en el mar.
Pienso al fin en otro abrazo y una sonrisa.
Ranchadas improvisadas donde se comparte comida, guitarreada, canciones, política, abriendo.
Limpiando la sangre, dejando drenar heridas.
Y sí, tal vez me vea bien para quien mira con ternura, para quien no juzga.
Tal vez podamos poner el cuerpo distinto.
Tal vez el infierno nos dé una tregua y hagamos un poco de paraíso.