lunes, 19 de febrero de 2018

Para mí ahora y no ayer ni mañana

Si  te pienso con mi y en mi cuerpo, sos para mí ahora, y eso es todo lo que hace falta saber, ni ayer, ni mañana.
Pero si pienso, cuando pienso, cuando ya no hablan los cuerpos la contundencia de sus verdades, mi mente viaja en el tiempo e imagina, especula e inventa, deforma y cae en sus propias trampas.
La duda nos carcome, nos corroe, y al mismo tiempo, nos mantiene en vilo, deseando.
Si dejo que mi cuerpo hable, hay una feliz satisfacción que puede acallar la ansiedad de los extraños vericuetos de la razón. Hay una risa silenciosa, hay un deseo apaciguado que puede o no puede volver a tener sed de nosotros.

Es como quedarse horas y horas mirando el cielo, viendo cómo el viento dibuja formas con las nubes y las hojas del fresno hacen música para camaleones en mi jardín, o quedarme sin pensamientos mientras cosecho tomates en mi pequeña huerta, acaricio a la perra y sé que guardé un pedacito de vos en en el anverso de mi brazo que permanece unas horas allí.

Es como estar en una quinta en City Bell en la década del ochenta, y que un chico te abrace con el torso desnudo y te bese por primera vez, y vos estés en malla, y también casi por primea vez el deseo de ambos cuerpos se acople y todo alrededor desaparezca y no importe por unos segundos de eternidad. Desaparecen los otros chicos y chicas, el miedo a lo que pensarán los demás, todo es nada al lado de ese vértigo primero, esa lengua, ese sol de verano en las pieles tan jóvenes y doradas que se abrazan y se van reconociendo en el nuevo animal bicéfalo que forman.
Es como estar en una playa de piedras a la orilla de un lago de deshielo, y una mano que roza nuestra espalda nos hace sucumbir hasta el abandono y desaparecen durante unos segundos las objeciones, todos los no, todos los sí, todos los por qué y los por qué no y solo hay eso: el murmullo del agua, los lejanos sonidos de las aves, una brisa suave y dos cuerpos enlazados en el placer del no tiempo.
Si te pienso con mi cuerpo estás ahí y allí, se me dibuja una sonrisa y escucho canciones y la sangre fluye y nos evitamos todos esos dramas del romance que se teje cuando la desilusión, que siempre llega, nos invade.
Y no importan durante unos instantes las derrotas, ni los demonios, ni las tragedias que se avecinan.
Es como si nos encontráramos en la orilla del mar o a la salida de un subterráneo, y fuéramos nosotros pero también cualquier hombre y cualquier mujer en cualquier tiempo y paisaje, hasta en un paisaje lunar o sub acuático, un paisaje en el desierto y en la antigüedad o uno escrito por algún escritor o escritora de ciencia ficción, un Apocalipsis o una distopía donde nos encontramos para cumplir algún vaticinio oracular sagrado del que apenas sospechamos su existencia pero igual nos entregamos al momento, sin miedo, nos entregamos a la magia sin pensamientos.
Y después te olvido, y después me olvidas, y otra vez la loca rueda gira y pensamos en todas las cosas que ocupan nuestras mentes.

sábado, 17 de febrero de 2018

Viajando con libros y amigas

Con mi amiga M nos vemos muy poco. Ella es bastante errante, y además sus lugares de vivir y hacer mundo quedan lejos del mío.
Sin embargo, llevamos dos décadas por lo menos haciéndonos lugar para los encuentros cara a cara, donde retomamos cada vez una larga y diversa conversación que vamos teniendo en distintos medios a medida que la tecnología y nuestros modos de comunicarnos cambian. En un tiempo "hablábamos' por mail, luego fue por chat, más adelante Facebook, ahora también Instagram y WhatsApp, o más bien guásap, como dice ella , en su particular léxico que mezcla el formoseño con el catalán, el catalán con el platense, el platense con el porteño hasta lograr una lengua propia y exclusiva. Además del guásap, me pegó el castizo (¿o catalán?) wifi (pronunciado así: vuifi). Cada vez que lo digo así hablando con otras personas que no son M, es como si ella estuviera un poco ahí en el significante, aunque mis interlocutores crean que lo digo "mal" o no comprendan el sentido de  mis guásap y mis vuifi, y hasta es posible que me haya apropiado de estos vocablos de su léxico y los haya cambiado un poco yo misma.
Con mi amiga M tenemos en común el signo zodiacal. No entiendo casi nada de ese asunto, pero me consta que a ambas nos encanta comunicarnos y charlotear. ¿De qué hablamos? De todo. De los léxicos familiares y de la amistad, de libros, de los hijos y las hijas, de las parejas, del amor, de psicoanálisis, de política, de viajes, de las redes, de educación, de culturas y lecturas.... la pregunta correcta sería: de qué no hablamos.
Nos gusta también hacernos saber una a otra cuando hay esa empatía que se vuelve serendipia, y sacamos a pasear al mismo tiempo aunque en espacios lejanos el mismo libro. Ella lo va leyendo en la costa del Uruguay o en un "bus" que se demora en su regreso a Formosa, y yo lo voy leyendo por segunda vez en un micro que se demora en La Plata.
Y nos mandamos fotos del libro, porque es un libro sobre esas amistades femeninas que nos ayudan a sobrellevar los males de este mundo, entre otras cosas.
Porque como cuenta  Margarete Buber- Neumann en su libro  homenaje a su amiga Milena Jesenská, Milena escribió "si se tienen dos o tres personas, qué digo, si se tiene una única persona ante la cual se pueda ser débil, pobre de espíritu o estar triste sin que ello nos haga daño, entonces somos ricos. La tolerancia sólo se puede exigir a los que nos aman, nunca a otras personas y sobre todo jamás a uno mismo".

Y así, en el campo de concentración de Ravensbrück, estas amigas (que ya son también amigas nuestras, de M y mías) resisten a la muerte que acecha y la opresión que pretende convertirlas en fieras deshumanizadas mediante su amistad, mediante la palabra. Y en sus conversaciones robadas a la vigilancia de los guardias SS, aparecen los hijos, los libros, la política, los hombres que amaron y aman, las formas de resistir al fascismo, Kafka, los amigos que murieron, los padres y las madres  neuróticos, la patria que añora cada una, la lengua materna, la ropa, la moda, su amistad.

jueves, 8 de febrero de 2018

Una canción le vino

"El amor…, siempre insatisfecho, vive en el momento en que está a punto de llegar".
(Marcel Proust)

Y por usar esa expresión que le dijo esa mujer en Abra Pampa, allá en la Puna, de repente -como vienen las imágenes, los pensamientos, los recuerdos-le vino una canción. Mientras caminaba bajo el solazo de un febrero que se anunciaba lleno de bravuras y batallas, llegó en la voz de repiqueteo de campanas de tonos aún muy juveniles, una voz en la que todavía vivía una especie de inocencia infantil, como si no hubiera terminado de conformarse el color, le vino decía la voz y la canción, que en algún momento no tan lejano si lo contaba en meses del calendario pero muy antiguo si lo contaba en el tiempo de las emociones y vivencias, ambos habían acordado que les pertenecía, "nuestra canción".
Fuente
Esas palabras y melodías que van formando el léxico particular de una relación incluso antes de que sepamos si será, y en caso de que llegue a ser, si será amor, si será algo efímero y rápidamente olvidable, si dejará huellas. Y los amantes dicen es "nuestra canción", como si en ese enunciado viviera alguna verdad, lo dicen en voz alta al otro como para comprobar si el otro lo desmiente, si es una imprudencia, si decir esa frase "nuestra canción" no es llevar un poco lejos, o alto (qué extraña cuestión la toponimia de los sentimientos) las cosas.
Y al venirle la canción, la escuchó por primera vez de otra manera, porque la canción se había convertido en algo mucho más poderoso que aquello que la engendró como propia, o de ellos, porque ese "nuestra canción" ya no tenía sentido. Nuestro, de ellos, no había sido nada, como pasa con las pasiones que se consuman o se consumen, esta se había consumido, y quedaba el resto impregnando la canción como significante, pero ahora en todo caso era de ella, era la canción que le hacía acordar no ya a él en relación con ella, sino a un sentimiento que había inspirado un él que ya no era presente.
Y al venirle la canción le vino con la añoranza de otras canciones que alojaban más verdad que muchos recuerdos de otras "nuestras canciones", porque quizá a veces olvidamos antes a quienes nos inspiran un relato, o una letra, o una emoción, que la emoción misma.

jueves, 1 de febrero de 2018

Detroit, zona de conflicto, la última de Bigelow


Bigelow es una genia.

Bigelow no te cuenta una historia, te mete adentro.
Bigelow se mete adentro de la violencia política, de la guerra, y te lo cuenta de un modo en el que solo ella es capaz.
Bigelow no filma, la cámara es una prolongación de su mente. Es una mente fría, capaz de manejar la complejidad del lenguaje cinematográfico en géneros de acción basados en historias reales que involucran situaciones de conflicto, pero su corazón tiene más empatía que la de la mayoría de los seres humanos.
Sospecho que Kathryn  Bigelow conoce muy bien la obra de Shackespeare.
Ella controla el montaje, la puesta, la dirección de actores y el manejo del tiempo de forma extraordinaria.
Bigelow no es afecta al melodrama ni a los golpes bajos, ella y su cine son una proclama ética/estética contra los lugares comunes de lo políticamente correcto y la estética soft de la industria pero a la vez, Bigelow sabe usar a la industria y a Hollywood para contar en su particular modo las mejores historias.
Es como un Leonardo Da Vinci, una artista renacentista integral, con el delirio, con la voluntad de crear y de hacer, pero a la vez, con la frialdad para controlar todo y con el conocimiento técnico para hacer máquinas voladoras de la narrativa cinematográfica donde  creíamos que todo estaba ya inventado, hasta que ves una de Bigelow.
Y sin embargo, yo te diría, no veas la última de Bigelow, no veas Detroit, no veas el modo en que ella nos cuenta cómo fue la ola de violencia policial contra los ciudadanos que hoy se llaman "afroamericanos" y apenas a fines de los 60 eran "los negros", los hijos de los eslavos, los que no podían ir en el mismo transporte que los blancos, ni estudiar en sus universidades, ni acceder a trabajos bien remunerados, ni hacer su arte como no fuera para entretener a los blancos, ni mucho menos coger con jóvenes chicas blancas liberadas por la píldora y el el movimiento hippie.
No veas la actualidad del tema en Estados Unido, y acá, porque puede ser que no lo soportes.
Los derechos civiles eran para la policía de Detroit como los derechos humanos para la policía amarilla argentina con ganas de reprimir y disparar por la espalda, y una ola de violencia, saqueos, incendios, arrasó con la falsa paz de Detroit.

Y la policía salió a matar y a torturar, y Bigelow te lo cuenta así: como si fuera el tiempo de la teoría de la correspondencia de Swedenborg, lo macro y lo micro, y entonces de las escenas narradas como un documental, en esa ciudad que es la quinta más grade de EEUU, a la intimidad de un abuso y tortura policial donde unos pibes que todavía no empezaron  vivir realmente, donde un pibe que no siquiera ha tenido sexo, son víctimas del racismo policial abusador.
Pero no veas esta película.
Porque si la ves, puede ser que se te tambalee hasta la médula y que todo tu sistema de valores de confort burgués entren en crisis.
Bigelow en Detroit se supera a sí misma, y no solo te cuenta la historia del 67 cuando la ciudad estuvo en estado de guerra y la policía salió a cazar y matar a los negros ("the nigger") y los negros empezaron (¡al fin!) a defenderse, no solo te muestra la humanidad de los personajes, contradictorios, profundamente verosímiles, no solo las barricadas urbanas, los incendios y los saqueos que podés ver en cualquier documental de la época. Sino que agarra con manos amorosas una pequeña gran historia basada en hechos reales, a partir de testimonios de sus víctimas y protagonistas, y amasa la trama íntima en más de dos horas donde lo macro de la maldad del mundo, del racista/fascista con poder, del cana que goza sometiendo y flagelando (a Santiago, a Rafael Nahuel, al coya boliviano que cruza la frontera argentina, al puto y a la puta, a los K, al negro de mierda, al negro de Detroit, al niño iraquí  y a la piba palestina) a los oprimidos.
Los hijos y los nietos de los esclavos, los laburantes pobres de Detroit y también a los hermosos jóvenes soñadores de arte de The dramatics, y a las chicas blancas de Ohio que aman a esos  jóvenes bellos y no les importa el color de sus piel y a todos los que consienten el horror y la injusticia sabiendo y mirando para otro lado.
Bigelow además no escamotea dolor, pero tampoco belleza. Porque en medio de esta tragedia, la belleza de los actores conmueve el alma.
Es una película insoportable.
Porque es imposible mirarla y no llorar, pero no llorar a lo cursi o por golpes bajos del discurso de lo políticamente correcto, sino no llorar por la banalidad del mal, por la brutalidad policial, porque es Detroit de los 60 o Argentina del 2018, pero el tamaño de la injusticia es proporcional a la melancolía que provocan algunas canciones que suenan, como banda de fondo con The dramatics y la imagen de una niña que, aun escena secundaria de dos segundos del comienzo, anticipa el grado de espanto que estamos a punto de vivir.
Porque Bigelow muestra, y no necesita juzgar ni hacerse la correcta, muestra apenas y sugiere, y cuando hace falta, muestra más y solamente un espectador insensible o profundamente cínico puede ver esta película en nuestra actualidad y no salir del cine  transformada y conmovida.


Ficha técnica:
Detroit: zona de conflicto ( Detroit, Estados Unidos, 2017). Dirección: Kathryn Bigelow. Guion: Mark Boal. Fotografía: Barry Ackroyd. Edición: William Goldenberg, Harry Yoon. Música: James Newton Howard. Elenco: John Boyega, Anthony Mackie, Algee Smith, Will Poulter. Distribuidora: Digicine. Duración: 143 minutos.


Warisata 1, piedra y sangre

En las piedras que el viento azota, en  las montañas que todo saben, el caminante reconoce la sangre derramada.
Los niños y las niñas que quedaron guachos, la piel lacerada del pequeño aprendiz del lenguaje de los amos, las lágrimas del maestro ocultadas con la palma de su mano que ya no es blanca ni india, es tierra curtida para ser cultivada y caricia áspera pero tierna incluso cuando es moderada.
Las piedras saben hacer nacer en la aridez la flor y el fruto. El cardón y el colibrí se me presentan como mensajeros de las voces que quisieron callar pero no podrán. Warisata mía, Warisata suya, Warisata nuestra, bajo este perfecto cielo andino que surcan todas las especies aladas que nos invitan a ir hacia atrás para dar el gran salto y salir del laberinto de este tiempo sin dioses.

martes, 30 de enero de 2018

Yo, él, aquel


Fue así de raro.
Tenía recuerdos de todos guardados en un bolso de lona o de papel.
Algunos eran recuerdos viejos, otros recién creados y algunos pura invención.
 Los viernes Venus me juega malas pasadas y de un Eros desapegado paso a uno amorosamente melancólico.
En dos días hablé con él, vos y aquel.
Y me quedé sola en casa regando las orquídeas y las gardenias, cuidando a los animales, leyendo una novela que habla de desencuentros.
No sé ya a quien extrañar y me voy a dormir como si me hubieran chupado la sangre en la selva boliviana. 
Yo, él, vos, aquél, la trama del verano evocativo e imaginario.

Música para el amor

"Camaleones. ¡Qué excepcionales criaturas! La
manera en que cambian de color. Rojo. Amarillo. Lima.
Rosa. Espliego. ¿Y sabía usted que les gusta mucho la
música? —me contempla con sus bellos ojos negros—.
¿No me cree?"
(Truman Capote, Música para camaleones)



Podía recordar cada amor de su vida asociado a una música. A veces era todo un disco o una banda, otras una canción.
A veces sólo recordaba la música y no el amor.
Con el tiempo podía olvidar los detalles y sentimientos hacia la persona con la que había vivido una imperfecta historia de amor -de esas en las que el tiempo pone a prueba cada certeza e incluso los recuerdos- o un enamoramiento perfecto con un final infeliz, o quizá solamente un pequeño romance otoñal o una aventura de sexo y buenas conversaciones.
O ese enredos en los que cuando nos damos cuenta de que hay que huir ya nos embarramos bastante.
Pero la música permanecía. Permanece. Es como si en la música, y en las canciones, hubiera alguna clase de belleza y conexiones que trascienden lo efímero y contingente, eso que hace eco de aquello que en verdad somos o estamos siendo con otro en un determinado momento. Y quizá era todo lo que necesitaba saber de la música, ella que no sabía nada de eso.
Cuando, por ejemplo, escuchaba en alguna parte la canción o el disco  Sin documentos, su cuerpo recordaba deambulares por calles porteñas de la city, esos primeros deambulares de descubrimiento fascinante y hostil de la gran Babilonia rioplatense, intentando parecerse a la.mujer que su amante  le sugería que fuera, un amante de esos que a veces las chicas buscan para envilecerse, para purgar la culpa de haber dejado a alguien demasiado comprensivo y paciente: era para la ella de entonces un viejo decadente si lo piensa ahora, un tipo que olía a drogas del mal típicas del reviente ochentoso y a violencia apenas contenida por el disfraz de un intelecto manipulador y algo perverso. Sin documentos, ni identidad, apenas una adolescente saliendo al mundo con menos quilos que problemas, y Calamaro clamando  y sus tangos rockeados se mezclaron luego con caminatas por la orilla del mar y melancolías de otros amores.
Antes de aquel, varios eclipses y choques de planetas antes, había tenido un amor noble y romántico: un chico hermoso para ella que era una chica hermosa, y era un amor con tintes punckies y The Cure y Sumo, y algunas canciones de Roberto Carlos coladas por ahí que duraron en su recuerdo más que esas primeras lágrimas causadas por las primeras traiciones que muchos discos y años después la vida se encargaría de transmutarles el sentido, como si todas sus músicas fueran también sonatas de Vinteuil en un siglo de otros géneros y melodías.
Y hubo un amor que era con Chico Buarque, Os paralamas y  Caetano Veloso, y con Charly y con Spinetta y Fito pero también Los Abuelos, y con intervalos de Los redondos, y a veces con Silvio Rodríguez, pero sobre todo sonaban Tribalistas y algunos discos que ya eran viejos y que su padre había o habría escuchado, de King Crimson y cosas por el estilo, y también con mucha fiestas en las que se bailaba desde Queen a Dire Straits. Fue un amor largo, de esos que prometen durar toda una vida y se van extinguiendo como el fuego abandonado por descuido o por distracción.

Y Soda. 
Todos sus amores tuvieron algo de Soda, incluso los que nunca se enteraron, porque hay músicas que le pertenecen a varios amores, o amores que toman prestadas melodías de otros. No hay amor sin música ligera...Soda era pura sensualidad. Era el goce del bailar y del amor, era la noche de verano que no se apagaba hasta el amanecer y todo lo que esa voz de Cerati le causaba.
Y le causa.
Subir el médano, bajar la montaña, abrazarse en medio de la ola, hundirse en lago helado y sacudir la cabeza abrazados como criaturas que pisan la tierra por primera vez.
Tuvo un amor adulto que era Kilómetro 11 y un disco del Bebo y el Cigala y un poco de Mimi Maura, pero sobre todo Kilómetro 11, un amor que dolió y que trajo "tristeza y dolor" estando lejos de él...
Y ahora incluso no puede escuchar esa canción sin pensar en ese amor, no en él, en aquel hombre que ya no es, sino en ese amor que a veces la.despertaba cantándole también " amanecí otra vez entre tus brazos". Porque como la música y los recuerdos, el amor puede vivir incluso más que aquellos que lo inspiran.
Babásonicos fue la banda de su #GranAmordeMiVida en varias etapas, aunque hubo también ahí un poco de Rem y de Marley, un poco de Red Hot Chilli Peppers y mucho Virus, y hubo los Stones y hubo Charly, y aunque ella insistía con Beatles, no fue su banda para las tardes de largas siestas con el sol todavía oliéndoles en la piel, con las ganas intactas de los cuerpos que lograban sortear una y otra vez las objeciones de la mente y hacer música en la cama o en el sillón o en la ducha.
Beatles fue otro amor, que fue Beatles y sobre todo Harrison, y Bill Evans y Bowie y muchas bandas inglesas que no podemos mencionar sin despertar montañas de suspicacias y sospechas y todas esas cosas que nada pero nada tienen que ver con el amor ni con la imaginación que trama historias de música para camaleones.
Y ella insiste, como su amada NG en que nada sabe de música y jamás la entenderá, pero la cuerda que mueve la voz de un tenor que trae recuerdos de padre, el escalofrío que produce el rasguido de la guitarra y la mirada que le canta con nuevas y viejas melodías, desmienten todo.
Por eso escucha las canciones que son de un nuevo viejo amor hasta llorar y hasta reír, con el cuerpo bailándole los recuerdos de sus besos hasta que sean la música que la acompaña cuando los camaleones se disponen a vivir una nueva mutación.

domingo, 28 de enero de 2018

En las montañas nevadas, entre canciones

El colectivo subía y bajaba por los caminos resbaladizos de las montañas eternas, el traqueteo le golpeaba la nuca y el paso del calor al frío le causaba dolor de garganta, pero aun así no podía quitar la vista de las cumbres nevadas mientras escuchaba con auriculares una selección de canciones de su universo de goce. Bowie, Prince, Cerati, Babasónicos, Lou Reed, Charly, Rita Lee, El mató, envolvían el viaje alucinante.
La tierra y las piedras rodaban y volaban y el tiempo se había realizado en otra dimensión.
En el cuerpo se le superponían recuerdos: veía a su hijo jugando con el perro que más amaron y que ya no está, y acunaba a sus ahijados y sobrinos como si fueran bebés, hablaba con su padre como si estuviera vivo, reían y comentaban de los colores de esas tierras que habían visitado juntos la vez primera.
Y de pronto una imagen de un hombre que había estado queriendo le vino al cuerpo, de esas imágenes que sólo la intimidad puede cobijar y que dicen que hemos sido algo más que extraños con otra persona. Y en lugar de quedarse ahí, en lugar de intentar retenerla, se le fue, le pareció ridícula, como esas cosas que no entendemos cómo pudieron sernos familiares o deseadas. Sólo un cuerpo sediento de otro cuerpo sin ninguna conexión.
Fue entre una y otra canción, entre una y otra montaña, entre una y otra vida.

viernes, 26 de enero de 2018

Y se balancea sobre sus piernas, cansada

Ella permanece de pie y espera el turno, como los condenados, solo espera.
Su expresión es pétrea, su cuerpo se balancea, quien la observa podría creer que no piensa en nada, su mente en blanco, o bien que no siente nada, su corazón frío.
Los ojos se mueven apenas, miran el cartel digital que anuncia que están por atender a alguien que tiene ochenta números menos que ella, que lleva horas allí, de pie.
Recuerdo del jardín en Etten, 
1888  Museo del Hermitage
Le duele el brazo quebrado, le pesa el bolso en el que lleva un libro que ha estado leyendo y ya no lee, un teléfono que ha estado mirando y ya no mira, pañuelos descartables, un neceser con pocos cosméticos, estuche de anteojos de sol, pastillas para el dolor, peine, hilo y aguja, un llavero infantil que olvidó su hija en el auto, una cartuchera con algunos lápices de dibujo, un bloc con papel de colores con bocetos para futuras pinturas , una botella de agua que el sol ha calentado, una crema de manos que huele a lavanda.
Nadie podría sospechar que está recorriendo con la mente capas geológicas diversas: un cuadro de Van Gogh que le gustaba de chica, en una reproducción que había sobre la chimenea de unos tíos que no vio nunca más. Planes para pagar las deudas de impuestos que le pesan sobre los hombros como piedras de río, los resultados que le dará el médico que pueden cambiarlo todo, las canciones de un músico que alguna vez amó pero ahora apenas recuerda, la biografía que estuvo leyendo sobre esa escritora rusa que nadie conoce y que a ella le conmueve el corazón, que no es frío como podría pensarse al observarla, en su expresión pétrea y su balanceo.
Se balancea como si cargara a uno de sus hijos, como cuando estaba embarazada o como cuando eran pequeños.
Piensa en él y tiembla, pero no se nota.
Piensa en el peso del cuerpo de él sobre ella, en cómo les gustaba dormirse abrazados aunque solo tenían sexo casual, en las cosas que él le pedía para sentir placer y piensa en si él alguna vez pensará en ella.
A la mañana le dio un beso a F antes de salir de su departamento, limpio y ordenado como el de todo obsesivo grave, y el olor del after shave de F le recordó esos días felices en los que se iba de la casa de él con el cuerpo agotado de amarse, y haciendo como si no se quisieran.
Él no sabía querer, no sabía quererla, pero a veces lo simulaba muy bien.
Piensa en todas las tonterías que hizo, que dijo, que pensó, en los hombres con los que se acostó para llenar el vacío de una ausencia y en que eso no calmaba su deseo.
Piensa en que fue ella la que arruinó todo , con sus confesiones y sus miedos, pero sabe que no es así, que él solo estaba jugando mientras pasaba el rato para ir adonde de verdad quería estar.
Piensa en él abrazando a otra mujer.
Piensa en él enamorado de otra mujer.
Piensa en la película Paris Texas, (en la banda de sonido sobre todo) y en un cuento de Raymond Carver y en la clase que dará la tarde y en sus alumnos más pequeños que la esperan con las miradas encendidas de alegría como él jamás la miró.
Y se balancea sobre sus piernas, cansada.

jueves, 25 de enero de 2018

El olor de la injusticia

A los pibes los matan por la espalda porque no son.
A las pibas las violan y las tiran a los basurales porque no son.
Son pobres, son negros, son putas, son kaka, son la basura que nadie quiere oler o ver en estas ciudades colapsadas y llenas de muros reales e imaginarios.
En los barrios de los ricos y los comercios para la clase media los pobres solo se notan cuando no están, como en los paros de transporte masivos, como en la película Un día sin mexicanos. No hay quien limpie la basura de los ricos (no hay basura que limpie la basura), quien les cocine, quien limpie los culos de los niños y los ancianos de las familias privilegiadas.
Los pobres pueden llegar a ser "como de la familia" y la familia es buena, les habla y los trata como a humanos y les da la ropa que descarta y les compra regalos en los cumpleaños y se interesa por su educación.
Nadie habla en estos términos ahora, salvo quizá los adolescentes, porque hemos encontrado otros lenguajes y otras metáforas que tienen la delicadeza de ser más precisas, y al mismo tiempo, el beneficio de mantenernos alejados.
Lo que no se puede escribir ni con palabras simples y antiguas ni con las nuevas, ni se puede retratar con imágenes, es el olor.
El olor de la pobreza merecería llevar el nombre de algún golpe de box letal, es un cross a la mandíbula que se queda a vivir por horas en nuestras fosas nasales y nuestro sistema nervioso. Es invasivo y contundente, indescriptible mezcla de residuos: cloacales, de fábricas contaminantes, basura en estado de podredumbre, alimentos en descomposición, algún cadáver animal, puede ser humedad o polvo seco, algunas plantas, ropa húmeda, caños de escape, sudores de enfermedades, insectos...
El olor de la pobreza genera rechazo y miedo.
Se hunde como sarna que crece por debajo de nuestra piel.
Si fuéramos como de la familia con los pobres que explotamos compartiríamos sus camas y su olor, alegrías y dolores en sus hogares y en los nuestros. No seríamos condescendientes, seríamos compañeros y compañeras de lucha, no sé, amigos, pero no esto que somos.
Observadores tolerantes de este olor que nos separa, que vemos lo pintoresco donde solo hay injusticia e infamia.
El olor de la pobreza es el olor de los despojados.
El despojo más agraviante es el despojo de justicia.
Su olor no nos dejará en paz.