Mujer con abanico, de Gustav Klimt

lunes 7 de diciembre de 2009

Asi somos a veces las mujeres


Me dice, mientras le pasa la lengua al borde del vaso de trago largo, saboreando el azúcar: y pensar que yo a ese me lo cogí unas cuantas veces. De todas las maneras que te imaginés. Con amor, sin amor, en un telo, en la casa, sobre el mismo acolchado en el que ahora acuesta al hijito, jugando a la puta, a la enfermera y a la madre. De parados, de apurados, con ternura, borrachos, sin gritar, con un par de rayas encima, escuchando The Cure y también a Goyeneche, porque hay que ver que a veces le afloraba el costado depresivo y había que trabajarlo para que le rindiera. Y de todas las maneras, me aburría. Te digo: no sé porqué me lo cogía. Creo que me daba pena, que intuía que algún día esa cuenta me jugaría a favor en la lotería de buenas acciones que una hizo. Que contaba como compasión, quién sabe cómo calcula Dios. Y ahí lo tenés, ¡mandándose la parte, precisamente conmigo, hermana, que me la sé lunga!
Lo miro al quía, que ni otea para nuestra mesa. Pero se nota que al entrar ha relojao. Y está con la otra rubia y le sirve otra copa de champagne y gesticula, con aire sobrador de macho satisfecho. Y la miro a mi interlocutora, que se encoge de hombros y me dice: y ahora que lo veo con esa tilinga, te juro, de verdá, que me dan ganas de cogérmelo de nuevo. Incomprensible, ¿no? Pero así somos a veces las mujeres...

jueves 3 de diciembre de 2009

Curiosidades y disfraces en la política y la historia


En 1791, en plena Revolución, como es sabido, muchos nobles franceses emigran, huyendo del "Terror".
Se dice que la duquesa de Maille desembarca en Inglaterra disfrazada de marinero y que la marquesa de Suze lo hace vestida de camarera.
Pero lo curioso no es que estas damas, que por su educación y su cultura no sabían hacer otra cosa que explotar al pueblo, se disfracen de pueblo para escapar a la justicia revolucionaria. (¿Quién puede juzgar con liviandad el deseo de estas señoras de conservar sus cabezas unidas al cuerpo?)
Lo llamativo es que el mismo Telleyrand, quien como obispo de Autun había sido el responsable de consagrar a los obispos cismáticos (y por cuya causa huyeron o murieron muchos monárquicos), se haya exiliado en Inglaterra ¡munido de un pasaporte provisto por el propio gobierno del que huye, luego de haber sido parte de éste!
Como Telleyrand y tantos otros, cuando el barco se hunde no son pocos los que descubren, repentinamente, que las revoluciones y las transformaciones no tienen lugar sobre un lecho de rosas. (¡Pobres ingenuos!). Protegidos por los documentos del propio Gobierno, huyen para trabajar en su destrucción, disfrazados de "progres", "demócratas" y "republicanos" horrorizados por las mismas contradicciones que, días atrás, ellos mismos encarnaban.
Vale la pena volver a ver"La Dama y el duque"de Eric Rohmer, película que con ese sentido extraordinario para retratar la belleza en la tragedia propia de este director, cuenta la historia de amor entre una reaccionaria dama inglesa y un galante duque de Orleans, en medio de la violencia de la época revolucionaria.(El guión está basado en la memorias de Grace Elliot, una cortesana contemporánea a la revoluci�ón francesa)

Bibliografía: Díaz-Plaja, Fernando, A la sombra de la guillotina, Planeta, Buenos Aires, 1999.

domingo 29 de noviembre de 2009

Perversos

En una enciclopedia virtual, definen del siguiente modo al perverso narcisista: "El perverso narcisista es un persona sin capacidad de empatía real, lo que se denomina empatía utilitaria, es decir que sólo reconoce las necesidades del otro para utilizarlas para su propio beneficio." Más adelante, en la misma enciclopedia, explica que: "La seducción se produce a través de un proceso de influencia y dominación. En este proceso de seducción en una sóla dirección el perverso procura fascinar sin ser descubierto, a través de una conjura de la realidad y una manipulación de las apariencias. El dominio se produce a través de tres ejes de control, que tienen un componente destructor, que anula el deseo y la especificidad de al víctima:

- Una acción de apropiación mediante el desposeimiento del otro;- Una acción de dominación que mantiene al otro en un estado de sumisión y dependencia;- Una acción de discriminación que pretende marcar al otro."

Más allá de las teorías y de las explicaciones, he tenido oportunidad de observar el comportamiento de algunos de estos psicópatas (con perdón de los psicoanalistas por el uso del término). Cierto, más de uno podrá decir: y bueno, para que haya un roto debe de haber un descosido y todo ese tipo de generalizaciones. Las duplas maso/sado; manipulador/manipulado, sin embargo, no me conforman. Es posible que en el mundo de los adultos, siempre resulte posible endilgarle cierto grado de responsabilidad en su propia patología a quien resulte víctima de este tipo de manejos de los perversos.

También es posible que en el mundo psi, encontremos diversas explicaciones, incluso algunas, que satisfagan nuestra comprensión. Sin embrago, cuando me detengo e imagino la mirada de ese niño, su cabello que cae sobre sus ojos, oscuros, apagados y ya sin brillo, como un zombie que crecerá sin amor y a la defensiva, pero, sobre todo, sin deseo de vivir-¿o debería decir, desposeido, lenta y eficazmente, por su madre, de todo deseo? ¿Devorado por ella frente a la mirada cómplice de un mare que juega a hacerse el pelotudo mientras prepara un asado que al chico le cae pesado como bomba para que su madre en seguida le enchufe un digestivo, una enema, mientras afirma (y firma la sentencia, ya que está): me salió flojito de vientre, no retiene nada ( y quizás, adulto ya, sólo sea capaz de sobrevivir chupando la vida de otro, como vampiro del deseo y crendo con las personas a las que logre seducir, un mundo de muñecos en donde reine en un reino sin conflictos).

Cuando sé de aquella muchacha que aguantó todo lo que pudo, hasta que ya no pudo más, porque no tenía ninguna razón por la cual continuar, porque para vivir hay que querer vivir, y eso se aprende, lo sabemos todos, la vida no es siempre, precisamente, una invitación a la aventura, puede muchas veces ser demasiado pesada, oscura, fría, agobiante, y entonces la muchacha sabe eso, de pronto, como se adquieren repentinamente ciertas certezas, una noche en que su familia no está en la casa, y subre a la habitación de la terraza, y toma la soga que ha comprado el día anterior, y ha leido bastante del tema, porque el poco deseo que le queda es de saber cómo terminar con esa pesadilla y hace lo único que puede hacer...

Y cuando pienso en esa mujer que sólo sabía ser para otro una niña-muñeca, que sólo llora y se queja cuando le ponen el disco adecuado, y finge ser una adulta y expresa un deseo maternal cuando ya tiene asegurado que la vía biológica está clasurada y no irá por otra, porque su padre-marido jamás, pero jamás de los jamaces querrá que su amor tenga otro destino y mucho menos para un cacho de carne que no sea de su carne...

Y en esta otra adolescente que no sé si será capaz de ejecutar su amenaza, ojalá que no, ojalá que no tenga que matar otra vez el futuro mediante el cual expresó su deseo de vivir, sólo para asustarse y echarse atrás...

Cuando todos ellos desfilan ante mí, como pidiéndome que sea su testigo, ahora, esta noche de lluvia, ya no hay explicaciones que me convenzan. De casi nada.


jueves 19 de noviembre de 2009

Cielo e Infierno


"Voltaire dijo que el hombre más extraordinario que registra la historia fue Carlos XII. Yo diría: quizá el hombre más extraordinario -si es que admitimos esos superlativos- fue el más misterioso de los súbditos de Carlos XII, Emanuel Swedenborg".

Éstas son las palabras inaugurales de Borges en la conferencia que pronunciara en la Universidad de Belgrano sobre el místico sueco. (Fuente: http://www.temakel.com/texbswendenborg.htm).
En ese mismo reportaje, Borges confiesa que quedó maravillado con la lectura de aquel extraordinario místico y científico sueco, cuya cosmogonía, sus travesías por el mundo espiritual y sus diálogos con ángeles y demonios, aun a los legos e ignorantes como yo, pueden resultarnos muy reveladoras.
Leyendo la dedicatoria del libro de Emanuel Swedenborg (1688-1772) que está en mi biblioteca (Cielo e Infierno, Grupo Libro, Madrid, 1991), descubro que mi ejemplar me fue regalado por un amigo en 1992, hace como un millón de vidas.
En recientes acontecimientos cotidianos, conversando con entrañables amigas, el nombre de Swedenborg acudió a mi mente, al tratar de explicar conductas de algunas personas que conocemos, acudiendo a elementos de análisis político y pseudopiscológico, de esos que abundan en las charlas de catarsis y consolación, en especial, después de atravesar jornadas de inquietantes (angustiantes, desagradables, molestos) provocaciones, de esas que lastiman un poco el alma.
Siguiendo su ciencia de las correspondencias (ciencia hoy ignorada y perdida, como bien lo reconoce el propio autor), podremos llegar a comprender que el Cielo y el Infierno provienen del género humano. "En efecto, el hombre que recibe las cosas del mundo sin estar abierto a las cosas del Cielo, crea en sí mismo el Infierno".
Y cada uno elige en qué lugar habitar.
"El mal y la falsedad son nubes que se interponen entre el sol y el ojo del hombre, estropeando el esplendor y la serenidad de la luz [..] Los espíritus malvados desean y aman hacer el mal por encima de todas las cosas, y, sobre todo, gustan de inflingir penas y castigos..."
Nosotros hoy decimos de otros modos, que nunca se ajustan tanto a la verdad. Creemos ser más contemporáneos, creemos ser deudores y herederos de la tradición positivista, de Freud, de Marx, de los estructuralistas, los lingüistas, los surrealistas, la "banalidad del Mal", quién sabe. Renegamos de la teología y de toda ciencia anterior a la Modernidad, desconocemos el valor de toda forma de conocimiento que se ajuste al paradigma en que nos hemos educado.
Y entonces, ignorantes, decimos de estos ángeles caídos, de estos hombres y mujeres que aman hacer el mal, que gozan con el sufrimiento ajeno; que la cobardía o la inseguridad, o una reprimida virilidad que debe someterse a una hembra autoritaria, quizá (como la mantis que comienza a devorar al macho aun antes de finalizar la cópula), los impelen a agredir y a maltratar, aun a riesgo de provocar su propia muerte (su Infierno).
Pero sospechamos que esas nubes densas que los rodean y avanzan hacia nosotros, ensombreciendo la llama que es nuestra voluntad y el brillo de esta voluntad que es nuestro intelecto (en imágenes y palabras de Swedenborg), son pedazos de ese Infierno en el que habitan y al que quieren sumarnos.

(La imagen es una de las ilustraciones de Gustave Doré para el infierno en la Divina Comedia.)

jueves 12 de noviembre de 2009

Nondum, el Cobos de Carlos V y ningún parecido con nuestro Vicepresidente



Cuando en 1517 el joven Carlos I (hijo de Juana La Loca y Felipe el Hermoso) hace su entrada triunfal en Valladolid, para tomar posesión de una de sus herencias, el reino de España (ya había heredado de su padre Austria, Alemania, Borgoña, los Países Bajos, Hungría, parte de Italia) lleva la divisa de Nondum (No todavía) que luego, al correr de los años, las guerras y las conquistas, se tornaría en Plus Ultra (Más allá).
Tenía 17 años, un padre muerto, una madre recluida en Tordecillas, tal vez por su ezquizofrenia, tal vez por la pena de amor que le sobrevino al morir su esposo, tal vez por la ambición de su padre, Fernando de Aragón, para conservar el poder que sobre el Reino de Castilla y América le correspondía a ella por herencia de su madre, Isabel la Católica.
Gobernaba Inglaterra el tumultoso Enrique Tudor. Francia estaba bajo el poder del guerrero Francisco I (cuya nuera, Catalina de Médicis, le daría al reino tres hijos que fueron reyes), y Solimán el Magnífico, poderoso sultán turco, amenzaba las fronteras de los reinos cristianos, como luego demostraría al acechar a Viena.
Era Papa Clemente VII, de la familia Médicis, poderosa casa florentina que en ese momento había sido derrotada.
Era un tiempo de constantes alianzas entre esos reyes, Francia, España, Inglaterra, los príncipes alemanes, el reino de Hungría. Esas alianzas duraban lo que duraban los intereses en común, se traicionaban, se rompían, se iba a la guerra. Y también, lo que duraba el dinero aportado por las cortes, (extraido de la sangre de los campesinos y los artesanos europeos, del oro robado de América, del trabajo esclavo de nuestro continente); de los banqueros florentinos y los comerciantes de Flandes. Entonces, Ayax y Tiresias eran poderosos señores, y el Vaticano jugaba tanto a la diplomacia como a la guerra, según la ocasión.
Nada parecido a nuestra gloriosa época de democracias republicanas de "consenso" y pactos razonables entre los poderes. ¡Ay, esos reyes y esas cortes y republicas que aceptaban los sobornos del supuesto enemigo infiel en nombre de salvar a la cristiandad! ¡Esos señores que vendían a sus hijas e hijos en matrimonios para agrandar sus territorios!
Será por eso que, al encontrar en una biografía sobre el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, el nombre del español Cobos como uno de los secretarios que le propone al Habsburgo su antiguo confesor, Carlos de Loaysa, tras la muerte del canciller italiano Grattinara, mi libre asociación con un Cobos actual debería caer en el olvido. Porque al recomendárselo al Emeperador, le dicen de Cobos: "Siempre he creido que Cobos sería el cofre sellado en que se encerrasen vuestro honor y vuestros secretos, que compensaría vuestras faltas y sabría defender a su señor. No emplearía, como muchos otros, exceso de ingenio para decir finezas y agudezas; pero en cambio, jamás murmuraría contra su señor..."
Atravesado por el significante del nombre, como en clave invertida, la lealtad de aquel "cofre sellado" ha devenido en cloaca que derrama traiciones y maledicencia...

Fuente: Carlos V, Señor de dos mundos, Juan Mnauel Gonzalez Cremona, Planeta, Buenos Aires, 1999.

lunes 21 de septiembre de 2009

"O Creso o nada": la embestida de Clarín y el Diablo



Con la lectura de una de las biografías más conocidas acerca de César Borgia, quizá por la precisa elección del título, que era, justamente, el lema de este príncipe por excelencia, O César o nada (Vázquez Montalbán, Manuel , Planeta, Buenos Aires, 1998), podemos encontrar un interesante retrato no sólo de la familia Borgia, sino del surgimiento de los estados absolutistas modernos en pleno Renacimiento.
Todo el poder humano, a lo largo de la historia, se ha sostenido, tal como muy bien lo entendió y tan genialmente lo describió Marechal en La Autopisa de Creso, en tres pilares: la religión (Tiresias), la guerra (Ayax) y el dinero (Creso, el gran burgués). Todo eso, desde ya, ha costado y cuesta baños de sangre, generalmente provista por el cuarto pilar, el "pobre Gutierrez" (el Pueblo), al decir del propio Marechal.
Quizá porque el triunfo de Creso, desde la Revolución Francesa en adelante, ha sido tan rotundo, tan extendido y tan ominoso, a veces olvidamos que ha habido siglos y siglos en los que Ayax y Tiresias tuvieron la supremacía, ya sea alternativamente, ya sea en cómplices alianzas.
En tales momentos, Creso oficiaba más bien de servidor, engañosamente sumiso, a los designios de Tiresias y de Ayax.
Y bien vale recordar que aunque el padre, Alejandro Borgia (o Borja, en este caso, nuestro Tiresias) usó del dinero toda vez que le hizo falta para seducir voluntades (tal como usó de los matrimonios de sus hijos, como cualquier príncipe o rey de la época), y su hijo, un Ayax renacentista, dispuso de Creso cuando el arte de la guerra le fue adverso, ambos lo consideraban, todavía, un instrumento al servicio del poder político que construyeron. Un imperio que el padre Papa planificó con detalles, estrategia e inteligencia (y mucha paciencia) y el hijo llevó al climax y a la caída en pocos años que, sin embrago, marcaron la historia de Europa y abrieron las puertas para los imperios que se encolumnarían sobre las ruinas del Renacimiento en Francia, España, Austria e Inglaterra.
Pero la ponzoña de Creso es más veloz, astuta y contagiosa que la de cualquiera de sus circunstanciales aliados. Y ha terminado por convencer, incluso al mismo Gutierrez, humilde trabajador manual que cada tanto se revoluciona contra la tiranía de Creso, de su propia doctrina.
Y si en su momento Tiresias usó del arte religioso medieval y renacentista para evangelizar y someter a Gutierrez, que en su versión americana llegó de la mano de los fanáticos y brillantes jesuitas; y si el aventurero Ayax usó del patriotismo y los rituales bélicos para mandar siempre a Gutierrez como carne de cañón a las batallas de guerras interminables, puede decirse en favor de ambos que, al menos, creían en lo que hacían, sin por ello justificar que bajo sus heroicas gestas morían de a miles todos los Gutierrez de la Tierra.
En cambio, el vulgar Creso sólo cree en sí mismo. Sirve a un dios sin otra liturgia que su propia exaltación, pero nos hace crer que ya no hay dioses. Utiliza un discurso libertario (ya antiguo, por cierto) para encubrir todas las formas de esclavitud que ha sabido construir sin tener que ponerle el cuerpo a nada, creando las crisis a los pobres pueblos del mundo y a la vez, erigiéndose en su salvador.
Y en nuestro porpio país, la tierra de Marechal, sus ritos son defendidos por horrendos y berretas sacerdotes y sacerdotisas que hoy se pueden llamar María Laura Santillán o diputada Giudici, la bruta y brutal Patricia Bullrich o los patéticos Bonelli y Silvestre, lo mismo da. Porque Creso no conduce, como César hacía, sus ejércitos, ni hace del honor, la crueldad y la valentía sus banderas. Comparte el lema, actualizado, "O Creso o nada", pero esconde la cabeza como Magnetto, De Nárvaez y sus amos verdaderos que, si al menos tuviéramos el beneficio de la religión, ubicaríamos, como corresponde, del lado oscuro. Porque como decía Giovanni Papini, "el mayor triunfo del Diablo es habernos convencido de que no existe". (Papini, G, El Diablo)

El erotismo en Tiziano


Contradiciendo las ya clásicas interpretaciones de Erwin Panofsky acerca de la obra de Ticiano y otros pintores renacentistas, el historiador italiano Carlo Guinzburg (hijo de la escritora Natalia Guinzburg) me sorprende con su análisis en "Ticiano, Ovidio y los códigos de la representación erótica en el siglo XVI", en su libro Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia (Gedisa, Barcelona, 2008, 286 pag).
Sabemos que durante el siglo XVI (el mismo de los Tudor en Inglaterra, de la casa Valois y de los reinados de los hijos de Catalina de Médicis, en Francia; de Iván el Terrible, en Rusia; del papado de Julio II, guerrero y despótico patrón de Miguel Angel, entre otros y del apogeo y fin de la casa de Trástamara y luego de los Habsburgo en España y Austria, y hago esta aclaración especialmente para mi amiga Elvira), la cuestión de las imágenes eróticas fue centro de la atención (y de las tensiones, por qué no) de la jerarquía católica, inmersa a la vez en las luchas entre éstos y los luteranos y protestantes en toda Europa.
Si en la historia del arte se ha aceptado como interpretación generalizada el carácter humanista de Tiziano, y la interpretación iconológica, en ese sentido, sostiene que recupera en su pintura el simbolismo de las obras de los poetas latinos, como Ovidio, Guinzburg viene a cuestionar esa lectura. (Se detien para ello, por ejemplo, en el "Rapto de Europa", que ilustra este post, arriba)
Al parecer, la función erótica en la obra de Ticiano prevalece por sobre otras consideraciones, y la cuestión del simbolismo mitológico no oficiaba más que como velo a las intenciones, más carnales, por cierto, del pintor. Tiziano, en todo caso, ni siquiera conocía el latín -afirma Guinzburg-, así que, sus lecturas de Ovidio provenían de las versiones de la "vulgata", muy difundidas por entonces.
Valiéndose de diversos documentos, Carlo Guinzburg va probando su tesis, incluyendo una nueva interpretación de la carta muchas veces citada, del propio Ticiano a Felipe II, respecto a su famosa Dánae (que vemos a la derecha de este post). Le promete una nueva versión al monarca español, tras recordarle que "Dánae que se veía por la parte delantera", se verá en otra obra ("Venus y Adonis", a la izquierda) por "la parte trasera".
¿Cuál o cuáles han sido entonces las fuentes del veneciano? ¿Cuál o cuáles, los sentidos primigenios en sus pinturas? Exaltar los sentidos, la sensualidad y el erotismo, al parecer de Guinzburg. Y, en tal caso, aunque no lo fuera, aunque esta tesis subleve a muchos historiadores más ortodoxos, aunque descifrar las intenciones y sentidos subyacentes en la pintura renacentista sea una tarea siempre inacabada, acepto, de buen grado, el goce erótico como destino para un "espectador-gozador" menos erudito y más abierto.

Carlo Guinzburg nació en Turín, Italia, en 1939 y en la actualidad da clases en Pisa. El queso y los gusanos es uno de sus libros más conocidos. En el siguiente enlace, podemos leer una entrevista con el investigador noruego Trygve Riiser Gundersen sobre sus publicaciones y su método historiográfico de la microhistoria, de la que fue pionero.http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=16557

"Chelsea Hotel", by Leonard Cohen, to Janis Joplin



El sábado venía en el auto escuchando la radio, Universidad. Creo que era el Turco quien hablaba, pero no estoy segura. Si no lo era, podría haberlo sido, por la elección del tema y el relato que hacía, de la vida y la música de Leonard Cohen.
Mi mañana había sido densa y cansada, cargada de malas noticias de esas que una tarda bastante en procesar y de las que acusa recibo sin sorpresas, pero con esos dejos de confirmaciones esperadas aunque indeseadas.
La música me envolvió y me acunó como una madre afectuosa. Pensé que era Nick Cave, confieso, yo siempre tan sorda.
Pero el Turco (si es que era él) explicó que se trataba del canadiense Leonard Cohen y que esa canción "despechada" era producto de su encuentro y encamada con la apasionada Janis Joplin en ese legendario hotel de Nueva York.
Y la voz me envolvió y me dejé llevar, mientras el sol apenas se atrevía a insinuarse en ese mediodía cargado de tormentas, y Cohen rasgaba la guitarra y la garganta, "well, never mind, we are ugly, but we have the music".

Sitio oficial de Leonard Cohen: http://www.leonard-cohen.com/

domingo 20 de septiembre de 2009

La herencia de Eszter, de S. Márai


Ya en un post anterior he mencionado mi descubrimiento de este autor, mediante la lectura de El último encuentro, aunque como ocurre con algunas novelas que llegan para quedarse a habitarnos, la primera impresión es sólo eso, una primera impresión que, con el correr de los días, se queda a vivir, resignificándose en el contexto de nuestras sucesivas interpretaciones y de interpretaciones compartidas con otros lectores, como A. Esta vez, hemos coincidido y, como no es usual que nos ocurra eso con la literatura, a los pocos días busco otra novela de Márai que quizá podamos compartir.
Hay libros que llegan a nuestra vida en el momento preciso en que tienen que llegar, y ese ha sido el caso de El último encuentro. Trajo consigo, además de la belleza que habita en toda narración elegante y honesta de un buen escritor, algunas respuestas a otras esperas y ensueños de últimos encuentros que una añoraría, si la vida tuviera esa clase de justicia literaria que a veces creemos que puede tener.
Y algo parecido, aunque apenas acabo de leerlo, me ha ocurrido con La herencia de Eszter (Barcelona, Salamandra, 2000, 13a ed. 2006). Es cierto que no nos deja de Lajos (el gran amor de la juventud de Eszter, la narradora) una muy buena impresión: mujeriego, abusador, encantadoramente mentiroso, ha regresado después de veinte años para apoderarse de lo único que no logró quitarle entonces a Eszter, su familia y sus amigos.
La vida de esta solterona ha trancurrido, desde que Lajos la dejara para casarse con su hermana Vilma, muerta hace mucho, en una especie de no-vida, de continua espera, de la lenta agonía de quien ya no desea nada (en un clima parecido, si se quiere, al de El último encuentro, en el que los pequeños detalles de los preparativos para recibir al visitante van dando lugar a las explicaciones que precipitaron los hechos, veinte años antes).
Junto con su parienta, la anciana Nunu, y las visitas dominicales de su hermano Laci y sus amigos Tibor y Endre, la vida de esta mujer transcurre repitiendo la rutina un día tras otro, entre el jardín donde cultivan flores y almendros, y la casa, donde han quedado las fotos, los muebles y los recuerdos de la vida que podría haber sido y no fue.
Pero el domingo en que, tras enviar un telegrama Lajos anuncia su visita, todo cambiará.
Es Eszter la que nos narra los sucesos de esa fatal mañana en que regresa Lajos, con su pequeño y desagradable séquito, además de sus dos hijos, los sobrinos de Eszter.
¿Pero por qué Eszter no se rebela contra el destino que Lajos viene a imponerle una vez más? ¿Es posible, acaso, escapar del destino? ¿Es ella cómplice de su propia desgracia? ¿El cinismo de Lajos lo explica todo?
La conversación con su sobrina Eva, que la carga de reproches y le pide ayuda para poder huir, a su vez, del destino que su padre ha elaborado para ella, pone luz a algunos acontecimientos que determinaron los hechos ocurridos veinte años atrás, pero esa explicación tardía, que de algún modo le hace una pequeña justicia a Lajos, no ayudará a Eszter. Ella misma nos dice: "Me sentía mareada, como siempre que me veo obligada a salir de mi mundo inmaterial de espera, de contemplación y de sombras, para enfrentarme a la realidad."