Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 25 de julio de 2011

Olvidalo

Dicen que todo lo que hacemos lo hacemos para ser amados. En ese fin se esconden los esfuerzos de tantos extraordinarios artistas, estudiosos, hijos, músicos, escritores, madres, simples y anónimos, vulgares seres humanos. En épocas de concepciones sacralizadas del mundo, quizá se perseguía el amor de los dioses y luego del Dios único. El Poder y la Gloria.

Dicen que el odio es la contracara del amor, la misma cosa vista desde otra perspectiva, sea ésta la perspectiva del tiempo, la del conocimiento, la estupidez absoluta o la lucidez.

Dicen que la venganza es un plato que debe comerse frío, que siempre llega cuando ya no la deseamos, dicen tantas cosas.
Así que si estás pensando, por ejemplo, en escribir un cuento para vengar una injusticia, para mandar un mensaje cifrado, para hacer reaccionar a algún tremendo hijo de puta con poder empecinado en hacerle daño a los más débiles, olvídalo.
No es un buen motivo, ni una buena causa, ni tendrá éxito, diría el I Ching.
Si uno persigue la justicia, más vale entrenarse bien, dominar ciertas armas, salir a dar pelea y estar preparado para derrotas dolorosas, repetidas, humillantes. 

Preguntas escritas al viento

¿Por qué si los que robaron fueron ellos el estigma debería cargarlo gente como yo, o aún más estúpida?
¿Por qué si llegué tarde al reparto del cinismo debería admitir, tan campante, las consecuencias de la corrupción ajena?
¿Por qué tengo que perder los derechos que a todas luces me corresponden, si lo único que he sabido/podido hacer toda la vida es trabajar y asumir las consecuencias de mis actos?
¿Por qué por estar cerca de la mierda un tiene que cargar con el olor a putrefacto de los muertos ajenos?
¿Por qué implorar y agradecer como favor lo que corresponde por derecho?
¿Por qué persistir, si hay caminos más sencillos?
¿Por qué estas preguntas, si después de todo, no hay nada nuevo bajo el sol, y todo es vanidad?

miércoles, 20 de julio de 2011

Primero hay que saber sufrir

Estaba tuiteando, en ese curioso código de diálogos algo esquizofrénicos, de sobredosis de hic et nun  que ocurren en ese territorio virtual que vaya a saber qué nuevas intervenciones en nuestra psiquis esté causando y de pronto llegó a mi la melodía y la letra de Naranjo en Flor: 
"Primero hay que saber sufrir,
después amar,
después partir
y al fin andar sin pensamiento...
Perfume de naranjo en flor,
promesas vanas de un amor
que se escaparon con el viento.
Después...¿qué importa el después?
Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado,
eterna y vieja juventud 
que me ha dejado acobardado
como un pájaro sin luz."
Y me dejé llevar y me perdí entre nostalgias del cuore y recuerdos del alma. 
El tiempo es evidentemente un misterio inescrutable. Casi tan incomprensible como el amor.

martes, 12 de julio de 2011

Intervención estatal en el siglo XIII: cuidar la mesa de los florentinos

Contrariamente a lo que sostiene el tenaz prejuicio que aún prevalece, la Edad Media europea, que abarca unos diez siglos, fue una época diversa y heterogénea, "ni oscura ni dorada", al decir del famoso medievalista Jaques Le Goff (Life, abril 2003).
Hubo, por cierto, diferentes etapas de hambrunas (falta de alimentos) y carestías (falta exclusivamente de cereales).
Florencia medieval
Fue así que a fines del siglo XIII se puso en práctica, de manera sistemática (en 1329, 1340 y 1347), en la comuna de Florencia la intervención del Estado, que compraba los granos y luego los vendía a un precio protegido, para evitar que los pobres murieran de hambre, como efectivamente ocurría en otras regiones, de lo cual dio cuenta el florentino Domenico Lenzi. (Verdon, 2005: 33). A estas medidas se sumó la colaboración de los ciudadanos ricos y a causa de ello la mitad de la población de la Toscana se trasladó a Florencia para huir del hambre.
No existen testimonios de que en tales medidas interviniera el "polémico" Guillermo Moreno.

lunes, 11 de julio de 2011

Cómo cambiar tu vida con Proust

Durante una charla, la otra tarde, con L., recuerdo un libro muy curioso que leí hace unos años, Cómo cambiar tu vida con Proust (de Botton, Alain, Ed. Grupo Zeta, España, 1998). La estructura del libro de Botton es la de un clásico del género de autoayuda y con ese formato aborda este ensayo de crítica literaria y algo más.
En la época en que lo leí estaba realmente enferma con Proust, con la lectura de En busca del tiempo perdido y con  todo lo demás que pudiera encontrar de Proust y acerca de Proust.
El mundo de Marcel se me había metido en el cuerpo y andaba por la vida descubriendo a madames Verdurin, monsieres Charlus, de Bloches, Albertinas, Gilbertas, Saint Loupes y Swannes por todas partes.
Me parecía que había surgido en el territorio de mis relaciones posibles un límite definitivo y definitorio entre quienes habían leído a Proust y quienes podían, (todavía) no sé cómo, vivir ajenos a esa experiencia. Sentía una mezcla de pena por ellos y una sensación de distancia que me ahogaba. No entendían la gracia de pronunciar ciertas frases hechas, ni todas las posibilidades creativas con las que las dolorosas experiencias del amor traicionado y los celos nos proponen. ¿Cómo actuarían frente a la encrucijada que a todos algunas vez se nos presenta entre tomar el camino de Swan o Méséglise o bien optar por el de Guermantes? ¿Qué harían/haríamos? Aventurarnos, obedeciendo a nuestro deseo por el prometedor sendero de lo desconocido, venciendo al mismo tiempo a nuestros temores o bien dejarnos tentar por pequeños placeres ya probados, aún a riesgo de aburrirnos pero sin exponernos a mayores peligros...
Como le ocurrió en su momento a Virginia Woolf, la lectura de Proust también abrió bajo mis pies un abismo (frase que suscitaría cierta sonrisa condescendiente de un Proust que la escuchara en boca de Francoise, por ejemplo): ¿qué sentido tenía intentar escribir después de que alguien lo hubiera hecho como él? Al mismo tiempo que esa excitación tan estimulante de escribir que provoca su lectura. La Woolf, luego de lamentarse, le escribe a Roger Fry, en 1919, al respecto: "Hay que dejar el libro al lado y respirar hondo."(Botton, 1997 :205).
¿Mejor seguir el camino de Swan y quedarme en los placeres de la lectura, y resguardar la escritura en la más anónima intimidad?¿Mejor no asumir los riesgos que, tanto en la vida social como en la exposición de la palabra escrita supone el juicio ajeno? Llevar el deseo a su grado máximo de perversión: el mero goce que nunca se atreve. Y el regodeo en el sufrimiento que implica esa renuncia que, aún así, no deja de tener sus amargas dulzuras .
Afortunadamente la novela no terminó con Proust. Aun así, sigue pareciéndome imposible que alguien que quiera escribir narrativa pueda eludir su lectura sin renunciar al mismo tiempo a uno de los mundos literarios más estimulantes, amables y perfectos que existen. Resignarse a un mundo en el cual la negligencia apague el deseo de escribir y de leer, como ocurre con otros deseos, y en el que llegamos a olvidar que "todo el arte de vivir consiste en aprovechar a los individuos a través de los cuales sufrimos" y que "los pesares y tristezas, en el momento en que se transforman en ideas, pierden parte del poder que tiene de destrozarnos el corazón", como diría el propio Proust.
El propio autor, de Botton, se plantea este dilema en el capítulo "Cómo dejar un libro a medias". Y  nos ofrece, cual moraleja, una cita del propio Proust en la que se refiere a Ruskin: "Erigir la lectura en disciplina es conceder un papel demasiado grande a lo que no es más que una iniciación. La lectura se halla en el umbral de la vida espiritual, puede introducirnos en ella pero no la constituye."

Entrevista a Alain de Botton.

martes, 5 de julio de 2011

De las putas y de sus hijos

Mientras escribía el post anterior, me enteré de las reacciones que está generando en este momento la intervención de la Presidenta de la Nación que prohíbe la oferta sexual en los medios de comunicación.
La existencia de esta forma de explotación promocionada en los mismos medios que reclaman y denuncian, no sin razón, medidas para frenar y castigar el tráfico de personas, ilustra de manera brutal cómo los cafiolos del establishment operan con su doble moral.
¿Basta de promocionar a las putas en los diarios conducidos por sus hijos?
Basta de humillaciones y de discriminación.

La Odette que no encontró a su Swann


Sitio web de esta imagen

Entre la herencia de rituales y conductas cortesanas que nos ha dejado la historia, en los círculos del poder (en todas las organizaciones humanas, en los negocios, empresas, política, instituciones, fábricas, comercios, escuelas ) suele distinguirse la figura de esas mujeres que, muñidas de los recursos y atractivos que brindan la juventud y la belleza, pero en general desprovistas de otras habilidades y talentos, obtienen a cambio de sexo y/o compañía, ascenso profesional y social, beneficios económicos, "prestigio".
Es sabido que muchas de las cortesanas más famosas solían completar estos recursos con saberes, talentos, conocimientos y habilidades intelectuales y/o artísticas, o desarrollaban disciplinas artísticas y técnicas que enriquecían su oficio, como las geishas. Muchas de estas figuras lucharon, en contextos adversos para las mujeres, por ejercer derechos que su origen les negaba, como la educación, la libertad o la capacidad de incidir en la política y en los hombres poderosos.
(Aclaración: la prostitución, en sus diversas formas, no suele gozar de buena prensa y está muy bien que sea así, puesto que en sus entrañas se esconde la sangre y la vida robada a mujeres y niños/as explotados como esclavos. Las personas que trabajan comerciando con su cuerpo suelen hacerlo por no tener alternativas y vivir en condiciones de desesperada injusticia y necesidad material.)
Sin embargo el desprecio (como producto a veces de la envidia, en otros casos surgido del cansancio que genera la conciencia de la injusticia de quienes obtienen sus logros sólo mediante incruentos esfuerzos y sacrificios intelectuales, laborales y físicos), parece inevitable frente a quienes eligen este camino estimulados por una combinación de ambición y ansiedad. Lo curioso es que en una época como la nuestra, en la que el sistema nos ha convencido de que somos, todos, mercancías intercambiables que debemos prostituirnos para sobrevivir; en una época que lo justifica todo en nombre de las ganancias, persista este rechazo en el sentido común por las opciones "facilistas" de algunas mujeres a la hora de decidir los caminos que simplifiquen su progreso.
S. Botticelli, "Las hijas de Jetro" (detalle) 1480
Si el resultado de la empresa de estas personas es consagrado por el éxito de una unión legitimada con alguien que goce de  aceptación y respetabilidad (ya sea con un productor de espectáculos, un escritor que vende, un intelectual consagrado, un futbolista rico, un político con poder, una estrella de rock millonaria, etc), la sociedad terminará por inclinarse ante la astucia empleada, olvidando al mismo tiempo el desprecio que antes sintió por esta "puta", "yiro", "gato", "cocotte". Imposible no tener en mente a la bella Odette de Crécy y su consagración como señora de Swann en el salón de Madame Verdurin.
Si, por el contrario y como sucede en la mayoría de los casos, al declinar la juventud y la belleza, el prontuario de relaciones y amantes no ha logrado transformarse en currículum; si no ha habido hijos; si estas personas no han logrado ser fértiles en el campo intelectual, político, artístico, afectivo, por bienes que  se hayan obtenido, por títulos (antes de nobleza, hoy quizá otro tipo de acreditaciones que incluyen, por supuesto, las académicas); por acceso que se haya logrado a círculos sociales habilitantes, todo quedará, posiblemente, en la triste declinación en soledad de quienes no han podido conquistar por sí mismas la libertad y la calidez protectora de los afectos genuinos y desinteresados. 
Porque también se prostituyen a su modo, más disimulado, los que forman los círculos de distraídos, aduladores, aprovechadores, que les darán a estas favoritas vuelta la cara en cuanto perciban la disminución de su influencia sobre el poderoso.
Y en medio de esta historia, desde ya, está la vida, con todos sus matices, de la cocotte que no llega a señora, la Odette que no encontró a su Swann.

domingo, 3 de julio de 2011

La humanidad progresa III Esclavitud y globalización

Hace unos 2000 años, igual que ahora, los esclavos eran "el más barato y  laborioso de los instrumentos de la agricultura". (Gibbon, 1781, 2010; 67) 
Entonces, como ahora, muchos de los profesionales y docentes que requería el Imperio para seguir creciendo y enriquecer a sus amos eran esclavos: médicos, pedagogos, escritores, traductores, contadores.
Tantos esclavos había en la Roma imperial que cuando en algún momento se pensó la conveniencia de vestirlos con algún atuendo que los diferenciara del resto, la idea se descartó por temor a que se dieran cuenta del peligro que implicaba que tomaran conciencia del gran número que eran y se rebelaran. (Gibbon, 1781, 2010; 66) 
En nuestro país, ciudadanos "respetables", incluso candidatos políticos, no han podido terminar de aclarar si tienen o no esclavos en sus agro empresas o en sus talleres textiles.
Sólo que los ciudadanos romanos que poseían y explotaban esclavos lo hacían dentro de la ley, es decir, de sus instituciones, a las que por supuesto defendían como garantes de sus privilegios.
Los amos contemporáneos, en cambio, han hecho del cinismo una aparente virtud y reclaman a los gobiernos que luchan contra la esclavitud mayor institucionalidad y "reglas de juego claras", curiosa forma del doble discurso que hubiera sorprendido al propio Antístenes.Ocultan lo que en verdad quieren decir: sostener una organización institucional que habilite y legitime el statu quo que les permite quedarse con la riqueza que otros producen sin que nadie chille por eso.
Los romanos no pasaban hambre, incluso en una economía sin excedentes, porque cuando fallaba una cosecha en alguna de sus provincias conquistadas, recurrían a los bienes expropiados de otra. Los esclavos, por supuesto, no eran ciudadanos ni poseían derechos. ¡Bienvenidos al mundo globalizado! ¡Bienvenidos al Imperio! Alea iacta est.