Último verano en Stalingrado, novela

martes, 5 de julio de 2011

La Odette que no encontró a su Swann


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Entre la herencia de rituales y conductas cortesanas que nos ha dejado la historia, en los círculos del poder (en todas las organizaciones humanas, en los negocios, empresas, política, instituciones, fábricas, comercios, escuelas ) suele distinguirse la figura de esas mujeres que, muñidas de los recursos y atractivos que brindan la juventud y la belleza, pero en general desprovistas de otras habilidades y talentos, obtienen a cambio de sexo y/o compañía, ascenso profesional y social, beneficios económicos, "prestigio".
Es sabido que muchas de las cortesanas más famosas solían completar estos recursos con saberes, talentos, conocimientos y habilidades intelectuales y/o artísticas, o desarrollaban disciplinas artísticas y técnicas que enriquecían su oficio, como las geishas. Muchas de estas figuras lucharon, en contextos adversos para las mujeres, por ejercer derechos que su origen les negaba, como la educación, la libertad o la capacidad de incidir en la política y en los hombres poderosos.
(Aclaración: la prostitución, en sus diversas formas, no suele gozar de buena prensa y está muy bien que sea así, puesto que en sus entrañas se esconde la sangre y la vida robada a mujeres y niños/as explotados como esclavos. Las personas que trabajan comerciando con su cuerpo suelen hacerlo por no tener alternativas y vivir en condiciones de desesperada injusticia y necesidad material.)
Sin embargo el desprecio (como producto a veces de la envidia, en otros casos surgido del cansancio que genera la conciencia de la injusticia de quienes obtienen sus logros sólo mediante incruentos esfuerzos y sacrificios intelectuales, laborales y físicos), parece inevitable frente a quienes eligen este camino estimulados por una combinación de ambición y ansiedad. Lo curioso es que en una época como la nuestra, en la que el sistema nos ha convencido de que somos, todos, mercancías intercambiables que debemos prostituirnos para sobrevivir; en una época que lo justifica todo en nombre de las ganancias, persista este rechazo en el sentido común por las opciones "facilistas" de algunas mujeres a la hora de decidir los caminos que simplifiquen su progreso.
S. Botticelli, "Las hijas de Jetro" (detalle) 1480
Si el resultado de la empresa de estas personas es consagrado por el éxito de una unión legitimada con alguien que goce de  aceptación y respetabilidad (ya sea con un productor de espectáculos, un escritor que vende, un intelectual consagrado, un futbolista rico, un político con poder, una estrella de rock millonaria, etc), la sociedad terminará por inclinarse ante la astucia empleada, olvidando al mismo tiempo el desprecio que antes sintió por esta "puta", "yiro", "gato", "cocotte". Imposible no tener en mente a la bella Odette de Crécy y su consagración como señora de Swann en el salón de Madame Verdurin.
Si, por el contrario y como sucede en la mayoría de los casos, al declinar la juventud y la belleza, el prontuario de relaciones y amantes no ha logrado transformarse en currículum; si no ha habido hijos; si estas personas no han logrado ser fértiles en el campo intelectual, político, artístico, afectivo, por bienes que  se hayan obtenido, por títulos (antes de nobleza, hoy quizá otro tipo de acreditaciones que incluyen, por supuesto, las académicas); por acceso que se haya logrado a círculos sociales habilitantes, todo quedará, posiblemente, en la triste declinación en soledad de quienes no han podido conquistar por sí mismas la libertad y la calidez protectora de los afectos genuinos y desinteresados. 
Porque también se prostituyen a su modo, más disimulado, los que forman los círculos de distraídos, aduladores, aprovechadores, que les darán a estas favoritas vuelta la cara en cuanto perciban la disminución de su influencia sobre el poderoso.
Y en medio de esta historia, desde ya, está la vida, con todos sus matices, de la cocotte que no llega a señora, la Odette que no encontró a su Swann.

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