Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 29 de junio de 2011

Lenguas incomprensibles

Hubiéramos querido que ella no se empecinara tanto en dejar de ser ella (la que nosotras queríamos/creíamos), en olvidar por qué éramos amigas, en empezar a hablar otro idioma y olvidar el nuestro.
No sé quién se dio cuenta primero si fui yo, si fue V. o si fue una profesora que no nos soportaba a ninguna y  al terminar una clase aburrida como todas sus clases, nos dijo con un tonito que pretendía ser amenazante, aunque le salía bastante mal, (¿y acaso no fue así que lo notamos?): y díganle a su amiguita que no le voy a levantar la nota sólo porque ahora pronuncie las palabras como si fuera extranjera.
Hubiéramos querido que nos siguiera amando tal como éramos y como hablábamos, porque con nuestras palabras podíamos expresarlo todo: el amor por la música que experimentaba V, la generosidad y la compasión de N, la alegría de vivir, contagiosa, de A. Nos alcanzaba para hablar de nuestros padres (los muertos y los vivos), de los programas de la tele que nos gustaban, de mi incipiente deseo de escribir, del de N, que lo hacía muy bien, del chico que acababa de desvirgar a V, de la revolución, de los países que queríamos conocer, de cómo odiábamos la vida burguesa de nuestras familias y las claudicaciones de los adultos, las agachadas, las cobardías. De lo mal que olían los viejos. De la chica de quinto que se prostituía para ascender socialmente.
Especialmente yo hubiera dado cualquier cosa por seguir teniéndola de confidente y contarle mis secretos, pero ya casi no entendía nuestra lengua y a mi la de ella, aunque vagamente captara lo esencial, me resultaba muy fría, inadecuada para expresar nada que fuera cierto, ni mío. Servía como sirve el lenguaje de los manuales escolares de entonces, para hacer carrera, para aprobar exámenes, era útil. Pero no servía para decir nada especial, original, verdadero. 
Con ese idioma yo no podía pensar y me hubiera gustado que ella también se diera cuenta que las ideas, las de ella, fueran cuales fuesen, quedaban atrapadas, inermes, en esa gramática que a fuerza de repetir y repetir se le iba haciendo exclusiva.

Hacíamos como que estaba todo igual, fingíamos demencia, crecíamos, cambiamos de ciudades, de parejas, de trabajos y nos juntábamos o nos escribíamos para contarnos de las cosas importantes, el hijo que esperábamos o habíamos perdido, nuestro compromiso político, un viaje soñado, la enferemedad de un familiar, la película que nos gustaba, el recital de rock al que habíamos ido con ese chico.
Ella hacìa como que entendía y nosotros también, aunque la más se esforzaba era yo. 
V.me dijo un día: no entiendo cómo no te das cuenta de que cuando escribe salta la hilacha, parece que usara uno de esos traductores on line que hacen todo literal, cambian el sentido y arman frases absurdas.
Pablo Picasso, Las muchachas de Avignon, 1907
Claro que me daba cuenta. Ella también. Empezó a mostrase hostil, ya no disimulaba que no entendía mis palabras. Negaba saber de las cosas que yo le preguntaba, en medio de una charla intercalaba un monólogo en su idioma incomprensible y luego me clavaba una mirada desafiante como si esperara de mí un respuesta a una pregunta que yo, desde ya, no entendía o me parecía imposible que ella formulara, porque era tan impersonal, tonta, obvia. A su vez ella no escondía el desprecio por mi estúpida charlatanería y de su boca, al parecer, sólo salían frases graciosas, inteligentes y atrevidas, que yo era incapaz de comprender.
Habría querido no tener que explicar aquí, allá y mil veces que las palabras que se escriben así, de este modo (acá), son ficciones, que hablan fantasiosamente de uno mismo, de otros, de aquellos, de todos, pero que no es necesario tratar de encontrar a tal o cual reales, porque no existen, porque todos somos instantes efímeros en la percepción de otros que nos escriben, nos dicen, nos pronuncian y el dolor, a veces, es no encontrar las palabras para hacerse entender, para comunicarse.

Habría deseado tanto poder decirle: mirá, aunque ya no tengamos nada que decirnos, aunque no sepamos cómo conversar, sospecho, intuyo, que puedo ser yo misma el enigma, la que mutó de idioma, la que ya no sabe cómo comunicarse, la que olvidó.

lunes, 27 de junio de 2011

Vamos al ruedo, no tengas miedo

Somos al fin y al cabo burgueses asustados, sin Dios, ni Patria, ni amor.
A veces.
Apenas nos quedan, para sobrellevar la angustia y la certeza de nuestra finitud, de nuestra íntima (inefable) soledad, una cada vez más declinante confianza en el psicoanálisis; un botiquín de drogas legales o ilegales, alguna sensibilidad para la música y el cine, la vocación política. Recuerdos. Una novela, un poema, quizá una carrera profesional, un oficio, un trabajo, para distraernos mientras envejecemos. Tratar de ver, en los ojos de nuestros hijos (si los tenemos) que se van alejando, el brillo de un sentido que vaya más allá de nosotros. El tinte de algún linaje que nos precedió, sentido como algo propio, nuestro.
A veces nos pesan los duelos de todo aquello que, tarde comprendimos, hubiéramos querido ser.
El salvavidas de plomo de las equivocaciones que no nos podemos perdonar ni siquiera mientras nos hundimos en el frío mar, oscuro, ajeno.
La clausura de los futuros y mundos que anhelábamos (y fuimos capaces de crear, con sólo imaginar, como crean los dioses) cuando confiábamos en que había vida en otros planetas y uno de ellos se llamaba Mañana. Que esa vida no siempre era hostil y podía estar llena de gratos descubrimientos, promesas increíbles, para nosotros.
Van Eyck, Matrimonio Arnoldfini, 1434
Que alguien allá afuera nos estuviera observando, que no fuera algo sólo amenazante, que fuéramos parte de un plan superior, que la vida es como una serie de espejos. Que nuestro ego no es tan importante. Que hay otros. Que Alguien nos cuida y vela por nosotros.
Crecimos. No fuimos capaces de creer. ¿Crecimos?
A veces.
Leemos un soneto clásico que habla de la enfermedad del amor (my love is a fever), de la ceguera del amor, de la locura de la pasión amorosa, del infierno del amor ("as black as hell"). Escuchamos, eco lejano del pulso de nuestra vida, una canción que evoca esos momentos, efímeros, intensos, en los que supimos darlo todo. Tenerlo todo. Perderlo todo. Llorarlo todo.
Y supimos. A veces supimos: "lo que no conocemos y apenas sospechamos."
Y luego olvidamos. ¿Olvidamos qué? Todo esto que sabemos, y entonces: somos duros como rocas (dichosa "piedra dura que ya no siente"), insensibles al dolor ajeno y propio; incrédulos aunque un milagro suceda frente a nosotros; solícitos al dinero (se lo damos todo, le sacrificamos todo).
A veces somos buenas madres de familia, buenas burguesas, buenas profesionales. Eficientes. Robóticas.
Pero en medio de la noche nos despertamos con el ruido de un alarido (tan humano que decimos: un loco, un poseso). Nos damos cuenta que somos nosotros quienes gritamos. 
Y recordamos todo esto. 
Y también que "el hombre cree en Dios para poder hacer lo que le plazca en su nombre y Dios cree en el hombre para poder echarle la culpa de todos sus errores." (Fresán, 2009:47).
(Ssshh. Silencio. Hay cosas de las que es mejor no hablar con nadie. Es mucho mejor maquillarse, calzarse unas buenas botas de invierno, un abrigo, una sonrisa más o menos aceptable y vamos al ruedo, no tengas miedo.)

viernes, 24 de junio de 2011

Fall in love with you

En el marco de un ejercicio, L. me pide que resuma qué ocurre en un fragmento de una novela. Le digo: están en la playa y de pronto ella se enamora de él. Me sorprendo y reconozco: ni me había dado cuenta de que era eso lo que pasaba en esta parte. De pronto no está enamorada, apenas lo conoce y ¡paf!
A L., que es un lector descomunal, no le sorprende en lo más mínimo y me cuenta que, en alguna parte, Alice Munro dice que no se puede narrar el enamoramiento precisamente porque en un instante no estamos enamorados y en el siguiente sí.
Recurso literario u observación de la vida (que al fin y al cabo, depende el ojo que mire pueden ser la misma cosa), recuerdo cómo me ha gustado siempre la expresión del inglés "fall in love", única capaz, según mi limitado saber, de expresar tan precisamente ese suceso repentino, que puede producirse en el instante en que escuchamos, como Swann, nuestra "petite phrase" de Vinteuil o una mirada nos traslada a un cuadro de quien sea nuestro Boticelli.
Pero también, la expresión "fall in love with you" revela un mayor optimismo acerca de las posibilidades de  la reciprocidad en el enamoramiento, ausente de nuestra expresión "enamorarse de", que puede o no ser recíproco e implica una intensa experiencia de "estar en el amor", de prendarse de alguien. Y entonces, estamos irremediablemente inmersos en todas las posibilidades del desamor y los celos.

lunes, 20 de junio de 2011

Día de la Bandera, nuestras banderas

En en una entrevista publicada en el último número de la revista 23 (19/6/11) la senadora nacional Norma Morandini explica las razones por las que se opuso, en el Parlamento, a una serie de iniciativas del PE  consideradas progresistas en amplios sectores de la sociedad argentina, como por ejemplo la institución del 24 de marzo como feriado nacional y DIA NACIONAL DE LA MEMORIA POR LA VERDAD Y LA JUSTICIA. (ley 26.085 del 2006).
Los argumentos de la senadora y actual candidata a Vicepresidenta de la Nación de Binner, escapan a mi comprensión. Sostiene que se opuso porque, para ella, ese día debería ser una jornada de "recogimiento" y que se siente "perturbada" al observar que para muchos compatriotas se incorpora como un feriado largo para hacer turismo. Es decir, en su tarea como legisladora no parece haber evaluado los aspectos simbólico-políticos del valor colectivo de la conmemoración (hacer memoria) de la fecha en el calendario oficial, si no sus personales sentimientos de rechazo (¿intolerancia?) frente a la conducta de algunos sectores de la sociedad que no comparten esos valores.
Desconozco si en un día como hoy, feriado nacional por conmemorarse la muerte del creador de la bandera, la senadora Morandini ha organizado una jornada de reflexión y recogimiento. Ignoro cuántos argentinos utilizan esta fecha para pasear, descansar, visitar a sus familias, realizar actividades políticas de conmemoración, o simplemente cumplir con sus obligaciones laborales si así les corresponde. No sé si un chofer de colectivo que transporta pasajeros, un médico que está de guardia, un soldado conscripto o un músico integrante de un banda militar que participa de los actos de conmemoración oficiales tiene mejores o peores sentimientos patrióticos que otros argentinos, si son más intensos hoy que ayer o que mañana.
En casa hemos colgado la bandera en la ventana.
El alcance de ese pequeño gesto nos hace sentir parte de una patria más acogedora y propia, que exige por cierto responsabilidades y sacrificios pero también satisfacciones y esperanzas, horizontes pensables al mediano y largo plazo para un país que, sin embargo, durante muchos años nos rechazó y nos impulsó al cipayismo, (disfrazado de cosmopolitismo), al exilio y al rechazo de todas las categorías de las que parecían haberse apropiado para siempre los "dueños de la patria" y de las palabras como bandera, nacionalismo, próceres, soberanía, sólo para achicar la Nación y exterminar a una gran cantidad de sus mejores hijos. (Y, de paso, sólo nos dejaban, para interpretar la historia, el relato infantilizante de las Billiken más o menos elaboradas.)
En la sociedad capitalista y consumista, en el mundo desacralizado, es probable que el simbolismo que portan ciertos homenajes no sea más que una nueva excusa para el despojo y el consumo.
Quienes profesan el culto católico sentirán probablemente, como la senadora, el rechazo por la utilización de la Navidad o la Semana Santa como meras excusas para el comercio y el turismo. Quienes han dejado parte de su vida en la lucha por los derechos humanos y la recuperación de la memoria, observarán con desconcierto a sus compatriotas que, indiferentes al dolor y a la reivindicación que implica, ignoran la diferencia entre el 24 de marzo y cualquier otro feriado. Quienes perdieron (para siempre, o en los laberintos de la sinrazón) a sus hijos, hermanos, padres, en Malvinas, se sentirán incomprendidos cuando los diarios exhiben los números del crecimiento del turismo el 2 de abril.
Para las generaciones de jóvenes y adolescentes, esas fechas tendrán muchos significados y tal vez, solamente, un ritual escolar que les posibilita faltar un día a la escuela. Nadie puede afirmar con certeza qué le ocurre a cada ciudadano.
Quién sabe qué conjeturas y sueños de futuro colectivo para los americanos (que somos todos, y no sólo los norteamericanos, aunque haya que repetirlo una y otra vez)  habitaban en la imaginación de Manuel Belgrano y sus contemporáneos al crear la bandera y al luchar por independizarnos del imperio español. Muchas de esas ideas han llegado hasta nosotros y se han reinterpretado, como sucede siempre en la historia, con las pinceladas que cada época le imprime a sus memoria del pasado individual y colectivo.
Las instituciones legales, como los feriados conmemorativos, expresan decisiones políticas sostenidas por determinadas ideas que se pretende sostener en el presente, a la vez que señalan líneas de acción para el futuro, los acuerdos sociales fundamentales sobre el proyecto de país y los derechos de sus ciudadanos, sin que ello signifique desconocer que el conflicto de intereses es constitutivo de las sociedades políticas.
Afortunadamente para la senadora Morandini, para cada uno de nosotros, vivimos hoy con la libertad para interpretar y conmemorar estas fechas como nos parezca más adecuado. Y con las instituciones, como el feriado de hoy, suficientes para sentirnos parte de una sociedad que se reconoce heredera de ciertas tradiciones y luchas, que las recuerda mediante los rituales que la cultura dispone para nosotros dentro de las formas de organización del Estado democrático que hemos podido, sabido, construir. 
No hagamos nuestra la cobardía del Triunvirato que censuró a Belgrano por su estandarte. No hay que temer a las evocaciones múltiples de la bandera que cada uno reivindica en su corazón. 
Hoy, como el año pasado en los multitudinarios festejos por el Bicentenario, como nunca en la vida de los que andamos por los 40, podemos cantar con orgullo y sin vergüenza:
Aquí está, como el cielo refulgente,
ostentando sublime majestad,
después de haber cruzado el Continente,
exclamando a su paso: ¡Libertad!
¡Libertad! ¡Libertad!




lunes, 13 de junio de 2011

Gracias

Gracias a mis pocos pero fieles lectores, por permanecer.

El mandato de la "vida sana": "cortenla, déjennos vivir en paz"

Pocas cosas me resultan más insípidas que el discurso cuasi hegemónico de la supuesta "vida sana". Este nuevo culto que encuentra sacerdotes en casi todas las expresiones culturales contemporáneas, empezando por los medios de comunicación y las redes sociales. Por no mencionar a los feligreses voluntarios que acechan en los medios de transporte, las oficinas, las colas de los bancos, los negocios o la batalla fanática de los conversos (ex fumadores).
Aclaración elemental: como creo en la política como herramienta de transformación social, estoy completamente de acuerdo en que los Estados, incluso atravesados como están por los conflictos de poderes, deben pensar, ejecutar y sostener políticas de salud pública para sus poblaciones, y que les sale más barato (si logran dar las batallas contra ciertos lobbies) hacer campaña y legislar contra el tabaquismo que bancar los costos de las enfermedades asociadas. Lo mismo valdría en tal caso como argumento para despenalizar el consumo privado de marihuana, el aborto, etc. No estoy acá refiriéndome a eso ni al devenir de las instituciones.
Aclaración elemental 2: lo que enferma y contamina es el modelo productivo capitalista. Lo sabemos. No hay política ambiental eficaz si no se toca esa estructura fundante. No hay forma de tocar esa estructura como no sea una forma política global y transgresora, en la que participen muchos países, las mayorías de las poblaciones del mundo, en fin, utopías revolucionarias o formas de política que aún no han sido imaginadas o tal vez guerras sangrientas y revoluciones.
Aclaración elemental 3: como expresión del poder económico en los mercados, los laboratorios nos desparraman las enfermedades y adicciones y luego nos venden las curas, y esto no es ya una teoría conspirativa si no una verdad de perogrullo para cualquier que tenga unos añitos.(...) "gran parte de la literatura y el cine de ciencia ficción, empezando quizá por Frankestein. Es decir, un mundo que vive en la ilusión de un orden que en realidad oculta las manipulaciones con las que un grupo reducido de poderosos (que podemos llamar el Mal, las Corporaciones, el Capital, el Demonio, el Imperio, etcétera) digita ocultos mecanismos para controlar a la humanidad y dominarla a su antojo. Un mundo en el que, al mismo tiempo, el conocimiento asociado al orgullo, en el sentido de Mary Shelley o de Terminator, puede traer consecuencias fatales."
Así que si decido dejar de fumar tabaco nada tiene que ver con esto. ¡¡Si fumo en lugares en los que no molesto a otros, déjenme en paz!!Es una decisión individual, personal, libre, tal como lo es seguir fumando. Un encarar una difícil lucha contra mi adicción que no requiere ni necesita contenido doctrinario. Si apoyo, desde ya. Pero no que me muestren fotos de pulmones hechos mierda, que me enumeren todas las enfermedades asociadas con el cigarrillo, que me convenzan con los fantasmas de la muerte. Eso nunca funciona.


No veo que la gente esté confeccionando su propia ropa en la casa al enterarse de la cantidad de niños explotados en el mundo por empresas multinacionales como Nike, o locales como Mimo, Kosiuko, Awada, Adidas, etc.
No dejamos de tomar mate por reconocer las prácticas de explotación y de producción contaminante de empresas como Las Marías.
No hacemos una alimentación orgánica (salvo sectores minoritarios con alto poder adquisitivo o muy cool, o militantes ecologistas muy excepcionales) y nadie mira con desdén del que desprecia al suicida a uno que come un pollo producto de hormonas y alimentos transgénicos y vaya a saber qué otra clase de veneno.
No son observados como delincuentes (como los feos, sucios, ignorantes fumadores) quienes viven en ciudades altamente tóxicas, como Buenos Aires, respirando veneno, escuchando veneno hasta quedarse sordos, viendo veneno por todas partes.
Nadie pontifica respecto a la imbecilidad de quienes poseemos y conducimos automóviles, contaminándonos a todos sin escrúpulos. En los hospitales y lugares públicos se prohíbe fumar tabaco y está muy bien, pero circulan ambulancias que liberan humos tóxicos y no está tan bien. Y se administran muchas veces drogas de las que años después se descubren (o se hacen públicas) efectos muy nocivos para la salud.
¿No podemos sentir piedad por nuestro prójimo y por nosotros, todos hundidos en el mismo lodo en lugar de desprecio? ¿No podemos evitar subirnos al pedestal de la vida sana, el discurso de las certezas moralizantes que es más despótico que el de cualquier guerra santa de la historia?
Recuerdo (cito de memoria) una reflexión de K. Kraus que decía algo así como: "Si he de creer en algo que no puedo ver, prefiero creer en Dios y no en los átomos". Prefiero creer yo también en un Dios más piadoso con su imperfecta criatura, que el que la pretende libre de toda mácula que lo distraiga de su pobre y triste rol de consumidor y productor.
El fumador es despreciable porque se enferma y genera gastos mayores a los ingresos que les provoca a las empresas tabacaleras su consumo. Tratar su adicciones es un buen negocio para los fabricantes de drogas para la abstinencia y ni qué decir para los que fabrican las innumerables drogas para combatir la angustia (llámese síndrome de abstinencia, ansiedad, depresión, insomnio, soledad, conciencia de finitud, soledad, vejez, etc)
Nadie menciona con desdén a los consumidores de pastillas y productos químicos para comer o dejar de comer, para dormir, para coger, para rendir más en el deporte, para hacer caca, para sobrellevar la vida, en fin.
Nadie se detiene a observar si ese ludópata o aquel alcohólico padecen, mientras produzcan. Al menos hasta que se arroja algunos de ellos al vacío (metáfora inquietante del propio vacío) desde la terraza de una importante multinacional con sede en Francia.
La muerte siempre es el horizonte de todo individuo vivo, la angustia atraviesa al hombre occidental más allá del tabaco, Tánatos forma parte de nosotros como Eros. Hay una libertad para que podamos ser sujetos, si no somos apenas materia inerte, entonces, entiendo, agradezco y comparto el reclamo sobre nuestra salud por parte de aquellos que nos aman y temen perdernos. Es una manifestación de amor que concuerda con lo políticamente correcto, pero es amor.
Lo demás es puro cuento.

Del oficio de escribir I

"La literatura, supongo que ya ha quedado claro, no tiene nada que ver con premios nacionales sino más bien con una extraña lluvia de sangre, sudor, semen y lágrimas." (Roberto Bolaño,"Sobre la literatura, el premio nacional de literatura y los raros consuelos del oficio" , Entre Paréntesis, Anagrama, Barcelona, 2004)


"El arte de escribir es una actividad fútil si no supone ante todo el arte de ver el mundo como el sustrato potencial de la ficción" (Nabokov, Vladimir, Curso de literatura europea, Grupo Zeta, Buenos Aires, 1997, pág.25)

"Un buen escritor combina las tres facetas; (narrador, maestro, encantador) pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor." (idem, pág. 29)


“Puedo decir lo que quiero, nunca descubriré por qué se escribe ni cómo se escribe.” “La duda, la duda es escribir. Por tanto, es el escritor también.” (Marguerite Duras)

"Porque este oficio no es nunca un consuelo o una distracción. No es una compañía. Este oficio es un amo capaz de azotarnos hasta hacernos sangrar, un amo que grita y condena. Nosotros debemos tragar saliva y lágrimas, apretar los dientes, secar la sangre de nuestras heridas y servirlo." (Natalia Guinzburg, "Mi oficio", en Las pequeñas virtudes, pág. 101)

"Después nacieron mis hijos, y yo, al principio, cuando eran muy pequeños, no lograba entender cómo se podía escribir teniendo hijos." (idem, pág. 95)

"De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más" (Roberto Bolaño, Amberes, en el epígrafe de la edición de Entre Paréntesis, Anagrama, Barcelona, 2004)

"Un libro no escrito es algo más que un vacío. (...) Es una de las vidas que podríamos haber vivido, uno de los viajes que nunca emprendimos. La filosofía enseña que la negación puede ser determinante. Es más que una negación de posibilidades. La privación tiene consecuencias que no podemos prever ni calibrar adecuadamente. Es el libro que nunca hemos escrito el que podría haber establecido esa diferencia. El que podría habernos permitido fracasar mejor. O tal vez no." (George Steiner, Los libros que nunca he escrito, FCE-Ed. Siruela, Argentina, 2008)


"Si bien es cierto que escribo para que me lean, con el tiempo he aprendido a completar con otras verdades mi sincera respuesta a la pregunta de por qué escribo. Ahora, cuando me hacen la inefable pregunta, explico que me hice escritor porque 1) quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, 2) porque vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener." (Vila Matas, "Escribir es dejar de ser escritor")

"Todo escritor está obligado a crear su propio lenguaje, (...) No quiero decir con esto que me agraden los escritores originales que escriben con incorrecciones. Prefiero, y puede que sea una debilidad, a los que escriben bien. Sin embargo, comienzan a escribir bien solamente con la condición de que sean originales, de que sepan crear su propio lenguaje." (Marcel Proust, carta a Madame Straus, en de Botton, Alaan, Cómo cambiar tu vida con Proust, Grupo Zeta, Bs. As., 1998)



viernes, 10 de junio de 2011

Recuérdanos así

Todos hemos puesto alguna vez en duda las categorías de las coordenadas básicas que, aparentemente, signan nuestras vidas humanas del espacio y el tiempo.
Todos hemos leído a pensadores, científicos, escritores, que subvierten e imaginan transpolaciones, poniendo en duda la existencia de algo que no sea el presente (y el pasado como memoria y olvido, y el futuro como fantasía, sueño, deseo), y el espacio, bueno, esa extraña cosa que dice que es aquí pero también allá.
Hay tiempos en la vida de una persona, digamos, 10 años, 20, tal vez más, en los que más o menos aparenta haber existido una realidad: percibo esto, entiendo esto, desarrollo una rutina, repetición, previsibilidad, comprensión del mundo, noción del espacio que de pronto, como si chocara un cometa contra la Tierra, tal vez adentro del alma, tal vez en el espacio exterior que no existe más que en los sueños, se va a la mierda. Como si hubiéramos pasado a otra dimensión y las personas que creíamos mejor conocer (incluyéndonos) de pronto se han convertido en extraños, es cierto, su apariencia es la misma, como en cualquier mundo paralelo espejado de cualquier novela, serie o película de sci fi, pero ni con eso nos engañan, aunque desde ya nos confunden porque, aunque se comportan como verdaderos enemigos, tienen gestos, rasgos, palabras y miradas de aquellos a quienes amábamos, y nos amaban. O eso creíamos.
Nos volvemos locos.
No entendemos nada.
Dudamos del pasado y del presente.
Rechazamos la posibilidad del futuro, que sólo parece ofrecer caos y desesperanza. A lo mejor nada.
Fantaseamos con otro choque planetario para que todo vuelva a ser como antes, pero sabemos que eso no es ya posible, a lo sumo será distinto al hoy, pero nunca igual, porque hemos visto lo que se ocultaba. La mirada torva, la sombra de la especulación, el egoísmo más absoluto, la risa de los locos, ahí, donde antes, estaba nuestro confiado amor.
Por cosas como estas, resulta imposible abandonar una novela que comienza:
"Te encuentres donde te encuentres, cerca o lejos, si puedes leer esto que ahora escribo, por favor recuerda, recuérdame, recuérdanos así." (Rodrigo Fresán, comienzo de El fondo del cielo)

domingo, 5 de junio de 2011

Una nueva novela para D

Hay momentos de la vida en que, inevitablemente, nos sentimos inmersos en la trama de una opresiva novela de Highsmith, bajo la mira de un psicópata, o apenas un paranoico, un neurótico a punto de perder la chaveta, quizá el loco nos mira en el espejo, somos nosotros, a punto de transgredir todos los límites y entonces...
Caer, peor que la inexperta Alicia, descender por un pozo interminable que aunque no sea la madriguera del conejo nos lleva  al mundo paralelo del...
Infierno ya no dantesco, porque somos contemporáneos, hijos del siglo, hemos leído a PD James y a Philip Dick y tal vez a Cormac Mc Carthy y entendemos otras cosas, y nos basta con mirar a nuestro alrededor y ver a los androides y a los sobrevivientes, asesinos y caníbales, con formas humanas y almas de metal; Infierno al fin tal vez como...
Ese clima malsano, irrespirable, agobiante, no pasa nada, una vida entera esperando la justicia, o la venganza, o la explicación, del hombre o la mujer, o el hermano, o el padre, que se quedó con todas las razones y nuestro impulso de vida y no regresa, como en una de S. Marai, hasta que llega el ocaso de nuestros días y sólo nos queda esperar, ya no las respuestas, que son más horrorosas que la incertidumbre, sino la muerte y entonces...
Nos sentimos pequeñas, como un personaje de Henry James, que optimista y lleno de vida, camina o vuela como una paloma, a unos centímetros del suelo en el que reptan, como serpientes, el resto de los personajes de una trama en la que nos pretenden convertir (sin que ni siquiera nos demos cuenta hasta las últimas páginas, hasta la muerte) en títeres, marionetas, espejismos de los potentes individuos que podríamos ser y llegar a ser en el futuro si no fuera porque quieren utilizarnos para planes más o menos desconocidos, más o menos tortuosos, más o menos ajenos a nuestros deseos y necesidades pero no hay pruebas ni cadáveres, no hay crimen, sólo insinuaciones, sospechas, ambigüedades y cómo salir del laberinto...
De la infelicidad familiar que nos mostró Tolstoi, desnudando hipocresías  sostenidas por los protocolos y rituales familiares en los que al final, pecadores como somos (como todos lo somos, pero a veces más lo son nuestros propios acusadores) nos sentimos como Ana y la única salida pareciera ser arrojarse a las vías del tren y acabar con la vergüenza y la humillación del desamor, de la traición y el desprestigio pero...
Como no puede haber algo peor que perecer solos, nos aferramos como ciegos y tontos y nos creemos todos los engaños de los Yago que buscan corrompernos porque no pueden amar libremente...
Y aunque hagamos como Franny y repitamos nuestro mantra, y nombremos a Dios una y otra vez, nos hundimos más y más en la desesperación porque...
Siempre en nuestro interior conservamos a la niña que fuimos y que ya sabía desde siempre que nunca podremos amar del todo al prójimo, del que sospechamos a veces que ni siquiera existe o que no nos ama,  porque "del prójimo forma parte esa raza monstruosa, inexplicable, que es el sexo contrario, dotada de una terrible facultad para hacernos todo el bien y todo el mal, dotada de un terrible poder secreto sobre nosotros." (Guinzburg, Natalia,1962, p.121)
Si pudiera dar consejos a corazones heridos, que sabiéndolo o no están atrapados en un trama de ambiente denso, perverso, malsano, les diría que abandonen esa novela, busquen una tragedia clásica, bien clásica, con algún toque de comedia por qué no, donde podamos volver a identificarnos como lectores en nuestra dimensión humana, dramática sí, pero a la vez paradigmática, de un sufrimiento intolerable, es cierto, pero no por eso infinito ni ajeno a los otros, ni imposible de ser comunicado. Tengamos la expectativa esperanzada de que habrá, porque existe la empatía, un abrazo que consuele porque comprende, y alguien que escucha, porque nuestro drama se ha escrito, con otros nombres, en otros territorios, con otros fines, y a la vez el nuestro es único, necesita tener su propio final. Porque hay una justicia poética y se manifiesta en la dimensión cotidiana de nuestra vida si estamos atentos. Seamos Sarah Connor y salvemos a nuestros hijos.
Y si no alcanza, recurramos a una de Bioy Casares, cualquiera, dejémonos cuidar por su cortesía. Gocemos  porque en su obra el humor no aligera la trama, sino que "la sostiene", es su estilo, "el humor es una de las formas, tal vez la más alta, la más delicada, de la cortesía." (Kociancich, 2006, p.104)
Y si pueden, los que pueden, que no es mi caso, siempre tendrán la música.

viernes, 3 de junio de 2011

La causa (In) Noble y el Diablo

Si uno no es más que un humilde curioso de la historia y la literatura como es mi caso, apenas un humano que husmea en el pasado de otros humanos, ha aprendido a desechar muchas ilusiones respecto a las posibilidades del bien, la verdad y la justicia, de hacerse presentes en la vida real de las sociedades. Parecen apenas anhelos, horizontes utópicos que señalan, ya sea en la trama del relato mítico, religioso, ideológico o filosófico, deseos de quienes han visto de cerca o de lejos la enorme capacidad de daño que tenemos los humanos.
Las sociedades fueron creando órdenes institucionales para satisfacer esas demandas. Siempre humanas, siempre imperfectas.
A la vez, la historia se presenta como el rompecabezas creado por una mente siniestra, un "ángel caído" capaz de todo los diseños maléficos, potente, inteligente, infinito. (Con los rostros que queramos ponerle: Vlad Tepes, Videla, Bush, Hitler, Pol Pot, Stalin, Aramburu, Magnetto, Massera, Ernestina Herrera Innoble).
Repetida hasta el hartazgo la frase de Hobsbawm del "corto siglo XX "como era de las catástrofes", las atrocidades de ese siglo y el alcance de las injusticias no han hecho más que continuar. Basta con ver la extensión  y la magnitud (sin fronteras) de los genocidios que llevan a cabo en este mismo momento Estados Unidos y sus socios, corporaciones y grupos de poder con extensiones en todo el mundo. Es una obviedad señalar que el orden neoconservador (quizá mal llamado neoliberal puesto que de liberal tiene muy poco) está vivo, goza de completa salud y tiene representantes en Argentina que, por supuesto, luchan por sostener sus privilegios, su insaciable avidez de riquezas y disponen de toda clase de instrumentos para ello.
Las instituciones que los hombres han creado para controlar, regular y ordenar la sociedad, las leyes y los órganos encargados de administrar y aplicar el sistema legal (con la aspiración de reparar injusticias) son eso. No son ni deben ser llamadas "la justicia". Podemos nombrarlas en nuestro orden republicano constitucional Poder Judicial, Tribunales, administradores de justicia, etc. Pero no son la justicia.
La causa Herrera (In) Noble, y el último fallo tramposo de la Sala II de Casación, irrita tanto a cualquier ciudadano con una ética democrática precisamente porque violenta todas nuestras aspiraciones institucionales para tener una sociedad más justa, con instituciones mejores que cumplan con los mandatos constitucionales y respeten el orden fundante de una sociedad que nos hemos tratado de dar, con los principios de igualdad ante la ley, el respeto por los derechos humanos, la búsqueda de la verdad, la memoria y la justicia y la obligación de los poderes del Estado constitucional de reparar las injusticias del Estado terrorista.
Los crímenes de lesa humanidad no prescriben, pero los culpables envejecen y mueren y así zafan de las condenas que les corresponden. También envejecen las abuelas, tras tres décadas de inclaudicable búsqueda, y mueren sin justicia ni verdad. El conocimiento de la verdad histórica y las condenas no son reparadoras solamente para los querellantes y las familias e individuos que sufrieron los secuestros, los asesinatos y el silencio. Lo son para el conjunto del pueblo y lo son para fortalecer el orden democrático institucional. Y lo son incluso más allá del uso político que de éstas se haga.
Cualquier dirigente político, más allá de su posicionamiento partidario, que no luche para esclarecer el emblemático caso de los  secuestrados Felipe y Marcela, que siguen siendo en verdad NN, y a la vez diga defender la democracia y las instituciones, MIENTE. Cualquier juez que pone obstáculos para esclarecer la verdad e incumple las leyes, o bien es un inepto (y debería ser removido) o bien incurre en algún delito, por lo menos, de incumplimiento de sus deberes de funcionario público.El pueblo se expresa y vota, cambiando o convalidando a quienes ocupan el Poder Ejecutivo y Legislativo. Sin embargo, de los funcionarios judiciales sabemos poco y controlamos menos.
Más allá de los tecnicismo y los vericuetos legales, nadie puede ignorar que un inocente hará todo lo que esté a su alcance para demostrar rápido su inocencia y derribar cualquier falsa sospecha.
La justicia tardía es injusta. Estos crímenes ocurrieron hace más de 30 años. Esta causa tiene 10 años en los tribunales.(Y cero en "la justicia", puesto que hasta ahora no ha habido reparación de la injusticia alguna)
Detengámonos un instante a reflexionar: ¿qué diríamos todos de un caso similar (dos niños secuestrados, criados por los sospechados de participar en el secuestro, familias que luchan años para verificar si son sus hijos, sobrinos, nietos, 10 años de sustanciación de pruebas, etc) si fueran personas ignotas las implicadas?
Centro clandestino detención-ESMA
¿Qué diríamos si nos detuviéramos un minuto, 10 segundos al día, a imaginar a una joven madre torturada, pariendo entre asesinos, paralizada de miedo, soportando que le quiten a su bebé de entre los brazos, imaginando.....? Intolerable. Y sin embargo,  parece que lo toleramos. 
¿Hay seguridad jurídica en un país con este tipo de instituciones judiciales? ¿Se fortalece así la República? ¿Hay libertades y garantías?
¿Hasta cuándo habrá que repetir estas verdades de perogrullo, obvias, simples?
En un viejo libro escrito en los cincuenta por Giovanni Papini (que le costó la excomunión) llamado El Diablo, el escritor afirmaba que en el siglo XX "el mejor truco del Diablo es habernos convencido de que no existe", que, creo, es una cita de Baudelaire.
Ya sea que lo tomemos como una metáfora del mal en la cultura, que adscribamos al relato de la doctrina cristiana, que nuestra confianza y fe en el paradigma del pensamiento científico contemporáneo nos haga desechar este simbolismo con una sonrisa irónica, aún así, podemos rechazar actuar del lado del Diablo, que es el lado de la injusticia y la maldad, el lado de Ernestina, el lado de los funcionarios judiciales que la sostienen, el de los medios de comunicación que la apoyan y el lado de los políticos que callan.