Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 29 de junio de 2011

Lenguas incomprensibles

Hubiéramos querido que ella no se empecinara tanto en dejar de ser ella (la que nosotras queríamos/creíamos), en olvidar por qué éramos amigas, en empezar a hablar otro idioma y olvidar el nuestro.
No sé quién se dio cuenta primero si fui yo, si fue V. o si fue una profesora que no nos soportaba a ninguna y  al terminar una clase aburrida como todas sus clases, nos dijo con un tonito que pretendía ser amenazante, aunque le salía bastante mal, (¿y acaso no fue así que lo notamos?): y díganle a su amiguita que no le voy a levantar la nota sólo porque ahora pronuncie las palabras como si fuera extranjera.
Hubiéramos querido que nos siguiera amando tal como éramos y como hablábamos, porque con nuestras palabras podíamos expresarlo todo: el amor por la música que experimentaba V, la generosidad y la compasión de N, la alegría de vivir, contagiosa, de A. Nos alcanzaba para hablar de nuestros padres (los muertos y los vivos), de los programas de la tele que nos gustaban, de mi incipiente deseo de escribir, del de N, que lo hacía muy bien, del chico que acababa de desvirgar a V, de la revolución, de los países que queríamos conocer, de cómo odiábamos la vida burguesa de nuestras familias y las claudicaciones de los adultos, las agachadas, las cobardías. De lo mal que olían los viejos. De la chica de quinto que se prostituía para ascender socialmente.
Especialmente yo hubiera dado cualquier cosa por seguir teniéndola de confidente y contarle mis secretos, pero ya casi no entendía nuestra lengua y a mi la de ella, aunque vagamente captara lo esencial, me resultaba muy fría, inadecuada para expresar nada que fuera cierto, ni mío. Servía como sirve el lenguaje de los manuales escolares de entonces, para hacer carrera, para aprobar exámenes, era útil. Pero no servía para decir nada especial, original, verdadero. 
Con ese idioma yo no podía pensar y me hubiera gustado que ella también se diera cuenta que las ideas, las de ella, fueran cuales fuesen, quedaban atrapadas, inermes, en esa gramática que a fuerza de repetir y repetir se le iba haciendo exclusiva.

Hacíamos como que estaba todo igual, fingíamos demencia, crecíamos, cambiamos de ciudades, de parejas, de trabajos y nos juntábamos o nos escribíamos para contarnos de las cosas importantes, el hijo que esperábamos o habíamos perdido, nuestro compromiso político, un viaje soñado, la enferemedad de un familiar, la película que nos gustaba, el recital de rock al que habíamos ido con ese chico.
Ella hacìa como que entendía y nosotros también, aunque la más se esforzaba era yo. 
V.me dijo un día: no entiendo cómo no te das cuenta de que cuando escribe salta la hilacha, parece que usara uno de esos traductores on line que hacen todo literal, cambian el sentido y arman frases absurdas.
Pablo Picasso, Las muchachas de Avignon, 1907
Claro que me daba cuenta. Ella también. Empezó a mostrase hostil, ya no disimulaba que no entendía mis palabras. Negaba saber de las cosas que yo le preguntaba, en medio de una charla intercalaba un monólogo en su idioma incomprensible y luego me clavaba una mirada desafiante como si esperara de mí un respuesta a una pregunta que yo, desde ya, no entendía o me parecía imposible que ella formulara, porque era tan impersonal, tonta, obvia. A su vez ella no escondía el desprecio por mi estúpida charlatanería y de su boca, al parecer, sólo salían frases graciosas, inteligentes y atrevidas, que yo era incapaz de comprender.
Habría querido no tener que explicar aquí, allá y mil veces que las palabras que se escriben así, de este modo (acá), son ficciones, que hablan fantasiosamente de uno mismo, de otros, de aquellos, de todos, pero que no es necesario tratar de encontrar a tal o cual reales, porque no existen, porque todos somos instantes efímeros en la percepción de otros que nos escriben, nos dicen, nos pronuncian y el dolor, a veces, es no encontrar las palabras para hacerse entender, para comunicarse.

Habría deseado tanto poder decirle: mirá, aunque ya no tengamos nada que decirnos, aunque no sepamos cómo conversar, sospecho, intuyo, que puedo ser yo misma el enigma, la que mutó de idioma, la que ya no sabe cómo comunicarse, la que olvidó.

2 comentarios:

victoria dijo...

cinty esta re bueno, justamente habia terminadode escribir algo y tambien habla de idioma,
me gusto mucho lo que escribiste
un beso grande

Palabrascromáticas dijo...

Se ve que andamos en sintonía. En realidad trataba de escribir acerca de esos desencuentros que se producen en las relaciones que alguna vez fueron íntimas, esas amistades en las que las personas se sienten dueñas de un "léxico familiar" (por usar palabras de N. Guinzburg)y la extrañeza que supone perder esa familiaridad. ¿No vas publicar lo que escribiste? Me encantaría leerlo