Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 5 de junio de 2011

Una nueva novela para D

Hay momentos de la vida en que, inevitablemente, nos sentimos inmersos en la trama de una opresiva novela de Highsmith, bajo la mira de un psicópata, o apenas un paranoico, un neurótico a punto de perder la chaveta, quizá el loco nos mira en el espejo, somos nosotros, a punto de transgredir todos los límites y entonces...
Caer, peor que la inexperta Alicia, descender por un pozo interminable que aunque no sea la madriguera del conejo nos lleva  al mundo paralelo del...
Infierno ya no dantesco, porque somos contemporáneos, hijos del siglo, hemos leído a PD James y a Philip Dick y tal vez a Cormac Mc Carthy y entendemos otras cosas, y nos basta con mirar a nuestro alrededor y ver a los androides y a los sobrevivientes, asesinos y caníbales, con formas humanas y almas de metal; Infierno al fin tal vez como...
Ese clima malsano, irrespirable, agobiante, no pasa nada, una vida entera esperando la justicia, o la venganza, o la explicación, del hombre o la mujer, o el hermano, o el padre, que se quedó con todas las razones y nuestro impulso de vida y no regresa, como en una de S. Marai, hasta que llega el ocaso de nuestros días y sólo nos queda esperar, ya no las respuestas, que son más horrorosas que la incertidumbre, sino la muerte y entonces...
Nos sentimos pequeñas, como un personaje de Henry James, que optimista y lleno de vida, camina o vuela como una paloma, a unos centímetros del suelo en el que reptan, como serpientes, el resto de los personajes de una trama en la que nos pretenden convertir (sin que ni siquiera nos demos cuenta hasta las últimas páginas, hasta la muerte) en títeres, marionetas, espejismos de los potentes individuos que podríamos ser y llegar a ser en el futuro si no fuera porque quieren utilizarnos para planes más o menos desconocidos, más o menos tortuosos, más o menos ajenos a nuestros deseos y necesidades pero no hay pruebas ni cadáveres, no hay crimen, sólo insinuaciones, sospechas, ambigüedades y cómo salir del laberinto...
De la infelicidad familiar que nos mostró Tolstoi, desnudando hipocresías  sostenidas por los protocolos y rituales familiares en los que al final, pecadores como somos (como todos lo somos, pero a veces más lo son nuestros propios acusadores) nos sentimos como Ana y la única salida pareciera ser arrojarse a las vías del tren y acabar con la vergüenza y la humillación del desamor, de la traición y el desprestigio pero...
Como no puede haber algo peor que perecer solos, nos aferramos como ciegos y tontos y nos creemos todos los engaños de los Yago que buscan corrompernos porque no pueden amar libremente...
Y aunque hagamos como Franny y repitamos nuestro mantra, y nombremos a Dios una y otra vez, nos hundimos más y más en la desesperación porque...
Siempre en nuestro interior conservamos a la niña que fuimos y que ya sabía desde siempre que nunca podremos amar del todo al prójimo, del que sospechamos a veces que ni siquiera existe o que no nos ama,  porque "del prójimo forma parte esa raza monstruosa, inexplicable, que es el sexo contrario, dotada de una terrible facultad para hacernos todo el bien y todo el mal, dotada de un terrible poder secreto sobre nosotros." (Guinzburg, Natalia,1962, p.121)
Si pudiera dar consejos a corazones heridos, que sabiéndolo o no están atrapados en un trama de ambiente denso, perverso, malsano, les diría que abandonen esa novela, busquen una tragedia clásica, bien clásica, con algún toque de comedia por qué no, donde podamos volver a identificarnos como lectores en nuestra dimensión humana, dramática sí, pero a la vez paradigmática, de un sufrimiento intolerable, es cierto, pero no por eso infinito ni ajeno a los otros, ni imposible de ser comunicado. Tengamos la expectativa esperanzada de que habrá, porque existe la empatía, un abrazo que consuele porque comprende, y alguien que escucha, porque nuestro drama se ha escrito, con otros nombres, en otros territorios, con otros fines, y a la vez el nuestro es único, necesita tener su propio final. Porque hay una justicia poética y se manifiesta en la dimensión cotidiana de nuestra vida si estamos atentos. Seamos Sarah Connor y salvemos a nuestros hijos.
Y si no alcanza, recurramos a una de Bioy Casares, cualquiera, dejémonos cuidar por su cortesía. Gocemos  porque en su obra el humor no aligera la trama, sino que "la sostiene", es su estilo, "el humor es una de las formas, tal vez la más alta, la más delicada, de la cortesía." (Kociancich, 2006, p.104)
Y si pueden, los que pueden, que no es mi caso, siempre tendrán la música.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hemoso el post, mujer. Felicitaciones. Esta frase, no sé por qué, o tal vez sí, me gustó especialmente: "Tengamos la expectativa esperanzada de que habrá, porque existe la empatía, un abrazo que consuele porque comprende, y alguien que escucha, porque nuestro drama se ha escrito, con otros nombres, en otros territorios, con otros fines, y a la vez el nuestro es único, necesita tener su propio final. Porque hay una justicia poética y se manifiesta en la dimensión cotidiana de nuestra vida si estamos atentos".
Como dirían los viejos boletines: "felicitaciones. ¡Continúa así!"
Emiliano Albertini

Palabrascromáticas dijo...

Muchas gracias Emi, como respondería una alumna inhibida ante el halago...