Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 27 de junio de 2011

Vamos al ruedo, no tengas miedo

Somos al fin y al cabo burgueses asustados, sin Dios, ni Patria, ni amor.
A veces.
Apenas nos quedan, para sobrellevar la angustia y la certeza de nuestra finitud, de nuestra íntima (inefable) soledad, una cada vez más declinante confianza en el psicoanálisis; un botiquín de drogas legales o ilegales, alguna sensibilidad para la música y el cine, la vocación política. Recuerdos. Una novela, un poema, quizá una carrera profesional, un oficio, un trabajo, para distraernos mientras envejecemos. Tratar de ver, en los ojos de nuestros hijos (si los tenemos) que se van alejando, el brillo de un sentido que vaya más allá de nosotros. El tinte de algún linaje que nos precedió, sentido como algo propio, nuestro.
A veces nos pesan los duelos de todo aquello que, tarde comprendimos, hubiéramos querido ser.
El salvavidas de plomo de las equivocaciones que no nos podemos perdonar ni siquiera mientras nos hundimos en el frío mar, oscuro, ajeno.
La clausura de los futuros y mundos que anhelábamos (y fuimos capaces de crear, con sólo imaginar, como crean los dioses) cuando confiábamos en que había vida en otros planetas y uno de ellos se llamaba Mañana. Que esa vida no siempre era hostil y podía estar llena de gratos descubrimientos, promesas increíbles, para nosotros.
Van Eyck, Matrimonio Arnoldfini, 1434
Que alguien allá afuera nos estuviera observando, que no fuera algo sólo amenazante, que fuéramos parte de un plan superior, que la vida es como una serie de espejos. Que nuestro ego no es tan importante. Que hay otros. Que Alguien nos cuida y vela por nosotros.
Crecimos. No fuimos capaces de creer. ¿Crecimos?
A veces.
Leemos un soneto clásico que habla de la enfermedad del amor (my love is a fever), de la ceguera del amor, de la locura de la pasión amorosa, del infierno del amor ("as black as hell"). Escuchamos, eco lejano del pulso de nuestra vida, una canción que evoca esos momentos, efímeros, intensos, en los que supimos darlo todo. Tenerlo todo. Perderlo todo. Llorarlo todo.
Y supimos. A veces supimos: "lo que no conocemos y apenas sospechamos."
Y luego olvidamos. ¿Olvidamos qué? Todo esto que sabemos, y entonces: somos duros como rocas (dichosa "piedra dura que ya no siente"), insensibles al dolor ajeno y propio; incrédulos aunque un milagro suceda frente a nosotros; solícitos al dinero (se lo damos todo, le sacrificamos todo).
A veces somos buenas madres de familia, buenas burguesas, buenas profesionales. Eficientes. Robóticas.
Pero en medio de la noche nos despertamos con el ruido de un alarido (tan humano que decimos: un loco, un poseso). Nos damos cuenta que somos nosotros quienes gritamos. 
Y recordamos todo esto. 
Y también que "el hombre cree en Dios para poder hacer lo que le plazca en su nombre y Dios cree en el hombre para poder echarle la culpa de todos sus errores." (Fresán, 2009:47).
(Ssshh. Silencio. Hay cosas de las que es mejor no hablar con nadie. Es mucho mejor maquillarse, calzarse unas buenas botas de invierno, un abrigo, una sonrisa más o menos aceptable y vamos al ruedo, no tengas miedo.)

4 comentarios:

Jorge Drkos dijo...

Siempre , no a veces , siempre volvemos a lo mismo.

Ese afan manifiesto o como voz decis "a veces" oculto de resistirnos a lo vacio ,de resistir lo mediocre, de luchar por embellecer la rutina , de querer y desear el mismo amor , ese amor que nos desperto las ansias de luchar contra lo previsible.

Hasta la piedra mas dura se rinde ante el corte del diamante. Hay cosas que siempre es mejor hablarlas con alguien . Un abrazo.- Jorge

Palabrascromáticas dijo...

¡Gracias por el comentario! Y sí, no hay que olvidar que existen los diamantes.

Felicitas dijo...

Este texto es maravilloso.

Palabrascromáticas dijo...

en gran parte fue escrito pensando en vos, aprendiendo de vos. Te quiero