Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 30 de mayo de 2011

La raza de los nerviosos, de Vlady Kociancich

"Pertenecemos a la raza de los nerviosos, que da delincuentes o artistas", decía Marcel Proust y así comienza el Prólogo de La raza de los nerviosos, de Vlady Kociancich, quien sin duda forma parte también de ese linaje.
        Desde esa sospecha común que supone algún grado de locura encerrada en la imaginación creativa de los escritores, recorre la autora en los 25 ensayos que forman este libro, los mundos literarios de sus algunos de sus escritores predilectos: Borges, Bioy, Conrad, Dostoievski, Cortázar, Lampedusa, Lewis Carroll, Henry James, entre otros. Y en esos viajes por las biografías/geografías literarias, desde ya, vamos descubriendo ya no chismes de las vidas privadas, bajezas o grandezas de esos artistas, sino literatura sobre la literatura, y otros escritores.
        No es un libro de crítica literaria, ni de análisis. Es un recorrido dentro del estilo del género ensayo, por los libros que inspiraron libros y los hombres que los escribieron, sus patrias literarias y aquellos acontecimientos (algunos, pocos, bien elegidos: una muerte paterna, una guerra, un viaje, una necesidad económica imperiosa, la propia muerte) que permiten el fluir el relato y dar vida a los personajes, de V. Kociancih y de su universo de autores. De algún modo, al ser ensayo y reunir una selección tan personal y subjetiva de momentos de vidas  y de fragmentos de libros, leyéndolo tenemos la impresión, la ilusión, de estar tomando un café en casa de una amiga que, en la intimidad de su biblioteca, nos revela, generosamente, algunos secretos de sus pasiones lectoras  ("en la admiración de una obra hay también un deseo insensato: que se prolongue indefinidamente", reconoce en la p. 79) y algunas de sus más sofisticadas, inteligentes y elaboradas reflexiones ("Curioso. Por lo menos un tercio de la literatura del mundo narra las desventuras de los escritores sin fortuna. Paradójicamente, la sensibilidad pública, siempre dispuesta a soltar lágrimas sobre la miserable condición de los autores del pasado se horroriza cuando los del presente aspiran a recibir dinero por su obra y exige que se ganen la vida con honradez, es decir, en cualquier otro tipo de trabajo", p.140).



Kociancih, Vlady, la raza de los nerviosos, Seix Barral, Buenos Aires, 2006.

Abortar es una decisión que ninguna mujer quiere tomar

I
Abortar es una decisión que ninguna mujer quiere tomar.
Más allá de deseos, fantasías y coyunturas, puesta frente a la situación concreta, una mujer sabe, intuye y comprende inmediatamente que debe decidir algo que le traerá un altísimo costo personal por el resto de su vida.
Tenga o no tenga hijos, tenga o no tenga dinero, tenga o no tenga pareja, tenga o no tenga religión, tenga la edad que tenga.
Desde ya que esos factores influyen y mucho. La pobreza material, la soledad afectiva, la inmadurez, la falta de acceso a los conocimientos o recursos anticonceptivos, por no mencionar si el embarazo es fruto de una violación, condicionan y precipitan a un abismo de angustia a la persona que debe tomar la decisión sin consejo, ayuda, apoyo o sostén.
Y si encima debe hacerlo clandestinamente, arriesgando su salud y quizá su vida, el dolor y las consecuencias de su decisión, una gran parte de la vida de esa mujer quedará clausurada y abortada junto con su feto.
Las mujeres nos hemos hecho abortos desde los tiempos inmemoriales de la historia. Desde que fuimos "brujas", seres "inferiores", animales "sin alma", esclavas, inferiores, bienes de consumo y de intercambio. Por razones de las más diversas, para ocultar infidelidades, amores escandalosos, para sobrevivir. Imposible no recordar  "El inocente", una de las películas más conmovedoras de Visconti, retrato bello y trágico de la decadencia de una aristocracia que quiere guardar las formas a cualquier costo. Castigadas por parir y castigadas por no poder terminar un embarazo, las mujeres hemos pasado casi toda la historia humana sin poder elegir. Monstruos de misterio para hombres que castigan por no poder tener la certeza sobre su paternidad y su herencia.
Todo eso parece lejano. La revolución de los anticonceptivos, el ADN, los derechos civiles del siglo XX, los pactos internacionales de derechos humanos, al menos en las culturas occidentales, deberían haber puesto punto final a esos castigos, y liberar a los sujetos implicados en la procreación (hombres, mujeres y, según algunos psicoanalistas, los propios niños) de los determinantes externos a sus deseos, convicciones y elecciones.
Abortar es una decisión que nadie quiere tomar, pero a la que a veces no hay más salida que enfrentarse. 

II
Más allá de convicciones religiosas, morales, literarias, personales, existen marcos jurídicos internacionales  (que la Argentina suscribió otorgándoles rango constitucional), que regulan lo que los Estados deben legislar, punir o no punir, en materia de embarazo y de su interrupción voluntaria.
El aborto penalizado por el Código Penal no protege la vida de las madres ni de los niños, tal como lo prueban los cientos de miles de abortos clandestinos que siguen sucediéndose en nuestro país. 
Muy por el contrario, es la base jurídica que posibilita el éxito de redes mafiosas inescrupulosas que lucran con la desesperación de las mujeres, y sus parejas cuando están, haciendo de la clandestinidad y la ilegalidad un negocio millonario.
Es también la base que le ocasiona inmensas pérdidas de recursos materiales y profesionales al Estado en sus sistema de salud pública, al tener que hacerse cargo de las consecuencias de abortos mal realizados, verdaderas carnicerías que mutilan y dañan, cuando no matan, los cuerpos y las almas de las mujeres abandonadas por la ley, el Estado y la sociedad.
Es el sustento legal que impide que una mujer que debe tomar una decisión como esta cuente con el debido apoyo psicológico y médico.
Es la imposición de una visión legal de la mujer despojada de sus derechos humanos y de la procreación como una imposición de la biología o de un Dios en el que quizá esa mujer no crea, tal como es su derecho.
Es el triunfo de la desigualdad que habilita a que las mujeres con dinero y recursos puedan hacerse un aborto sin arriesgar su vida y las pobres se vean obligadas a un doble castigo, por ser pobres y por no querer terminar un embarazo.
El Estado que garantiza la AUH y la Asignación para embarazadas es un Estado inteligente e inclusivo, que protege los derechos como corresponde. 
El aborto penalizado, en cambio, es discriminatorio. Mata a unos 5000 mujeres por año en nuestra región, lo que equivale al 21% de las muertes de mujeres gestantes a nivel mundial. En Argentina se estima que se realizan entre 500.000 y 700.000 abortos por año, con una población de 37 millones y aproximadamente 700.000 nacimientos anuales; y se calcula que muere una mujer por día a causa de un aborto clandestino. (fuente:http://www.derechoalaborto.org.ar/artic2.htm y http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/subnotas/105067-33064-2008-05-29.html )
Quienes realmente defendemos la vida no podemos sostener la penalización. Ni dejar de considerar que no es un tema ni un problema de mujeres, sino de toda la sociedad, del sistema de derechos y del sistema de la salud pública.
Respetamos absolutamente a quienes por sus convicciones morales o religiosas se opongan. Nadie obligará a nadie a hacerse un aborto si no es su decisión, como nadie obliga a nadie a divorciarse o a casarse con alguien de su mismo sexo sólo porque la legislación lo permita. Pero vivimos en un Estado laico que debe regirse por leyes democráticas que incluyan la igualdad ante la ley y los derechos para todas y todos.
Este es el sentido del proyecto de ley que tiene estado parlamentario y firman legisladores de casi todos los bloques políticos.
III
Por último, cito para reflexionar un poco más, una vieja propuesta de Francoise Dolto: " La primera solución es que todo adulto signatario de una petición para la lucha contra el aborto tenga la obligación de acompañar su firma de una donación pecuniaria (el Banco) administraría exclusivamente las donaciones de quienes se oponen al aborto. (...) ese servicio social tomaría a su cargo a toda madre que deseara llegar hasta el parto de su hijo pero que, no obstante, no pudiera ni quisiera criarlo." (Dolto, F, "A propósito del aborto" en Lo femenino, Paidós, Bs. As., 2000, p. 225)

domingo, 22 de mayo de 2011

"Limpiar la propia mierda", entrevista a B. Lamouche

(Fragmento de Entrevista a Beatriz Lamouche)
Toda persona -me dice en un tono que, sin ser solemne, remite a cierta gravedad-debería limpiar su propia mugre y cocinar su propia comida al menos dos veces por semana. Y lo ideal sería que, además, lo haga para otros.
Le pregunto por qué pero se limita a mirarme a los ojos y sonreír, como se le sonríe a un tonto que pregunta una obviedad. Le pregunto qué pasa con las personas que están muy ocupadas en sus trabajos y/o profesiones. Pongo dos ejemplos extremos: un médico cirujano que realiza intervenciones de alta complejidad y un chófer de larga distancia, excedido de viajes y con falta de descanso.
- ¡Con más razón! Esa gente, de lo contrario, puede llegar a creer que es más importante, o más útil, o más imprescindible que aquella que limpia la mierda de su inodoro o lava las verduras de la comida que él o ella comerán, ya sea que le pague por esos servicios a otro o sea alguien de su familia. Además de ese beneficio, que podríamos calificar del orden filosófico, existen otros en el plano estrictamente corporal. La actividad doméstica, el trabajo que requieren las cuestiones básicas de la supervivencia, ayuda a valorar lo sencillo y lo que es realmente imprescindible, más allá de las épocas y las coyunturas.
-Eso pondría en peligro el trabajo de mucha gente que se dedica ese tipo de tareas de limpieza...
-No lo creo. En primer lugar, porque hay lugares públicos en los que pueden desarrollar esas tareas, personas enfermas o mayores que están impedidas de efectuarlas y, además, porque no hablo de reemplazar definitivamente a esos trabajadores, sino de hacer sus tareas con cierta regularidad. Limpiarle a otros, cocinarle a otros, es una tarea muy noble que requiere saberes diversos y el trabajo no debe ser reducido exclusivamente al nivel de mercancía.¿Por qué gozan de prestigio social ciertas actividades como la docencia, la medicina, el trabajo científico, incluso el deporte o el trabajo artístico -siempre y cuando sea "exitoso"-y no ese trabajo constante, casi invisible (e invisibilizado) que sin embrago es y ha sido siempre necesario, más allá de los sistemas de organización social y económica de cada época?
-Sus ideas podrían interpretarse como una reivindicación de tareas tradicionalmente femeninas que implicarían un retroceso en procesos de emancipación...Además, muchas tareas domésticas han sido facilitadas por el uso de electro domésticos...
-Eso es un error. Quizá precisamente por el hecho de que muchas de esas tareas han sido, como usted dice, tradicionalmente asignadas a las mujeres (e incluso a los niños) es que han sido desvalorizadas. Por otro lado, veo muy bien el uso de cualquier dispositivo tecnológico que facilite las tareas. Después de todo, desde la rueda y el arado a una escoba o una aspiradora, se trata de herramientas y útiles. Simples cosas que usamos.
Habrá que hacer la prueba. Estoy segura de que muchos empresarios, profesionales y gente rica o "exitosa" puede hacer un pequeño cambio de punto de vista, respecto de sí mismo, del sistema y de los otros, con sólo calzarse unos guantes, un trapo con lavandina y limpiar dos veces por semana el baño de su propia casa. Por último, seamos honestos ¿no le causaría cierta satisfacción de sólo imaginar a algunas personas de su entorno o "públicas" agachadas sobre el inodoro fregándolo? Creo que tendría el plus de otorgar a ese hecho cierto grado de justicia, al menos, poética.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Lo que siempre supimos

Cuando no sabía nada de lo que era esa categoría histórica llamada Edad media o Medioevo, mi corazón daba vuelcos cada vez que recitábamos o cantábamos el Romance de la Condesita. No podía concebir aventura amorosa más galante que la que se podía resumir en estos versos:


"Al mirarla en aquel traje 
cayóse el conde hacia atrás.
Ni con agua ni con vino
no lo pueden recordar,
si no con palabras dulces
que la romera le da." 


Y aunque ignoraba por completo qué era un "brial de seda verde" o un "hábito de sayal", sonaba para mí como el canon mayor de la belleza femenina, la llave que abriría tarde o temprano a la verdad (a la identidad) el volátil corazón del Conde.
Sin saberlo, sospechaba que en los misterios del tiempo y el desencuentro amoroso, que parece implicar un desconocimiento respecto al otro amado (¿olvidado, desechado, reemplazado?), que había separado a la pareja enamorada, con el interregno de guerras y búsquedas, sacrificios, se escondía uno de los mayores sinsentidos/sentidos de la vida.
También para mí entrañaba algo que no sabía cómo explicar con palabras pero que me ponía alas en la imaginación (que iban a plasmarse siempre en fracasadas imágenes que nunca alcanzaban a mostrar lo que en mi interior representaban) las palabras del Romance de Don Bueso y esos versos: 


"y entre ellos llevaban 
a la infanta niña; 
cubierta la llevan 
de oro y perlería,"
 



O el temor incomprensible que me causaba el amenazante:



"—Quita de ahí, mora,
hija de judía,
deja a mi caballo
beber agua limpia.
—¡Reviente el caballo
y quien lo traía!,
que yo no soy mora

ni hija de judía,
sino una cristiana

que aquí estoy cautiva"


Dejar a un lado cualquier análisis histórico, abandonar por un momento los saberes que la vida nos ha regalado o impuesto, recuperar el sentido mágico de las palabras que se vuelven casi puro significante, parece posible cuando, como una ola de infancia que llega a romper en la orilla sorprendida de la madurez, volvemos a saber lo esencial, lo que siempre supimos.

viernes, 13 de mayo de 2011

"Cuando te disparan, sangras"

Estaba leyendo Sputnik, mi amor, de Murakami. Una de esas novelas que saben comenzar:
"A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamoró por primera vez. Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo (…) Fue un amor curioso, monumental. La persona de quien Sumire se enamoró era diecisiete años mayor que ella, estaba casada. Y debo añadir que era mujer. Aquí empezó todo y aquí acabó (casi) todo."
Encuentro un rastro de explicación a la precisión de ese comienzo en una frase que el personaje de Sumire, quien ha desaparecido mientras viaja con su amada Myü por un isla griega, ha dejado escrita en un texto en el que se refiere a la película "Grupo salvaje", de Sam Peckinpah. Parece que una periodista le reprochó al actor Ernest Borgnine que en el filme hubiera tanta sangre y éste respondió: "Pero señora, es que, cuando te disparan, sangras."
La reflexión de Sumire sigue su propio laberinto. La mía, en cambio, queda detenida en esa frase. Me parece que encierra algo central en el tipo de escritura de Murakami y en el de la literatura contemporánea.




Murakami, Haruki, Sputnik, mi amor (1999), Tusquets editores, Buenos Aires, 2010. 

domingo, 8 de mayo de 2011

Enumeración de amores

La gente se enamora por las razones más estúpidas que se nos puedan ocurrir. O más bien estas surgen cuando alguien intenta explicar el ahogo, el agite, la excitación, la atracción irresistible que otro le provoca.Y hablo de amores triviales, fugaces, o eternos, lo mismo da.
Hay enamoramientos tan pequeños que podrían carecer de importancia y desvanecerse en el recuerdo apenas ocurridos, de no ser rescatados por una palabra que llega cuando sentimos que la sangre bulle por nuestro cuerpo como si fuéramos tan jóvenes y capaces de asombrarnos como Alicia en el país de las maravillas. Y sentimos que "hay fiesta en el prado verde, -pífano y tambor-."
Una enumeración tan caprichosa como cualquier otra dice que:
Me he enamorado de un par de dedos regordetes que portaban anillos de plata enormes y sacudían una cajetilla de cigarrillos 43/70 que pertenecían a una profesora que hablaba de Platón, Santo Tomás y Heidegger.
Me enamoré de un culo musculoso que pasó fugaz a mi lado en una playa muy concurrida, alejándose dentro de una malla blanca, rumbo a otra playa.
Me enamoré una tarde de un profesor al que no le gustan las mujeres, que cebaba mates fríos y pronunciaba, como si hubiera nacido para el alemán, el nombre de un escritor austríaco.
De un batero que sacudía los palillos como si fuera el joven manos de tijera, calentando mi sangre adolescente, mientras el Flaco Spinetta y el resto de los músicos desangraba en el escenario rock n roll.
Del conde Vronsky, me enamoré para siempre de todo, de cada detalle, de él por completo y en cada una de sus partes.
Y de Herzog. Del Léxico familiar de Natalia Guinzburg, y  de la misma Natalia y, por extensión, de su hijo, de su marido muerto y de cada palabra que ella escribió.
De Dolores Solá con Acho Estol y viceversa.Y de Rita Lee. Y de George y Paul en la tapa de "Help" que sonaba en el tocadiscos, mientras bailábamos como posesas con mi hermana, en anocheceres de la calle 3.
De Yuri Gagarin, perdido en el espacio y de Ronnie Peterson, siempre ardiendo como un cometa en el autódromo de Monza.
De Alejandro Magno, conduciendo a la utopía, la gloria, la muerte y el más allá a un ejército de viejos, de jóvenes y de niños.
Y de ese viejo amigo que finge no habernos olvidado y nos alegra una jornada aburrida con mensajes procaces y comparaciones enaltecedoras que cualquier mujer tiene derecho a escuchar cuando cae la tarde.
Y de Vasili Zaitsev, concentrado como un cazador en la mira de su fusil, vengando a los asesinos de los niños y camaradas de Stalingrado.
De la Primavera de Botticelli, que sigue abriendo para mí cada vez las puertas de diversos paraísos.
De la heroica defensa de Gerónimo Costa y sus hombres frente a la flota más poderosa del planeta, y de su destino trágico de héroe olvidado.
Y por supuesto, de Marlon Brando, con esa remera blanca que intenta ponerle límites a su deseo desbordante que se escapa en unos labios que a nadie pueden pasar inadvertidos.

viernes, 6 de mayo de 2011

Americanos somos todos. Genocidas no

Nada que discutir. La cuestión es más bien sencilla. Hay un país que impone al mundo el mayor poder militar-cultural hegemónico desde hace varias décadas. Es gobernado por unas pocas familias que integran corporaciones económicas transnacionales que fabrican armas y se enriquecen mediante la venta de recursos energéticos contaminantes y no renovables. Su Presidente es una circunstancia, no un poder real. Son las mismas familias que desde hace casi un siglo, tanto en Europa como en Estados Unidos, han hecho negocios con la muerte de millones. Las mismas empresas que fabricaron hornos para las cámaras de gas de Hitler y armas nucleares para masacrar a los japoneses. Las mismas que invadieron Vietnam y nos vienen desangrando década tras década. Las mismas que impusieron el automóvil y la nafta contaminante, y millones de medicamentos y comida envenenada que consumimos en todo el mundo. Han impuesto ese modelo de desarrollo en todo el planeta, impidiendo la investigación de fuentes alternativas de energía más baratas y saludables. Financian gran parte del sistema científico-educativo-tecnológico mundial. Promueven epidemias y enfermedades para luego vender las drogas que ellos monopolizan. Para vender sus armas necesitan guerras. Para sostener el negocio energético (transporte, industrias, etc) necesitan apropiarse del petróleo. Cuando éste se acabe, pretenderán monopolizar otro. Ya se están moviendo para quedarse con el agua y otros recursos.
Practican el  genocidio por distintos caminos, a veces mediante las armas, a veces mediante la política y los negocios. A veces con todos estos recursos al mismo tiempo. 
Para explicar esto hay teorías más o menos paranoicas o conspirativas. Todos sabemos al menos que nunca sabremos la verdad. 
Si lo de las Torres Gemelas fue o no un autoatentado, no podremos comprobarlo. Cuándo se terminó la alianza comercial entre la familia Bush y la de Bin Laden, tampoco.
Pero sí sabemos los efectos y consecuencias de todas y cada una de sus invasiones y de su Ley Patriótica y de Guantánamo y de su apoyo a todas las dictaduras genocidas que les sean funcionales, mientras lo sean.
350.000 (o 600.000, según quién haga la cuenta) civiles masacrados en Iraq claman justicia. En algunos casos se expresará como venganza violenta y en otros adquirirá otras formas de lucha.
Un Estado invasor y genocida que no respeta ninguna ley internacional y avasalla todos los derechos de otros países es un estado terrorista.
torturas en Guantánamo
La carne de cañón yanqui está conformada por sus "residuos". Los soldados que mueren en el frente son latinos, negros, pobres.
La ideología del capital y del poder sigue una línea coherente fronteras adentro o afuera.
Hitler decía que los polacos serían para Alemania lo que los indios fueron para Inglaterra. Podríamos decir, lo que los argelinos para Francia. Los que los africanos para Holanda. Lo que los americanos fuimos para España y Portugal. Esclavos, torturados y explotados.
A veces convienen las explicaciones simples. 
Habría que desterrar de nuestro vocabulario el gentilicio "americano" para referirnos a los estadounidenses. Es una forma menor, si se quiere, pero muy extendida, de cipayismo. Parece el triunfo absoluto en el lenguaje de la Doctrina Monroe. Nosotros somos americanos. Pero no todos los americanos somos pueblos complacientes con gobernantes genocidas. Ya sea que vivamos en el Sur, en el Centro o en el Norte.