Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 25 de agosto de 2010

Cosas que prefiero toda la vida antes que...

Cosas que prefiero toda la vida antes que hacer gimnasia, en un orden que es aleatorio:
  1. Leer,
  2. comer,
  3. coger,
  4. pasear por las calles y plazas de la ciudad,
  5. charlar con amigas, mientras fumamos y tomamos mate,
  6. estar con mi  hijo y no discutir,
  7. tejer,
  8. ir al cine,
  9. ver programas pelotudos en la tele,
  10. quedar atrapada dos días en una carpa con lluvia y niños que se aburren,
  11. ver programas interesantes en la tele,
  12. fantasear con pastillas mágicas para tonificar, eliminar la celulitis y adelgazar,
  13. hablar de política,
  14. ir a clases de economía,
  15. corregir el uso del gerundio en textos propios o ajenos,
  16. escuchar música, incluso mala,
  17. eliminar los hipervínculos en trabajos de edición y hasta
  18. desgrabar una conferencia de tres horas dictada por pedagogos o abogados.

lunes, 23 de agosto de 2010

La Pompadour, Au reste, après nous, le déluge.

Este mes pasaron por Europa Europa una miniserie de dos capítulos sobre la vida de Madame Pompadour (Jeanne -Antoine Poisson, luego Marquesa de Pompadour), la favorita de Luis XV, rey de Francia y bisnieto de Luis XIV, el Rey Sol.


Dirigida por Robin Davis y con las actuaciones de Helene de Fougerolles, Vincent Perez, Rosemarie La Vaullée, Charlotte de Turckheim y Damien Jouillerot.

Siempre me llamaron la atención estas vidas de mujeres poderosas en épocas en las que el poder era patrimonio masculino o a lo sumo, se obtenía por matrimonio o herencia. Dependiendo siempre de la protección de un hombre poderoso (al igual que Ana Bolena y tantas otras), debían desarrollar una inteligencia para la supervivencia que, de algún modo, las hacía desgraciadas en su vida privada.
La serie la presenta como una verdadera reina sin corona, quien influyó durante 20 años de "reinado" sobre el rey respecto de las políticas internas y externas, la cultura del reino y los cambios en el gabinete de ministros, incluso después de haber abandonado su lugar de privilegio como amante de Luis.
Aunque la serie no rescata estas anécdotas que enriquecen su leyenda, encuentro en un blog algunas de sus frases más conocidas: " Madame de Pompadour, tratando de consolar el rey después de la derrota de Rossbach, hubiera hecho esta observación que será luego famosa :«Au reste, après nous, le déluge.» («Por lo demás...,después de nosotros, que caiga el Diluvio...»).
El 15 de abril de 1764, agotada por veinte años de vida en la corte y después de ver morir a su hijita Alexandrina y parir muerto a un bastardo del rey, se apagó en Versalles, en la edad de 43 años. Mirando la lluvia al momento de la salida del ataúd de su amante de Versalles, Luis XV habría tenido esta palabra cínica :«La marquise n'aura pas beau temps pour son voyage.» («La marquesa no tendrá buen tiempo para su viaje.»).
Protectora de artistas e intelectuales (como Voltaire y Diderot), la Pompadour transcurrió sus años en el poder en medio de las intrigas de la corte propiciadas por sus diversos enemigos de la Iglesia y los aliados al Delfín que nunca llegaría a reinar. Se la consideró ya en su tiempo como una mujer extraordinaria, culta e influyente, al punto que el estilo de moda, el rococó, también fue llamado el estilo Pompadour.




viernes, 20 de agosto de 2010

Hammershøi

Descubro, leyendo Dublinesca (Vila Matas, 2010) y contagiada del hikikorismo de su personaje, al pintor danés Hammershøi. Estos inquietantes interiores sin personas me resultan amenzantes. No pasa nada. Nada. Nadie entra, nadie sale. Y sin embargo esas puertas y ventanas, la frialdad de la habitación casi monocroma, el ambiente cargado de nada que no es vacío, sino la idea de que algo amenazante nos acecha. No pude evitar asociarlo con ciertos climas que crea Patricia Highsmith. Todo parece trivial y cotidiano, pero sabemos que la nada está poblada de fanstasmas que esperan, inmóviles, para atormentarnos.

jueves, 5 de agosto de 2010

Pequeños problemas bibliotecológicos domésticos


Un problema recurrente de quienes tenemos libros es que las bibliotecas siempre quedan chicas (nunca sabré si las bibliotecas son lugares de guardado, de paseo, de placeres, de pérdidas y ausencias, de amores encontrados, pero sí que los pragmáticos no tienen mucha cabida en ellas). Cuando al fin logramos los estantes necesarios para acomodar cajas y pilas que van creciendo como organismos vivos y autónomos en la casa, y sean cuales fueren nuestros recursos e ideas arquitectónicas para organizarlas, tarde o temprano no tendremos lugar para los libros.
Si a eso se agrega una (consciente o inconsciente) batalla cotidiana con quienes convivimos, que se empeñan en poner obstáculos a nuestro acceso a las bibliotecas, imposible no interpretar el significante. La fuga hacia la vida, la locura o la muerte de la lectura queda interrumpida por quienes, tal vez celosos, tal vez indiferentes a nuestra pasión, saben del peligro del libre acceso a nuestros tesoros.
A veces, satisfechos, logramos crear un hilo de Ariadna en nuestro laberinto lector y creemos haber creado las rutas para encontrar los libros en una suerte de agrupamientos sencillos y de una lógica implacable con la que disfrazamos amores, obsesiones y manías. Sin embargo nunca encontramos, en la necesidad o el apuro, el libro que buscamos. No siempre es un desastre e incluso este hecho puede tener a veces consecuencias gratas, puesto que la ausencia del libro deseado a veces es habitada por aquel que dábamos por perdido, que no recordábamos o que trae mensajes del pasado o de los muertos.