Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 5 de agosto de 2010

Pequeños problemas bibliotecológicos domésticos


Un problema recurrente de quienes tenemos libros es que las bibliotecas siempre quedan chicas (nunca sabré si las bibliotecas son lugares de guardado, de paseo, de placeres, de pérdidas y ausencias, de amores encontrados, pero sí que los pragmáticos no tienen mucha cabida en ellas). Cuando al fin logramos los estantes necesarios para acomodar cajas y pilas que van creciendo como organismos vivos y autónomos en la casa, y sean cuales fueren nuestros recursos e ideas arquitectónicas para organizarlas, tarde o temprano no tendremos lugar para los libros.
Si a eso se agrega una (consciente o inconsciente) batalla cotidiana con quienes convivimos, que se empeñan en poner obstáculos a nuestro acceso a las bibliotecas, imposible no interpretar el significante. La fuga hacia la vida, la locura o la muerte de la lectura queda interrumpida por quienes, tal vez celosos, tal vez indiferentes a nuestra pasión, saben del peligro del libre acceso a nuestros tesoros.
A veces, satisfechos, logramos crear un hilo de Ariadna en nuestro laberinto lector y creemos haber creado las rutas para encontrar los libros en una suerte de agrupamientos sencillos y de una lógica implacable con la que disfrazamos amores, obsesiones y manías. Sin embargo nunca encontramos, en la necesidad o el apuro, el libro que buscamos. No siempre es un desastre e incluso este hecho puede tener a veces consecuencias gratas, puesto que la ausencia del libro deseado a veces es habitada por aquel que dábamos por perdido, que no recordábamos o que trae mensajes del pasado o de los muertos.

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