Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 26 de octubre de 2007

Corazón galopante

Allí, recostada, mirando sin mirar hacia la pecera en donde las dos enfermeras -la vieja, notoriamante pintada y gorda, la joven, flaca como un jilguero y a cara lavada-mateaban y preparaban medicamentos, me acometió la sensación que eso podría ser el preludio de una muerte. La mía propia. (me resultó curioso que no intentara hacer un balance de mi vida o que entrara en un estado de angustiosa desesperación). Mis ojos se quedaron fijos en la cortina de plástico a mi derecha, sucia y de mala calidad, y luego se dejaron caer sobre una balanza. Arriba mío, los soportes para los sueros parecían garras de animales y pensé que ese no era un lugar muy lindo para terminar. Recordé que mi hijo estaba con su padre, y eso era bueno, y que ojalá que si me tocaba morir ahí nunca viera mi cuerpo en ese lugar, para que no se le quedara fijada esa imagen, mi cuerpo inmóvil en un lugar tan horrible. A mi lado, escuchaba la conversación de otra enferma con su médico, pero sólo podía ver sus pies. Debía ser muy gorda, porque el médico le aconsejaba que bajara de peso. Ella decía que le resultaría muy difícil. Yo pensaba que yo tampoco podría dejar de fumar -si no moría esa tarde lluviosa-.
Respiré hondo varias veces. Las piernas me temblaban un poco pero no sentía miedo. A mi izquierda había una puerta por la que había salido el médico que me atendía. Pensé que si mi corazón empezaba a galopar frenéticamente otra vez y tenía un paro, ellos estarían cerca para reanimarme.
Pensé en Lili, que me esperaba afuera. Las cosas se demoraban. Pensé en A, en si vendría a buscarme con mi hijo o solo, y en si tendría temor o su serenidad habitual. Todos me decían que estaba muy pálida.
A la noche leí sobre la crisis cardíaca de Allison, en la novela de Mc Cullers. Las casualidades me parecieron algo excesivas. Leí de su resignación y su miedo, de su tristeza al saber de la sospecha de todos, particularmente de su marido, sobre las verdaderas causas de su enfermedad. Ella había perdido a su niña y desde entonces, estaba enferma. El creía que era hipocondríaca y aporvechaba su situación para no cumplir con sus obligaciones maritales.
Mientras me hacían el electro traté de no pensar en nada. Le dije a la enfermera que me temblaban las piernas y que tenía muchas ganas de dormirme. Me contestó con brusquedad: yo no sé nada, ahora la va a revisar el doctor. Todos sus otros pacientes en la sala eran viejos o viejas y parecían moribundos, DE VERDAD. Yo tenía mis lindos zapatos de lona verde mojados, mis anillos de plata y mi perfume floral: no me creía una enferma. No le importaba mi pena.
Eso me tranquilizó. No me gusta que me tengan lástima.
Le aseguré al médico que no me había sucedido ese día nada en particular que justificara la crisis.-ni siquiera intenté explicarle nada de lo que había hablado con Elvira, ni lo que leo en los diarios, ni las noches en que me acuesto pensando en que la vida es una carrera guiada por un demente a veces y en que mi hijo o A no entienden porque muchas veces dejo el cuerpo en un sitio y mi alma se dedica a vagar por mundos en los que podríamos haber sido cuatro-. Le expliqué, en cambio, que no estaba tomando la medicación para el corazón, que yo también, como Allison -desde ya que no mencioné a Allison, la explicación me hubiera suscitado demasiado esfuerzo-, había perdido a mi niña (todos me decían que sería una niña), que me habían operado, que me habían medicado de una y otra forma, que hacía tres semanas que me pinchaban, me hacían orinar en frascos de distintos tamaños y a distintas horas, me realizaban ecografías e interrogatorios, que eso me hacía sentir humillada, enojada, que no me permitían olvidar, que me tenían cansada. Y todo para no decirme nada que antes no supiera, señora, qué se la va hacer, son cosas de la vida.
Sentí muchas ganas de llorar al salir de ahí y tengo la sensación que pronto estaré de vuelta. Por supuesto, no dije nada de esto a nadie, hice chistes, caminé erguida, agradecí la ayuda y la compañía y traté de olvidar el incidente rápidamente. Cada cual tiene sus penas, después de todo.

jueves, 25 de octubre de 2007

Grupos de trabajo donde una la pasó bien

Al principio el grupo se conformó casi de prepo. Las desconfianzas mutuas se exhibían sin sutileza en interminable disputaciones aceca del uso corecto de una palabra en lugar de otra, del cálculo tipográfico para hace un copete, de establecer rangos de prioridades. Nos observábamos en un estado de alerta casi animal, con las estrategias de simulación de los humanos: nuestros olisqueos, entonces, se construían de comentarios breves sobre gustos literarios, anécdotas personales -pero no demasiado personales, de esas que apenas nos desnudan en aquellas partes que no nos asusta exponer-. Nos poníams a prueba.
En ocasiones Nora, experta en el arte de la paciencia, la perdía ante la impetuosa temeridad de D. Otras veces él terminaba cediendo el terreno conquistado a fuerza de sólidas argumentaciones. C intentaba el camino del humor, yo me divertía. Aunque reconozco que más de una vez perdí la calma. En esas pequeñas batallas, las armas eran diccionarios, manuales de estilo, acuerdos tácitos o explícitos que proponían un orden, un pacto diplomático que permitiera seguir adelante con la revista.
Con el tiempo, empecé realmente a disfrutarlo. Cada uno defendía sus posiciones con una apasionamiento que revelaba agudeza mental, un desarrollo del arte de la argumentación propio de aquellos que husmeamos en el mundo de las palabras como si intuyéramos que allí descansa alguna clase de salvación para los humanos.
A veces la palabra final venía, curiosamente, de B., cuyo trabajo no es precisamente la palabra, sino la imagen. Otras, en la siguiente reunión, alguno de nosotros se traía un libro de Agamben recién editado, o un texto antiguo, para aportar evidencias a la causa que defendía. Más adelante, la propia colección que íbamos construyendo nos permitía morigerar las batallas, ceder con más facilidad, aceptar la palabra del otro.
Todos proveníamos de mundos diferentes. Nuestras experiencias, la de N. y mía, nos llevaron a desconfiar de los absolutos, de la Academia, de nuestras propias certezas idiomáticas; es decir, no nos tamábamos a nosotras mismas demasiado en serio (ni a los otros). D. y C., mucho más jóvenes, aceptaban el cánon (supuestamente) tranquilizador de la universidad y su propio conocimiento, como si fuera muy valioso. A mí, generalmente, eso me provocaba ternura (reconozco que otras veces me daban ganas de estampar un cross directo a la mandíbula, pero no soy boxeadora)
Ahora ya ha pasado bastante tiempo y habitando en nuevos mundos, recuerdo como se recuerdan la mayoría de los grupos de trabajo en los que una la pasó (bastante) bien: con nostalgia, algo de humor y exagerando, seguramente, las ventajas.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Reflejos en un ojo dorado y 33 palabras

Cuando leo en el blog Vida Abierta "33 palabras", recuerdo la lectura de anoche, de Carlson Mc Cullers, en su novela Reflejos en un ojo dorado. En los primeros párrafos del relato, la autora ya nos cuenta que: la novela trata de un crimen y los protagonistas son dos oficiales, un soldado, dos mujeres, un filipino y un caballo. El clima es denso, pero la forma es leve (y breve). Te tira una frase corta detrás de la otra como si no pasara nada y pasa de todo. El soldado te hace dar ganas de llorar. El capitán Penderton es patético, pero te genera compasión. No hay un solo personaje por el cual no termines experiementando cierta empatía. La esposa del capitán es salvaje en su desborde de femenina indolencia y sensusalidad: es obvio que todo terminará en tragedia.Todos son desgraciados, pero sólo algunos parecen darse cuenta. Y, al mismo tiempo, todos son algo lunáticos y algo estúpidos. Todo muy norteamericano.
Quiero seguir leyendo y no quiero.
Si los personajes de Mc Cullers fueran contemporáneos, habría en sus novelas masacres en escuela secundarias perpetradas por criaturas como el soldado o como los de Franckie y la boda.
Tenés que leer El corazón es un cazador solitario, me recomendó hace unos años por correo electrónico alguien a quien sólo vi una vez en persona, y me mandó un fragmento del texto. No la leí.
Tenés que leer La balada del café triste, me sugirió M en varias oportunidades. Estuve por comprarla varias veces, y no lo hice. Tampoco se la pedí prestada. En el fondo, intuía que esos libros tendré que tenerlos alguna vez en mi propia biblioteca. Son novelas a las que se vuelve cada tanto. También sospechaba que la belleza de su escritura no siempre es suficiente para compensar la amarga melancolía que me suscita leer a esta escritora perfecta.
Cecilia está convirtiéndose, precisamente, en ese tipo de escritoras que narran lo denso, lo oscuro, incluso lo siniestro, como quien te cuenta una anécdota frívola y sin importancia. Una vez me comentó (con la torpeza de nuestros diálogos verbales, y con lo que ambas nos cuenta mencionar nuestros desvelos e intentos literarios) que le preocucaba una cierta dificultad para introducir algo de humor en sus relatos.
Si mi opinión contara en esto le diría que ya puede abandonar la preocupación.

Quisiera entrar al mundo de mi hijo

miércoles, 10 de octubre de 2007

La piel y el silencio

A veces nos quedamos sin palabras. La vida nos cachetea como si fuéramos niños inocentes a los que la ola, a la que se han entregado confiados y enamorados, revuelca, arrastra, lacera y raspa hasta mucho más allá de la epidermis. Leo en el diario que los dermatólogos han descubierto que el origen embrionario de la piel es el mismo que el del cerebro. ¿Y el de la piel de adentro?, ¿es igual con la dermis de los órganos que apenas sospechamos hasta que mutan para señalarnos que estamos de paso, pero podemos echar a rodar nuestras semillas?

La ausencia de palabras no es el silencio. Es el incesante murmullo de la pena, la culpa, el signo de interrogación abierto sin esperanza de respuesta ante el misterio.

Alguien me dijo que los que hablamos mucho tenemos miedo al silencio. Creo que se refería a la posibilidad de escuchar las voces adormecidas de nuestros delicados o monstruosos mundos interiores formados por capas y capas de dermis que no fueron, que quedaron a mitad de camino, que murieron sin nacer aunque, si embargo, conservan la memoria embrionaria de quienes fuimos, de quienes pudimos ser.