Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 25 de octubre de 2007

Grupos de trabajo donde una la pasó bien

Al principio el grupo se conformó casi de prepo. Las desconfianzas mutuas se exhibían sin sutileza en interminable disputaciones aceca del uso corecto de una palabra en lugar de otra, del cálculo tipográfico para hace un copete, de establecer rangos de prioridades. Nos observábamos en un estado de alerta casi animal, con las estrategias de simulación de los humanos: nuestros olisqueos, entonces, se construían de comentarios breves sobre gustos literarios, anécdotas personales -pero no demasiado personales, de esas que apenas nos desnudan en aquellas partes que no nos asusta exponer-. Nos poníams a prueba.
En ocasiones Nora, experta en el arte de la paciencia, la perdía ante la impetuosa temeridad de D. Otras veces él terminaba cediendo el terreno conquistado a fuerza de sólidas argumentaciones. C intentaba el camino del humor, yo me divertía. Aunque reconozco que más de una vez perdí la calma. En esas pequeñas batallas, las armas eran diccionarios, manuales de estilo, acuerdos tácitos o explícitos que proponían un orden, un pacto diplomático que permitiera seguir adelante con la revista.
Con el tiempo, empecé realmente a disfrutarlo. Cada uno defendía sus posiciones con una apasionamiento que revelaba agudeza mental, un desarrollo del arte de la argumentación propio de aquellos que husmeamos en el mundo de las palabras como si intuyéramos que allí descansa alguna clase de salvación para los humanos.
A veces la palabra final venía, curiosamente, de B., cuyo trabajo no es precisamente la palabra, sino la imagen. Otras, en la siguiente reunión, alguno de nosotros se traía un libro de Agamben recién editado, o un texto antiguo, para aportar evidencias a la causa que defendía. Más adelante, la propia colección que íbamos construyendo nos permitía morigerar las batallas, ceder con más facilidad, aceptar la palabra del otro.
Todos proveníamos de mundos diferentes. Nuestras experiencias, la de N. y mía, nos llevaron a desconfiar de los absolutos, de la Academia, de nuestras propias certezas idiomáticas; es decir, no nos tamábamos a nosotras mismas demasiado en serio (ni a los otros). D. y C., mucho más jóvenes, aceptaban el cánon (supuestamente) tranquilizador de la universidad y su propio conocimiento, como si fuera muy valioso. A mí, generalmente, eso me provocaba ternura (reconozco que otras veces me daban ganas de estampar un cross directo a la mandíbula, pero no soy boxeadora)
Ahora ya ha pasado bastante tiempo y habitando en nuevos mundos, recuerdo como se recuerdan la mayoría de los grupos de trabajo en los que una la pasó (bastante) bien: con nostalgia, algo de humor y exagerando, seguramente, las ventajas.

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