Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 10 de octubre de 2007

La piel y el silencio

A veces nos quedamos sin palabras. La vida nos cachetea como si fuéramos niños inocentes a los que la ola, a la que se han entregado confiados y enamorados, revuelca, arrastra, lacera y raspa hasta mucho más allá de la epidermis. Leo en el diario que los dermatólogos han descubierto que el origen embrionario de la piel es el mismo que el del cerebro. ¿Y el de la piel de adentro?, ¿es igual con la dermis de los órganos que apenas sospechamos hasta que mutan para señalarnos que estamos de paso, pero podemos echar a rodar nuestras semillas?

La ausencia de palabras no es el silencio. Es el incesante murmullo de la pena, la culpa, el signo de interrogación abierto sin esperanza de respuesta ante el misterio.

Alguien me dijo que los que hablamos mucho tenemos miedo al silencio. Creo que se refería a la posibilidad de escuchar las voces adormecidas de nuestros delicados o monstruosos mundos interiores formados por capas y capas de dermis que no fueron, que quedaron a mitad de camino, que murieron sin nacer aunque, si embargo, conservan la memoria embrionaria de quienes fuimos, de quienes pudimos ser.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Es hermoso, recién lo leo. Emociona y entristece. Es posible ver la carga en cada palabra. Nos hace hacer una pausa y leer con gravedad.
Estás otra vez de vuelta y eso me alegra.