Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 1 de julio de 2012

Iki affaire

el arte erotico japonés II-Siglos XVII-XVIII (Uyiko-e eróticos)
 "Esta es la razón por la que “'la gente tosca' (yabo) se convierte en iki luego de ser vapuleada por la vida”.*

Era raro porque miraba las fotos y le parecía difícil admitir que esa boca (que en la pantalla de la computadora sonreía a quien quisiera verla, como seduciendo a la vez a todas las mujeres del mundo) era la misma que la tarde anterior le había proporcionado a ella, (exclusivamente, en la más completa intimidad) tantos placeres que incluían: el canto, con texturas de tenores y terciopelos, acompañado por los rasgueos de una guitarra acústica de afinación perfecta; después (en una enumeración que no implicaba juicios de valor) los besos secos, suaves, breves, sobre la curva de su nuca (¿conocía de memoria sus debilidades o adivinaba? Ella no lo sabía, se dejaba llevar hasta). 
Y luego, los besos húmedos, en el interior de sus antebrazos, de sus muslos, de su sexo, la lengua jugueteando en su boca; la sonrisa mientras preparaba el (¿tercero, cuarto?) café, ella que trataba de marcharse y no podía porque él, con esa elegancia despojada que ella para sí había catalogado de “iki", le preguntaba algo que despertaba su interés, algo en lo que se mezclaban el cine, la política, los amores del pasado, las madres de ambos y el sabor intenso de (esta vez y para variar) un té que alguno de los dos introducía en la conversación y ella se incorporaba de la butaca y sentía un irrefrenable deseo de abrazarlo mientras le olía la piel recién bañada, aromas de vapor y jabón; lo tomaba desde atrás, y él manipulaba los utensilios: las tazas (como en una canción de Melero pero sin mantel y en un cuento que ella una vez había escrito); la pava caliente, la humedad de los cuerpos y de la cocina.
Gustav Klimt - Gustav Klimt Sea Serpents Painting
Tengo que irme, dice ella y lo abraza de nuevo y él que se da vuelta y la abraza no como si la quisiera (ese amor que es posesión, destrucción y celos también) pero sí como si la deseara, como una serpiente marina de Gustav Klimt, o como en un sueño que se olvida al correr las horas del día. Y ella otra vez se dice (o se dirá luego, cuando lea ese artículo): esto es iki. 
Y lo besa, y se ríen. Como los esquimales y los adultos que han aprendido que al final sólo nos queda eso: unos momentos, unos instantes de valentía y de resignación y luego lo denso, lo vulgar (¿lo real? ¿lo verdadero?) pero también lo que da nuevos sentidos a nuestra vida, antes de volver al mundo creado por responsabilidades y grandes pasiones, los amores que echan raices 4 ever,  y deseos de trascender por medio de nuestro linaje, o de nuestras obras. Y de poseer.
Allí, en la cocina, es como el cine, como un cuento, como un affaire iki.



Shûzô, Kuki Fragmento de La estructura del iki. Reflexiones sobre el gusto japonés, de reciente aparición (ed. El Cuenco de Plata). En http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-197369-2012-06-28.html

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