Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 23 de julio de 2007

Maternidad y escritura

La materinidad está reñida con la escritura, aunque se no se lleva tan mal con la lectura.
No estoy hablando de la cuestión biológica, porque parir es otro asunto.
Ni del uso del tiempo (no hablo de estar atrapando una idea, de haber dado todos los rodeos hacia la palabra justa que surge en simultáneo con la demanda infantil, ma, quiero más jugo; ma, tengo examen;, ma, ¿puede venir esta tarde Ire a jugar?; porque eso se resuelve con cierta organización). Sino más bien de una forma que el mundo adquiere y también, el mundo de las palabras, de la posibilidad de un encuentro honestamente íntimo con la propia experiencia narrativa y el deseo, que debe ser intenso, narcisista. La maternidad es como una postergación de lo creativo o es un posicionamiento de lo creativo puesto al servicio de lo material, de lo real y no tanto de lo simbólico, aunque a veces tenga las peores consecuencias en ese terreno.
Sin embargo, la lectura ofrece otras posibilidades.
Para escribir hay que ser menos madre y hay que estar dispuesta a esa renuncia, hay que colgarse en la frente el cartel del protagónico y olvidar todo lo demás, todo lo que se interpone, todo lo que, en nombre del amor, nos detiene.
Me pregunto si es posible olvidar lo demás y volver a recuperarlo sin perder la sensatez. Me pregunto qué piensan de sus madres los hijos de las buenas escritoras, de las que los han tenido y de las que los han abandonado transitoria o definitivamente. También me pregunto si se hacen esta pregunta.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Me gusta mucho lo que decís, creo que das con la verdad de la cuestión. Mostrás una experiencia verdadera. La oscilación entre abocarse a los hijos o al propio deseo, creo que quizás haya que abandonarlos un poco para tomar el propio deseo, como vos decís y rechazás; pero yo no soy madre. La que sí lo es y escribe es Clarice Lispector y se anima a hablar del tema. Muestra la misma dicotomía que vos. Una mujer que repentinamente se ve invadida por la profusión de la vida y por el deseo. En un momento se tiene que sentar en un jardín para disfrutar ese exceso que experimenta y lo describe con una frase muy hermosa: "Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría". Se queda en ese jardín repleto y lleno de vida hasta que recuerda a sus hijos y se siente culpable ante ellos. Pero mientras corre a su casa sigue portando su renacido deseo, “el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo”. Cuando llega a su casa la vida que llevaba le pareció una manera moralmente loca de vivir y al acercársele su hijo lo aprieta con fuerza, con espanto. Después le dice: "no dejes que mamá te olvide". Quizás haya que renunciar a ellos simbólicamente, olvidarlos un poco. Pero hablo sin esa experiencia y quizás, por eso, sin verdad.