Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 27 de julio de 2007

Fantasmas que escriben cartas de amor

Alguien me cuenta:
Dos veces me pidieron la mano por carta. ¡La mano! El mismo año, con diferencia de meses, dos hombres locos que nunca me gustaron en lo más mínimo.
Uno me regaló un libro de poemas, además, de su autoría. Me dedicaba un poema: un soneto de estructura clásica y tema erótico, con una escena detallada de sexo anal que al parecer, yo le había inspirado, tras ejecutar una bizarra imitación del sepuku de Mishima, en una tarde campestre que no debió de haber existido.
El otro me compuso un disco de canciones de cuna para mi hijo, unos años antes de emerger la carta, detrás de la puerta de mi casa y con sus correspondientes estampillas, en donde contaba una serie de mentiras referidas a cuánto me había amado en los últimos 20 años, en los que apenas nos vimos tres o cuatro veces.
Hace no mucho tiempo, el colmo: otro hombre loco de mi pasado apareció en un mensaje de texto en mi celular. Me dice que quiere verme y que está deprimido. Yo apenas recuerdo su cara.
Por supuesto, el hombre que deseo desesperadamente, me ignora y me castiga con una indiferencia que me avergüenza describir.
Mientras tanto, estos fantasmas del pasado escriben cartas de amor, dirigidas a mi casa o mi teléfono, como si en verdad supieran quién soy.
Es para vovlerse loca.

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