Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 27 de julio de 2007

Buenos Aires y las personas que habitan en mi memoria

Conozco a tantas personas, es decir, tengo trato o he tenido trato con, pues conocer es algo complejo, y como a casi todas les encuentro algo que me interesa, me mareo.
Nada me apasiona más que el género humano, y nada me fastidia tanto.
También hay personajes literarios o del cine que forman parte de mi vida casi como si fueran de carne y hueso: puedo enamorarme de ellos, odiarlos, estar pendiente, actuar para ellos, desear que me deseen, necesitar tomar un café y saber si lo endulzan con azúcar o edulcorante o si lo acompañan con medialunas.
Están las personas que habitan en mi memoria: van y vienen, en oleadas, a veces están muy presentes y otras desaparecen. Ciertos lugares me las recuerdan ineludiblemente. Buenos Aires es para mí el hogar de muchas personas a las que amé o con las que tuve amistad, o solamente sexo, y ya no sé si existen, quiénes son, dónde están. Sin embargo, cuando deambulo por sus calles, surgen inesperadamente esquinas, cafés, librerías, bocas de subte, plazas, estaciones de servicio, paradas de colectivos, donde me topo con los recuerdos y tengo la impresión de que quisiera encontrarme con todas estas personas, destinarle a cada una un momento, conversar, saber a qué se dedican, qué música escuchan, con quién se acuestan, si han tenido hijos, qué piensan de la política del gobierno, qué libro están leyendo, si han viajado. Esas cosas.
Tiendo a pensar que me han olvidado y que si pasaran a mi lado no sabrían quién soy, no porque esté cambiada en mi aspecto o en mi modo de ser, sino porque me resulta difícil concebirme en la memoria de los otros.
Me pregunto si existe un lugar llamado Plaza Francia, si E. todavía pasea por ahí, después de ver una muestra en el Centro Cultural Recoleta, si compra artesanías de plata en la Feria, si es que la Feria es real, o si cuando recorre librerías en la calle Corrientes, tal vez con un novio o con un marido o con hijos, se pregunta por mí.
También me pregunto cómo será la casa en la que vive S, con su chica, si tendrá ese aspecto un tanto esnob de su anterior loft, si ella lo adorna con flores frescas y si comen sentados en el piso, sobre almohadones, con lo platos apoyados en una mesa ratona.
Si algún día, cuando camine por calle Chile, me acordaré de E, de nuestros almuerzos en la fonda de la esquina de la delegación, o en restaurantes y bares más bonitos, de nuestras charlas de política y de la vida, mientras miramos vidrieras de zapatos y yo fumo o ella observa cada fachada antigua o edificio moderno com si fuera su próximo hogar.
Me pregunto si cuando maneja por la Avenida Callao él alguna vez se acuerda de esa tarde de hotel, de extravagantes recorridos por las librerías, de complicidades que ya no me interesan hace años, aunque alguna vez llenaron mis noches de expectativas.
O la vez que, casi niña todavía, me perdí en el sesenta, de Palermo a Constitución o al revés.
Algunas cenas en el Club del Vino, un recital del Chango Farias Gómez, con amigas, u otro de Pángaro, con alguien a quien ya olvidé también.
La casa de los jesuitas, esa mañana de sol, en donde conocimos al viejo caballero intelectual, en un barrio donde parecería que no existiera ni la pobreza ni el hambre, y en donde el tiempo se detiene y uno puede pensar en cualquier cosa, sin apuro. O el departamento del productor de cine que ya murió, con sus pisos en falso damero antiguo, que me recordó Carina los días pasados, mientras mirábamos revistas de decoración, y yo recordaba el estudio con su ventanal y el tablero de dibujo que no sé si existió o si yo lo inventé en mi memoria. Lo que sí sé es que, cuando volvimos de ver la filmación en la catedral en la que debutaba Leticia Brédice, imaginé que esa era una casa en la que me gustaría vivir si fuera más cosmopolita de lo que en verdad soy.
La interminable cola para entrar el estadio Obras, a la presentación de La-la-lá, en la que tenía que encontrarme con M. y con E, después de viajar sola en colectivo desde La Plata y enamorarme de un estudiante que viajaba sentado al lado mío.
Y una enumeración que podría continuar hasta el infinito sin que lograra, jamás, saber en qué memorias y cómo yo también habito, si es que tal cosa ocurre.

1 comentario:

rochi dijo...

Me gusta lo que escribiste!!!!!

(Y pensar que la gente te reconocerá -aunque no te haya visto en años - indica que sos una persona joven que no ha modificado su aspecto: mismos colores de ojo y cabello, mismo tamaño de boca y otras partes....)