Último verano en Stalingrado, novela

martes, 24 de julio de 2007

Una loca ofensa

La personas que se ofenden demasiado, todo el tiempo y por cualquier causa, tienen algo de cómodas y algo de chifladas. Hay personas que prefieren encerarrse en el enojo, como quien se autoencarcela, de ese modo, al parecer, sufren menos la afrenta que se las haya inflingido. De una susceptibilidad extremista, se trata de personas que prefieren mantener sus motivos en secreto, quizás porque al revelarlo, al convertir esa densa humareda que les ahoga el pecho de rencor, en palabras, sus motivos podrían desvanecerse como los copos de nieve al sol y de ellas, entonces, no quedaría casi nada en pie.

Cuando alguien se ha construido (a sí mismo y a su mundo) con ladrillos de ofendida lógica, cuando en los cimientos la justificación de su existencia está dada en su certeza de haber merecido otra vida, cualquier acto o evento o reacción que ponga en peligro esa estructura será repelido por el mecanismo de la ofensa silenciosa y airada, en todas sus formas: la distancia, el mutismo, el gesto que parece explicarlo todo y queda, apenas esbozado, en un rasgo bovino.

Yo soy así, afirman con su actitud, que sostienen tozudamente incluso ante espectadores invisibles y fantasmas que habitan en su rencorosa memoria. Yo soy así puede querer decir muchas cosas diferentes: gozo como loca de este modo, mi deseo es la pregunta de los que quiero castigar en torno a mis razones, no quiero que los adivine, no quiero que repare el dolor que me ha causado al ofenderme, quiero este dejarlo detenido en la pregunta, esta parálisis, esta distancia que me alivia de mis propias preguntas incómodas o provocadoras.

Yo soy así: soy mi ofensa y no puedo (no deseo) ser otra cosa, otra clase de ser, un ser que es capaz de asomarse a sus propias contradicciones y sentir temor de sí mismo; enfrentarse a sus propias cabezas de meduza que paralizan y matan. Mi deseo es permanecer de este modo, nos dicen con su silencio obstinado, seguro y calentito, en mi rencor, para no asomarme al abismo del vacío de mi corazón, para no ver el espanto con que sido malquerida, mi ofensa primera, mi ofensa original, la que no puedo perdonar, la de saberme olvidada por quienes hubieran debido amarme.

Parecería un atinado consejo el mantenerse alejado de estas personas moral y mortalmente ofendidas con la vida, en todas sus expresiones. Parecería prudente darles el gusto, cerrar el círculo de su lógica y olvidarlas, para que confirmen su hipótesis, para que al fin hallen su justificación y su perversamente apasionada razón de existir.

Sin embargo, algunas veces dan ganas de tomar a esta clase de personas por los hombros y sacudirlas hasta que caigan de sí, como si fueran una alcancía que se rompe, las monedas de oro de aquello que de valioso los seres humanos guardan en su interior. Y que brillen las piezas caídas con pequeños destellos luminosos, como brillaría un has de luz que penetra, con dificultad, a través de la hendidura entre los ladrillos rajados de su prisión de rencor.

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