Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 15 de julio de 2007

Simple

Cuanto más odio a A, más se empeña en darme motivos. Es como si, a causa de que siempre está dudando de mi amor, se quisiera asegurar al menos que lo odie intensamente.
Otras veces, cuando me exige razones objetivas para mi enojo, tengo la impresión de que realmente cree en los disparates que dice.
Es probable que él nunca me odie tanto como yo lo odio ahora, y otras veces. Pero eso obedece más a su incapacidad de amar como yo lo amo que a otros motivos.
Si él leyera estas palabras, se encogería de hombros y diría: ya ves, siempre supe que estabas loca.
El parece creer que las personas son descifrables, cuantificables y mensurables.
Si pudiera conocer alguna vez mi intimidad, se asustaría todavía más. Pero a pesar de eso, de lo monstruoso, quizás entendería que nadie ha sido con él tan generoso ni amante.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Me gusta mucho este texto. Me gusta mucho el lugar desde donde está escrito. Es despiadado y por otro lado lleno de pasión y de odio. Me gusta cómo construís tu intimidad como algo que está sustraído de A., reservado y peligroso.