Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 15 de julio de 2007

Los vascos y los lectores

Mi abuela, que era vasca, sostenía que toda la gente buena tenía algo de vasca y que cuando un vasco actuaba mal, lo más probable era que fuera un falso vasco.
Yo heredé de ella pocas cosas de las que sea consciente, pero una de ella es esa especie de fanatismo y tosudez por ciertas teorías poco comprobables.
La mía es sobre los lectores. Cuando alguien que me cae mal de entrada o tan solo indiferente, me sorprende como lector, al instante comienza a interesarme.
Y cuando la gente que me gusta me revela o me declara que no lee (literatura especialmente, aunque yo creo que todo texto bien escrito es literario), algo en mi cariño disminuye. Luego, hago esfuerzos por recuperar mis buenos sentimientos hacia esa persona y encontrar demostraciones de inteligencia y bonhomía en otros aspectos de su carácter.
No es que no sepa que hay grandes hijos de puta muy eruditos ni santos que jamás se han conmovido con una novela y hasta algunos que piensan que hay algo pecaminoso en el placer de la lectura.
De hecho, la historia de la humanidad transcurrió durante milenios sin lectores, ni libros, ni imprentas, ni escritores, al menos, en el actual sentido de esas palabras.
Creo que en el fondo, me hago la misma trampa que se hacía mi abuela. No es que no sepa que mi teoría hace aguas a la menor confrontación con seres de carne y hueso (me gusta usar esas dos frases hechas, qué se la va a hacer), sino que más bien pongo dentro de la categría de lector lo que caprichosamente se me ocurre y dejo afuera lo demás.
Un lector necesariamente es como un vasco para mi abuela, es alguien que posee virtudes que admiro: es buena gente, es humilde (pero no hace gala de falsa humildad, eh?), es un poco soberbio también, es inteligente, tiene sentido del humor, es curioso, se considera un poco ignorante siempre, sospecha que hay miles de libros interesantes que lo esperan en el futuro y en el pasado, recuerda muchas bibliotecas de su vida, incluso las que nunca existieron, comete el error de prestar libros y aveces es lo suficientemente estúpido de devolver los que le prestan, es de mente valiente (aunque puede llevar una vida cobarde), es atrevido con las ideas, es hedonista y esforzado a la vez o alternadamente y está lleno de dudas, de preguntas y de ideas y gustos contradictorios. Lee a los clásicos, siente predilección por algunos géneros, tiene un secreto panteón de ídolos literarios que no siempre es confesable, y esconde alguna predilección de mal gusto (algún best seller muy malo, libros de cocina, autobiografías aburridas de personajes interesantes o viceversa, etcétra, etcétera, etcétera.)
Es decir, un lector es alguien que merece mi respeto.

2 comentarios:

elvira romera dijo...

Recién escribí algo y se perdió...Decía que soy vasca por la mitad Irisarri por mi papá y Ocharri por mi mamá. Pero no leo literatura desde hace años. Me atrapó el ensayo...¿Estoy out?

Cromáticas dijo...

Vos nunca vas a estar out de nada que valga la pena. ¿O es que acaso el ensayo no es lietartura?