Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 22 de julio de 2007

Las amigas que viven en el extranjero

Cuando las amigas se mudan al extranjero, es como si se se murieran un poquito ellas y un poquito nosotras. Se muere la cotidianeidad, la de te paso a buscar para ir a comprar un jean, el qué te vas a poner esta noche y el llamado telefónico ritual para no decir nada, sólo para escuchar esa vozs y ese tono. Si yo le dijera a cualquiera como ser Horacio, no significaría nada. Yo no puedo llamar a Francia para decir ¡hola! ¿Cómo va? Como ser Horacio me mandó un mail el otro día.
A veces la amistad cambia de forma en la ausencia y se vuelve fantasmagórica. Cuando hay visitas, son como viajes organizados por un médico perverso, de esos que otorgan más citas por día que las que puede cubir un equipo de diez profesionales y ya casi no queda espacio justamente para lo más íntimo de esas amistades femeninas, que es un espacio sin límites, sin horarios, sin coherencia. Ese espacio de la amistad que acepta interrupciones de niños, de llamados, de pruebas de vestuario, pero no de una agenda de citas familiares y los clásicos rituales de los que viven en el extranjero.
Cuando sólo podemos vernos un par de horas al año, y esas horas son compartidas con otros, se convierten en horas ansiosas, en esas horas en donde queremos recuperar lo irrecuperable que es, precisamente, ese dejar que el tiempo simplemente transcurra en la compañía de esa amiga. Entonces nos gana la desilusión y nos vamos, después de la visita, con la sensación de haber cumplido un ritual vacío y que nos deja con ganas.
Ya no sabemos cómo es la mesa donde nuestra amiga desayuna, cuál es su taza predilecta, qué toalla hay en el toallero de mano de su baño, ni siquiera sabemos qué ropa usa, a qué hora se levanta y apenas, muy poco, del hombre con quien comparte la vida..Y a veces se apodera de nosotros la nostalgia, que puede parecerse a la indiferencia, o a la venganza.
Sin embargo, este es mi intento, recién empezado, de que vos me contradigas. Vos sabés que tampoco en la cercanía hay nada garantizado. Yo sé que ahora es de noche en Brest, que estarás descansando, que el nene duerme, que nos vamos acercando, que yo también te extraño.
Porque a veces las amigas desaparecen. Pero a veces reaparecen en el caprichoso laberinto del tiempo.

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