Último verano en Stalingrado, novela

martes, 31 de julio de 2007

R, uno de mis maestros

R me ha contado hoy que ha curioseado en mi blog y eso me llena de orgullo, pero a la vez, me obliga a ser más cuidadosa. En un mundo en que se llamaran a la cosas por su forma adecuada, yo podría decir sin temor que R es un sabio y es un poco mi maestro.

Cuando la vida es generosa con uno, se tiene la fortuna de encontrar a los maestros apropiados en los tiempos y lugares más inesperados.

Recuerdo exactamente qué día decidí tomar a R. por maestro, una decisión, por otra parte, de la que no fui consciente en aquel momento. En el teatro de títeres en el que me encontraba, en medio de muchas marionetas que jugaban a la política o al divismo, mientras me ganaba un aburrido ensueño de esos que nos llevan a dejar el cuerpo en un sitio mientras la mente viaja por lugares más armoniosos, escuché de pronto una voz HUMANA y un pensamiento honesto, original y de amor al prójimo. Por supuesto, una forma de reflexionar que no está de moda. R, decididdamente, no es un hombre a la moda, lo cual dice más de la baja calidad de la moda en la política y el intelecto contemporáneo que de la desubicación estilística de R.

Pocos días después leí un texto de él que se titulaba "Contra lo ineroxable". Si solo hubiera escrito ese título, ya me hubiera bastado para confirmar la elección. Que atrás de ese texto, o más bien, de otros que acompañaban el libro en el que fue publciado, hubiera además una sorprendente historia de una admiradora-enamorada secreta, que R. se tomara con tan buen humor mis comentarios al respecto, que yo guarde ese libro en mi armario de la oficina, fue inevitable.

Yo no sabía entonces que iba a trabajar con él y que me iba a dar unas muy apreciadas lecciones. ¿Lecciones de qué? Los maestros no dan lecciones de algo en particular: simplemente, si nos aceptan como discípulos, lo cual no es necesario etablecer mediante ninguna explicitación, comparten generosamente con nosotros los mundos que habitan, los libros de los que gozan y nos abren muchas puertas.

Una mañana, mucho tiempo después, soñé que R. me pasaba a buscar con el General Perón para ir a visitar una escuelita del conurbano, donde se llevaba adelante un taller de enduadernación de libros antiguos. Los paisajes que recorríamos y el edificio escolar parecían salidos de la imaginación de Santoro. Ambos compartimos el secreto de que Perón estaba vivo y dispuesto a luchar contra intendentes mafiosos. Me desperté esperanzada y con la necesidad de contarle a R. el sueño: lo había percibido un tanto triste y escéptico del género humano por esos días.

Convinimos en que ese sueño era un mensaje: el hecho de que termináramos mencionando que yo le observaba al General los zapatos, perfectamente lustrados, y que eso me recordara a mi abuelo Antonio y a su cajoncito de lustrar constituyó un prodigio simbólico. R me contó que su propio abuelo le había dejado, como herencia, un cajoncito igual, que todavía conserva.
Sospecho que si R, lee en algún momento este comentario, una sonrisa cómplice se dibujará en su boca y tal vez se deje llevar por sus propios recuerdos y ensueños.

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