Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 13 de julio de 2007

Bibliotecas

Mi vida está hecha de bibliotecas.
Las que más quiero son las mi infancia y la que tengo ahora.
Las de la infancia son variadas. Está la pequeñita del tío Carlos. Heredé el mueble y algunos libros que ya se han mezclado con los de otras bibliotecas. Sin embargo, los que más añoro no sé dónde están, si es que existieron. Uno es el cuaderno rayado con los poemas escritos de puño y letra por Rafalel Alberti y dibujados con lápices de colores, también por él. Nunca sabré si fue un sueño, porque de haber existido, valdría una fortuna y nadie en mi familia es rico. Pero lo recuerdo, en mis manos, tocando las páginas con miedo de romperlas. Lo más curioso es que no pueda olvidar este libro, yo, que soy una analfabeta en materia de poesía.
También estaban esos libritos de su vida como oftalmólogo, aunque nosotros decíamos que había sido oculista. Tenía láminas transparentes para ir pasando, sobre un dibujo cruel y anatómico –muy científico- del ojo humano. Era como algunas láminas de anatomía de la Enciclopedia Británica que me fascinaban. Creo que por entonces, era lo más cercano a la ciencia que yo había visto en un libro. Así apliqué por primera vez la frase de "ver para creer", y creí que había algo llamado saber científico en la anatomía. Sólo muchos años después entendí algo -y sólo un poco, para ser honesta- ede esta cuestión del discurso visual.
Pero esa, la de la Británica, era otra biblioteca, la de casa, aunque toda mi casa era como una gran biblioteca. Mi papá compró, a lo largo de su vida, dos ediciones de esa enciclopedia. Una en castellano, del año 64 o 65, en cuotas. Y otra en inglés, con obras completas de varios autores, en 24 tomos, cuando ya no tenía un peso y se estaba muriendo. No sé porque hacía esas cosas. Esa segunda, la inglesa, nadie la consulta. Si embargo, cada vez que la veo en los anaqueles del living de mi madre, siento añoranza de papá y de la biblioteca de la infancia.
También estaba la del rincón del pasillo del piso de arriba, al que nos mudamos cuando yo tenía siete años. La colección Robin Hood de la infancia de mi papá y otros ejemplares más nuevos, de la nuestra. El David Copperfield que más veces leí, era el viejo. El lomo era entelado por debajo del cartón, que se había despegado vaya a saber cuándo.
Todavía conservo una edición de la novela Verdad de Emile Zolá, a doble columna en letra chiquita que era de mi papá cuando era chico. Está dedicada por su tía Rosa, que era traductora de ruso y murió mucho antes de que yo naciera. Por medio de ese libro, y de otros, heredé a esa familia. A Rosa yo la quería como si la hubiera conocido, por ese libro y por el de Juanito el grillo.
Los de Verne, me aburrían, hasta que leí La Vuelta al Mundo en 80 días y todo cambió. La primera vez me lo leyó María Estela en la escuelita, como también los cuentos italianos recopilados por Calvino y las perturbadoras aventuras de Arthur Gordon Pin, de Poe.
Hace poco me la encontré, precisamente, en un velorio. Hablamos de las poesías de Lorca y de Alberti, de los cuentos de Calvino, de Poe, de Kon Tiki y del romance de la Condesita. Esa es una de las bibliotecas que sólo existe en mi memoria, pero es también una de las que más anhelo.
Después llegó la adolescencia. Subía la gran escalera del patio y me encerraba en la habitación donde estaban los libros de mis viejos, los que me recomendaban esperar para leer hasta que fuera más grande y los que leía con esa mezcla de ansiedad por terminarlos y temor de ser descubierta. Allí me enamoré, como Ana, del conde Vronsky y leí la escena más perturbadora de mis doce años sobre lo que una mujer fantaseaba que podía ser un desvirgamiento, en Los premios (“como un marlo de maíz”). Esa fue la biblioteca de mis mejores fantasías adolescentes.
Conservo algunos libros de esa, algunos de la colección de Centro Editor, de mamá y otros de papá. En uno de ellos, mi padre me habló después de muerto. Cuando ya llevábamos unos años viviendo en casas separadas, me prestó un libro que él había leído en el 64 y yo le escribí comentarios a lápiz en varias páginas. Es probable que mi entusiasmo al devolvérselo le despertara curiosidad por la relectura. Agregó comentarios a los míos. Cuando agarro ese libro, casi nunca lo abro. Sin embargo, cuando desarmamos, con mi hermano, la casa de mi padre, me llevé ese libro para mi casa sin consultar a nadie. Ese libro me pertenece y no estoy dispuesta a discutirlo. Forma parte de mi biblioteca más íntima.

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