Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 13 de julio de 2007

Elvira y mi madre

Si todos conocieran a Elvira como yo la conozco, sucumbirían de amor, como yo sucumbo.
Si yo fuera una niña pequeña, tal vez me aburriría con ella. No la imagino a Elvira con una niña o un niño pequeño, aunque es difícil imaginar lo que no se conoce ni se presiente.
Si fuera una adolescente o una jovencita, ya entonces comenzaría a interesarme por ella, su vida, su casa, sus palabras, su ropa y su curiosa manera de ver el mundo.
Como soy una mujer de treinta y pico, estoy fascinada por ella y la hago a veces mi tía, otras mi jefa, otras mi amiga, mi hermana o mi hija. En nuestra amistad, ella a veces es mayor que yo y otras es una nenita. Depende. De esta forma, es más divertido.
Cuando está muy depre o muy verborrágica, yo a veces me impaciento. Pero ella también se debe cansar de mí, del mismo modo que cansan las madres a las hijas y las hijas a las madres.
Siempre me asombra su inteligencia y su flexibilidad mental.
Si fuera un hombre maduro, me enamoraría de ella y la invitaría a ver una función de ópera o de Marta Argerich, la estimularía para que retome el piano y le regalaría buenos perfumes.
Si fuera sus hijos, probablemente actuaría con la misma crueldad e impertinencia de casi todos los hijos. Pero prefiero creer que sería diferente.
Me gusta trabajar con ella, porque está loca, porque tiene mucha fe a pesar de ser tan inteligente, porque es generosa y buena. Y por su humor disparatado.
Nos gusta chusmear y hablar de filosofía y de política y de los demás.
Estoy agradecida de no ser sus hijos, ni un hombre, ni su hermana, porque entones no la conocería como la conozco, sino de otra manera diferente que no me permitiría descubrirla de este modo.
A veces pienso que hay algunas personas de mi edad que sienten por mi madre lo mismo que yo siento por Elvira y me alegro por ello.
Porque como hija, puedo ser cruel y despiadada, soberbia e impaciente, y muy malhumorada. Cuando invito a comer a mi madre los domingos, le cocino y la atiendo y la escucho y le charlo de cosas que no me interesan mucho pero de las que ella le gusta hablar. Pero miro el reloj con mucha frecuencia y a veces me siento abrumada y angustiada. Me imagino que eso pasa cuando se tiene una madre así, que es como una Elvira, pero propia. La madre de una siempre es un enigma, una ilusión, una carga y un tormento, puros torrentes de amor.

1 comentario:

elvira romera dijo...

Es verdad que a mí no me fascinan los bebés o los niños en general pero fui absolutamente "copada" por mis hijos y mis sobrinos, en todas las edades.
Con los chicos de primaria, cuando fui maestra, como ocho años siempre tuve una relación espléndida, así dicen mis ex-alumnos cuando me ven. Son tan adorables que me dicen que estoy igual. Los tengo de todas las actividades, hasta un taxista, que una vez me paró por la calle...
Sos un tesoro, ayer tratabas de entretenerme para que no pensara en la presión altra, que efectivamente la tenía...después me tomé...Ahora me voy al cumple de Iardelevsky y antes de salir voy a ir a la Farmacity para ver cómo ando ya que descansé toda la tarde...