Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 2 de mayo de 2008

La desmemoria

Cuando nos vemos, nos evitamos, hacemos como si no nos conociéramos, fingimos demencia. Y eso está muy bien. Nos pica quizá un poco la curiosidad, pero la evadimos, como si intuyéramos que saber del otro, o no saber, no agregaría ya nada. Yo no quiero discutir con A., entonces he decidido que hay cosas que nunca ocurrieron, porque le duelen, o quizá, porque me han dolido o avergonzado a mí.
Con M. es diferente, porque cada tanto ella lo menciona, lo trae al presente, y eso le da entidad a un pasado que tiene tantos laberintos en los cuales yo, tarde o temprano, me pierdo. Pero el humor conduce a la salida, porque la amistad necesita del humor para no volverse densa como una roca inherte.
De este modo, entonces, hay sitios que no existen, bandas que no tocan, correos que no abro, canciones que no escucho. Ignoro si he seguido existiendo para él (bajo la forma del rencor, del recuerdo o el enigma) pero tampoco me importa. Cuando nuestras miradas se cruzan, porque la materialidad de los cuerpos es algo que se puede imponer a veces, hay un brillo peculiar, como una acusación, como un reproche, que dura segundos y desaparece, hundiéndose tal vez en el lago pacificador de la desmemoria que hemos construido para seguir adelante.

2 comentarios:

la vida abierta dijo...

me gustan estos relatos, reflexiones breves. finalmente quizás la historia de las relaciones amorosas se trate de una orgía desplegada en el tiempo en vez del espacio.

cromaticas dijo...

Sí, quizás. Muchas veces he pensado que en eso consiste la famosa energía del eros, no?