Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 18 de mayo de 2008

Hoy le doy la espalda a su mundo de rencor


Anoche salimos con A y unos amigos. La salida -que, ciertamente, impuse yo- iba a ser sólo entre nosotros, pero me alegro de que proponga incorporar a C y a N, no intuyo que eso esconde su miedo de encontrarse conmigo. En el teatro, yo percibo que empieza a molestarse, pero decido ignorarlo. Algún día tendrá que ponerle palabras a sus temores y a su deseo, abandonar esa cómoda postura de censurarme con una sonrisa estática y multiforme. Hay varias cosas que pueden explicar esa tensión en la mirada que me soslaya, como si fuera invisible: que converse alegremente con mis amigos; que él no converse con sus amigos; que se expongan momentos de una vida que yo tuve con otros y otras en la cual él no tenía presencia, lo que dota de materialidad no mi existencia sino su ausencia; que en lugar de decodificar rápidamente su tibia negativa a subir a las gradas del teatro, me deje guiar por la voluntad de compartir con C y N la elección del asiento, creyendo que de este modo también lo complazco. También puede estar molestándole que no sepa interpretar su lenguaje mudo, su ambigüedad y su rechazo por la forma de lo social, lo colectivo. Que mi pecho se hinche de alegría al estar en otros y con otros, que la curiosidad sea una fuerza expansiva y poderosa en mi naturaleza, mientras que a él lo impulsa lo cerrado, lo pequeño e íntimo.
No imagino el alcance, la tortuosidad de su rencor y lo que yo creía era una molestia transitoria, finalizada aun antes de tomar la forma del enojo, se convierte en un reproche que no tiene regreso. Volvemos a casa sin hablarnos, ambos decepcionados, sin haber ido a donde yo quería por ir a donde él deseaba y, sin embargo, siempre resulto culpable de haberle inflingido algún desprecio. En el mundo que él habita, debo rendirle pleitesía a su deseo, luego de adivinarlo, y ser completamente suya en la forma, en la palabra y en el acto. En el mundo mío a veces somos dos, y otras somos muchos, y no todo está planificado para dañar su voluntad de poseer y de mandar. Me rebelo frente a eso y se me aparece el fantasma de su padre, autoritario y cínico. Lo veo en una madurez de rumiante de soledad y rencor y no me gustaría estar allí cuando suceda. Huyo hacia mi interior y lo abandono, que se quede ahí, que se debata y luche con sus enemigos. Que me deje en paz. Así jamás me tendrá, y me dan ganas de darle la espalda.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Duro texto! La posición de la narradora es bastante dura, se defiende y ataca. dice verdades del otro con crudeza. está escrito con lucidez. dice verdades también sobre experiencias más o menos comunes, esos pequeños reproches, celos, salidas que termnan mal.