Último verano en Stalingrado, novela

martes, 22 de abril de 2008

Nosotros y los otros, una y otra vez


Cuando alguien me pregunta acerca de las relaciones entre mis amigos, siempre terminamos por bordear los sinuosos límites de un cierto escándalo.
La inocente pregunta ¿desde cuándo conocés a Fulano?, puede derivar en intrincadas explicaciones de vínculos amorosos en los que el pasado se enrieda con el presente. El futuro, como no existe fuera del deseo o la pesadilla, todavía es un espacio desconocido en el cual no hace falta recurrir a la historia. Generalmente, desde una privilegiada posición de narradora, yo elijo la descripción desde afuera. Y si el interrogador no pretende llegar más allá de una formal curiosidad, las cosas quedan allí. A fulano lo conozco desde la secundaria (es un recurso para instalar la palabra en un plano temporal, que si bien puede implicar adolescencia, caprichos, amores juveniles, pasiones políticas, lecturas en común, no especifica). A Mengano lo conocí por medio de Fulano, y después empezó a salir con Tal. Pero eso fue hace mucho. Sólo yo sé, entonces, lo que no estoy diciendo, lo que evado, para quedar dentro del límite de lo socialmente aceptable.
Si la persona sigue preguntando, quizá lleguemos a adentrarnos en el mundo de los amores juveniles, polimorfos, endogámicos, circulares, barrocos. No me gusta ir hacia allí con seriedad, prefiero mantenerme en un humor que pretende no darse cuenta (ni dar cuenta) de cómo hemos sucumbido todos al deseo de ser alternativamente nosotros y los otros, una y otra vez.

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